12-03-2025, 11:58 PM
El impacto fue sólido, satisfactorio. Sentí la vibración recorrer mis nudillos, el crujido sordo del golpe encontrando su objetivo. Todo lo que había entrenado, cada movimiento perfeccionado en incontables peleas, había valido la pena en ese instante. Pero esa sensación de victoria apenas duró un segundo. En el momento en que mi mano tocó el suelo, un escalofrío desconocido me recorrió el cuerpo. Fue algo más que el impacto de la caída, más que el golpe de adrenalina tras un ataque certero. Fue como si una corriente invisible, un veneno intangible, se escurriera por mis venas y me reclamara como suyo.
Primero, fueron mis dedos. Se entumecieron al instante, como si se hubieran convertido en piedra. Luego, una oleada helada me subió por los brazos, enredándose en mis músculos, impidiéndome cerrarlos en puños. Mi aliento se quedó atrapado en mi garganta. Traté de mover el cuello, de inclinar la cabeza siquiera un poco, pero era inútil. Un terror primitivo se encendió en mi pecho. Mis piernas temblaron por un instante, apenas un reflejo de mi instinto de huida antes de que también se apagaran. Sentí mis rodillas cediendo, mis músculos negándose a obedecerme. Era una sensación atroz, desesperante. No dolorosa, pero sí aterradora.
No era fatiga, no era miedo. Era la absoluta impotencia de estar atrapado en mi propio cuerpo. Caí de bruces contra el suelo, sin poder frenar la caída. Mi respiración era superficial, cada intento de moverme se convertía en un eco inútil en mi cabeza. Estaba completamente paralizado. Y lo peor de todo era que no tenía ni idea de cómo había sucedido.
El pánico me golpeó con más fuerza que cualquier puñetazo. Mi cuerpo, que tantas veces había soportado heridas, golpes y fatiga, ahora me traicionaba, convertido en una prisión impenetrable. Intenté mover un dedo, una pierna, siquiera inclinar la cabeza, pero fue inútil. Era como si el simple concepto de movimiento hubiera sido arrancado de mí. Mis músculos no respondían, mi sangre ardía en una quietud desesperante. Era como estar enterrado vivo dentro de mi propia piel. La frustración me quemó desde adentro, chocando contra una pared invisible que me negaba cualquier control. No podía aceptarlo. No iba a aceptarlo.
Tenía que avisar a Jolyne, tenía que hacer algo. Mi mente gritaba, mis pensamientos se desgarraban intentando forzar a mi cuerpo a obedecerme. Pero mi boca, mi lengua, mis labios… Nada se movía. En su lugar, lo único que salió de mí fue un jadeo torpe, entrecortado, como si el aire mismo peleara por escapar de mi garganta. Lo intenté de nuevo. Un gemido ahogado, desesperado, lo único que mi cuerpo me permitía expresar. Era ridículo. Yo, un pirata, un luchador, reducido a un montón de carne inerte, rogando por recuperar el control.
La impotencia me consumía como un incendio que no podía extinguir. Mi cuerpo seguía siendo una jaula de carne inmóvil, mis músculos atrapados en un vacío donde la fuerza no tenía significado. Era una sensación insoportable, una tortura despiadada. Seguí intentándolo. Una vez más. Y otra. Pero mi cuerpo no respondía. Mis dedos eran piedras muertas, mis piernas columnas inútiles, mi boca un eco ahogado de la frustración. Era como si me hubieran arrancado de la batalla sin siquiera darme la oportunidad de luchar.
Entonces, el sonido de un disparo rasgó el aire. Mi corazón dio un vuelco. Tenía que ser Jolyne. No podía verla, pero lo supe. Había disparado. Contra la marine. Contra el problema que yo no había podido resolver. Porque yo no fui suficiente. Otra vez. Otra maldita vez. El peso de la derrota se hundió en mi pecho con la misma violencia con la que me hubiera golpeado un cañonazo. No había hecho nada. No había cambiado nada. Solo había sido un obstáculo más, una carga inmóvil en medio del campo de batalla. No era así como debía ser. Yo no era alguien que se quedaba atrás. Yo era de los que peleaban, avanzaban y hacían historia, y sin embargo, allí estaba. Tirado, indefenso e inutil. ¿Que diría Yojimbo de mí? ¿Acaso sería capaz de echarme de la tripulación por no ser lo suficientemente fuerte? Apreté los dientes con la poca fuerza que me quedaba, sintiendo un ardor en los ojos que no quise reconocer.
Primero, fueron mis dedos. Se entumecieron al instante, como si se hubieran convertido en piedra. Luego, una oleada helada me subió por los brazos, enredándose en mis músculos, impidiéndome cerrarlos en puños. Mi aliento se quedó atrapado en mi garganta. Traté de mover el cuello, de inclinar la cabeza siquiera un poco, pero era inútil. Un terror primitivo se encendió en mi pecho. Mis piernas temblaron por un instante, apenas un reflejo de mi instinto de huida antes de que también se apagaran. Sentí mis rodillas cediendo, mis músculos negándose a obedecerme. Era una sensación atroz, desesperante. No dolorosa, pero sí aterradora.
No era fatiga, no era miedo. Era la absoluta impotencia de estar atrapado en mi propio cuerpo. Caí de bruces contra el suelo, sin poder frenar la caída. Mi respiración era superficial, cada intento de moverme se convertía en un eco inútil en mi cabeza. Estaba completamente paralizado. Y lo peor de todo era que no tenía ni idea de cómo había sucedido.
El pánico me golpeó con más fuerza que cualquier puñetazo. Mi cuerpo, que tantas veces había soportado heridas, golpes y fatiga, ahora me traicionaba, convertido en una prisión impenetrable. Intenté mover un dedo, una pierna, siquiera inclinar la cabeza, pero fue inútil. Era como si el simple concepto de movimiento hubiera sido arrancado de mí. Mis músculos no respondían, mi sangre ardía en una quietud desesperante. Era como estar enterrado vivo dentro de mi propia piel. La frustración me quemó desde adentro, chocando contra una pared invisible que me negaba cualquier control. No podía aceptarlo. No iba a aceptarlo.
Tenía que avisar a Jolyne, tenía que hacer algo. Mi mente gritaba, mis pensamientos se desgarraban intentando forzar a mi cuerpo a obedecerme. Pero mi boca, mi lengua, mis labios… Nada se movía. En su lugar, lo único que salió de mí fue un jadeo torpe, entrecortado, como si el aire mismo peleara por escapar de mi garganta. Lo intenté de nuevo. Un gemido ahogado, desesperado, lo único que mi cuerpo me permitía expresar. Era ridículo. Yo, un pirata, un luchador, reducido a un montón de carne inerte, rogando por recuperar el control.
La impotencia me consumía como un incendio que no podía extinguir. Mi cuerpo seguía siendo una jaula de carne inmóvil, mis músculos atrapados en un vacío donde la fuerza no tenía significado. Era una sensación insoportable, una tortura despiadada. Seguí intentándolo. Una vez más. Y otra. Pero mi cuerpo no respondía. Mis dedos eran piedras muertas, mis piernas columnas inútiles, mi boca un eco ahogado de la frustración. Era como si me hubieran arrancado de la batalla sin siquiera darme la oportunidad de luchar.
Entonces, el sonido de un disparo rasgó el aire. Mi corazón dio un vuelco. Tenía que ser Jolyne. No podía verla, pero lo supe. Había disparado. Contra la marine. Contra el problema que yo no había podido resolver. Porque yo no fui suficiente. Otra vez. Otra maldita vez. El peso de la derrota se hundió en mi pecho con la misma violencia con la que me hubiera golpeado un cañonazo. No había hecho nada. No había cambiado nada. Solo había sido un obstáculo más, una carga inmóvil en medio del campo de batalla. No era así como debía ser. Yo no era alguien que se quedaba atrás. Yo era de los que peleaban, avanzaban y hacían historia, y sin embargo, allí estaba. Tirado, indefenso e inutil. ¿Que diría Yojimbo de mí? ¿Acaso sería capaz de echarme de la tripulación por no ser lo suficientemente fuerte? Apreté los dientes con la poca fuerza que me quedaba, sintiendo un ardor en los ojos que no quise reconocer.
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![[Imagen: oSgdXs8.png]](https://imgur.com/oSgdXs8.png)
Alas Negras
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