24-11-2024, 08:21 PM
La decisión había sido tomada y la suerte echada. Sin tiempo que perder, Don Bambú - seguido por el espadachín Kisuke - comenzó a excavar un túnel bajo tierra, haciendo uso de los poderes de su diabólica fruta, para poder pasar desapercibido de las 50 presencias que había sido capaz de detectar a 100 metros de distancia de ellos. Este curso de acción, aunque haya podido resultar el que más tiempo tomara, había garantizado, no solo que los dos revolucionarios no gastaran energías, que quizás le harían falta más adelante, en vano sino que, además, había permitido que, la manada de babuinos, pudiera seguir deleitándose del delicioso manjar mañanero que estaban consumiendo. Después de cierto tiempo abriéndose paso a través de los sedimentos y rocas de la corteza terrestre, cuando Don Bambú detectó que habían pasado, por bastante, la localización de la media centena de simios, decidió escarbar hacia el exterior, emergiendo el mink y el humano bajo tierra, y prosiguiendo sin demora su camino para luchar por la libertad de su amigo.
Tras alrededor de cinco minutos corriendo, cada metro que recorrían, el suelo se volvía más y más arenoso, al igual que la vegetación exótica, propia de una selva, se iba cambiando por la aparición de palmeras y cocoteros de distintos tamaños, oscilando entre los tres y los cuatro metros. Hasta que, finalmente, el sendero que seguían aquellos valerosos héroes, se abría a una extensa e inhabitada playa, de fina e inmaculada arena, que daba al vasto océano, habiendo, desde la salida de la selva hasta la orilla, una distancia de 10 metros, destacando la presencia de un par de cajas cúbicas de madera vacías de 3 metros de lado. El silencio, que hasta ahora invadía la escena, era interrumpido por el vaivén de las olas, y el olor a naturaleza era sustituido por la brisa marina que llenaba las fosas nasales de un ligero toque salino. Pero, lo verdaderamente importante era que, a unos 5 metros de la costa y colocado en paralelo a la orilla, se hallaba un enorme buque de la marina listo para partir. Si se miraba de frente, desde la salida de la selva, la parte situada más a la izquierda correspondía a la proa y, por tanto, la de la derecha a la popa y, si se caminaba hacia el frente y en línea recta, sería posible llegar a la sección del barco dónde se ubicaba el palo mayor. Cualquiera con una capacidad extrasensorial, sería capaz de sentir alrededor de 44 presencias dentro del barco, estando tres de ellas localizadas en la parte inferior del navío, y el resto dirigiéndose a la parte intermedia entre el trinquete y el palo mayor. En cuanto a niveles de fuerza, tan sólo destacaban dos auras, una situada en la parte inferior, que correspondía a Zorak, y otra en la cubierta que, individualmente, os superaba en fuerza y que, inmediatamente, se dirigía hacia la misma zona dónde se localizaba el aura del mariscal revolucionario. De manera convencional, los revolucionarios no habían sido, aún, advertidos por los marines dentro del barco por lo que, una vez más, deberían jugar bien sus cartas para aprovechar ese posible factor sorpresa.
Por otro lado, en la bodega del barco de la marina, el inocente Sam, siguiendo las enseñanzas que le había impartido su respetada y silenciosa capitana, cayó en la pícara treta de Zorak, creyendo firmemente que en todo ser, por maligno que fuera, podía habitar algo de humanidad. Craso error pues, las intenciones del revolucionario, eran distintas que las que podían aparentar, arrasar con todo lo que pudiera y salir del barco que lo apresaba. Un puñetazo en su mentón fue lo que sintió antes de perder el conocimiento y caer a los pies de su compañera que no pudo hacer otra cosa que gritar e intentar sacar su arma lo más rápido posible, pero sin éxito. El habitáculo se había impregnado de una sed de sangre, que salía desprendido del cuerpo de ese monstruo que, irónicamente estando encadenado, había conseguido salir en libertad. Sin embargo, cuando todo parecía estar perdido, al crujir y el rechinar de la madera de la cubierta, le siguió un estruendo, como si algo se hubiera roto en aquella sala. Un incremento de la iluminación parecía indicar que, la trampilla que llevaba a la sala subterránea y, junto a ello, una enorme silueta de largos brazos, de unos tres metros de alto, llena de pelo y corpulenta, se interpuso entre sus subalternos y un Zorak recién salido de la jaula. La capitana Nokia había entrado en escena.
Tras alrededor de cinco minutos corriendo, cada metro que recorrían, el suelo se volvía más y más arenoso, al igual que la vegetación exótica, propia de una selva, se iba cambiando por la aparición de palmeras y cocoteros de distintos tamaños, oscilando entre los tres y los cuatro metros. Hasta que, finalmente, el sendero que seguían aquellos valerosos héroes, se abría a una extensa e inhabitada playa, de fina e inmaculada arena, que daba al vasto océano, habiendo, desde la salida de la selva hasta la orilla, una distancia de 10 metros, destacando la presencia de un par de cajas cúbicas de madera vacías de 3 metros de lado. El silencio, que hasta ahora invadía la escena, era interrumpido por el vaivén de las olas, y el olor a naturaleza era sustituido por la brisa marina que llenaba las fosas nasales de un ligero toque salino. Pero, lo verdaderamente importante era que, a unos 5 metros de la costa y colocado en paralelo a la orilla, se hallaba un enorme buque de la marina listo para partir. Si se miraba de frente, desde la salida de la selva, la parte situada más a la izquierda correspondía a la proa y, por tanto, la de la derecha a la popa y, si se caminaba hacia el frente y en línea recta, sería posible llegar a la sección del barco dónde se ubicaba el palo mayor. Cualquiera con una capacidad extrasensorial, sería capaz de sentir alrededor de 44 presencias dentro del barco, estando tres de ellas localizadas en la parte inferior del navío, y el resto dirigiéndose a la parte intermedia entre el trinquete y el palo mayor. En cuanto a niveles de fuerza, tan sólo destacaban dos auras, una situada en la parte inferior, que correspondía a Zorak, y otra en la cubierta que, individualmente, os superaba en fuerza y que, inmediatamente, se dirigía hacia la misma zona dónde se localizaba el aura del mariscal revolucionario. De manera convencional, los revolucionarios no habían sido, aún, advertidos por los marines dentro del barco por lo que, una vez más, deberían jugar bien sus cartas para aprovechar ese posible factor sorpresa.
Por otro lado, en la bodega del barco de la marina, el inocente Sam, siguiendo las enseñanzas que le había impartido su respetada y silenciosa capitana, cayó en la pícara treta de Zorak, creyendo firmemente que en todo ser, por maligno que fuera, podía habitar algo de humanidad. Craso error pues, las intenciones del revolucionario, eran distintas que las que podían aparentar, arrasar con todo lo que pudiera y salir del barco que lo apresaba. Un puñetazo en su mentón fue lo que sintió antes de perder el conocimiento y caer a los pies de su compañera que no pudo hacer otra cosa que gritar e intentar sacar su arma lo más rápido posible, pero sin éxito. El habitáculo se había impregnado de una sed de sangre, que salía desprendido del cuerpo de ese monstruo que, irónicamente estando encadenado, había conseguido salir en libertad. Sin embargo, cuando todo parecía estar perdido, al crujir y el rechinar de la madera de la cubierta, le siguió un estruendo, como si algo se hubiera roto en aquella sala. Un incremento de la iluminación parecía indicar que, la trampilla que llevaba a la sala subterránea y, junto a ello, una enorme silueta de largos brazos, de unos tres metros de alto, llena de pelo y corpulenta, se interpuso entre sus subalternos y un Zorak recién salido de la jaula. La capitana Nokia había entrado en escena.
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