20-12-2024, 11:37 AM
Con el tiempo en su contra, el escuadrón revolucionario de los Toros Negros debía actuar rápido o, de lo contrario, acabarían siendo pasto del mar de llamas que amenazaba con devorar el barco. Ante la posibilidad de inspeccionar el navío, por si se dejaban algo de valor dentro, la imposición de Zorak, quién agarró con fuerza y agresividad a Sung de su cabello, no dio lugar a dudas, debían darle prioridad a su seguridad y concentrarse ante el ataque de un posible enemigo que, según el radar de Don Bambú, se hallaba en paradero desconocido.
Sin más preámbulos, y sin dejar que el fuego atentara contra sus vidas, los tres revolucionarios cargando - cada uno a su manera - con los dos marines supervivientes, saltaron de la cubierta del buque hasta la orilla de la playa. Mientras Sung se quejaba de dolor, por ser arrastrada de sus rizados pelos, pudo observar, antes de abandonar el que era prácticamente su hogar, los cuerpos sin vida de sus compañeros a punto de ser cremados por las altas temperaturas que se estaban empezando a caldear.- Monstruos... - Pensó, llena de rabia ante la dantesca escena que se había presentado ante ella. En ese tipo de situación, hasta se alegraba que Sam estuviera inconsciente para no tener que ver algo así.
Al aterrizar en la arenosa orilla, Sung fue lanzada hacia el suelo, quedando frente al mariscal, agarrando con frustración un puñado de arena con ambas manos.- ¿Enemigo común? ¿No ha sido entonces cosa suya el incendio? - Se preguntó la marine, quedándose en el sitio, y viendo como, el espadachín que mejor le había tratado de ese trío dejaba con cuidado a su amigo reposar sobre la arena. No pudo evitar aproximarse hacia Sam para poner su oído izquierdo sobre su pecho.- Aún tiene pulso... - Respiró aliviada, pero no demasiado al percatarse de lo débil que estaba. En ese momento, el hombre musculoso, le dio algo de dinero para que se pudiera arreglar el pelo, disculpándose en nombre de su compañero por el trato que había recibido. Sung no pudo evitar sonrojarse al recibir el halago por su pelo, pero rápidamente volvió a se semblante lleno de enfado.- Este dinero no traerá de vuelta de vida a mis compañeros. - Reprochó, mirándole a Kisuke a los ojos con enfado. Aunque una parte de ella le decía que justamente el espadachín, por mucho que estuviera con esas dos bestias, no había tenido nada que ver con la masacre.- Pero gracias... - Añadió, desviando su mirada hacia su somnoliento compañero.
- En todo caso todo lo que quedaba de valor era más sentimental que otra cosa. - Respondió seca al panda, ahora dirigiendo su mirada hacia el barco, que ya estaba prácticamente consumido por las llamas.- Aunque ni sabrás lo que son los sentimientos - Susurró, mientras cerraba sus ojos con las lágrimas saltadas y juntaba sus manos a modo de rezo, para velar por sus compañeros caídos. En cierto modo, era como si estuvieran recibiendo, en esos instantes, un funeral vikingo. Tal fue su trance, implorando que las almas de sus amigos llegaran sanas y salvas al más allá, que no hizo ningún caso a lo siguiente que le dijo el panda.
Sin sentir ninguna presencia en las inmediaciones, parecía que todo había acabado para los tres revolucionarios. Pero sería incorrecto declarar tal afirmación cuando, en el radio de acción del Kenbunshoku de Don Bambú, apareció un aura - reconocible para el Panda -, que transmitía terror, pánico y un estado de alteración indescriptible, un aura que se dirigía hacia la orilla dónde estaban los supervivientes a tal incidente. Conforme esa aura se acercaba, el sonido de los matorrales y plantas más próximas a la playa empezaban a resonar y sacudirse tomando varios segundos - que se os harían eternos - para que la figura - atada al espíritu que detectaba el mink - entrara en vuestro campo de visión, mostrando a un hombre la mar de excéntrico. Camisa de flores llamativa, pantalones rosa, pelo rubio con un mechón rosado y esas gafas de sol moradas... No cabía duda de que se trataba de, nada más y nada menos, el explorador y botánico Peony.
Sin fijarse en vosotros, y ocupando toda su atención el barco en llamas, Peony - quedando a cinco metros de vosotros - se cayó sobre sus rodillas, llevándose sus manos a la cabeza agitado.- ¡¡¡¿PERO QUÉ HA PASADO AQUÍ?!! - Gritó muy alterado y fijándose - ahora sí - en los revolucionarios.- Vi toda esa humareda desde mi tienda de campaña y tuve que venir para que estaba ocurriendo.. Ha sido cosa vuestra, ¡¿A QUE SÍ?! - Dijo muy indignado, ajustándose con su diestra el guante que portaba en su mano izquierda.- Primero el bosque en llamas y ahora esto... No gano para disgustos... - Se puso a cuatro patas, mirando hacia la arena.- ¡Lo llego a saber y no os mando aquella nota! - Exclamó, indignado, mientras se ponía de pie y se cruzaba de brazos.- Tengo que comprar otro cuaderno negro cuando salga de esta isla... - Pensó. El biólogo estaba completamente alterado y, gracias al haki de Don Bambú, era posible sentir que su reacción era genuina y no una actuación.
Sin más preámbulos, y sin dejar que el fuego atentara contra sus vidas, los tres revolucionarios cargando - cada uno a su manera - con los dos marines supervivientes, saltaron de la cubierta del buque hasta la orilla de la playa. Mientras Sung se quejaba de dolor, por ser arrastrada de sus rizados pelos, pudo observar, antes de abandonar el que era prácticamente su hogar, los cuerpos sin vida de sus compañeros a punto de ser cremados por las altas temperaturas que se estaban empezando a caldear.- Monstruos... - Pensó, llena de rabia ante la dantesca escena que se había presentado ante ella. En ese tipo de situación, hasta se alegraba que Sam estuviera inconsciente para no tener que ver algo así.
Al aterrizar en la arenosa orilla, Sung fue lanzada hacia el suelo, quedando frente al mariscal, agarrando con frustración un puñado de arena con ambas manos.- ¿Enemigo común? ¿No ha sido entonces cosa suya el incendio? - Se preguntó la marine, quedándose en el sitio, y viendo como, el espadachín que mejor le había tratado de ese trío dejaba con cuidado a su amigo reposar sobre la arena. No pudo evitar aproximarse hacia Sam para poner su oído izquierdo sobre su pecho.- Aún tiene pulso... - Respiró aliviada, pero no demasiado al percatarse de lo débil que estaba. En ese momento, el hombre musculoso, le dio algo de dinero para que se pudiera arreglar el pelo, disculpándose en nombre de su compañero por el trato que había recibido. Sung no pudo evitar sonrojarse al recibir el halago por su pelo, pero rápidamente volvió a se semblante lleno de enfado.- Este dinero no traerá de vuelta de vida a mis compañeros. - Reprochó, mirándole a Kisuke a los ojos con enfado. Aunque una parte de ella le decía que justamente el espadachín, por mucho que estuviera con esas dos bestias, no había tenido nada que ver con la masacre.- Pero gracias... - Añadió, desviando su mirada hacia su somnoliento compañero.
- En todo caso todo lo que quedaba de valor era más sentimental que otra cosa. - Respondió seca al panda, ahora dirigiendo su mirada hacia el barco, que ya estaba prácticamente consumido por las llamas.- Aunque ni sabrás lo que son los sentimientos - Susurró, mientras cerraba sus ojos con las lágrimas saltadas y juntaba sus manos a modo de rezo, para velar por sus compañeros caídos. En cierto modo, era como si estuvieran recibiendo, en esos instantes, un funeral vikingo. Tal fue su trance, implorando que las almas de sus amigos llegaran sanas y salvas al más allá, que no hizo ningún caso a lo siguiente que le dijo el panda.
Sin sentir ninguna presencia en las inmediaciones, parecía que todo había acabado para los tres revolucionarios. Pero sería incorrecto declarar tal afirmación cuando, en el radio de acción del Kenbunshoku de Don Bambú, apareció un aura - reconocible para el Panda -, que transmitía terror, pánico y un estado de alteración indescriptible, un aura que se dirigía hacia la orilla dónde estaban los supervivientes a tal incidente. Conforme esa aura se acercaba, el sonido de los matorrales y plantas más próximas a la playa empezaban a resonar y sacudirse tomando varios segundos - que se os harían eternos - para que la figura - atada al espíritu que detectaba el mink - entrara en vuestro campo de visión, mostrando a un hombre la mar de excéntrico. Camisa de flores llamativa, pantalones rosa, pelo rubio con un mechón rosado y esas gafas de sol moradas... No cabía duda de que se trataba de, nada más y nada menos, el explorador y botánico Peony.
Sin fijarse en vosotros, y ocupando toda su atención el barco en llamas, Peony - quedando a cinco metros de vosotros - se cayó sobre sus rodillas, llevándose sus manos a la cabeza agitado.- ¡¡¡¿PERO QUÉ HA PASADO AQUÍ?!! - Gritó muy alterado y fijándose - ahora sí - en los revolucionarios.- Vi toda esa humareda desde mi tienda de campaña y tuve que venir para que estaba ocurriendo.. Ha sido cosa vuestra, ¡¿A QUE SÍ?! - Dijo muy indignado, ajustándose con su diestra el guante que portaba en su mano izquierda.- Primero el bosque en llamas y ahora esto... No gano para disgustos... - Se puso a cuatro patas, mirando hacia la arena.- ¡Lo llego a saber y no os mando aquella nota! - Exclamó, indignado, mientras se ponía de pie y se cruzaba de brazos.- Tengo que comprar otro cuaderno negro cuando salga de esta isla... - Pensó. El biólogo estaba completamente alterado y, gracias al haki de Don Bambú, era posible sentir que su reacción era genuina y no una actuación.
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