[Presente absoluto - Auto T3] La Justa Causa
#1
Día 69 de primavera
12:32 pm

La recuperación del panda fue relativamente lenta, pero al cabo de unas semanas logró volver a estar en un perfecto estado de salud. Durante aquel tiempo en la enfermería había aprovechado para hacer tres cosas. En primer lugar había leído tanto sobre carpintería que se sentía capaz de parchear cualquier tipo de embarcación pequeña. Los grandes navíos seguían siendo, por lo pronto, un misterio neblinoso para sus todavía precarios conocimientos del tema. En segundo lugar había logrado manifestar voluntariamente aquella energía que sintió durante su entrenamiento con sus camaradas revolucionarios. No era extremadamente difícil hacerlo, pero sí que sentía que su fuerza espiritual mermaba rápidamente a pesar de emplear aquel aura de voluntad en un área minúscula a su alrededor. Debía tener cuidado al emplearlo. Por último, había ideado un plan para atrapar a aquel malnacido que había decidido atacar a la revolución desde dentro. El hecho de tener la misión enteramente en sus manos facilitaba la elaboración de planes de acción. Sin desmerecer ni mucho menos las facultades de sus compañeros, el panda consideraba que se bastaba para engañar y atrapar al espía con sus propios medios.

Don Bambú se encontraba el día de su alta de la enfermería echando una siesta en su camilla. Era evidente que estaba dormido porque el volumen al que estaba roncando podría superponerse a un televisor a máximo volumen. Muy por debajo del sonido de los ronquidos del mink, prácticamente inaudible para cualquiera que no gozase de un sentido del oído excepcional, un agudo zumbido delataba la presencia de un mosquito en las inmediaciones. La vil criatura circuló por la habitación a sus anchas, tanteando el terreno. El Co2 que emanaba su presa incrementaba la precisión de sus sentidos hasta puntos insospechados. El insecto logró detectar una de las pocas partes corporales del panda que no estaban cubiertas de un pelaje protector: su húmeda nariz. Zumbando se aproximó a través del aire hacia su punto de aterrizaje y se posó en aquella nariz como si de un helipuerto se tratase. Sin provocar ruido alguno en el repentino silencio que se había apoderado de la habitación, el mosquito intentó introducir su aguijón en la nariz del mink en su búsqueda de aquel néctar que era la sangre. Casi podía saborear la carmesí ambrosía cuando se hizo la luz y el mosquito dejó de ser.

El aire chisporroteó mientras el panda se levantaba y se quitaba lo que parecía ser ceniza de la nariz. Había tenido un mal momento en un sueño bastante prometedor y acababa de activar el electro sin quererlo. Se había levantado a tiempo, porque la enfermera acaba de tocar en la puerta y ya la estaba abriendo para informar al panda de su alta de la enfermería. —Fantástico —Don Bambú se levantó, le dio la mano a su cuidadora en señal de agradecimiento y respeto, y procedió a salir de la estancia. No tenía un minuto que perder.

Se acercó a la cafetería de la base para comer algo decente ( la comida de la enfermería dejaba mucho que desear ) y para hacerse notar de nuevo. Todo el mundo sabía que el panda había estado ingresado y que tenía algo que ver con una sesión de entrenamiento que se fue de madre. Él no había dado detalles al respecto para mantener un aura de atractivo misterio alrededor de la situación. Normalmente se sentaba solo a comer, pero aquel día optó por agenciarse algo de compañía y se sentó ( después de pedir permiso ) en la mesa de un grupo de seis revolucionarios que se encontraban en su descanso después del entrenamiento. —A las buenas, camaradas. ¿Qué hay de nuevo en la base? —Los reclutas soltaron una risa nerviosa. Por algún motivo se hablaba muchísimo de Don Bambú en la base. Sus compañeros le consideraban una leyenda por lo ocurrido en Little Garden, pero aquella trágica historia poco tenía de épica y mucho menos de leyenda. Sólo fue una serie de catastróficas desdichas. Uno de los reclutas se animó a responder a la pregunta del panda. —No gran cosa, señor. Desde lo de Timbleweed no ha habido novedades. —El panda arqueó una ceja. No sabía de qué estaba hablando.
—¿Timbleweed?
—El recluta Timbleweed, señor. Se rompió un dedo durante el entrenamiento y se dejó cuerpo y alma en súplicas para que le ingresaran en enfermería. Cosa rara, porque pasarse los días en enfermería es lo más aburrido que uno podría desear.
—A veces uno sólo quiere descansar.
—No es la primera vez que se hace daño y siempre ha insistido en que con un respiro le basta. Cosa rara en el muchacho querer acercarse allí. Le dan miedo las agujas, ¿sabe?
—¿Y qué fue de él? —El panda acercó la cabeza ligeramente hacia su camarada.
—El instructor le echó una bronca de tres pares y mandó venir a la enfermera para mirarle el dedo, pero le denegó rotundamente el ingreso. "Si necesitas que te ingresen por un dedo roto temo por la vida de tus camaradas en el frente." Fue lo que dijo, señor. "Un dedo roto será el menor de tus problemas."

A lo largo de la comida el panda le dio vueltas a la idea de aquel muchacho deseando ir a la enfermería en contra de su comportamiento habitual. Lo único que había de diferente allí era el panda. ¿Querría algo con el mink ese Timbleweed? ¿Espiarle quizás? ¿¡ROBARLE INFORMACIÓN CONFIDENCIAL!? Sospechaba, para qué mentir. Sin embargo, no podía ir corriendo hacia donde estaba aquella rata sarnosa esgrimiendo un índice acusador y esperar que confesase todos sus crímenes. Sería conveniente, pero esas cosas solo pasan en sueños. Optó por la forma más sensible de proceder.

—¿Dónde entrenáis? —Preguntó el panda con aspecto inocente.

Aquel grupo de revolucionarios tenían entrenamiento todas las mañanas en el pabellón F, en las afueras de la base revolucionaria. El instructor era un tal Donovan McMiller. Al parecer era bastante estricto con sus discípulos. Tan temido como respetado y, desde luego, un revolucionario ejemplar. Había peleado en algunas batallas de relativa importancia y vivido para contarlo. Donovan era un modelo a seguir, aunque uno de rango bajo. Había estelas más brillantes a las que seguir con la mirada, en opinión del panda, pero cada uno se motiva con lo que se motiva.

En la mañana del día siguiente, a las ocho, el panda se presentó en el pabellón F para participar en el entrenamiento del escuadrón. Donovan estaba avisado de su presencia, de modo que no le sorprendió que ignorase al panda por completo a la hora de pasar revista de sus reclutas. Alfabéticamente comenzó a llamarlos uno a uno para que diesen parte de su asistencia y empezasen a correr en una circunferencia que recorría todo el pabellón. El ritmo de los pocos reclutas que ya habían comenzado con su ejercicio matutino se ralentizó cuando el nombre del panda se leyó en voz alta. Murmullos se manifestaron. Don Bambú observó que el recluta Timbleweed miraba al mink con aspecto sombrío, como si se le hubiera secado de golpe la garganta. No le devolvió la mirada. Don Bambú empezó a dar vueltas alrededor del pabellón a un ritmo relativamente lento, al menos desde su perspectiva. Naturalmente era mucho más rápido que sus camaradas y podía aguantar corriendo más que nadie. Una vez el calentamiento hubo terminado, Donovan reunió a todo el grupo en el centro del pabellón. —Muy bien reclutas, como habrán observado hoy nos acompaña el mismísimo soldado Don Bambú. No quiero que os distraiga su presencia y mucho menos que andéis molestándolo con estúpidas preguntas y comentarios poco profesionales. Hoy entrena con nosotros y eso es todo lo que os debería importar. —A lo largo de aquel discurso, el panda se permitió echar un vistazo a Timbleweed. Le estaba mirando fijamente. Su cara intentaba no delatar nada, pero a través del Kenbunshoku el panda observó que su aura emanaba algo de miedo. Perfecto. Así debía ser.

—...Entonces me dispongo separaros por parejas para un poco de combate amistoso. —Donovan fue leyendo nombres en parejas de dos. Lamentablemente, como el número de reclutas aquel día era impar, el entrenador decidió que Timbleweed seguiría corriendo por el momento, algo que a juzgar por la cara de resignación del muchacho debía de ser lo habitual. Aquello no le venía demasiado bien, porque no podría observar bien al muchacho mientras entrenaba con otro pelele, de modo que en cuanto se separaron de los demás para tener un poco de espacio para el entrenamiento amistoso, Don Bambú clavó la mirada en Dolch, su compañero de entrenamiento. —Perdóname. —El muchacho de pelo rizo pelirrojo experimentó en sus carnes, tal vez por primera vez en su vida, todo el poder del Haoshoku emanado por el panda en un área minúscula a su alrededor. Dolch, que no era especialmente fortachón, comenzó a temblar visiblemente ante la terrorífica visión del panda que tenía delante de él. Parecía completamente paralizado por el terror que agarrotaba su cuerpo. —Lo siento entrenador McMiller, parece que mi compañero no se encuentra bien. ¿Podría aquel chico ocupar su lugar mientras este se recupera de lo que le haya dado? —Donovan examinó rápidamente a Dolch, que estaba pálido como la nieve y parecía incapaz de controlar su cuerpo y decidió que al muchacho debía de haberle dado un bajón de tensión muy fuerte. —Lo acompañaré a la enfermería. Entrene con Timbleweed mientras, Don Bambú.

El panda se aproximó hacia Timbleweed triunfalmente. Había logrado separarlo del grupo con éxito sin levantar sospecha alguna y ahora tenía la oportunidad de sonsacarle algo de información durante el entrenamiento. —Qué hay chico, es hora de entrenar. —Timbleweed no parecía haberle hecho demasiado caso. Estaba mirando como el entrenador se iba con Dolch. —¿Me escuchas, chaval? —En el instante en el que Donovan desapareció de su vista, Timbleweed se acercó al panda y le agarró del brazo, como si intentase hacerle una llave y tumbarlo en el suelo. El panda no se movió ni un centímetro. Era como intentar mover un iceberg haciendo palanca con un mondadientes. —El intento es bueno. —Concedió el panda educadamente. Entonces envolvió el torso del joven recluta con su mano derecha y lo tumbó en el suelo conteniéndose lo suficiente como para no partirlo por la mitad. Al panda no se le daba nada bien contenerse. —No me andaré con rodeos. Para quién trabajas. —Timbleweed boqueó por el dolor que le causaba la mano del panda apretando su torso. Don Bambú aflojó el agarre para dejarle hablar. —Y-yo no soy el espía... —Ah, había caído en la trampa, aunque Don Bambú ni siquiera la había puesto. —Buen intento, chico, pero yo no he hablado de espías —Aquello tenía que ser evidencia suficiente para delatar al chico, aunque era cierto que no le veía madera de espía. —El entrenador... yo le vi. Había luz en uno de los almacenes del pabellón por la noche... Pensé que me la había dejado encendida, pero era él. ¡Estaba transmitiendo información sobre los Toros Negros! —Don Bambú liberó al chico del agarre, dejándole respirar. Donovan era un reputado revolucionario, ¿por qué traicionar a la causa? —Intenté que me ingresasen en la enfermería sin que sospechasen, pero el entrenador debió de olerse algo...
—Estaba transmitiendo un mensaje, dices. ¿Sigue el equipo allí?
—Quizás, pero seguramente esté escondido. Me pareció ver una trampilla en algún sitio, pero con la adrenalina y las prisas por salir de allí...
—Llévame hasta allí.

No fue difícil salir del área principal sin ser detectados. La mayoría de los reclutas estaban concentrados en inmovilizar al otro y si bien en panda podía atraer alguna mirada, la gente no solía cuestionar que andase a sus anchas por ahí. La habitación era lo que se esperaría de un almacén de pabellón deportivo. Había una suerte de jaula para pelotas, un montón de colchonetas apiladas, varios potros y trampolines para ejercicios de salto y armas de mentira para las prácticas de combate. Ni rastro de sistema de comunicación alguno. El muchacho había dicho algo de una trampilla, así que posiblemente estaría oculto bajo tierra. —Vigila la puerta, ¿quieres? —El panda activó los poderes de su fruta y empezó a hacer agujeros en el suelo. No tardó demasiado en descubrir una oquedad en el suelo en la que había todo un sistema de radiofrecuencia con un den den mushi como pilar central. Al lado del caracol había una pila enorme de papeles escritos a mano. Una rápida inspección reveló múltiples anotaciones sobre las actividades de los Toros Negros. Sin embargo había también información del mariscal Nilats y otros altos cargos de la base. —Bueno bueno, parece que tenemos suficiente para... —Fue el chasquido lo que le hizo detenerse. Aunque más que un chasquido era el inconfundible sonido de una pistola amartillándose. Se llevó la mano discretamente al bolsillo derecho de su pantalón y activó de un toque el den den mushi blanco. La conversación le llegaría a Nilats. —Gírate lentamente, Don Bambú, o el chico no lo cuenta. —El panda levantó ambas manos y se giró. Era Donovan. Tenía a Timbleweed agarrado por la boca y su pistola apuntaba directamente a su cabeza a través del mentón. Un tiro desde esa posición lo mataría con total seguridad.

—Creo que deberías calmarte, Donovan. No hagas algo de lo que te puedas arrepentir.
—Ya estoy hasta el cuello de lodo, Bambú, a estas alturas esta es mi única alternativa.
—No la es. Entrégate y permite al tribunal de guerra ser benevolente. No lo serán si opones resistencia.
—Mis cojones. Aquí sólo hay una salida, panda, y será con tu ayuda. He visto lo que le hacías al suelo. ¿Puedes hacer túneles? Llévame hasta el puerto y me iré. Dejaré al chico en una isla con un den den.
—Ambos sabemos que eso no pasará.
—¡Entonces me lo cargo!
—No.

La voz del panda produjo un eco abismal en los oídos de Donovan y Timbleweed. La mano del primero comenzó a temblar como si estuviera sufriendo una hipotermia. —Qu-qué cojo-jones —El panda dio un paso hacia delante. Los pantalones de Timbleweed se empaparon. —Tira la pistola. —El arma cayó suelo. El pie del panda le propinó una patada que la mandó volando al otro lado de la habitación. La mano de Don Bambú ejecutó un rápido y preciso movimiento sobre el paralizado Donovan, que perdió la consciencia ante el golpe en el cuello que le propinó. —Ve a limpiarte, Timbleweed. Que no te coja el mariscal con esas pintas. Igual te llevas una medalla por esto. —Don Bambú sacó el den den mushi blanco de su bolsillo y se lo acercó a la boca. —El espía ha sido neutralizado, Nilats. Requiero asistencia en el almacén 2 del pabellón F.

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[Presente absoluto - Auto T3] La Justa Causa - por Max D. Bambú - 23-08-2024, 07:02 PM

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