10-08-2024, 05:43 PM
El fuego en la mirada del panda se intensificó una vez su zarpa hendió la piel de Kisuke. Su sangre surcó a través de las afiladas uñas del panda como un pequeño manantial. Su aura no parecía más que crecer, como si no hubiera límite a la fuente de su poder. El panda abrió la boca para soltar una carcajada. Se contentaba con haber herido a su compañero al menos una vez, pero Kisuke fue tan rápido en su movimiento que sólo un quejumbroso suspiro logró salir de los pulmones del panda. Le había pegado con tanta fuerza que durante unos instantes su aura se desvaneció y el panda perdió la noción de dónde se encontraba. El inmenso dolor le impedía moverse, incluso aún cuando en su interior bramaba una fuerza de voluntad mucho más férrea de lo habitual. A duras penas se sostuvo en pie la enorme criatura, pero conforme iba recuperando el aliento y su espíritu volvía a centrarse en el combate todo se volvió negro.
Varias imágenes surcaron su mente mientras el panda permanecía inconsciente. Vio a sus padres en múltiples ocasiones y diversas escenas diferentes. Todas las facetas de su padre evocaban ira y todas las de su madre evocaban paz. Dos piezas completamente opuestas unidas en una sola entidad que era Don Bambú. Maximiliano D. Panda Jr., como en tiempos pasados se le había nombrado. Había heredado mucho más de lo que le hubiera gustado de su padre. El aspecto, su nombre, su legado, sus técnicas e incluso su voluntad, aunque esta última proyectada hacia horizontes muy distintos. La voluntad de hacer el mundo mejor. De alzar el puño y precipitarlo con furia sobre aquellos que en su camino a la gloria dejan un rastro de llamas y devastación. El panda se movió en sueños, sacudiendo ligeramente la camilla en la que se encontraba y que a duras penas podía contener el cuerpo del panda completamente estirado. Pequeñas perlas de sudor estaban empezaron a recorrer su rostro mientras un batallón de recuerdos de su infancia le atacaban. No tardó en despertar y erguirse repentinamente, como si acabase de escapar de alguna pesadilla especialmente terrorífica. —¿Dóndhgmjf? —Iba a hacer una pregunta sencilla, pero su cuerpo le recordó por qué se había quedado inconsciente aquel mismo día. Boqueó un poco por el repentino caudal de dolorosas sensaciones que recorrieron su cuerpo y se lo tomó con calma mientras intentaba darse cuenta de dónde estaba y con quién.
Zorak y Kisuke se encontraban en la habitación con él. El olor a café y tabaco le llegó inmediatamente, aunque probablemente llevara percibiéndolo un tiempo sin siquiera haberse dado cuenta de ello. Además de sus dos compañeros de escuadrón, los cuales parecían estar perfectamente después de aquel entrenamiento tan bestia, estaba entre ellos ni más ni menos que el mariscal Nilats. Ante su presencia y para desgracia de su maltrecho cuerpo el panda se cuadró inmediatamente. Ahogó un leve quejido en el interior de su garganta y habló con voz todavía falta del debido oxígeno. —Mariscal, disculpe mi momentánea falta de consciencia. Me temo que me he excedido en audacia a la hora de cargar de frente contra mis muy capaces compañeros. —Tras lo que consideró un adecuado saludo marcial, esperó instrucciones de su superior mientras trataba de evitar que sus heridas le obligasen a tumbarse de nuevo. Desvió la mirada, eso sí, hacia Kisuke para comprobar con alivio que no le había hecho demasiado daño. Lo cierto es que con el panda no se podía entrenar como tal, sólo combatir. Era por este motivo por el que siempre rechazaba el entrenar a jóvenes revolucionarios incapaces de soportar toda la fuerza del panda. Sencillamente no podía controlarse en el candor de la batalla.
Varias imágenes surcaron su mente mientras el panda permanecía inconsciente. Vio a sus padres en múltiples ocasiones y diversas escenas diferentes. Todas las facetas de su padre evocaban ira y todas las de su madre evocaban paz. Dos piezas completamente opuestas unidas en una sola entidad que era Don Bambú. Maximiliano D. Panda Jr., como en tiempos pasados se le había nombrado. Había heredado mucho más de lo que le hubiera gustado de su padre. El aspecto, su nombre, su legado, sus técnicas e incluso su voluntad, aunque esta última proyectada hacia horizontes muy distintos. La voluntad de hacer el mundo mejor. De alzar el puño y precipitarlo con furia sobre aquellos que en su camino a la gloria dejan un rastro de llamas y devastación. El panda se movió en sueños, sacudiendo ligeramente la camilla en la que se encontraba y que a duras penas podía contener el cuerpo del panda completamente estirado. Pequeñas perlas de sudor estaban empezaron a recorrer su rostro mientras un batallón de recuerdos de su infancia le atacaban. No tardó en despertar y erguirse repentinamente, como si acabase de escapar de alguna pesadilla especialmente terrorífica. —¿Dóndhgmjf? —Iba a hacer una pregunta sencilla, pero su cuerpo le recordó por qué se había quedado inconsciente aquel mismo día. Boqueó un poco por el repentino caudal de dolorosas sensaciones que recorrieron su cuerpo y se lo tomó con calma mientras intentaba darse cuenta de dónde estaba y con quién.
Zorak y Kisuke se encontraban en la habitación con él. El olor a café y tabaco le llegó inmediatamente, aunque probablemente llevara percibiéndolo un tiempo sin siquiera haberse dado cuenta de ello. Además de sus dos compañeros de escuadrón, los cuales parecían estar perfectamente después de aquel entrenamiento tan bestia, estaba entre ellos ni más ni menos que el mariscal Nilats. Ante su presencia y para desgracia de su maltrecho cuerpo el panda se cuadró inmediatamente. Ahogó un leve quejido en el interior de su garganta y habló con voz todavía falta del debido oxígeno. —Mariscal, disculpe mi momentánea falta de consciencia. Me temo que me he excedido en audacia a la hora de cargar de frente contra mis muy capaces compañeros. —Tras lo que consideró un adecuado saludo marcial, esperó instrucciones de su superior mientras trataba de evitar que sus heridas le obligasen a tumbarse de nuevo. Desvió la mirada, eso sí, hacia Kisuke para comprobar con alivio que no le había hecho demasiado daño. Lo cierto es que con el panda no se podía entrenar como tal, sólo combatir. Era por este motivo por el que siempre rechazaba el entrenar a jóvenes revolucionarios incapaces de soportar toda la fuerza del panda. Sencillamente no podía controlarse en el candor de la batalla.
