04-09-2023, 09:07 PM
Estando completamente centrado en la lectura como estaba, no notó la presencia de los niños al momento. Ellos serpenteaban por el suelo como si de culebras se tratasen, pero las constantes carcajadas que emitían, aunque tratasen de disimularlas, eran demasiado evidentes. Don Bambú no hizo ningún movimiento que delatase su conocimiento de la situación, salvo tal vez un leve movimiento en la oreja derecha, como si de un gato alertado se tratase. Tanto se concentraba en el movimiento de los infantes, que había dejado de pasar páginas del libro, aunque ya le quedaban más bien pocas. De repente, un mar de manos le tocaron en la espalda al mismo tiempo que gritaban como fantasmas recién salidos de una película de terror mala. Don Bambú fingió haber sido tocado por el espectro más maligno y aterrador imaginable y pegó un salto de tres metros en el aire antes de caer de espaldas de forma absolutamente cómica. Su actuación se había granjeado unas cuantas risas, aunque podría haber hecho casi cualquier cosa y habría tenido el mismo efecto. —¡Pero bueno! —fingió estar alterado. —¡Uno tan tranquilo leyendo y vienen a asustarme unos vándalos! —Más risas. Consideraría hacerse cómico si todos los públicos fueran tan fáciles y él no fuera tan... suyo. Antes de que el panda pudiera decir algo más, la voz de una madre llamó a uno de los niños desde la ventana de su casa. Se acercaba la hora de comer en aquel pueblo, aunque Don Bambú acostumbraba a comer más tarde. Pronto, a aquella voz le siguieron otras, y el consenso general de los niños fue que era la hora de irse. No tardó mucho tiempo en hacerse el silencio en la zona mientras el panda miraba cómo los chavales se iban corriendo. Vio el libro que estaba leyendo en el suelo y lo recogió, quitándole el polvo con un par de pasadas de mano. Lo que ese libro había sufrido era indecible. —Deberías montar una guardería, así al menos te pagarían —Don Bambú era consciente de que Derya jugaba con los niños a menudo. La villa no era muy grande y la imagen de varios niños jugando en el río con una mujer pez era difícil de obviar. El panda guardó el libro y le sonrió a la gyojin. Sus dientes parecían sierras, y con su semblante tan mafioso casi podría dar miedo. En lugar de eso, estaba rodeado de gente sonriente todo el tiempo. Una villa rara aquella.
