Mientras surcaba las olas de las costas del archipiélago, intentaba abstraer mi mente inútilmente tratando de imaginar o bocetear en mi cabeza los requerimientos de la próxima embarcación del gremio. No era un proceso sencillo, dado que no podía quitar de mis pensamientos el casi final de mi aventura - o tal vez mi propia vida - que acababamos de vivir. Ni Viktor ni el mocoso sabían cuán cerca habían estado de morir simplemente por el hecho de acompañarme. Ninguno de ellos dos sabía nada sobre mi linaje como Dragón Celestial... y pensándolo en frío, creo que a estas alturas tan solo el gobernante de la isla del cielo y nuestra ex compañera sabían sobre esto.
No era un origen del que me avergonzase como tal, pero sí era un pasado del que estaba huyendo, y era plenamente consciente de que si algún miembro de mi familia consiguiese reconocerme o encontrarme, las consecuencias para esto serían arrastrarme de vuelta a la Tierra Santa, o acabar conmigo para mantener limpio y puro su linaje. Y las dos opciones acabarían conmigo muerto. No... no había pasado más de quince años escapando y reforjando el hombre que ahora era, para perderlo todo justo antes de poder comenzar mi objetivo en el Nuevo Mundo.
Y aunque no me avergonzase era plenamente consciente de lo que mi gente representaba para el mundo: Los más fanáticos y devotos sentían una admiración formidable, y unas ansias de chuparlos las bolas irrefrenables para poder obtener favores de nuestra parte. Y por otro lado estaba quienes nos temían y odiaban a partes iguales, personas que por unas cosas u otras han visto que alguna forma su historia comprometida por nuestras caprichosas decisiones, o bien cuya moralidad les impide aceptar la supremacía de aquellos elegidos que viven en la Tierra Santa. Pero precisamente por eso no encontraba el momento ni la forma para introducir este tema de conversación con el hombre en quien más confiaba actualmente, y en el que sin duda más había confiado en los últimos quince años. No podía saber su parecer sobre los Tenryubito, y si este fuera negativo podría dar lugar a un intento de deserción o abandono por su parte, o quizá en el peor de los casos a un enfrentamiento abierto.
Chasqueé la lengua con frustración mientras mantenía recto el timón del barco. Posiblemente de entre todas las personas del mundo con las que no querría tener que cruzar más que palabras, aparte de algunos miembros de mi familia, estaba Víktor. Era diestro y capaz, y dependiendo de las circunstancias quizá podría salir victorioso y derrotarme, o matarme. Y en caso contrario volviendo alzarme yo con la victoria, no lo sería para nada perdiendo un efectivo tan capaz como él, y por qué no decirlo, a un compañero tan leal. El chiquillo me la sudaba, Chloe no fue el primer cuello apretado y sabía de sobra que no sería el último.
Pero el tema con el albino era algo que debía afrontar tarde o temprano. Si quería tener posibilidades de sobrevivir a un posible encuentro con algún miembro de mi familia, por ejemplo, que Verus se dedicase a buscarme por el archipiélago y diese conmigo, necesitaría contar con la participación de mi camarada para poder tener éxito. Obviamente no hacía falta revelarle esta información para determinarle quién era nuestro enemigo y esperar que obrase en consecuencia, pero si en medio del conflicto se enterase de mi linaje, y se lo tomara de una forma negativa, podría abandonarme y dejarme vendido a una suerte para nada deseada. Suspiré pesadamente. Tenía que hablar con él antes, y afrontar la situación por separado.
Quizá en nuestra expedición para adquirir el nuevo navío fuese un buen momento. Quizá lo fuese mejor esperar a obtener el barco, por si las moscas. Pero la generosa oferta de quien invadía mis pensamientos en este momento me sacó de ellos, lanzando una gran bolsa de dinero que intercepté al vuelo, y declarando que estaría dispuesto a regalarme el barco siempre y cuando tuviera ciertos requisitos en su beneficio.
— Por mi tenemos un trato, si es que consigues pagar lo que tengo en mente... — afirmé sin dar ni una palabra más que eso, y gire el timón para colocar el navío de cara a poder anclar en el puerto de los astilleros, concretamente, en el hangar número uno.
— Echad el ancla y recoged las velas — ordené con sequedad caminando hacia el usuario de nuestras filas y recogiendo un trinquete en el camino, y parándome junto al del pelo divertido y aquella mesa, recogiendo el libro de cuentas, pasando a redactar los términos del acuerdo que acabamos de cerrar, conjuntamente con mi firma completa con el pseudónimo que me había identificado durante más de una década: Sohem. Un acrónimo de mi auténtico nombre. Tras esto tuve una idea. Alcé la vista para mirar a Víktor y volvía a mirar del cuaderno de cuentas. Una idea para decirlo y no decirlo al mismo tiempo.
— Coco, pon la cubierta en orden y recoge tus cosas rápido. Tendrás que vigilar el Parabellum hasta que lo hayamos vendido — dije refiriéndome al birkaniano y mirándole — Viktor, tú también deberías dejar recogidas tus cosas. Acompáñame dentro, de paso vamos a formalizar esta transacción en el libro de cuentas y tu generoso regalo — dije en esta ocasión, refiriéndome a mi otro compañero pasando mi mirada hacia él, sin soltar aquel libro.
No era un origen del que me avergonzase como tal, pero sí era un pasado del que estaba huyendo, y era plenamente consciente de que si algún miembro de mi familia consiguiese reconocerme o encontrarme, las consecuencias para esto serían arrastrarme de vuelta a la Tierra Santa, o acabar conmigo para mantener limpio y puro su linaje. Y las dos opciones acabarían conmigo muerto. No... no había pasado más de quince años escapando y reforjando el hombre que ahora era, para perderlo todo justo antes de poder comenzar mi objetivo en el Nuevo Mundo.
Y aunque no me avergonzase era plenamente consciente de lo que mi gente representaba para el mundo: Los más fanáticos y devotos sentían una admiración formidable, y unas ansias de chuparlos las bolas irrefrenables para poder obtener favores de nuestra parte. Y por otro lado estaba quienes nos temían y odiaban a partes iguales, personas que por unas cosas u otras han visto que alguna forma su historia comprometida por nuestras caprichosas decisiones, o bien cuya moralidad les impide aceptar la supremacía de aquellos elegidos que viven en la Tierra Santa. Pero precisamente por eso no encontraba el momento ni la forma para introducir este tema de conversación con el hombre en quien más confiaba actualmente, y en el que sin duda más había confiado en los últimos quince años. No podía saber su parecer sobre los Tenryubito, y si este fuera negativo podría dar lugar a un intento de deserción o abandono por su parte, o quizá en el peor de los casos a un enfrentamiento abierto.
Chasqueé la lengua con frustración mientras mantenía recto el timón del barco. Posiblemente de entre todas las personas del mundo con las que no querría tener que cruzar más que palabras, aparte de algunos miembros de mi familia, estaba Víktor. Era diestro y capaz, y dependiendo de las circunstancias quizá podría salir victorioso y derrotarme, o matarme. Y en caso contrario volviendo alzarme yo con la victoria, no lo sería para nada perdiendo un efectivo tan capaz como él, y por qué no decirlo, a un compañero tan leal. El chiquillo me la sudaba, Chloe no fue el primer cuello apretado y sabía de sobra que no sería el último.
Pero el tema con el albino era algo que debía afrontar tarde o temprano. Si quería tener posibilidades de sobrevivir a un posible encuentro con algún miembro de mi familia, por ejemplo, que Verus se dedicase a buscarme por el archipiélago y diese conmigo, necesitaría contar con la participación de mi camarada para poder tener éxito. Obviamente no hacía falta revelarle esta información para determinarle quién era nuestro enemigo y esperar que obrase en consecuencia, pero si en medio del conflicto se enterase de mi linaje, y se lo tomara de una forma negativa, podría abandonarme y dejarme vendido a una suerte para nada deseada. Suspiré pesadamente. Tenía que hablar con él antes, y afrontar la situación por separado.
Quizá en nuestra expedición para adquirir el nuevo navío fuese un buen momento. Quizá lo fuese mejor esperar a obtener el barco, por si las moscas. Pero la generosa oferta de quien invadía mis pensamientos en este momento me sacó de ellos, lanzando una gran bolsa de dinero que intercepté al vuelo, y declarando que estaría dispuesto a regalarme el barco siempre y cuando tuviera ciertos requisitos en su beneficio.
— Por mi tenemos un trato, si es que consigues pagar lo que tengo en mente... — afirmé sin dar ni una palabra más que eso, y gire el timón para colocar el navío de cara a poder anclar en el puerto de los astilleros, concretamente, en el hangar número uno.
— Echad el ancla y recoged las velas — ordené con sequedad caminando hacia el usuario de nuestras filas y recogiendo un trinquete en el camino, y parándome junto al del pelo divertido y aquella mesa, recogiendo el libro de cuentas, pasando a redactar los términos del acuerdo que acabamos de cerrar, conjuntamente con mi firma completa con el pseudónimo que me había identificado durante más de una década: Sohem. Un acrónimo de mi auténtico nombre. Tras esto tuve una idea. Alcé la vista para mirar a Víktor y volvía a mirar del cuaderno de cuentas. Una idea para decirlo y no decirlo al mismo tiempo.
— Coco, pon la cubierta en orden y recoge tus cosas rápido. Tendrás que vigilar el Parabellum hasta que lo hayamos vendido — dije refiriéndome al birkaniano y mirándole — Viktor, tú también deberías dejar recogidas tus cosas. Acompáñame dentro, de paso vamos a formalizar esta transacción en el libro de cuentas y tu generoso regalo — dije en esta ocasión, refiriéndome a mi otro compañero pasando mi mirada hacia él, sin soltar aquel libro.
Resumen
Inventario
bélico

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