- ¿Y tú que quieres? ¿Tú no sabes que hay horas de consulta establecidas?
Fue lo primero que me dijo el oficial en tono autoritario y seco. Era un hombre algo bajo para ser un humano, con piernas muy finas y el torso desproporcionadamente ancho. Estaba vestido con el típico traje azul y blanco de la marina y coronado por una gorra con una gavitota en miniatura. Debajo de su visera sobresalía un portentoso bigote negro, al que sin duda le debía dedicar horas, y que se movía de lado a lado con impaciencia.
- Disculpe ¡Vengo para conseguir información sobre esta recompensa! - Comenté intentando ser lo más directo posible. Por experiencia este tipo de personas destaban la charla extendida y más si era con un extraño como yo que le estaba molestando fuera de un supuesto horario de consulta.
- ¡¿Y por esto se me saca de mi despacho?! - Preguntó mirando hacia los dos cadetes que custodiaban la puerta y le habían dado el aviso. “¿Dónde ha quedado en este hombre la voluntad de servir y ayudar? Desde luego, menudo contraste con los otros dos” pensé al ver como el hombre hablaba a sus dos subordinados.
- A ver… Moldu, a ese ladrón de tres al cuarto parece que le han visto por las canteras ¡y ahora fuera de mi vista!
- Si sabeis por donde anda ¿por qué no va… - Pensé en voz alta sin darme cuenta.
- ¡HE DICHO FUERA! - Cortó tajante el oficial, mientras se giraba y farfullaba de camino al interior de alto edificio de la Marina.
Ignorando lo que acaba de decir el oficial permanecí allí sentado unos minutos, dándole vueltas a cómo iba a proceder. La tarde se acercaba y el sol comenzaba a teñir todo de tonos naranjas y dorados, de modo que lo mejor sería volver a casa y descansar, así podría salir unas horas antes del amanecer y llegar a las canteras de Ilisia con las primeras luces y comenzar a buscar rastros o preguntar a los trabajadores si habían visto algo.
El camino hasta casa se hizo bastante más largo de lo que esperaba por culpa de las dudas ¿Conseguiría capturar a este ladrón? ¿Sería viable capturar a los piratas o bandidos suficientes como para saldar la deuda? Intentaba mantenerme optimista, llevaba años entrenando y si este ladrón era un humano promedio seguramente le sacaría varios metros de altura y sería bastante débil en comparación, al fin y al cabo, era una recompensa baja y ni siquiera estaba reconocido como pirata.
Para cuando llegué a lo que antes era nuestra taberna ahora reconvertida en casa familiar, no había ninguna luz ni fuego encendido, mis padres llevarían un tiempo ya durmiendo. Encendí la chimenea, el fuego iluminó parcialmente el salón y todo se volvió más reconfortante.
Dispuse frente a ella mi mochila, un poco de comida, algun paño que me sirviera de venda por si acaso y una cantimplora con agua. Mientras repasaba si debía añadir algo más, veo a Rimera sobre la chimenea, colgada en la pared. El fuego la ilumina desde abajo reflejándose en su filo y proyectando una sombra alargada que la hace parecer aún más grande de lo que es.
Desde su estante en la pared parecía decir “Llévame”.
Cogí a Rimera - Keehkekeke… un hacha de mano “arrojadiza” para mi madre. De verdad me he quedado pequeño. Keehkekeke - vuelvo a reirme, más por nervios que por alegría - esto me hace sentir como si fuera aun un niño… Rimera para mi vas a ser un hacha a dos manos, espero que no te importe. - No pareció haber objeciones.
Tras eso, conseguí dormir unas horas frente a la chimenea. Entre la mochila preparada con provisiones a un lado y Rimera al otro, había conseguido asentar las preocupaciones, estaría bien.
El sonido de uno de los leños quebrándose en la chimenea y cayendo sobre los otros me despertó. El reloj marcaba casi las cinco. Me colgué a Rimera a la espalda, puse la mochila sobre ella y salí dirección a las canteras aún de noche. Tocaba ponerse a prueba.
Fue lo primero que me dijo el oficial en tono autoritario y seco. Era un hombre algo bajo para ser un humano, con piernas muy finas y el torso desproporcionadamente ancho. Estaba vestido con el típico traje azul y blanco de la marina y coronado por una gorra con una gavitota en miniatura. Debajo de su visera sobresalía un portentoso bigote negro, al que sin duda le debía dedicar horas, y que se movía de lado a lado con impaciencia.
- Disculpe ¡Vengo para conseguir información sobre esta recompensa! - Comenté intentando ser lo más directo posible. Por experiencia este tipo de personas destaban la charla extendida y más si era con un extraño como yo que le estaba molestando fuera de un supuesto horario de consulta.
- ¡¿Y por esto se me saca de mi despacho?! - Preguntó mirando hacia los dos cadetes que custodiaban la puerta y le habían dado el aviso. “¿Dónde ha quedado en este hombre la voluntad de servir y ayudar? Desde luego, menudo contraste con los otros dos” pensé al ver como el hombre hablaba a sus dos subordinados.
- A ver… Moldu, a ese ladrón de tres al cuarto parece que le han visto por las canteras ¡y ahora fuera de mi vista!
- Si sabeis por donde anda ¿por qué no va… - Pensé en voz alta sin darme cuenta.
- ¡HE DICHO FUERA! - Cortó tajante el oficial, mientras se giraba y farfullaba de camino al interior de alto edificio de la Marina.
Ignorando lo que acaba de decir el oficial permanecí allí sentado unos minutos, dándole vueltas a cómo iba a proceder. La tarde se acercaba y el sol comenzaba a teñir todo de tonos naranjas y dorados, de modo que lo mejor sería volver a casa y descansar, así podría salir unas horas antes del amanecer y llegar a las canteras de Ilisia con las primeras luces y comenzar a buscar rastros o preguntar a los trabajadores si habían visto algo.
El camino hasta casa se hizo bastante más largo de lo que esperaba por culpa de las dudas ¿Conseguiría capturar a este ladrón? ¿Sería viable capturar a los piratas o bandidos suficientes como para saldar la deuda? Intentaba mantenerme optimista, llevaba años entrenando y si este ladrón era un humano promedio seguramente le sacaría varios metros de altura y sería bastante débil en comparación, al fin y al cabo, era una recompensa baja y ni siquiera estaba reconocido como pirata.
Para cuando llegué a lo que antes era nuestra taberna ahora reconvertida en casa familiar, no había ninguna luz ni fuego encendido, mis padres llevarían un tiempo ya durmiendo. Encendí la chimenea, el fuego iluminó parcialmente el salón y todo se volvió más reconfortante.
Dispuse frente a ella mi mochila, un poco de comida, algun paño que me sirviera de venda por si acaso y una cantimplora con agua. Mientras repasaba si debía añadir algo más, veo a Rimera sobre la chimenea, colgada en la pared. El fuego la ilumina desde abajo reflejándose en su filo y proyectando una sombra alargada que la hace parecer aún más grande de lo que es.
Desde su estante en la pared parecía decir “Llévame”.
Cogí a Rimera - Keehkekeke… un hacha de mano “arrojadiza” para mi madre. De verdad me he quedado pequeño. Keehkekeke - vuelvo a reirme, más por nervios que por alegría - esto me hace sentir como si fuera aun un niño… Rimera para mi vas a ser un hacha a dos manos, espero que no te importe. - No pareció haber objeciones.
Tras eso, conseguí dormir unas horas frente a la chimenea. Entre la mochila preparada con provisiones a un lado y Rimera al otro, había conseguido asentar las preocupaciones, estaría bien.
El sonido de uno de los leños quebrándose en la chimenea y cayendo sobre los otros me despertó. El reloj marcaba casi las cinco. Me colgué a Rimera a la espalda, puse la mochila sobre ella y salí dirección a las canteras aún de noche. Tocaba ponerse a prueba.
