14-11-2024, 02:03 AM
Lo último que recuerdo de aquel día fue a Fuguwu sacándome del mar, evitando que me ahogase, para después continuar la batalla contra aquella revolucionaria. Más allá de eso, seguí en frente de ella cuando de repente noté una presión en la cabeza y automáticamente me desperté sobre la arena, confundido y sin Marcia presente. Desde que había puesto un pie en aquella isla rosada, había demasiadas cosas que no comprendía... ¿por qué aquella mujer podía golpearme? ¿por qué una fuerza invisible pudo tumbarme? ¿por qué no pude ganar, como siempre? y lo más importante... ¿por qué nadie estuvo allí para ayudarnos?. Parecía que nos habían arrojado al gyojin y a mí a la boca del lobo, aquella pelirroja que quería que nos desnudásemos nos dejó solos y tampoco había rastro del que decía que era su jefe. ¿Acaso volvía a estar rodeado de otro grupo de marines disfuncional? Ya había tenido suficiente con lo vivido en Ballywood.
Todo se volvía más raro aún cuando pese a la derrota, se me había comunicado un ascenso de rango. Quizás la posibilidad de que aquello fuese una prueba seguía viva... pero seguía sin hacerme especial gracia que me tirasen al mar. No sé qué habría pasado si no me hubiese acompañado un gyojin, parecía buen tipo así que supongo que le debo una. Más allá de eso, nos comunicaron que nos subiésemos al barco de unos tal Zodiacool para volver a desplazarnos y, a partir de ahí, dejé de prestar atención, así que tenía que volver a dejarme fluir por la situación de nuevo.
Los días pasaron en aquel barco y, con ello, las secuelas de aquella batalla en mis piernas fueron desapareciendo progresivamente. A las horas de terminar el combate, mis extremidades inferiores se tornaron de un color purpúreo a consecuencia de las patadas de Marcia, me dolían con sólo mirarlas y me costaba caminar, ya ni te digo el poder coger mi tabla. No soy médico pero así a simple vista podía dictaminar que mi pronóstico era un síndrome de situación de la hostia. ¿Dije que las secuelas habían desaparecido? No todas, aún quedaba una herida abierta que era la de mi orgullo y esa me dolía más que el resto.
Durante el viaje me pasé los días encerrado en mi camarote, dándole vueltas a la cabeza. El comerme aquella fruta fue una maldición al haber convertido el mar en mi enemigo, con lo que a mí me gustaba el mar... pero a su vez era un arma bastante interesante. En el West Blue era intocable, no importaba lo que pasase, nadie podía dañarme. En Momoiro las cosas se tornaron en mi contra, perdí mi as bajo la manga y tenía que ponerme las pilas. Y ya no sólo en cuanto a poderes mágicos, mi rival golpeaba más fuerte que yo y poseía una agilidad felina. Con qué cara me miraría Tainara al ver que fui derrotado con esa facilidad, no podía mancillar su nombre y tenía que dejar su imagen en lo más alto. Todo fue culpa mía y la única forma que tenía de arreglarlo era centrándome y seguir creciendo. Tenía que sacarle partido a mi Akuma no Mi e intentar comprender esas fuerzas misteriosas que Marcia usó en mi contra, quizás hasta aprender a utilizarlas y así evitar que se repitiese la misma situación. Parecía buen tío. O pez. O tío-pez. Lo que sea.
No me apetecía hablar con nadie pero pasarme los días ahí encerrado tampoco me estaba ayudando, así que me levanté de la cama, me uniformé y cogí mi mochila con mi tabla. Me desabotoné la camisa, me peiné hacia atrás el pelo con los dedos de mi mano derecha para con la izquierda, ponerme la gorra de Marine hacia atrás. Tomar el aire me vendría bien y, con suerte, quizás Fuguwu también estaba por allí.
Mi gozo en un pozo. Al poner pie en la cubierta del barco vi que no hacía muy buen día. Tampoco era un escenario muy dado a poder patinar, ya que no estaba solo en el barco, así que me convertí en arena para acercarme a la popa del barco por la parte derecha, reapareciendo sentado en la regala del barco, con los pies hacia fuera.
Vaya
Reí de forma irónica. La idea de tomar el aire para sentirme mejor no me estaba ayudando ya que estábamos cerca de una isla llena de basura por todas partes y la atmósfera se sentía demasiado cargada. Era un ambiente de absoluta mierda, el aire estaba haciendo que me picasen los ojos como si alguien estuviese cortando cebolla y notaba un picor en la garganta y la nariz. Al menos por ese momento daba las gracias de que no tuviese sentido del olfato, ya que tenía pinta de que olía a geriátrico. A geriátrico mal. Me quité el pañuelo del uniforme del cuello y me soné los mocos con él, de una forma bastante escandalosa. Lancé el pañuelo hacia atrás, suspiré y oteé con total cara de desidia el destino que me esperaba, definitivamente esa isla tampoco era mínimamente comparable a Samba. No tenía buena pinta, pero quizás este era un punto de inflexión para encontrar mi destino. Para empezar de nuevo y encontrar algún lugar al que por fin pertenecer.
Todo se volvía más raro aún cuando pese a la derrota, se me había comunicado un ascenso de rango. Quizás la posibilidad de que aquello fuese una prueba seguía viva... pero seguía sin hacerme especial gracia que me tirasen al mar. No sé qué habría pasado si no me hubiese acompañado un gyojin, parecía buen tipo así que supongo que le debo una. Más allá de eso, nos comunicaron que nos subiésemos al barco de unos tal Zodiacool para volver a desplazarnos y, a partir de ahí, dejé de prestar atención, así que tenía que volver a dejarme fluir por la situación de nuevo.
Los días pasaron en aquel barco y, con ello, las secuelas de aquella batalla en mis piernas fueron desapareciendo progresivamente. A las horas de terminar el combate, mis extremidades inferiores se tornaron de un color purpúreo a consecuencia de las patadas de Marcia, me dolían con sólo mirarlas y me costaba caminar, ya ni te digo el poder coger mi tabla. No soy médico pero así a simple vista podía dictaminar que mi pronóstico era un síndrome de situación de la hostia. ¿Dije que las secuelas habían desaparecido? No todas, aún quedaba una herida abierta que era la de mi orgullo y esa me dolía más que el resto.
Durante el viaje me pasé los días encerrado en mi camarote, dándole vueltas a la cabeza. El comerme aquella fruta fue una maldición al haber convertido el mar en mi enemigo, con lo que a mí me gustaba el mar... pero a su vez era un arma bastante interesante. En el West Blue era intocable, no importaba lo que pasase, nadie podía dañarme. En Momoiro las cosas se tornaron en mi contra, perdí mi as bajo la manga y tenía que ponerme las pilas. Y ya no sólo en cuanto a poderes mágicos, mi rival golpeaba más fuerte que yo y poseía una agilidad felina. Con qué cara me miraría Tainara al ver que fui derrotado con esa facilidad, no podía mancillar su nombre y tenía que dejar su imagen en lo más alto. Todo fue culpa mía y la única forma que tenía de arreglarlo era centrándome y seguir creciendo. Tenía que sacarle partido a mi Akuma no Mi e intentar comprender esas fuerzas misteriosas que Marcia usó en mi contra, quizás hasta aprender a utilizarlas y así evitar que se repitiese la misma situación. Parecía buen tío. O pez. O tío-pez. Lo que sea.
No me apetecía hablar con nadie pero pasarme los días ahí encerrado tampoco me estaba ayudando, así que me levanté de la cama, me uniformé y cogí mi mochila con mi tabla. Me desabotoné la camisa, me peiné hacia atrás el pelo con los dedos de mi mano derecha para con la izquierda, ponerme la gorra de Marine hacia atrás. Tomar el aire me vendría bien y, con suerte, quizás Fuguwu también estaba por allí.
Mi gozo en un pozo. Al poner pie en la cubierta del barco vi que no hacía muy buen día. Tampoco era un escenario muy dado a poder patinar, ya que no estaba solo en el barco, así que me convertí en arena para acercarme a la popa del barco por la parte derecha, reapareciendo sentado en la regala del barco, con los pies hacia fuera.
Vaya
absoluta
basura
Después de la que me han liado, ya podrían haber tenido el detalle de haberme llevado a una isla resort o algo, ¿me sigues?— señalé con el dedo a una gaviota que volaba cerca del barco— ¡kakahaha!
Reí de forma irónica. La idea de tomar el aire para sentirme mejor no me estaba ayudando ya que estábamos cerca de una isla llena de basura por todas partes y la atmósfera se sentía demasiado cargada. Era un ambiente de absoluta mierda, el aire estaba haciendo que me picasen los ojos como si alguien estuviese cortando cebolla y notaba un picor en la garganta y la nariz. Al menos por ese momento daba las gracias de que no tuviese sentido del olfato, ya que tenía pinta de que olía a geriátrico. A geriátrico mal. Me quité el pañuelo del uniforme del cuello y me soné los mocos con él, de una forma bastante escandalosa. Lancé el pañuelo hacia atrás, suspiré y oteé con total cara de desidia el destino que me esperaba, definitivamente esa isla tampoco era mínimamente comparable a Samba. No tenía buena pinta, pero quizás este era un punto de inflexión para encontrar mi destino. Para empezar de nuevo y encontrar algún lugar al que por fin pertenecer.
Resumen
Inventario
Karmas
