15-03-2025, 03:04 PM
OST
Día 68 de otoño, año 14
Archipiélago Sabaody, Manglar 13, Saint Fermín.
Archipiélago Sabaody, Manglar 13, Saint Fermín.
Kisuke se desperezó y se levantó de su catre, como todos los días desde que habían llegado a aquel lugar y fue a lavarse a la jofaina que tenían en su camarote. Desde que había consumido aquella akuma no mi, le salían manchas negras de hollín por el cuerpo de manera completamente aleatoria, fruto de no poder controlar aún el poder de aquella fruta del diablo tipo logia. Aquello estaba siendo bastante molesto, pero no tenía más remedio que seguir tratando de ganar control sobre aquel nuevo poder hasta conseguir domarlo por completo.
"Tengo mucho camino aún por recorrer..."
Como era lógico y normal, no iba a ganar poder de la noche a la mañana, era algo que requería mucho tiempo y esfuerzo, al fin y al cabo, esto no era una novela donde el protagonista pasa de ser alguien débil a todopoderoso en un día de entrenamiento. La realidad era bien distinta, si quieres fuerza y poder, debes cultivarlo día a día con constancia y tesón, llevando tu cuerpo y tu mente al límite, hasta superar dicho límite una y otra vez. Sólo así se consigue forjar la verdadera fuerza.
"La senda de los poderosos es ardua... pero no podría ser de otra manera.
Con estos pensamientos en su cabeza, terminó su rutina mañanera, que consistía en levantarse, lavarse, desayunar, cagar y prepararse para patrullar y entrenar. De momento, tampoco podían hacer mucho más, había una cierta calma envolviendo aquella isla, o archipiélago, pero el antiguo pescador no se fiaba. Era la calma que precede a la tempestad, de eso estaba seguro. Se prendió un cigarro y se quedó mirando la katana que había a los pies de su cama. Era Mangetsu, la primera katana que consiguió en sus viajes, y, realmente, desde que estuvieron en Báltigo la tenía bastante abandonada. Ciertamente era una buena espada y fácil de manejar, le tenía mucho cariño, pero no era lo bastante fuerte para los niveles de poder que se manejaban desde entonces.
"Quizá deba darle un poco de cariño... No está bien dejarla de lado."
Así pues, aquel día no patrullaría. De todas maneras, lo abrupto de su llegada con todo lo que aconteció en aquel día, le había hecho doblar las precauciones al antiguo pescador y patrullaba siempre en las proximidades al manglar donde tenían anclado el barco, atento a cualquier conversación y a las cosas que podría ver de lo que hacía la gente de por allí, así como de los viajeros que estuvieran de paso. Lo que fue descubriendo en aquellos días de reconocer el terreno le había hecho que su desprecio ante el sistema actual se incrementase y se afianzase. No podía tolerar lo que en aquel lugar ocurría de manera sistemática y hasta cotidiana. La trata de personas no era algo de lo que enorgullecerse y no debía normalizarse.
"Pero para cambiar el mundo, primero he de hacerme mucho más fuerte.
Por lo tanto, agarró a Mangetsu, y sus otras dos katanas, y se puso de camino a su lugar de entrenamiento, donde, por fin, unos días atrás, había conseguido desarrollar su nueva técnica, "Arashi no nami". En esta ocasión, no tenía intención de practicar su destreza con las espadas, ni mejorar su control sobre su haki o tratar de domar la difícil habilidad de su fruta del diablo. Ese día iba a dedicárselo a cuidar y conocer bien a sus espadas, y, para conocer a sus espadas, tendría que conocerse mejor que nunca a si mismo, puesto que ellas ya formaban parte de su propio poder. Iba a ser un día muy largo, de meditación e introspección. Tenía que visualizar y recorrer, con mayor firmeza y seguridad, el camino de la espada.
Salió de su camarote, tratando de hacer el menor ruido posible, ya que Zorak seguía descansando y recuperándose de su encontronazo con el terrible Ashura. Tampoco vio a Don Bambú, su querido compañero panda, ni, y esto era lo más sorprendente dado su tamaño, al enorme marrano que se les había unido al llegar a aquella isla, Comilón McBacon. Normalmente él era el primero en salir por ahí, pero quien sabía, quizá en aquel día todos estaban ocupados y estaban haciendo sus cosas por ahí desde antes que el madrugador capitán Kageyama levantase el culo de su cama.
"Pues nada... rumbo al manglar 16..."
Fue caminando sin prisa, con sus tres katanas en la cintura, Mangetsu y Sode no shirayuki en su cadera izquierda, y Onikiba en su cadera derecha. Se le hacía extraño llevar tres katanas consigo, pero no quería dejar de lado a ninguna de ellas, ese era el día que iba a dedicarles y no era justo que ninguna de sus espadas quedase de lado. Fugazmente se acordó de Yamigiri y una mueca de rabia cruzó su rostro al recordar que seguía lejos de él. Ciertamente aquel día dedicado a sus katanas había surgido como idea después de aquel sueño recurrente con Yamigiri, las puertas y todo lo demás, pero con todo lo que había pasado, no había tenido tiempo de llevarlo a cabo hasta ese momento, por lo que no pensaba demorarlo más. Trataría de conectar con sus espadas a un nivel superior, con todas, y para ello tendría que hacer un esfuerzo grande por conocerse a él mismo.
Tras un buen rato deambulando por los manglares adyacentes al número 13, al fin llegó al que había hecho su campo de entrenamiento, en el manglar 16. No tenía nada de especial pero lo había convertido en su rincón particular desde que llegaron a la isla y tras su encuentro con la Gran Líder Revolucionaria Kihira, que había conseguido ayudarle a despertar el haki de la visión, que aún tenía que dominar para poder usarlo en combate. Aquello había sido también, hasta cierto punto, un punto de frustración para Kisuke, puesto que le costaba mantener la concentración para mantenerlo en movimiento, y más aún si usaba el haki de armamento a la vez y peleaba. Eran demasiadas cosas y tenía que practicar mucho para acostumbrarse a usarlo por instinto, desde el inconsciente, para que fuese tan natural para él como respirar, pero decirlo era, evidentemente, mucho más fácil que hacerlo. Al final todo se reducía a lo mismo siempre: esfuerzo, dedicación y perseverancia. Con esos ingredientes, conseguiría seguir mejorando, sin duda alguna.
"Tengo mucho camino aún por recorrer..."
Como era lógico y normal, no iba a ganar poder de la noche a la mañana, era algo que requería mucho tiempo y esfuerzo, al fin y al cabo, esto no era una novela donde el protagonista pasa de ser alguien débil a todopoderoso en un día de entrenamiento. La realidad era bien distinta, si quieres fuerza y poder, debes cultivarlo día a día con constancia y tesón, llevando tu cuerpo y tu mente al límite, hasta superar dicho límite una y otra vez. Sólo así se consigue forjar la verdadera fuerza.
"La senda de los poderosos es ardua... pero no podría ser de otra manera.
Con estos pensamientos en su cabeza, terminó su rutina mañanera, que consistía en levantarse, lavarse, desayunar, cagar y prepararse para patrullar y entrenar. De momento, tampoco podían hacer mucho más, había una cierta calma envolviendo aquella isla, o archipiélago, pero el antiguo pescador no se fiaba. Era la calma que precede a la tempestad, de eso estaba seguro. Se prendió un cigarro y se quedó mirando la katana que había a los pies de su cama. Era Mangetsu, la primera katana que consiguió en sus viajes, y, realmente, desde que estuvieron en Báltigo la tenía bastante abandonada. Ciertamente era una buena espada y fácil de manejar, le tenía mucho cariño, pero no era lo bastante fuerte para los niveles de poder que se manejaban desde entonces.
"Quizá deba darle un poco de cariño... No está bien dejarla de lado."
Así pues, aquel día no patrullaría. De todas maneras, lo abrupto de su llegada con todo lo que aconteció en aquel día, le había hecho doblar las precauciones al antiguo pescador y patrullaba siempre en las proximidades al manglar donde tenían anclado el barco, atento a cualquier conversación y a las cosas que podría ver de lo que hacía la gente de por allí, así como de los viajeros que estuvieran de paso. Lo que fue descubriendo en aquellos días de reconocer el terreno le había hecho que su desprecio ante el sistema actual se incrementase y se afianzase. No podía tolerar lo que en aquel lugar ocurría de manera sistemática y hasta cotidiana. La trata de personas no era algo de lo que enorgullecerse y no debía normalizarse.
"Pero para cambiar el mundo, primero he de hacerme mucho más fuerte.
Por lo tanto, agarró a Mangetsu, y sus otras dos katanas, y se puso de camino a su lugar de entrenamiento, donde, por fin, unos días atrás, había conseguido desarrollar su nueva técnica, "Arashi no nami". En esta ocasión, no tenía intención de practicar su destreza con las espadas, ni mejorar su control sobre su haki o tratar de domar la difícil habilidad de su fruta del diablo. Ese día iba a dedicárselo a cuidar y conocer bien a sus espadas, y, para conocer a sus espadas, tendría que conocerse mejor que nunca a si mismo, puesto que ellas ya formaban parte de su propio poder. Iba a ser un día muy largo, de meditación e introspección. Tenía que visualizar y recorrer, con mayor firmeza y seguridad, el camino de la espada.
Salió de su camarote, tratando de hacer el menor ruido posible, ya que Zorak seguía descansando y recuperándose de su encontronazo con el terrible Ashura. Tampoco vio a Don Bambú, su querido compañero panda, ni, y esto era lo más sorprendente dado su tamaño, al enorme marrano que se les había unido al llegar a aquella isla, Comilón McBacon. Normalmente él era el primero en salir por ahí, pero quien sabía, quizá en aquel día todos estaban ocupados y estaban haciendo sus cosas por ahí desde antes que el madrugador capitán Kageyama levantase el culo de su cama.
"Pues nada... rumbo al manglar 16..."
Fue caminando sin prisa, con sus tres katanas en la cintura, Mangetsu y Sode no shirayuki en su cadera izquierda, y Onikiba en su cadera derecha. Se le hacía extraño llevar tres katanas consigo, pero no quería dejar de lado a ninguna de ellas, ese era el día que iba a dedicarles y no era justo que ninguna de sus espadas quedase de lado. Fugazmente se acordó de Yamigiri y una mueca de rabia cruzó su rostro al recordar que seguía lejos de él. Ciertamente aquel día dedicado a sus katanas había surgido como idea después de aquel sueño recurrente con Yamigiri, las puertas y todo lo demás, pero con todo lo que había pasado, no había tenido tiempo de llevarlo a cabo hasta ese momento, por lo que no pensaba demorarlo más. Trataría de conectar con sus espadas a un nivel superior, con todas, y para ello tendría que hacer un esfuerzo grande por conocerse a él mismo.
Tras un buen rato deambulando por los manglares adyacentes al número 13, al fin llegó al que había hecho su campo de entrenamiento, en el manglar 16. No tenía nada de especial pero lo había convertido en su rincón particular desde que llegaron a la isla y tras su encuentro con la Gran Líder Revolucionaria Kihira, que había conseguido ayudarle a despertar el haki de la visión, que aún tenía que dominar para poder usarlo en combate. Aquello había sido también, hasta cierto punto, un punto de frustración para Kisuke, puesto que le costaba mantener la concentración para mantenerlo en movimiento, y más aún si usaba el haki de armamento a la vez y peleaba. Eran demasiadas cosas y tenía que practicar mucho para acostumbrarse a usarlo por instinto, desde el inconsciente, para que fuese tan natural para él como respirar, pero decirlo era, evidentemente, mucho más fácil que hacerlo. Al final todo se reducía a lo mismo siempre: esfuerzo, dedicación y perseverancia. Con esos ingredientes, conseguiría seguir mejorando, sin duda alguna.
