09-09-2023, 08:59 PM
Antes siquiera de poder terminar la frase, Khruner salió disparado hacia el marine y le agarró de la cabeza, ejecutando sobre él una maniobra de aplastamiento con ambas manos que terminó rápidamente con su vida. El cuerpo de aquel pobre desgraciado se fue al hoyo junto con el de su compañero. El hoyo terminaría cerrándose en unos minutos, dejando el lugar como si nunca hubiera habido un agujero allí, era un poder muy curioso aquel. Khruner estaba deseoso de terminar aquella tarea, y para ser sinceros, Don Bambú también. No le gustaba estar en territorio enemigo sin conocer exactamente las fuerzas con las que contaban. —Sí, vamos. —Dijo el panda y salió del baño hacia un pasillo largo y pobremente iluminado. —No hay dinero para bombillas o qué. —Murmuró el panda para sí mismo. El pasillo tenía una pared blanca con puntitos como de gotelé y el suelo estaba formado por losas de piedra pulida sin ningún tipo de decoración. Tampoco había alfombras de ningún tipo, siendo una base militar. Ante todo se buscaba la simpleza en la construcción. Miró a ambos lados del pasillo y no vio a nadie. Tampoco se oía gran cosa, porque la lluvia torrencial hacía de colchón de ruido, camuflando incluso los sonoros pasos de los osos gigantes. Don Bambú escogió un camino al azar y empezó a seguir el pasillo. Pasaron por un par de estancias vacías, desde habitaciones donde debían descansar los marines hasta la misma cocina, pero no parecía haber nadie allí. —Es raro, ¿han dejado la base vacía? —Llegaron a una sección del pasillo que consistía en una larga fila de ventanas que daban por un lado al patio interior y por otro al exterior. Mirando al exterior uno no podía ver mucho, pues la visibilidad que dejaba la lluvia era muy poca, aunque se podía distinguir la silueta de algunas cosas grandes cercanas a donde debería estar el puerto al norte de la isla. Parecían barcos. Por la otra ventana, la que daba al patio interior, no se veía a nadie. El patio interior, que debía de estar vigilado por al menos un marine, era ahora mismo una plazoleta mojada y vacía con postes para practicar tiro al blanco frente a una pared de cemento y poco más. Sin embargo, algo que llamó la atención del panda fue una luz en el piso superior, directamente en el lado contrario al que estaban del edificio. —Eh, vamos allí, a ver quién está. Esto está casi vacío, me parece. —Y el panda se hizo un mapa mental de cómo debería ser el edificio en la cabeza y lo siguió. Por lógica, tenía que llegar al final del pasillo y girar a la izquierda, una vez allí bastaba con seguir de frente y subir por las primeras escaleras que encontrase. Esto fue prácticamente lo que ocurrió. Nada más doblar la esquina del pasillo, unas escaleras les esperaban pacientes en el lateral derecho de un nuevo pasillo que formaba otro lateral de la plazoleta interior. Don Bambú subió por las escaleras sin decir nada, suponiendo que Khruner le estaría siguiendo, y llegaron a un piso superior. Al contrario que en el piso inferior, donde el suelo era sencillote y más bien feo, aquí el entorno era algo diferente. En las paredes había cuadros, fotos de escuadrones antiguos de la marina con los años inscritos en la base. Estaban situados en orden descendente desde la perspectiva del panda. A su derecha tenía el año 11 después de El Suceso, ese mismo en el que se encontraban. Un rápido vistazo le reveló la cara de 20 marines muy serios mirando a lo que debía de ser el cámara y rodeando todos ellos a un hombre rubio, de pelo corto y muy bien vestido que debía de ser un alto rango. Entre las caras reconoció a un señor mayor con aspecto de ratón viejo y asustado y a su lado a un enclenque de gafas gruesas con aspecto de haber estado sudando. Eran los marines que habían matado hacía unos instantes. El siguiente cuadro, del año 10, contaba con otros 20 rostros de reclutas y el mismo hombre rubio de rango aparentemente superior. Sin embargo, había otras figuras con uniformes de marine de alto rango. Siendo una base tan pequeña, Don Bambú supuso que eran personas que iban a dar una lección o dos sobre algo de la marina y luego se trasladaban de base según sus cargos exigían, su padre le había contado algo de eso alguna vez. Una idea loca cruzó su mente y aceleró su paso por las paredes, yendo atrás en el tiempo y mirando fugazmente las caras de las personas que estaban en los cuadros. No necesitaba pararse mucho, porque lo que buscaba iba a ser muy evidente.
Y yéndose 15 años en el pasado lo encontró.
Y allí estaba, mirando a Don Bambú con una seriedad que conocía muy bien, su padre. Todavía tenía buena cara, porque era antes de la jubilación y mamá todavía seguía viva. Era un mink panda de estatura incluso mayor que Don Bambú, llegando a los cinco metros de altura. Observó que alguno de los reclutas de aquella época, aunque mantenían el semblante serio, miraban de soslayo a su padre con lo que Don Bambú reconoció agriamente como fascinación. —Si supierais como era... —Se dijo a si mismo, aunque luego lo pensó mejor. —Le miraríais así igualmente, para qué engañarnos. —Y en un gesto de despecho, pasó una afilada uña por el cuadro, rasgando la cara de su padre y la de tres o cuatro reclutas más. Se dio cuenta de que estaba perdiendo el tiempo, así que volvió a concentrarse en la misión y siguió el pasillo sin volver a mirar las fotos hasta llegar a la habitación iluminada. Dentro se escuchaba una voz. —La situación aquí es tranquila, aunque no veo al vago de Bonn por ninguna parte, debe de estar haciendo tiempo para no mojarse... —No parecía haber respuesta alguna, pero la voz seguía hablando. —Cuantos más civiles mueran en esta 'tragedia' más propiedades quedarán libres para la expropiación, eso facilitará las cosas. —¿Qué cosas facilitaría? Don Bambú decidió no esperar para averiguarlo y le dio una patada a la puerta. —Buenas noches. Ah, hay más gente aquí, perfecto. —Don Bambú entró como si el lugar le perteneciese. En aquella habitación había cuatro personas. Cuatro marines de bajo rango, entre ellos un hombre de metro noventa, pelo blanco y bien vestido con una taza de café vacía a un lado que destacaba de los demás por ser el que estaba dirigiendo la comunicaciones. Dos de los otros marines flanqueaban una mesa en la que había un mapa de la isla, aunque no veía qué habían anotado en él, y el último estaba haciendo café con cara de resignación. Aunque en ese momento lo que estaban haciendo todos era mirar al mink oso panda de casi cuatro metros que acababa de entrar en la habitación. —No las hacéis pensando en la diversidad racial, ¿eh? —Dijo el panda medio encorvado refiriéndose a la habitación. —¿Qu-quién eres tú? —Preguntó el peliblanco. —Y a ti qué te importa. —Y sin añadir nada más, agarró por el cuello al marine que tenía más cerca, el que estaba haciendo café y lo tiró con todas sus fuerzas por la ventana de la habitación. El sonido del cristal al romperse se fusionó con el ruido amplificado de la lluvia, de la que los presentes ya no estaban protegidos. Un ruido sordo sonó un piso más abajo, el marine había llegado al suelo. —Pero ya que preguntas, somos la justicia. —El semblante del panda, serio como estaba, se iluminó por completo con la llegada de un rayo con buen ojo para los efectos especiales. Notó como alguno de ellos empezaba a temblar.
—¿S-sois? —Los dos marines de la mesa ya estaban desenvainando espadas, pero el de las comunicaciones estaba buscando con su mano algo en la mesa. —Compadre, creo que te llaman. —Y Don Bambú salió de la habitación para dejarle paso a su salvaje amigo. Era más bajito que él, así que igual hasta entraba derecho en la habitación. Según el panda salía de la habitación, un estridente sonido invadió todo el edificio. El marine de pelo blanco acababa de pulsar la alarma.
Y yéndose 15 años en el pasado lo encontró.
Y allí estaba, mirando a Don Bambú con una seriedad que conocía muy bien, su padre. Todavía tenía buena cara, porque era antes de la jubilación y mamá todavía seguía viva. Era un mink panda de estatura incluso mayor que Don Bambú, llegando a los cinco metros de altura. Observó que alguno de los reclutas de aquella época, aunque mantenían el semblante serio, miraban de soslayo a su padre con lo que Don Bambú reconoció agriamente como fascinación. —Si supierais como era... —Se dijo a si mismo, aunque luego lo pensó mejor. —Le miraríais así igualmente, para qué engañarnos. —Y en un gesto de despecho, pasó una afilada uña por el cuadro, rasgando la cara de su padre y la de tres o cuatro reclutas más. Se dio cuenta de que estaba perdiendo el tiempo, así que volvió a concentrarse en la misión y siguió el pasillo sin volver a mirar las fotos hasta llegar a la habitación iluminada. Dentro se escuchaba una voz. —La situación aquí es tranquila, aunque no veo al vago de Bonn por ninguna parte, debe de estar haciendo tiempo para no mojarse... —No parecía haber respuesta alguna, pero la voz seguía hablando. —Cuantos más civiles mueran en esta 'tragedia' más propiedades quedarán libres para la expropiación, eso facilitará las cosas. —¿Qué cosas facilitaría? Don Bambú decidió no esperar para averiguarlo y le dio una patada a la puerta. —Buenas noches. Ah, hay más gente aquí, perfecto. —Don Bambú entró como si el lugar le perteneciese. En aquella habitación había cuatro personas. Cuatro marines de bajo rango, entre ellos un hombre de metro noventa, pelo blanco y bien vestido con una taza de café vacía a un lado que destacaba de los demás por ser el que estaba dirigiendo la comunicaciones. Dos de los otros marines flanqueaban una mesa en la que había un mapa de la isla, aunque no veía qué habían anotado en él, y el último estaba haciendo café con cara de resignación. Aunque en ese momento lo que estaban haciendo todos era mirar al mink oso panda de casi cuatro metros que acababa de entrar en la habitación. —No las hacéis pensando en la diversidad racial, ¿eh? —Dijo el panda medio encorvado refiriéndose a la habitación. —¿Qu-quién eres tú? —Preguntó el peliblanco. —Y a ti qué te importa. —Y sin añadir nada más, agarró por el cuello al marine que tenía más cerca, el que estaba haciendo café y lo tiró con todas sus fuerzas por la ventana de la habitación. El sonido del cristal al romperse se fusionó con el ruido amplificado de la lluvia, de la que los presentes ya no estaban protegidos. Un ruido sordo sonó un piso más abajo, el marine había llegado al suelo. —Pero ya que preguntas, somos la justicia. —El semblante del panda, serio como estaba, se iluminó por completo con la llegada de un rayo con buen ojo para los efectos especiales. Notó como alguno de ellos empezaba a temblar.
—¿S-sois? —Los dos marines de la mesa ya estaban desenvainando espadas, pero el de las comunicaciones estaba buscando con su mano algo en la mesa. —Compadre, creo que te llaman. —Y Don Bambú salió de la habitación para dejarle paso a su salvaje amigo. Era más bajito que él, así que igual hasta entraba derecho en la habitación. Según el panda salía de la habitación, un estridente sonido invadió todo el edificio. El marine de pelo blanco acababa de pulsar la alarma.
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Datos de personaje
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