12-11-2024, 03:22 PM
El fragor de la batalla había sido como el replicar de las gotas de lluvia en una ventana. Un eco continuo en el paso del tiempo y del que, si estás a salvo tras el cristal, no te preocupas. Así como los habitantes de todo el reino de Momoiro no tomaban en cuenta que, sus adalides hubiesen salido a poner en su sitio a los infames Marines que se escondían en su tierra, sin intenciones de formar parte de sus filas. Hoy el sol se pondría con ausencias y derrotas, victorias, y situaciones aun por resolver.
El intrépido Gol D. Ick, de un linaje y familia reputada y reconocida en los anales de la historia, había encontrado en Joe Joestar a un Marine diferente. Alguien que no formaba parte de la escoria mundana y habitual del Gobierno Mundial. Un hombre distinto con la capacidad de cambiar las cosas, y un rival a la altura, para, quien sabe, quizá encontrar el equilibrio en la balanza y desestabilizar desde dentro el corrupto sistema que oprimía a los inocentes y a los débiles. Un hombre que podría tener en sus manos, con esa pequeña y reluciente moneda de oro, la oportunidad de cambiarlo todo en el futuro. Alguien que escalaba con la reputación y el respeto que se ganan sólo los héroes y que al mismo tiempo, generaba simpatías en bandos literalmente opuestos, era la única clase de persona capaz de unificar todo en caso de querer hacerlo, para traer al mañana algo mejor.
La muerte de Schierke era un duro golpe para la Revolución, y más lo sería para sus amigos Marcia y el bueno de Ick. Pero era un sacrificio más que noble si la revolución quería poner fin a la causa del Gobierno Mundial, y ellos lo sabían. Sabían que sus vidas eran lo de menos cuando las ponían al servicio del pueblo y los oprimidos. Sabían que ellos eran la lanza y el escudo del mundo y que si ellos no luchaban y morían por los demás, el cambio nunca iba a llegar. Schierke era una mink alegre y que se hacía notar allá donde iba, pero sin saberlo, lo que más se haría notar sería su ausencia. Y la marca dejada en los corazones de ambas Marines que se habían enfrentado a ella quizá hiciera las pequeñas grietas del próximo gran cañón de la revolución.
Marcia había jugado como había querido con los tres presentes. Ikirami había estado a la altura de las expectativas puestas en ella: no había hecho nada. Apolo había descubierto que por más que fuera un Logia, no era invulnerable y que el mundo podía comérselo en cualquier momento. Fuguwu por su parte entendía cuan lejos estaba del nivel que se esperaba de él en la zona del mundo en la que se encontraba y sabía, o debería saber, cuánto y cómo tenía que entrenar para poder lograr estar a la altura de su división: la división del héroe.
Tras aquellos encuentros, la división de Joe Joestar tendría que reunirse y hacerse a bordo del barco de sus compañeros sobrevivientes, el Zoodiacool, dando así un uno a uno al marcador. El zoodiacool habían tenído que huir con dos bajas, y los revolucionarios habían tenido que huir con una de ellas. Esto no solo dejaba un poco en mal lugar a los Zoodiacools en comparación con Joe Joestar, si no que ensalzaba aun más la figura de este, quien no se había enfrentado a Piratuchos de tres al cuarto - por más renombre que empezasen a tener - como los elegidos de Tucrow, si no que se había batido en duelo con una de las figuras más representativas y famosas de la Revolución y lo había hecho huir. Era todo un hito, una nueva hazaña que se sumaba a los ya varios y numerosos destellos de gloria y fama que, aquel huérfano sin nombre, estaba acumulando bajo su ala.
La turba de revolucionarios se amontonaba aquí y allá, buscando acabar con estos Marines en cuanto tuvieran oportunidad pero dudando si hacerlo en vista de lo acontecido y al despliegue de poderes del mismo. Aun así, aunque dudasen, en algún momento aquellas hordas atacarían a los Marines, quienes no tenían más opciones que escapar y replegarse, y así lo hicieron.
Bajo las órdenes de su Comodoro, y tras haber recogido sus enseres y a sus compañeros debilitados, la División 21 se desplazó hacia el buque de los marines ubicado en la costa, y zarparon con prestreza de aquella isla fuera de la ley. Y ahora, se disponían en un reparador y seguro viaje hasta su próximo destino, la isla Chika, donde otras aventuras los esperarían, y las olas del mañana llevarían los susurros de sus nombres hasta los oídos más recónditos.
El intrépido Gol D. Ick, de un linaje y familia reputada y reconocida en los anales de la historia, había encontrado en Joe Joestar a un Marine diferente. Alguien que no formaba parte de la escoria mundana y habitual del Gobierno Mundial. Un hombre distinto con la capacidad de cambiar las cosas, y un rival a la altura, para, quien sabe, quizá encontrar el equilibrio en la balanza y desestabilizar desde dentro el corrupto sistema que oprimía a los inocentes y a los débiles. Un hombre que podría tener en sus manos, con esa pequeña y reluciente moneda de oro, la oportunidad de cambiarlo todo en el futuro. Alguien que escalaba con la reputación y el respeto que se ganan sólo los héroes y que al mismo tiempo, generaba simpatías en bandos literalmente opuestos, era la única clase de persona capaz de unificar todo en caso de querer hacerlo, para traer al mañana algo mejor.
La muerte de Schierke era un duro golpe para la Revolución, y más lo sería para sus amigos Marcia y el bueno de Ick. Pero era un sacrificio más que noble si la revolución quería poner fin a la causa del Gobierno Mundial, y ellos lo sabían. Sabían que sus vidas eran lo de menos cuando las ponían al servicio del pueblo y los oprimidos. Sabían que ellos eran la lanza y el escudo del mundo y que si ellos no luchaban y morían por los demás, el cambio nunca iba a llegar. Schierke era una mink alegre y que se hacía notar allá donde iba, pero sin saberlo, lo que más se haría notar sería su ausencia. Y la marca dejada en los corazones de ambas Marines que se habían enfrentado a ella quizá hiciera las pequeñas grietas del próximo gran cañón de la revolución.
Marcia había jugado como había querido con los tres presentes. Ikirami había estado a la altura de las expectativas puestas en ella: no había hecho nada. Apolo había descubierto que por más que fuera un Logia, no era invulnerable y que el mundo podía comérselo en cualquier momento. Fuguwu por su parte entendía cuan lejos estaba del nivel que se esperaba de él en la zona del mundo en la que se encontraba y sabía, o debería saber, cuánto y cómo tenía que entrenar para poder lograr estar a la altura de su división: la división del héroe.
Tras aquellos encuentros, la división de Joe Joestar tendría que reunirse y hacerse a bordo del barco de sus compañeros sobrevivientes, el Zoodiacool, dando así un uno a uno al marcador. El zoodiacool habían tenído que huir con dos bajas, y los revolucionarios habían tenido que huir con una de ellas. Esto no solo dejaba un poco en mal lugar a los Zoodiacools en comparación con Joe Joestar, si no que ensalzaba aun más la figura de este, quien no se había enfrentado a Piratuchos de tres al cuarto - por más renombre que empezasen a tener - como los elegidos de Tucrow, si no que se había batido en duelo con una de las figuras más representativas y famosas de la Revolución y lo había hecho huir. Era todo un hito, una nueva hazaña que se sumaba a los ya varios y numerosos destellos de gloria y fama que, aquel huérfano sin nombre, estaba acumulando bajo su ala.
La turba de revolucionarios se amontonaba aquí y allá, buscando acabar con estos Marines en cuanto tuvieran oportunidad pero dudando si hacerlo en vista de lo acontecido y al despliegue de poderes del mismo. Aun así, aunque dudasen, en algún momento aquellas hordas atacarían a los Marines, quienes no tenían más opciones que escapar y replegarse, y así lo hicieron.
Bajo las órdenes de su Comodoro, y tras haber recogido sus enseres y a sus compañeros debilitados, la División 21 se desplazó hacia el buque de los marines ubicado en la costa, y zarparon con prestreza de aquella isla fuera de la ley. Y ahora, se disponían en un reparador y seguro viaje hasta su próximo destino, la isla Chika, donde otras aventuras los esperarían, y las olas del mañana llevarían los susurros de sus nombres hasta los oídos más recónditos.
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