19-02-2025, 10:51 PM
Mis dedos se cierran con fuerza alrededor de la llave oxidada. El metal, rugoso y frío por el paso del tiempo, se siente extraño en mi mano, pero no puedo evitar una chispa de orgullo en el pecho. "Lo conseguí." No me molesto en ocultar la sonrisa que me sube a los labios mientras me giro hacia mis compañeros, levantando la llave como un trofeo.
—Esto nos llevará al camarote del capitán. Vamos.
No hay necesidad de decir más. La expectativa nos empuja adelante, más allá de la cubierta azotada por el viento, hacia la puerta que ha permanecido cerrada durante tanto tiempo. Un clic metálico resuena cuando la cerradura cede ante la llave y, con un empujón firme, la puerta se abre.
El interior es un mundo distinto. El aire pesado se cuela de inmediato en mis pulmones, trayendo consigo el olor de la madera envejecida, de la humedad incrustada en cada grieta del camarote. El crujido del barco bajo nuestros pies parece más profundo aquí, más resonante. Como si cada paso despertara ecos de un pasado atrapado en estas paredes.
Pralder apenas cabe en la entrada y ver cómo lucha contra el marco de la puerta es casi cómico… hasta que la madera cede con un sonido inquietante. Me encojo un poco ante el ruido, pero no digo nada. Si algo aquí no quiere que entremos, ya lo hemos desafiado.
Mi mirada recorre rápidamente la estancia, buscando cualquier detalle relevante, cualquier indicio de lo que hemos venido a encontrar. Y entonces, la veo.
La trampilla.
A la derecha de la habitación, casi camuflada por la penumbra y el desgaste de la madera, un candado de combinación la sella con un código de tres números. Me acerco con pasos cautelosos, sintiendo la madera gemir bajo mi peso. Me agacho, dejando que las yemas de mis dedos rocen la cerradura.
Es un mecanismo antiguo, pero no rudimentario. El metal está oxidado en los bordes, aunque la esfera numerada aún gira con suavidad. Pruebo girarla una vez, notando la resistencia sutil cuando el engranaje interno encaja en cada número.
—Veamos qué esconde esto… —murmuro para mí misma, sintiendo la adrenalina recorrerme con esa mezcla de emoción y desafío.
Coloco una mano sobre el candado y con la otra empiezo a girar los discos numerados, primero en una dirección y luego en la otra, buscando la tensión en el mecanismo, la mínima diferencia de presión que pueda delatar la combinación correcta. He trabajado con suficientes cerraduras para reconocer esos pequeños detalles, la forma en que el metal "respira" cuando un número es el indicado.
Escucho, siento, dejo que mis dedos guíen el proceso.
Uno de los discos parece detenerse con más naturalidad en un número en particular. Mi pulso se acelera. Tal vez sea una pista. Pruebo mover el segundo disco, esta vez más despacio, sintiendo la más leve resistencia. El tercer número es el más difícil. Sigo girándolo, percibiendo cada mínimo cambio, cada clic casi imperceptible dentro del mecanismo…
Pero entonces, la luz y un murmullo rompen mi concentración por un instante y levanto la vista.
Es Casca.
Lo veo de pie junto a la estatua, su mano todavía rozando el mármol con una lentitud inquietante. La sala ahora se encuentra iluminada y puedo ver claramente su expresión.
Sus ojos no reflejan la picardía usual, ni el fastidio ocasional con el que suele dirigirse a nosotros. Están vacíos, absorbidos, ausentes, hace que un escalofrío me recorra la espalda, con una mezcla de incomodidad y quizás ¿miedo?.
Mis dedos siguen sobre el candado, pero mi atención ya no está en él.
—Casca… —dice Pralder, pero él no reacciona. Sus dedos siguen recorriendo la piedra, como si estuvieran atrapados en un hechizo que sólo él puede percibir.
—Casca. —Esta vez mi voz es firme, más urgente.
Él parpadea, confuso, como si acabara de despertar de un sueño profundo.
Pralder interviene entonces, con un tono que deja claro que él también ha notado lo extraño de la situación.
—… ¿Sabes que has estado tocando esa estatua por más de un minuto sin decir nada?
El silencio se instala en el camarote.
Casca retrocede un paso. Veo cómo sus manos se aferran a su chaqueta, frotándose las palmas contra la tela como si intentara borrar la sensación de mármol de su piel.
Su boca se abre, como si fuera a decir algo, pero al final solo murmura con un tono que no logra ocultar su incomodidad:
—No sé de qué habláis, parece que no sabéis apreciar el arte... No se puede hacer nada...
Nadie responde.
El aire en la habitación se siente aún más espeso, como si algo invisible nos estuviera observando, esperando.
Tomo una bocanada de aire y regreso mi atención al candado. El clic que sentí antes ahora se siente más lejano, más difícil de recuperar. ¿Por dónde iba? Una vez pierdo el punto de la tercera rueda es imposible de recuperar, ni siquiera recuerdo si estaba comprobando en orden ascendente o descendente, intentar a ciegas sería lanzar una moneda y probablemente que saliera la opción mala.
Maldigo para mis adentros, no quiero que mis compañeros conozcan mi frustración, con lo bien que me había ido con el anterior cofre.
Como diría Casca no se puede hacer nada, así que vuelvo a repasar la habitación en busca de alguna pista que me pueda dar el tercer número. La luz hace que todo sea más distinguible, entonces reparo en un papel que parece más reciente que los demás, parece un mapa.
Me acerco al escritorio, a ver qué secretos me revela ese mapa, quizás el último número que me falta, y en caso contrario… bueno supongo que solo es un 50% ¿no?
—Esto nos llevará al camarote del capitán. Vamos.
No hay necesidad de decir más. La expectativa nos empuja adelante, más allá de la cubierta azotada por el viento, hacia la puerta que ha permanecido cerrada durante tanto tiempo. Un clic metálico resuena cuando la cerradura cede ante la llave y, con un empujón firme, la puerta se abre.
El interior es un mundo distinto. El aire pesado se cuela de inmediato en mis pulmones, trayendo consigo el olor de la madera envejecida, de la humedad incrustada en cada grieta del camarote. El crujido del barco bajo nuestros pies parece más profundo aquí, más resonante. Como si cada paso despertara ecos de un pasado atrapado en estas paredes.
Pralder apenas cabe en la entrada y ver cómo lucha contra el marco de la puerta es casi cómico… hasta que la madera cede con un sonido inquietante. Me encojo un poco ante el ruido, pero no digo nada. Si algo aquí no quiere que entremos, ya lo hemos desafiado.
Mi mirada recorre rápidamente la estancia, buscando cualquier detalle relevante, cualquier indicio de lo que hemos venido a encontrar. Y entonces, la veo.
La trampilla.
A la derecha de la habitación, casi camuflada por la penumbra y el desgaste de la madera, un candado de combinación la sella con un código de tres números. Me acerco con pasos cautelosos, sintiendo la madera gemir bajo mi peso. Me agacho, dejando que las yemas de mis dedos rocen la cerradura.
Es un mecanismo antiguo, pero no rudimentario. El metal está oxidado en los bordes, aunque la esfera numerada aún gira con suavidad. Pruebo girarla una vez, notando la resistencia sutil cuando el engranaje interno encaja en cada número.
—Veamos qué esconde esto… —murmuro para mí misma, sintiendo la adrenalina recorrerme con esa mezcla de emoción y desafío.
Coloco una mano sobre el candado y con la otra empiezo a girar los discos numerados, primero en una dirección y luego en la otra, buscando la tensión en el mecanismo, la mínima diferencia de presión que pueda delatar la combinación correcta. He trabajado con suficientes cerraduras para reconocer esos pequeños detalles, la forma en que el metal "respira" cuando un número es el indicado.
Escucho, siento, dejo que mis dedos guíen el proceso.
Uno de los discos parece detenerse con más naturalidad en un número en particular. Mi pulso se acelera. Tal vez sea una pista. Pruebo mover el segundo disco, esta vez más despacio, sintiendo la más leve resistencia. El tercer número es el más difícil. Sigo girándolo, percibiendo cada mínimo cambio, cada clic casi imperceptible dentro del mecanismo…
Pero entonces, la luz y un murmullo rompen mi concentración por un instante y levanto la vista.
Es Casca.
Lo veo de pie junto a la estatua, su mano todavía rozando el mármol con una lentitud inquietante. La sala ahora se encuentra iluminada y puedo ver claramente su expresión.
Sus ojos no reflejan la picardía usual, ni el fastidio ocasional con el que suele dirigirse a nosotros. Están vacíos, absorbidos, ausentes, hace que un escalofrío me recorra la espalda, con una mezcla de incomodidad y quizás ¿miedo?.
Mis dedos siguen sobre el candado, pero mi atención ya no está en él.
—Casca… —dice Pralder, pero él no reacciona. Sus dedos siguen recorriendo la piedra, como si estuvieran atrapados en un hechizo que sólo él puede percibir.
—Casca. —Esta vez mi voz es firme, más urgente.
Él parpadea, confuso, como si acabara de despertar de un sueño profundo.
Pralder interviene entonces, con un tono que deja claro que él también ha notado lo extraño de la situación.
—… ¿Sabes que has estado tocando esa estatua por más de un minuto sin decir nada?
El silencio se instala en el camarote.
Casca retrocede un paso. Veo cómo sus manos se aferran a su chaqueta, frotándose las palmas contra la tela como si intentara borrar la sensación de mármol de su piel.
Su boca se abre, como si fuera a decir algo, pero al final solo murmura con un tono que no logra ocultar su incomodidad:
—No sé de qué habláis, parece que no sabéis apreciar el arte... No se puede hacer nada...
Nadie responde.
El aire en la habitación se siente aún más espeso, como si algo invisible nos estuviera observando, esperando.
Tomo una bocanada de aire y regreso mi atención al candado. El clic que sentí antes ahora se siente más lejano, más difícil de recuperar. ¿Por dónde iba? Una vez pierdo el punto de la tercera rueda es imposible de recuperar, ni siquiera recuerdo si estaba comprobando en orden ascendente o descendente, intentar a ciegas sería lanzar una moneda y probablemente que saliera la opción mala.
Maldigo para mis adentros, no quiero que mis compañeros conozcan mi frustración, con lo bien que me había ido con el anterior cofre.
Como diría Casca no se puede hacer nada, así que vuelvo a repasar la habitación en busca de alguna pista que me pueda dar el tercer número. La luz hace que todo sea más distinguible, entonces reparo en un papel que parece más reciente que los demás, parece un mapa.
Me acerco al escritorio, a ver qué secretos me revela ese mapa, quizás el último número que me falta, y en caso contrario… bueno supongo que solo es un 50% ¿no?
Karma
