25-01-2025, 09:51 PM
Me dirigí a la plaza a pocas calles de “el Vigía” tras dejar allí a Charel con una sensación extraña entre seguridad y preocupación. Hasta ahora en los trabajos no debía preocuparme más que por mi bienestar y el buen estado de Rimera y las escasas piezas de armadura que utilizaba, pero ahora tenía compañeros.
La palabra compañeros era la que me daba seguridad, ellos podían cubrir mis debilidades, mi incapacidad de actuar sigilosamente y en especial, mi nula capacidad de elaborar planes con algo más que buenas intenciones. Casca descartaba especialmente en este aspecto ya que parecía estar elaborando siempre un plan B y un C para tenerlos en la recámara. Por su parte Charel aunque parecía actuar tímida o algo más callada tampoco se quedaba atrás, tenía un don de gentes innegable y parecía capaz de venderle zancos a un piernas largas.
Sin embargo, pensándolo fríamente, acaba de dejar a una muchacha de diecisiete años bailando en un bar, con una tripulación pirata buscada de la cual no sabían el número de integrantes, y aunque Casca estuviera preparado en el tejado, sería difícil para él utilizar su rifle si le obligaban a luchar corta distancia o apuntar con local lleno de gente.
Pero llegados a este punto poco se podía hacer, me concentré en apartar de mi mente las preocupaciones como había aprendido durante los entrenamientos. Había aceptado el plan y solo quedaba confiar en mis compañeros. Sólo los conocía desde hace un par de días y estaba claro que, aunque pudiesen parecer frágiles, los dos sabían sobrevivir y apañárselas por su cuenta.
A los pocos minutos llegué a la plaza, estaba levemente iluminada con cuatro faroles alrededor de una plataforma de piedra coronada con la estatua de un hombre pescando. Me senté en el bordillo de la losa de piedra con Rimera en las manos, mirando en dirección a la calle que acababa de dejar. Si los piratas de Raick escapaban por aquí cumpliría con mi parte.
Así pasó cerca de una hora. El frío de la noche y la humedad comenzaban a calar poco a poco las escasas capas de abrigo que llevaba, pero por lo menos todo estaba tranquilo. A lo lejos, por encima del murmullo del pueblo podía escuchar una música lejana en dirección a “el Vigia”.
- Imagino que Charel debe estar terminando su baile. Una pena no poder verlo, se le veía determinada a dar un gran espectáculo. ¡Keehkekeke seguro que Rona nos acaba pidiendo que volvamos! - Dije en voz alta por romper el silencio mientras intentaba mantener equilibrada a Rimera en mis manos. Aún se hacía pesada y el objetivo de poder manejarla con una sola mano dadas sus dimensiones estaba lejos, pero cada vez la conseguía manejar con más facilidad.
La noche avanzó un poco más y decidí combatir el frío y el aburrimiento con algunos ejercicios. “¡Nada como unas sentadillas y unos golpes al aire para mantenerse caliente!” pensé sin saber los problemas que estos gestos me iban a traer.
Dos marines atravesaron corriendo con las armas desenfundadas por la calle que había atravesado hace un par de horas. Entraron a la plaza parándose en seco al encontrarme de pie con Rimera en las manos en posición combativa.
- QUIETO PIRATA, ¡SUELTA EL HACHA! - Gritó uno de ellos apuntándome con el rifle.
Varios vecinos curiosos se asomaron desde sus ventanas al escuchar las voces.
- No soy un pirata - Contesté de vuelta bajando el arma, aunque en cierto modo sabía por sus caras que no la conversación no iba a terminar ahí - ¡soy un tabern… un cazarrecompensas! Estoy buscando a…
Un disparo resonó en la plaza. El marine que me apuntaba acababa de apretar el gatillo y la bala había pasado a un metro escaso de mi cara. Los vecinos que antes se habían asomado cerraron rápido las ventanas.
- ¡VAS A VENIR CON NOSOTROS! ¡De rodillas y suelta el hacha! - Gritaron nuevamente acercándose despacio hasta estar a un par de metros. “Hoy no es el mejor día para cruzarme con dos marines que no atienden a razones” pensé mientras buscaba las palabras que me pudieran sacar de este malentendido.
Me puse de rodillas y solté a Rimera esperando ver en sus caras una expresión más tranquila y receptiva, pero vi todo lo contrario, un orgullo vacío junto a una leve sonrisa torcida. “Maldita sea… estos dos van a querer llevarme esposado solo para poder decir que han detenido a alguien”
La racha de malos acontecimientos no se detuvo ahí. Una explosión lejana seguida de un fogonazo. La visión fugaz de Casca con sus alas grises desplegadas siendo iluminadas desde abajo por llamas naranjas saltando de un tejado a otro mientras disparaba a alguien en el suelo. Mis pupilas se encogieron. Algo ido mal para Casca y Charel. Tenía que salir de aquí y llegar hasta ellos.
Los dos marines se despistaron unos instantes ante el sonido de la explosión, lo justo y necesario para permitirme coger a Rimera del suelo. El filo arrancó chispas del suelo de piedra mientras hacía un ataque de barrido para placar a los dos marines con el canto del hacha. El ataque impactó de lleno en el primero, que voló varios metros hacia atrás chocando contra una pared, pero rozó al segundo que saltó hacia atrás dispuesto a disparar nuevamente. Recobrando la guardia que tantas veces había ensayado, me levanté y salté hacia el marine, mi puño apuntando a su cabeza con intención de noquearlo. Nos alcanzamos a la vez. La cara del marine chocó con ruido sordo contra el suelo y yo ahora tenía una bala alojada en el muslo.
Aguantándome el dolor, eché a correr hacia donde había visto saltar a Casca.
La palabra compañeros era la que me daba seguridad, ellos podían cubrir mis debilidades, mi incapacidad de actuar sigilosamente y en especial, mi nula capacidad de elaborar planes con algo más que buenas intenciones. Casca descartaba especialmente en este aspecto ya que parecía estar elaborando siempre un plan B y un C para tenerlos en la recámara. Por su parte Charel aunque parecía actuar tímida o algo más callada tampoco se quedaba atrás, tenía un don de gentes innegable y parecía capaz de venderle zancos a un piernas largas.
Sin embargo, pensándolo fríamente, acaba de dejar a una muchacha de diecisiete años bailando en un bar, con una tripulación pirata buscada de la cual no sabían el número de integrantes, y aunque Casca estuviera preparado en el tejado, sería difícil para él utilizar su rifle si le obligaban a luchar corta distancia o apuntar con local lleno de gente.
Pero llegados a este punto poco se podía hacer, me concentré en apartar de mi mente las preocupaciones como había aprendido durante los entrenamientos. Había aceptado el plan y solo quedaba confiar en mis compañeros. Sólo los conocía desde hace un par de días y estaba claro que, aunque pudiesen parecer frágiles, los dos sabían sobrevivir y apañárselas por su cuenta.
A los pocos minutos llegué a la plaza, estaba levemente iluminada con cuatro faroles alrededor de una plataforma de piedra coronada con la estatua de un hombre pescando. Me senté en el bordillo de la losa de piedra con Rimera en las manos, mirando en dirección a la calle que acababa de dejar. Si los piratas de Raick escapaban por aquí cumpliría con mi parte.
Así pasó cerca de una hora. El frío de la noche y la humedad comenzaban a calar poco a poco las escasas capas de abrigo que llevaba, pero por lo menos todo estaba tranquilo. A lo lejos, por encima del murmullo del pueblo podía escuchar una música lejana en dirección a “el Vigia”.
- Imagino que Charel debe estar terminando su baile. Una pena no poder verlo, se le veía determinada a dar un gran espectáculo. ¡Keehkekeke seguro que Rona nos acaba pidiendo que volvamos! - Dije en voz alta por romper el silencio mientras intentaba mantener equilibrada a Rimera en mis manos. Aún se hacía pesada y el objetivo de poder manejarla con una sola mano dadas sus dimensiones estaba lejos, pero cada vez la conseguía manejar con más facilidad.
La noche avanzó un poco más y decidí combatir el frío y el aburrimiento con algunos ejercicios. “¡Nada como unas sentadillas y unos golpes al aire para mantenerse caliente!” pensé sin saber los problemas que estos gestos me iban a traer.
Dos marines atravesaron corriendo con las armas desenfundadas por la calle que había atravesado hace un par de horas. Entraron a la plaza parándose en seco al encontrarme de pie con Rimera en las manos en posición combativa.
- QUIETO PIRATA, ¡SUELTA EL HACHA! - Gritó uno de ellos apuntándome con el rifle.
Varios vecinos curiosos se asomaron desde sus ventanas al escuchar las voces.
- No soy un pirata - Contesté de vuelta bajando el arma, aunque en cierto modo sabía por sus caras que no la conversación no iba a terminar ahí - ¡soy un tabern… un cazarrecompensas! Estoy buscando a…
Un disparo resonó en la plaza. El marine que me apuntaba acababa de apretar el gatillo y la bala había pasado a un metro escaso de mi cara. Los vecinos que antes se habían asomado cerraron rápido las ventanas.
- ¡VAS A VENIR CON NOSOTROS! ¡De rodillas y suelta el hacha! - Gritaron nuevamente acercándose despacio hasta estar a un par de metros. “Hoy no es el mejor día para cruzarme con dos marines que no atienden a razones” pensé mientras buscaba las palabras que me pudieran sacar de este malentendido.
Me puse de rodillas y solté a Rimera esperando ver en sus caras una expresión más tranquila y receptiva, pero vi todo lo contrario, un orgullo vacío junto a una leve sonrisa torcida. “Maldita sea… estos dos van a querer llevarme esposado solo para poder decir que han detenido a alguien”
La racha de malos acontecimientos no se detuvo ahí. Una explosión lejana seguida de un fogonazo. La visión fugaz de Casca con sus alas grises desplegadas siendo iluminadas desde abajo por llamas naranjas saltando de un tejado a otro mientras disparaba a alguien en el suelo. Mis pupilas se encogieron. Algo ido mal para Casca y Charel. Tenía que salir de aquí y llegar hasta ellos.
Los dos marines se despistaron unos instantes ante el sonido de la explosión, lo justo y necesario para permitirme coger a Rimera del suelo. El filo arrancó chispas del suelo de piedra mientras hacía un ataque de barrido para placar a los dos marines con el canto del hacha. El ataque impactó de lleno en el primero, que voló varios metros hacia atrás chocando contra una pared, pero rozó al segundo que saltó hacia atrás dispuesto a disparar nuevamente. Recobrando la guardia que tantas veces había ensayado, me levanté y salté hacia el marine, mi puño apuntando a su cabeza con intención de noquearlo. Nos alcanzamos a la vez. La cara del marine chocó con ruido sordo contra el suelo y yo ahora tenía una bala alojada en el muslo.
Aguantándome el dolor, eché a correr hacia donde había visto saltar a Casca.
