[Pasado] - De la sangre a la música
#4

El cartel apenas estaba entre mis dedos cuando un brazo lo arrancó de cuajo. Alcé la mirada, sorprendido, y me encontré con un semigigante que tenía en la mano aquello que, al menos por un momento, había decidido que era mi salvación. La forma en la que miraba el cartel, su sonrisa confiada y el brillo en sus ojos me hicieron hervir la sangre. Era como si no entendiera lo que significaba para mí.

—Lo necesito —dije, tratando de sonar firme. Mi voz apenas era un murmullo ahogado por el bullicio de la taberna. Noté que varios comensales habían desviado la mirada hacia nosotros, curiosos por el alboroto.

El semigigante levantó una ceja y bajó la mirada hacia mí. — Vale, pero también necesito la recompensa. Podemos... —.

Ni siquiera lo dejé terminar. El tono casual con el que hablaba encendió algo en mí. Le lancé un golpe al pecho, con toda la fuerza que pude reunir. No es que esperara que funcionara, pero en ese momento mi rabia había nublado cualquier rastro de prudencia.

Él apenas se inmutó. Intentó detenerme, sujetándome de los hombros, pero me escabullí entre sus enormes brazos. La escena se volvió un caos, con los gritos de los comensales mezclándose con el estruendo de nuestras pisadas mientras nos movíamos por la taberna. Me lancé a por el cartel una y otra vez, y él lo apartaba con facilidad. La frustración me invadía, pero no podía detenerme. Necesitaba ese trabajo. Necesitaba ese dinero. No había otra opción.

Finalmente, el semigigante salió con pasos apresurados, y yo lo seguí como un huracán descontrolado. La gente en la calle frente a La Vieja Gloria se apartaba mientras corríamos, mi capa ondeando detrás de mí como un emblema de mi obstinación. Llegamos a una calle menos transitada y, de repente, se detuvo. Mi respiración era errática, el pecho me dolía por el esfuerzo.

—¡Ya basta! —gritó, girándose hacia mí. Sus enormes manos sostenían el cartel como si fuera un trofeo. Parecía cansado, pero no tanto como yo. Mis alas, ocultas hasta entonces bajo la capa, se desplegaron con un movimiento instintivo. No eran grandes ni fuertes, pero ayudaban a que mis movimientos fueran más ágiles, a saltar más alto o amortiguar caídas. Pero no eran lo suficientemente útiles como para compensar mi desgaste.

—¡Dame el cartel! —gruñí entre jadeos. Sentía que cada palabra me costaba el doble de energía.
—¡Espera, calma! —dijo él, levantando una mano en señal de tregua mientras con la otra mantenía el cartel lejos de mi alcance—. No soy tu enemigo. Si tanto lo necesitas, podemos ir juntos. ¡Compartimos la recompensa y asunto arreglado! —.

Lo miré fijamente, mi respiración entrecortada. La idea de “juntos” me revolvía el estómago. ¿Confiar en alguien más? Todo en mi interior gritaba que no. Siempre había estado solo, y no era por elección; era porque la vida me lo había impuesto. Confiar en otros siempre traía problemas, y no podía permitirme más fracasos.

Pero entonces lo vi claramente. No tenía fuerzas para seguir peleando. Y más importante aún, no podía hacerlo solo. Me dolía reconocerlo, pero si no aceptaba su oferta, probablemente perdería esa oportunidad. Inspiré profundamente, intentando calmar el torrente de emociones que me inundaba.

—De acuerdo, pero no intentes traicionarme —dije con una mirada dura. Mi voz intentaba ser firme, pero estaba cargada de cansancio.

Regresamos a La Vieja Gloria. Mientras entrábamos, intenté ignorar las miradas de los clientes que claramente nos reconocían como los causantes del alboroto anterior. Me hundí en una silla con una mezcla de cansancio y resentimiento, mientras el semigigante, despreocupado, pedía dos desayunos. El aroma de la comida y el sonido de la taberna me ayudaron a centrarme un poco. Pero la tensión en mi pecho seguía ahí, inquebrantable.

Un espectáculo inesperado captó mi atención. Una joven bailarina en el escenario se movía con una intensidad que contrastaba con las miradas indiferentes del público. Sus pasos transmitían una determinación que reconocí, una que parecía surgir de la necesidad más profunda. Pero cuando terminó su número, los aplausos fueron escasos. El único que aplaudió con entusiasmo fue mi nuevo “compañero”, cuyas palmadas resonaron en la sala como martillazos.

La bailarina se retiró a una esquina, con los hombros caídos. Algo en su expresión me detuvo. Había algo familiar en esa postura derrotada, en la forma en que su respiración parecía temblar. No pude evitar recordar las veces en que yo mismo había sentido ese peso, esa carga aplastante que parecía ahogar cualquier esperanza. No era solo su baile lo que me llamaba la atención; era lo que veía en sus ojos cuando levantó la mirada hacia nosotros.

Sin darme cuenta, el cartel que tanto había luchado por conservar cayó al suelo junto a ella. La joven lo recogió y lo observó detenidamente. Su expresión cambió. Los músculos de su rostro se tensaron y su mirada adquirió un brillo que no había visto antes. Parecía evaluar el papel como si fuese una puerta que acababa de abrirse frente a ella.

Cuando finalmente levantó la vista hacia nosotros, sus ojos hablaban más que cualquier palabra. Había algo en esa mirada que me recordaba a mí mismo: una mezcla de miedo, determinación y necesidad. Parecía aferrarse al cartel como si fuera la última oportunidad de escapar de algo más grande que ella misma.
Por un instante, pensé que se levantaría y se marcharía con el cartel, dejándonos atrás. Pero en lugar de eso, se acercó con pasos decididos. Antes de que pudiera decir algo, el posadero apareció con un tercer plato y lo dejó frente a ella con una sonrisa.

—Invitación de la casa. Te lo has ganado —dijo, dándose la vuelta antes de que pudiera responder.

El semigigante comenzó a devorar su desayuno casi de inmediato, pero yo miré mi plato en silencio. Aún sentía las punzadas de la tensión, pero el aroma cálido del chocolate y el crujido de los churros me hicieron bajar la guardia un poco. Ese desayuno, según había oído, era una rareza traída desde algún lejano reino del North Blue, un lujo inesperado en un lugar como este.

Noté que la joven bailarina observaba su plato con duda, como si no supiera si debía probarlo. Quizá no había comido en días. Sus ojos seguían cargados de aquella mezcla de necesidad y resignación. No podía dejar que alguien sintiera el mismo hambre que yo había soportado. Sin pensarlo mucho, deslicé la mitad de mi ración hacia ella.

—Tómalo. No me lo voy a acabar, de todos modos. Me llamo Casca, no está envenenado. —murmuré, evitando su mirada. Esperaba que lo disfrutara, que el sabor dulce y cálido le diera algo de consuelo, aunque fuera temporal.

Puse el cartel en la mesa, extendiéndolo con cuidado. Observé el rostro del pirata, grabándome cada detalle de su expresión arrogante. Pensé en lo que debía hacerse, en cómo abordar este problema con el menor riesgo posible.

—Tiene que estar cerca de la costa. Eso nos da ventaja; las salidas estarán limitadas —dije en voz baja, más para mí mismo que para los demás. Señalé el borde del cartel—. Hay que atraerlo fuera, lejos de su terreno. Desde un punto elevado puedo mantenerlo vigilado y atacar si es necesario. Cascascascasca —.

Pasé un dedo por el dibujo del pirata, como si así pudiera desentrañar su estrategia, sonriendo por primera vez esta semana —El primer movimiento será crucial. Una distracción precisa, algo que lo saque de su escondite, pero sin que se dé cuenta de que lo estamos rodeando —.

Mis palabras flotaban en el aire, sin esperar respuesta. No importaba si escuchaban o no. Mi mente ya había comenzado a planear, ajustando cada detalle. Sabía que no podía confiar plenamente en nadie, pero si este trío iba a funcionar, tendría que ser bajo mis términos.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo diferente estaba por empezar. Una chispa de determinación se encendió en mi interior. Quizá este extraño equipo podría ser la clave para salir adelante.

"Eh? He dado por hecho que ella se uniría... Debería tener cuidado con estas cosas" -.

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RE: [Pasado] - De la sangre a la música - por Casca Belles - 20-12-2024, 05:20 PM

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