11-03-2025, 08:56 PM
(Última modificación: 11-03-2025, 08:56 PM por Jean D´Orlanais.)
Las dos marines no tardaron en vestirse y salir al exterior. Un largo pasillo comenzaba a ser inundado por una marea blanca de jóvenes moviéndose de manera perezosa y algo apresurada. Jean y Mel se arrojaron en aquel mar que parecía moverse con vida propia, y tras un pequeño transito y algún que otro empujón lograron salir al exterior, que los recibió con los cálidos rayos del sol bañando sus pieles y los sonidos de las gaviotas sobrevolándoles por encima, trazando círculos irregulares en el aire.
El edificio de habitaciones daba a un pequeño terreno yermo que se utilizaba como zona de entrenamiento. Nada más salir, todos los reclutas comenzaron a moverse de manera más o menos coordinada, colocándose unos junto a otros en una línea recta frente al campo que tenían en frente. Jean y Mel, nada más salir del edificio, se fijaron y se pusieron una al lado de la otra, imitando a sus compañeros. Parecían estar esperando a algo, pero el campo frente a ellas estaba vacío.
Unos metros más allá, sin embargo, a la sombra de una esquina de otro de los edificios que daban al árido campo de entrenamiento una alta y esbelta figura observaba en silencio a los nuevos reclutas.
- Madre mía... - murmuró la figura dando una larga calada a su cigarro y apagándolo contra la pared para después tirarlo al suelo.
Avanzó unos pasos, dejando que la luz del sol la iluminase y haciendo que todas las miradas de los nuevos reclutas se centrasen en ella. Era una mujer alta, fuerte, de tez morena y una larga cabellera azabache que le caía hasta la mitad de la espalda. Vestía un uniforme de la Marina extremadamente sencillo con una capa oscura por encima. Tras ella, un chico menudo y encogido recogía el cigarro mientras se ajustaba unas gruesas gafas circulares.
- Señora, le han dicho un millón de veces que no tire las colillas al suelo, por favor, acabarán echándonos... - murmuró en voz muy baja con una nube negra sobre los hombros.
- Por eso te llevo siempre cerca. - dijo con una sonrisa satisfecha la mujer.
Dio unas pocas zancadas hacía delante, hasta colocarse frente a la pequeña tropa de nuevos reclutas. Se quedó en silencio, mirándolos a todos detenidamente, de uno en uno, sin ninguna prisa. Su ayudante se plantó junto a ella con una pequeña libreta y un bolígrafo preparados. El tiempo curvó, haciéndose interminable. Solamente una pequeña brisa que levantó algo de polvo alrededor de la misteriosa mujer y los sonidos de las gaviotas cercanas rompían el silencio. Tras un tiempo que a Jean le parecieron varias horas, la mujer asintió con una mueca.
- Soy la Sargento Amren. Voy a ser vuestra instructora durante los próximos días, semanas, meses o años, dependerá de como evolucionéis y de lo razonablemente bien que piense que podéis sobrevivir si os lanzamos al mar. - saludó con un tono de voz serio y firme - Quiero comenzar diciendo que debeis ser realistas. No todo el mundo vale para este trabajo. Ser Marine es duro, sacrificado, y las más de las veces, desagradecido. En el momento en el que vea que alguno de vosotros no tiene lo que se debe tener, será expulsado. Ni la Marina acepta la mediocridad, ni vamos a lanzar a pobres diablos a morir como si fueseis carne de cañón. El entrenamiento comenzará ahora. ¿Alguna pregunta?
Esta vez ni las gaviotas ni el mismo viento osaron romper el silencio que se generó. Jean, al igual que muchos otros reclutas, tragó saliva. Aquella mujer imponía. Y lo sabía. Sonreía satisfecha ante el silencio de sus nuevos pupilos.
- Bien, comencemos...
El edificio de habitaciones daba a un pequeño terreno yermo que se utilizaba como zona de entrenamiento. Nada más salir, todos los reclutas comenzaron a moverse de manera más o menos coordinada, colocándose unos junto a otros en una línea recta frente al campo que tenían en frente. Jean y Mel, nada más salir del edificio, se fijaron y se pusieron una al lado de la otra, imitando a sus compañeros. Parecían estar esperando a algo, pero el campo frente a ellas estaba vacío.
Unos metros más allá, sin embargo, a la sombra de una esquina de otro de los edificios que daban al árido campo de entrenamiento una alta y esbelta figura observaba en silencio a los nuevos reclutas.
- Madre mía... - murmuró la figura dando una larga calada a su cigarro y apagándolo contra la pared para después tirarlo al suelo.
Avanzó unos pasos, dejando que la luz del sol la iluminase y haciendo que todas las miradas de los nuevos reclutas se centrasen en ella. Era una mujer alta, fuerte, de tez morena y una larga cabellera azabache que le caía hasta la mitad de la espalda. Vestía un uniforme de la Marina extremadamente sencillo con una capa oscura por encima. Tras ella, un chico menudo y encogido recogía el cigarro mientras se ajustaba unas gruesas gafas circulares.
- Señora, le han dicho un millón de veces que no tire las colillas al suelo, por favor, acabarán echándonos... - murmuró en voz muy baja con una nube negra sobre los hombros.
- Por eso te llevo siempre cerca. - dijo con una sonrisa satisfecha la mujer.
Dio unas pocas zancadas hacía delante, hasta colocarse frente a la pequeña tropa de nuevos reclutas. Se quedó en silencio, mirándolos a todos detenidamente, de uno en uno, sin ninguna prisa. Su ayudante se plantó junto a ella con una pequeña libreta y un bolígrafo preparados. El tiempo curvó, haciéndose interminable. Solamente una pequeña brisa que levantó algo de polvo alrededor de la misteriosa mujer y los sonidos de las gaviotas cercanas rompían el silencio. Tras un tiempo que a Jean le parecieron varias horas, la mujer asintió con una mueca.
- Soy la Sargento Amren. Voy a ser vuestra instructora durante los próximos días, semanas, meses o años, dependerá de como evolucionéis y de lo razonablemente bien que piense que podéis sobrevivir si os lanzamos al mar. - saludó con un tono de voz serio y firme - Quiero comenzar diciendo que debeis ser realistas. No todo el mundo vale para este trabajo. Ser Marine es duro, sacrificado, y las más de las veces, desagradecido. En el momento en el que vea que alguno de vosotros no tiene lo que se debe tener, será expulsado. Ni la Marina acepta la mediocridad, ni vamos a lanzar a pobres diablos a morir como si fueseis carne de cañón. El entrenamiento comenzará ahora. ¿Alguna pregunta?
Esta vez ni las gaviotas ni el mismo viento osaron romper el silencio que se generó. Jean, al igual que muchos otros reclutas, tragó saliva. Aquella mujer imponía. Y lo sabía. Sonreía satisfecha ante el silencio de sus nuevos pupilos.
- Bien, comencemos...
