09-12-2024, 08:59 PM
Deshaciéndome de todas mis inseguridades y renaciendo en una determinación infranqueable, me dispuse a levantarme, a la máxima velocidad a la que podía, con la intención de darle a entender al revolucionario que no pensaba rendirme hasta cumplir con mi misión, o eso creía. Un potente impacto golpeó mi sien izquierda, haciendo que mis piernas flaquearan y volviera a ponerme de rodillas.- Argh... - Se me volvió a escapar un quejido, mientras intentaba analizar que había sido ese impacto y de dónde había venido. El panda, aunque bien era extraordinariamente ágil, no se había movido del siti. Y lo mismo iba para el pelirrojo, quién encima se hallaba lo suficientemente lejos de mi como para asestarme un ataque.- No es momento para flaquear, Nokia, ¡debes ir con todo! - Pensé, para mi misma, activando el nivel medio del haki de observación, en un radio de 10 metros, para poder ser capaz de anticiparme a lo que se pudiera venir, comenzando a levantarme mientras el mariscal de la revolución gritaba lo que se suponía que debían ser unas palabras de inspiración a su compañero. Podía notar como su voz y aura se agitaba, como si quisiera traer de vuelta un amargo y duro momento que, en algún momento de sus vidas, les sacudió por completo. Me terminé de levantar cuando Bambú respondió a las órdenes de su superior, pudiendo sentir una especie de agonía en su interior. No podía saber a qué se debía aquella sensación que surgía de su alma, pero no podía concederle un ápice de pena a su enemigo. Aunque si que avisaría a las autoridades correspondientes de que, una vez atrapado, le intentaran reducir la pena al mink por intentar resolver el conflicto por la vía pacífica. Estaba claro que cualquier criminal, con la suficiente paciencia, dedicación y atención, podría ser redirigido por el sendero de la buena vida. Pero antes debía acabar con ese enfrentamiento.
A una velocidad apabullante, el oso se dirigió hacia mi, dejando una estela electrizante atrás de sí que casi era imperceptible para mis ojos, pero no para mi haki. Además, nuevamente, sentí esa amenazante explosión de voluntad emanando de lo más profundo del revolucionario, que intentaba resquebrajar mi alma y ponerme a su merced. Pero, ahora más que nunca, era cuando debía aunar todo mi valor en mí. Ahora que estaba decidida a darme por vencida, no me pensaba dejar doblegar por nada. Gracias a mi haki, pude ser capaz de prever dónde y cuando impactaría ese puñetazo, de nombre "Maximum Luna", tal y como decía su grito, haciendo que mi cabeza, se recubriera, de nuevo, del color negruzco, propio del haki de armadura, con el propósito de reducir, lo máximo posible, el daño recibido, y gracias a mi renovado espíritu, a pesar del dolor que sentí gracias al duro golpe de Bambú, no sufrí un dolor tan inmenso como para que mi transformación se detuviera. Una intensa corriente eléctrica recorrió todo mi sistema nervioso, dejándome los músculos de la cabeza y faciales parcialmente acalambrados, mas era la hora de contraatacar.
Sin dejar que mi espíritu de lucha flaqueara, instantáneamente después de su ataque, comencé a girar, nuevamente y a toda velocidad, el extremo libre de mi brazo derecho para terminar por golpear el cuádriceps izquierdo del panda con mi mejor ataque, pero esta vez sin utilizar el haki de armadura en mi brazo. Quería reservar las máximas energías posibles para garantizarme ganar el combate, cumplir con la misión que se me había encomendado y que mis compañeros, que descansan en el más allá, estuvieran orgullosos de mí, al igual que mi querida Jenkins. Confiando en que el golpe le dejara la pierna entumecida al oso, me alejé 10 metros de él, mientras quitaba el haki de armadura de mi cabeza y quedando a unos 20 metros del mariscal revolucionario y 5 de la barandilla del barco, a la que le daba la espalda, momento en el que empecé a focalizarme y a aporrearme el pecho con mis puños, hasta un total de cinco veces, como si fuera una verdadera gorila. Y como si fuera toda una bestia, algo me instó a gritar, como si mis instintos más primarios me estuvieran impulsando a hacerlo.
Dejé escapar un grito ahogado que, más bien, se tornó en un murmullo debido a mi problema para alzar la voz, quedando en un momento algo ridículo. Pero daba igual, con ese supuesto grito de guerra, quería demostrarles que ahora pensaba ir con todo, aunque fuera capaz de sacrificar mi raciocinio por ello.
Por otro lado, el espadachín, tras aventurarse en el que debía ser el dormitorio común, salió de allí escopeteado para, dirigirse hacia lo que parecía ser mi camarote, una sala mucho más chica que las demás, de 7x7 metros. No podía mentir que, en circunstancias normales, me habría muerto de la vergüenza si alguien desconocido hubiera irrumpido en él y pudiera ver todas las fotos de mi Capitana Jenkins que colgaban en cada rincón de las cuatro paredes de mi despacho. Pero ahora mismo, no tenía cabida para esos sentimientos, al estar completamente enfocada en el fragor de la batalla que se estaba dando en la cubierta. También podría encontrar la mesa de mi despacho, justo en el centro de la sala, dónde reposaba una cesta llena de manzanas - que me encanta devorar después de cada entrenamiento para reponer fuerzas, debiendo quedar como un total de siete manzanas -, y un buen surtido de pesas en el fondo de la habitación, que iban desde los 1.000 hasta los 15.000 kilos que usaba en todos mis ejercicios. Sólo esperaba que no me robara ninguna foto de mi querida Jenkins.
A una velocidad apabullante, el oso se dirigió hacia mi, dejando una estela electrizante atrás de sí que casi era imperceptible para mis ojos, pero no para mi haki. Además, nuevamente, sentí esa amenazante explosión de voluntad emanando de lo más profundo del revolucionario, que intentaba resquebrajar mi alma y ponerme a su merced. Pero, ahora más que nunca, era cuando debía aunar todo mi valor en mí. Ahora que estaba decidida a darme por vencida, no me pensaba dejar doblegar por nada. Gracias a mi haki, pude ser capaz de prever dónde y cuando impactaría ese puñetazo, de nombre "Maximum Luna", tal y como decía su grito, haciendo que mi cabeza, se recubriera, de nuevo, del color negruzco, propio del haki de armadura, con el propósito de reducir, lo máximo posible, el daño recibido, y gracias a mi renovado espíritu, a pesar del dolor que sentí gracias al duro golpe de Bambú, no sufrí un dolor tan inmenso como para que mi transformación se detuviera. Una intensa corriente eléctrica recorrió todo mi sistema nervioso, dejándome los músculos de la cabeza y faciales parcialmente acalambrados, mas era la hora de contraatacar.
Sin dejar que mi espíritu de lucha flaqueara, instantáneamente después de su ataque, comencé a girar, nuevamente y a toda velocidad, el extremo libre de mi brazo derecho para terminar por golpear el cuádriceps izquierdo del panda con mi mejor ataque, pero esta vez sin utilizar el haki de armadura en mi brazo. Quería reservar las máximas energías posibles para garantizarme ganar el combate, cumplir con la misión que se me había encomendado y que mis compañeros, que descansan en el más allá, estuvieran orgullosos de mí, al igual que mi querida Jenkins. Confiando en que el golpe le dejara la pierna entumecida al oso, me alejé 10 metros de él, mientras quitaba el haki de armadura de mi cabeza y quedando a unos 20 metros del mariscal revolucionario y 5 de la barandilla del barco, a la que le daba la espalda, momento en el que empecé a focalizarme y a aporrearme el pecho con mis puños, hasta un total de cinco veces, como si fuera una verdadera gorila. Y como si fuera toda una bestia, algo me instó a gritar, como si mis instintos más primarios me estuvieran impulsando a hacerlo.
- UAAAAAAAAAAAAAAAAGHHHHHHH -
Dejé escapar un grito ahogado que, más bien, se tornó en un murmullo debido a mi problema para alzar la voz, quedando en un momento algo ridículo. Pero daba igual, con ese supuesto grito de guerra, quería demostrarles que ahora pensaba ir con todo, aunque fuera capaz de sacrificar mi raciocinio por ello.
Por otro lado, el espadachín, tras aventurarse en el que debía ser el dormitorio común, salió de allí escopeteado para, dirigirse hacia lo que parecía ser mi camarote, una sala mucho más chica que las demás, de 7x7 metros. No podía mentir que, en circunstancias normales, me habría muerto de la vergüenza si alguien desconocido hubiera irrumpido en él y pudiera ver todas las fotos de mi Capitana Jenkins que colgaban en cada rincón de las cuatro paredes de mi despacho. Pero ahora mismo, no tenía cabida para esos sentimientos, al estar completamente enfocada en el fragor de la batalla que se estaba dando en la cubierta. También podría encontrar la mesa de mi despacho, justo en el centro de la sala, dónde reposaba una cesta llena de manzanas - que me encanta devorar después de cada entrenamiento para reponer fuerzas, debiendo quedar como un total de siete manzanas -, y un buen surtido de pesas en el fondo de la habitación, que iban desde los 1.000 hasta los 15.000 kilos que usaba en todos mis ejercicios. Sólo esperaba que no me robara ninguna foto de mi querida Jenkins.
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