01-01-2025, 01:07 PM
69 de Verano, Año 14
Costa de Chisi, 10:45 a.m.
Lo notaba en mis huesos. El tiempo estaba cambiando.
Nuestro avance hacia Sabaody y el Nuevo Mundo era inevitable. Inexorable como el paso del tiempo mismo. Los peligros innminentes en las áreas siguientes eran cada vez más evidentes y el solo hecho de pensar en ellos hacía que mi piel se erizara. Pulir nuestras habilidades llegados a este punto no era una opción. Todo el trabajo que se podía hacer estaba hecho. Nuestro barco, nuestro entrenamiento, nuestras estrategias de combate y de pelea. Toda la preparación posible para cualquier escenario que, era más que evidente podía ser planteado en cualquier momento, lo habíamos realizado. Solo quedaba refinar nuestras herramientas.
El día estaba claro y tranquilo. Una suave brisa acompañaba mi paseo por la cubierta del barco. El sol, que se encontraba ya bien alzado sobre el cielo, despejado y sin una sola nube, azotaba con sus rayos todo lo que su vista alcanzaba. De hecho de no ser por la brisa que aligeraba un poco el calor, hubiera sido un suplicio permanecer en cubierta. Ya había planificado mi día. Mi guardia terminó y tenía un objetivo claro para el día de hoy: — “Rehacerse por fuera para preservar lo de dentro”. — recitaba de memoria mientras me acercaba a la cocina en busca de la gasolina del trabajador. Rebusqué de arriba a abajo con la mirada, en busca de algo ya preparado, pero no hubo suerte. Tras esto, abrí y cerré cajones y estanterías con sumo cuidado de no despertar a nadie, pese a que no sabía si alguien estaba despierto como yo. Finalmente, agotando las opciones de sitios en los que saquear di con mi objetivo: el bote de café. Vacío. Lo miré a tras luz frunciendo el ceño con cierto desánimo. No nos quedaba café, lo que me hacía plantearme qué otras cosas nos faltaban, dadas las pocas facilidades para suministros de la isla arbórea en la que nos encontrábamos. Suspiré profundamente y devolví el bote al mismo lugar donde lo encontré unos segundos antes. — A pelo, supongo. — pensé mientras me encogía de hombros y caminaba directo a mi habitación. Al entrar, noté como el calor condensado de la noche en ella se hacía palpable. La humedad era tal que casi podía cortarla con un cuchillo. — Ventilar, ventilar… — dije mientras abría la ventana del camarote de par en par, permitiendo que el aire fresco entrara en ella y transportara todo el aire viciado fuera. Justo entonces dirigí mi mirada hacia mis armas. Reposadas sobre el estante que construí, sobre mi escritorio, descansaban esperando su próxima batalla. Cogí el filo blanco primero, examinando con detenimiento su exterior. La saya estaba golpeada y necesitaba arreglos. Quizá con resina o, en el peor de los casos, haciendo una nueva. La tsuba o guardia estaba floja y desajustada, nada que unos buenos martillazos no pudieran solucionar. Por último, el trenzado sobre el mango estaba en buenas condiciones y no había perdido sujección. Acto seguido, examiné el filo negro. Esta era otro tema. La saya estaba rajada, necesitaba urgentemente un reemplazo para evitar que la humedad del mar se filtrara hacia la hoja y la deteriorara. La guardia estaba intacta pero suelta, y problemas con el trenzado, que había perdido sujección. Algo fácilmente solucionable con algo del cuero de los animales que Sohem había cazado y estaban secando desde hace semanas en cubierta. — Bien. — dije soltando las armas de nuevo en la peana y estirando mis brazos hacia el cielo, liberando mi espalda — Madera, resina y cuero. — enumeré. — Luego repasamos el filo y… listas para bailar otra vez. — dije, girando y dirigiéndome hacia la puerta, camino de cubierta con un hacha de trabajo al hombro.
La madera sería lo más facil, la puñetera isla estaba llena de ella. Solo era cuestión de encontrar alguna de buena calidad. Tardé poco en adentrarme en el bosque. Este se extendía sobre la isla como un verde océano bajo el cielo despejado. Toda su extensión era una sinfonía de color y sonidos perteneciente a un mundo atemporal. Sus árboles, que rebosaban vida, se extendían hacia el cielo infinito, con anchos troncos que podrían albergar sin problema familias enteras de animales. Sus ramas, incluso en verano, estaban adornadas y repletas de hojas de infinidad de tonos y colores que oscilaban entre el verde y el dorado, formando de esta manera un manto impenetrable para la luz del astro rey, permitendo que solo los más poderosos y cálidos rayos de este penetraran sobre el musgo verde y esponjoso del suelo del bosque. Caminando por los senderos, podía respirar su aire. Este, que estaba impregnado de un aroma que te embriagaba, mezclaba flores exóticas y resinas con algunos matices frutales que no podía identificar fácilmente. Grandes flores de enormes pétalos semi transparentes colgaban de las enredaderas y parecían bailar al compás de la brisa que acompañaba al día. A lo lejos, aunque no demasiado si era perceptible para mí, el arroyo mecía sus aguas acompañando su cristalino caudal con los cantos melódicos de aves que con sus trinos podrían hipnotizar a cualquier hombre que supiera apreciar la paz. Pasaba la mano por diversos de estos troncos, golpeando con mis nudillos desnudos su corteza esperando encontrar alguna de la calidad suficiente para recubrir mis espadas. El bosque casi parecía vivo y reaccionaba a mi presencia, respiraba a mi alrededor mientras lo atravesaba. A veces parecía sentir un susurro suave a mis espaldas, que solo era el sonido del viento entre las hojas, casi como una lengua muerta que solo las plantas conocen.
Sin conocer las variedades ni nombres, ya había sido capaz de identificar las más prominentes y comunes maderas del bosque, siendo estas de varias tonalidades diferentes. Cinco parecían ser los tipos que más abundaban. El primero con una tonalidad plateada en su corteza, muy brillante, reflejaba la luz solar sin problema como si fuera de metal puro. Su madera parecía hueca y ligera, quizás adecuada para mecanismos, pero no para armas. Sus hojas eran verdes de tonos jade y azul cerúleo. Esta madera no sería adecuada. El segundo, cuyas raíces gruesas y poderosas se extendían metros y metros, poseía un tronco poderoso y de color oscuro. Un negro azabache como la misma noche. Solo de observarla, una oscuridad podía invadirte y hacerte sentir pesar. Al tacto y los impactos parecía extremadamente densa y difícil de trabajar. Esta podría ser la madera adecuada para el filo negro. El tercero de los árboles parecía hecho de cristal. Su corteza, translúcida y de tono dorado, parecía dejar entrever la savia reluciente en su interior, como si ríos de oro luminoso recorrieran todo el árbol. Los rayos solares al atravesarlo, refractaban y parecían crear arcos de luz de infinidad de gamas cromáticas. Un verdadero espectáculo visual pero, quizá no lo adecuado para el menester que me ocupaba. La cuarta variedad parecía más una especie marina adaptada al medio terreste. Su madera era rojiza y anaranjada, con una textura de arrecife sobre ella. Los pequeños hongos que sobresalían sobre su corteza eran fosforescentes y parecían tener una densidad intermedia, siendo que además tenía una capa protectora que lo aislaba del agua. Probablemente una madera excepcional para una embarcación, pero… ¿qué sabía yo de eso? Finalmente, el quinto espécimen poseía una corteza blanca pálida. Un blanco que asemejaba a pergaminos sin escribir. Su visión parecía reportar cierta calma y casi si parabas a escuchar, podías sentir como se comunicaba con sus hermanos terrestres. Esta sería la madear para el filo blanco.
Una vez identificadas las maderas pertienentes, pasé largas horas buscando los ejemplares idóneos. No tenía intención de dañar un árbol de manera desconsiderada y más viendo la especial espiritualidad del lugar. Me decidí por dos ejemplares que bien parecían estar al borde de la muerte, aprovechando así las duras maderas de sus ramas que auguraban un final. Me deshice de mi abrigo y sostuve el hacha con ambas manos, blandiéndola con respeto por encima de mi cabeza. Dos hachazos secos cortaron la rama del árbol blanquecino, porporcionándome así un tronco más que suficiente para la fuda del filo blanco. Misma operación fue repetida con otro árbol, pero en esta ocasión de negra madera, necesitando más de cinco golpes para caer rendida a mis pies, casi como si no quisiera ser utilizada. Tras ponerme el abrigo de nuevo, ambos troncos fueron cargados sobre bajo mi brazo izquierdo y, con el hacha al hombro derecho sostenida por mi diestra, me dirigí al barco. Una vez allí, descargué ambos troncos en la forja donde me dispuse a crear las sayas nuevas para ambas espadas. El aroma de la madera y la resina impregnaban el ambiente de la forja. Coloqué el tronco negro delante de mi y lo observé, mirando con detenimiento sus nudos y vetas. Pasaba los dedos sobre la corteza sintiendo la superficie lisa y rugosa de cada zona. Entonces, con la misma herramienta de acero que las arrancó de su hogar, con un acto de respeto, los partí por la mitad. Comencé a tallar con cinceles y hojas de carpintería dos mitades idénditas para la hoja, tallándo con precisión milimétrica la forma de las sayas, usando como referencia los dibujos de las hojas que ya tenía guardados. Moviendo la cuchilla casi con una fluidez mágica, iba perfilando la curva forma de cada cacha de la saya. Tras esto, comencé a ahuecar las zonas internas para darle un cobijo a la espada en su interior. Cada viruta de madera cayendo al suelo era una lágrima del árbol que ahora serviría a otro propósito diferente. Cuando ambas partes estuvieron lo suficientemente listas y ajustadas, las reservé preparando el tronco blanco para realizar el mismo trabajo. Otras dos o tres horas fueron necesarias para trabajar esta madera blanquecina que parecía ser increíblemente más gentil que la otra en comparación. Finalmente y tras todo un día de trabajo, solo quedaba pegar ambas partes para que finalmente se unieran eternamente. El pegamento que utilizaba era un urushi artesanal que ni siquiera sabía si tendría efecto. Extendí la viscosa materia sobre los lomos de las dos partes en ambas sayas y las uní, esperando que jamás se separaran. Sin embargo, sabiendo que el tiempo era escaso, decidí mejorar primero el filo blanco, dejando el negro para más adelante. Tras esto, la dejé sobre la mesa de trabajo y coloqué sobre ellas un tablón con varios pesos encima, garantizando así una presión homogénea y pareja para que toda la madera estuviera en contacto. Finalmente y tras todo un día, exhausto y fatigado, regresé a mi camarote donde me eché a dormir agotado.
71 de Verano, Año 14
Costa de Chisi, 08:39 a.m.
A los dos días acudí a la forja. Retiré los tablones y pesos para descubrir la saya blanca, fija y seca, preparada para recibiar la laca final. Tras examinarla y retirar con una pequeña cuchilla los restos de pegamento seco, la igualé con un poco de papel de lija muy suave. El polvo de serrín iba cayendo poco a poco al suelo formando una pequeña humareda en la forja. Los detalles finales serían preparar el agujero del sageo, taladrando un pequeño agujero cerca del extremo de la boca de la saya en una protuberancia que dejé lista para ello. Rematé tanto este agujero como el de la boca de la saya con un adorno dorado y apliqué el barniz blanco sobre la saya, dejándola apoyada para que los restos cayeran y secara perfectamente. Aproveché las horas para afilar el filo y preparar tanto por fuera como por dentro. Dando largas pasadas a la espada por la piedra de afilado humedecida, manteniendo durante todo el trayecto el ángulo idóneo sobre ella. Siempre fui un verdadero adepto de decir que si tengo diez horas para talar un árbol, pasaría ocho afilando el hacha. Por lo que no me molestó en absoluto el tiempo pasado afilando la espada blanca. Fue cuando finalicé que reajusté la tsuba con un par de golpecitos del pequeño martillo de cobre, el mekugi nuki, y finalmente enfundando a la espada en su nueva saya. El paso final era ajustar y atar el sageo dorado que desaté de la anterior funda, dañada y maltrecha por los materiales con los que se había realizado, quedando ahora sí Saba en un estado renovado y mejorado. — Estamos preparados para el Nuevo Mundo, amiga mía. — dije mientras observaba la factura de la saya, feliz por el trabajo realizado y probaba el ajuste del sello de la katana. Era firme y se podía desenfundar con facilidad pero al voltearla esta no perdía el agarre. — Perfecto. — dije orgulloso para mirar después al negro filo — A ti, te tocará más adelante. — enuncié, tratando de tranquilizar al otro filo.
Aclaraciones

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