10-01-2025, 11:08 PM
El escenario estaba en penumbra, iluminado únicamente por un foco central que bañaba de luz a una joven de 17 años. Su cabello rosado, largo y brillante, recogido parcialmente, enmarcaba un rostro de rasgos delicados y ojos verdes. Había algo en su mirada que atrapaba al público incluso antes de que comenzara la música: una mezcla de confianza y una intensidad hipnótica, tal vez también la necesidad de darlo todo, de conseguir esta misión.
Llevaba puesto un vestido de inspiración oriental que parecía flotar a su alrededor. Confeccionado en un tejido sedoso de tonos esmeralda y dorado, el vestido reflejaba la luz con cada pequeño movimiento. El corpiño abrazaba con delicadeza su figura, adornado con monedas metálicas del mismo verde que sus ojos, que colgaban en cascadas desde el cinturón hasta la parte baja de la falda. Con cada paso, las monedas tintineaban suavemente, sumándose a la atmósfera mágica. Las mangas largas y translúcidas le daban el aire de una criatura etérea, y la falda fluía como un río bajo la tenue iluminación.
Cuando comenzó la música, un ritmo envolvente y misterioso, Charel alzó una cinta de gimnasia rítmica que sostenía en su mano, de un verde brillante con bordes dorados. Desde los primeros movimientos, la cinta se convirtió en una extensión de su cuerpo. Con gracia y precisión, trazaba espirales y figuras en el aire, creando una danza que parecía dibujar historias invisibles.
Al principio, sus movimientos eran lentos, llenos de una delicadeza casi sobrenatural. Con cada paso y cada giro, lograba captar la atención de todos, convirtiendo el escenario en un lienzo viviente donde la cinta pintaba obras efímeras. Conforme la música crecía en intensidad, sus movimientos se volvieron más rápidos y dinámicos. Ejecutaba giros ágiles, saltos elegantes y ondulaciones que parecían desafiar las leyes de la gravedad.
En un punto culminante, giró sobre sí misma con tal velocidad que las monedas de su vestido tintinearon al unísono con un brillo hipnotizante, mientras la cinta dibujaba curvas perfectas en el aire, como si las luces la transformaran en una figura mitológica. El punto culminante llegó con un salto impresionante: su cuerpo pareció quedar suspendido en el aire por un instante que se hizo eterno, mientras la cinta se arqueaba como una ola antes de caer suavemente en su mano.
Hacia el final de la actuación, cuando la música comenzó a decaer, ella redujo la intensidad de sus movimientos. En el centro del escenario, realizó un último giro lento mientras la cinta dibujaba un círculo a su alrededor, rodeándola en una especie de aura mística. Al concluir, se arrodilló, dejando que la cinta cayera delicadamente al suelo y que las monedas emitieran un leve eco metálico que se fundió con el silencio del teatro.
Por un momento, el público contuvo la respiración. Luego, el estallido de aplausos y vítores llenó la sala. Nadie podía apartar la vista de aquella joven, ni olvidar lo que acababan de presenciar: un espectáculo que quedaría grabado para siempre en la memoria de quienes estuvieron allí.
“Definitivamente no vamos a comprar pescado podrido” pensó Charel mientras aún se secaba el sudor de la frente, ahora tocaba la segunda parte: emborrachar al pirata. La primera había salido bien, era necesario que su actuación fuera memorable para que pudiera acercarse a ellos. Guardó sus pertenencias, y se dirigió a la barra, donde estaba Raick, su objetivo.
Sabía lo que tenía que hacer, se acercó a la barra, ocupando un hueco perfecto para su cometido, cerca de los piratas, pero no lo suficiente como para que buscara un acercamiento.
Miró a Rona, y le pidió una “cerveza”, haciendo evidente su guiño de ojo para ella, sin que pudieran verlo los piratas cercanos. Se apoyó en la barra mientras le servían su bebida, que por suerte parece que consistió en algún zumo, dándoles la espalda deliberadamente a los piratas, mientras se abanicaba sutilmente para que se percataran de su presencia.
- Pero bueno, si tenemos aquí a la artista de la noche, ¿Qué hace una bailarina tan guapa como tú en un pueblo perdido de la mano de dios?- dijo Raik
- Poca cosa, intentando ganarse el pan, las ciudades grandes tienen más tabernas, pero siempre hay mucha más… competencia, además aquí se puede charlar con los espectadores y saber qué les ha parecido tu trabajo.
- No ha estado mal, sabías moverte
- Muchas gracias, y vosotros ¿Qué hacéis en un pueblo como este bebiendo en una taberna?
- Bueno en realidad estamos de incógnito, somos gente importante ¿sabes?
- Uh no me digas, cuéntame más tengo tiempo- le guiñó un ojo, y reprimió una arcada, tener que actuar así no era algo de su agrado, ¡¿que no había estado mal en su actuación?! ¿Cómo se atrevía?
Y así Charel les siguió la charla, animándoles a beber, algo que hacía que Rona siempre le sonriera al servir las bebidas. La taberna se fue llenando cada vez más, algunos otros clientes querían acercarse, pero los piratas los mantenían a raya, algo que Charel agradeció, eso y los zumos, ya que los tres sujetos eran difíciles de aguantar.
En cierto punto se despistó, ordenaron bebidas, pero Rona estaba ocupada atendiendo las mesas, parecía que la presencia de una bailarina estaba atrayendo a casi todo el pueblo, tanto que el hijo de Rona tuvo que echar una mano a su madre.
Pero él no conocía el trato, y Charel se dio cuenta de todo esto… justo cuando dejaba el vaso de licor potente a la mitad. Ya nada podía hacer, esto marcaría sin duda una espiral descendente a la mala suerte del plan y solo llegó a pensar un “mierda” antes de que sus recuerdos se tornaran borrosos.
Llevaba puesto un vestido de inspiración oriental que parecía flotar a su alrededor. Confeccionado en un tejido sedoso de tonos esmeralda y dorado, el vestido reflejaba la luz con cada pequeño movimiento. El corpiño abrazaba con delicadeza su figura, adornado con monedas metálicas del mismo verde que sus ojos, que colgaban en cascadas desde el cinturón hasta la parte baja de la falda. Con cada paso, las monedas tintineaban suavemente, sumándose a la atmósfera mágica. Las mangas largas y translúcidas le daban el aire de una criatura etérea, y la falda fluía como un río bajo la tenue iluminación.
Cuando comenzó la música, un ritmo envolvente y misterioso, Charel alzó una cinta de gimnasia rítmica que sostenía en su mano, de un verde brillante con bordes dorados. Desde los primeros movimientos, la cinta se convirtió en una extensión de su cuerpo. Con gracia y precisión, trazaba espirales y figuras en el aire, creando una danza que parecía dibujar historias invisibles.
Al principio, sus movimientos eran lentos, llenos de una delicadeza casi sobrenatural. Con cada paso y cada giro, lograba captar la atención de todos, convirtiendo el escenario en un lienzo viviente donde la cinta pintaba obras efímeras. Conforme la música crecía en intensidad, sus movimientos se volvieron más rápidos y dinámicos. Ejecutaba giros ágiles, saltos elegantes y ondulaciones que parecían desafiar las leyes de la gravedad.
En un punto culminante, giró sobre sí misma con tal velocidad que las monedas de su vestido tintinearon al unísono con un brillo hipnotizante, mientras la cinta dibujaba curvas perfectas en el aire, como si las luces la transformaran en una figura mitológica. El punto culminante llegó con un salto impresionante: su cuerpo pareció quedar suspendido en el aire por un instante que se hizo eterno, mientras la cinta se arqueaba como una ola antes de caer suavemente en su mano.
Hacia el final de la actuación, cuando la música comenzó a decaer, ella redujo la intensidad de sus movimientos. En el centro del escenario, realizó un último giro lento mientras la cinta dibujaba un círculo a su alrededor, rodeándola en una especie de aura mística. Al concluir, se arrodilló, dejando que la cinta cayera delicadamente al suelo y que las monedas emitieran un leve eco metálico que se fundió con el silencio del teatro.
Por un momento, el público contuvo la respiración. Luego, el estallido de aplausos y vítores llenó la sala. Nadie podía apartar la vista de aquella joven, ni olvidar lo que acababan de presenciar: un espectáculo que quedaría grabado para siempre en la memoria de quienes estuvieron allí.
“Definitivamente no vamos a comprar pescado podrido” pensó Charel mientras aún se secaba el sudor de la frente, ahora tocaba la segunda parte: emborrachar al pirata. La primera había salido bien, era necesario que su actuación fuera memorable para que pudiera acercarse a ellos. Guardó sus pertenencias, y se dirigió a la barra, donde estaba Raick, su objetivo.
Sabía lo que tenía que hacer, se acercó a la barra, ocupando un hueco perfecto para su cometido, cerca de los piratas, pero no lo suficiente como para que buscara un acercamiento.
Miró a Rona, y le pidió una “cerveza”, haciendo evidente su guiño de ojo para ella, sin que pudieran verlo los piratas cercanos. Se apoyó en la barra mientras le servían su bebida, que por suerte parece que consistió en algún zumo, dándoles la espalda deliberadamente a los piratas, mientras se abanicaba sutilmente para que se percataran de su presencia.
- Pero bueno, si tenemos aquí a la artista de la noche, ¿Qué hace una bailarina tan guapa como tú en un pueblo perdido de la mano de dios?- dijo Raik
- Poca cosa, intentando ganarse el pan, las ciudades grandes tienen más tabernas, pero siempre hay mucha más… competencia, además aquí se puede charlar con los espectadores y saber qué les ha parecido tu trabajo.
- No ha estado mal, sabías moverte
- Muchas gracias, y vosotros ¿Qué hacéis en un pueblo como este bebiendo en una taberna?
- Bueno en realidad estamos de incógnito, somos gente importante ¿sabes?
- Uh no me digas, cuéntame más tengo tiempo- le guiñó un ojo, y reprimió una arcada, tener que actuar así no era algo de su agrado, ¡¿que no había estado mal en su actuación?! ¿Cómo se atrevía?
Y así Charel les siguió la charla, animándoles a beber, algo que hacía que Rona siempre le sonriera al servir las bebidas. La taberna se fue llenando cada vez más, algunos otros clientes querían acercarse, pero los piratas los mantenían a raya, algo que Charel agradeció, eso y los zumos, ya que los tres sujetos eran difíciles de aguantar.
En cierto punto se despistó, ordenaron bebidas, pero Rona estaba ocupada atendiendo las mesas, parecía que la presencia de una bailarina estaba atrayendo a casi todo el pueblo, tanto que el hijo de Rona tuvo que echar una mano a su madre.
Pero él no conocía el trato, y Charel se dio cuenta de todo esto… justo cuando dejaba el vaso de licor potente a la mitad. Ya nada podía hacer, esto marcaría sin duda una espiral descendente a la mala suerte del plan y solo llegó a pensar un “mierda” antes de que sus recuerdos se tornaran borrosos.
