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Día 34 de otoño del año 6. Alguna isla del Grand Line
El día había empezado muy tranquilo. Salí de la gran tienda de campaña de la familia y me senté donde a noche había estado la hoguera que habíamos usado para calentarnos del frio que empezaba a hacer por las noches. Debajo de la túnica llevábamos algún poncho, marrón también que nos habían proporcionado los tejedores de la tribu. Yo aún no podía desempeñar ninguna función importante, pero estaba claro que iba a ser explorador, como mi padre, pero de momento, solo me permitían explorar acompañado las islas en las que nos encontrábamos. Según decían, era para ir practicando.
Estábamos en una isla de frondosos bosques, con arboles por todas partes. Como siempre, el grupo de avanzada, que ahora se encontraba descansando, había hablado con los habitantes para avisarles de nuestra llegada y prepararon una zona donde montar el campamento bien alejado de los habitantes locales, para no molestarles. Solo algún miembro se acercaba para comprar víveres que no podíamos conseguir por nuestra cuenta. Eso formaba parte del trato, nosotros gastábamos en su isla, a cambio de poder instalar durante unas semanas, algún mes en rara ocasión, en algún lugar apartado. Después de desayunar un té que me había preparado Dan, la mink liebre a la que le tocaba cocinar aquel día, volví a la tienda. Era temprano, pero tenía muchas ganas de poder explorar la isla a la que habíamos llegado hacía tres días. Fui hasta la tienda de mi maestro, el mink cabra, Morrel y entré sin avisar. Me senté en una silla, al lado de la ligera mesa de estudio del viejo y lo llamé.
- Venga, maldito vago. Es hora de despertarse. Tenemos que irnos
- Hm? Plátypo, que tú no quieras dormir no significa que nadie pueda hacerlo. Dame un rato, que aun estoy cansado.
- Cansado de dormir, vieja cabra. Levanta esas pezuñas de una vez, quiero explorar todo esto.
- “Esto”, como tú dices, lleva tantos años aquí que no creo que se derrumbe por un par de horas, o días, incluso. Dicen que desciendes de Sage, pero él tenía mucha más paciencia que tú.
- Acaso no es la primera hora del día la mejor para recoger deliciosas hiervas? Tenemos que ir antes de que se seque el rocío.
- Con esta vegetación lo complicado va a ser secarlas para fumar.
- Venga, hombre! Vamos, si después de comer vas a volver a dormir. Cuanto antes salgamos ahora, más tiempo podrás dormir luego.
- Eso no funciona del todo así, pero ya conseguiste desvelarme… Sal mientras me visto joven ornitorrinco. No se como haces para salirte siempre con la tuya.
- Sabes que es cosa de los dioses, jeje.
Media hora estuve esperando al caprino. Solo se tenía que poner una túnica, y aún así, había tardado. Fuimos de vuelta a ver a Dan, que le ofreció a Morrel otra bebida. En cuanto acabó partimos hacia una montaña que había al sureste de la isla.
Al pasar por el bosque, la cabra se iba parando cada vez que encontraba una flor de su interés. No era el más fuerte de la tribu, desde luego, pero era muy sabio y sabía un montón sobre plantas. Me enseñó en aquella isla algunas muy importantes, como la ortiga, la salvia, la violeta o la valeriana. A la vez que las recogía y me las enseñaba, iba contándome algunas de las propiedades que tenían, como la valeriana, que te hacía adormecer, o la ortiga, que tenía propiedades sanadoras. Al fin llegamos a la falda de la montaña, la cual era nuestro objetivo. Descubrimos, tapada por algunas ramas de enredadera que la cubrían, una especie de puerta, aparentemente, hecha por antiguos habitantes de aquella isla. Decidimos entrar. A los dos nos podía siempre la curiosidad. Al entrar en la cueva, vimos una sala amplia. Oscura, pero claramente artificial, con grabados en las paredes y columnas retorcidas. Encendimos una antorcha que la cabra siempre llevaba y exploramos el lugar. Había una piedra en el medio y las paredes parecía que habían sido blancas. Tenían una textura rugosa y se desprendía con facilidad. Decidimos pues no tocarlas más. Podríamos estropear todo aquel templo si no íbamos con cuidado. Había más puertas alrededor de la sala, y decidimos entrar en una de ellas. Era una sala pequeña, en la que apenas cabíamos ambos. Estaba llena de libros casi deshechos. Morrel agarró uno, el cual se partió en su mano. La mitad que permanecía en su mano la abrió y pasó las páginas despacio. No había nada de interés. Ni un solo boceto, ni dibujo y un idioma completamente desconocido para nosotros. Dejó caer la otra mitad al suelo, junto con el resto del libro y salimos de la sala. Entramos a otra, más amplia. Era como la mitad de la principal y tenía una mesa central rectangular, de piedra, con nueve sillas también de piedra. En el extremo de la mesa, había una especie de escenario, una plataforma más alta que el suelo con otra silla sobre ella, en el centro. Esta era más grande y parecía más ornamentada. Un esqueleto estaba sentado sobre ese trono, vestido con un pantalón de tela fina, una camisa verde muy desgastada del tiempo. Llevaba puesto también un gorro alto que casi sobresalía por encima del asiento. Apoyado en el reposabrazos, había un bastón largo, bastante normal, la verdad. Con una especie de nudo en lo alto y parecía bien pulido. Morrel comentó que parecían sacerdotes de una antigua religión y que no debíamos tocar nada, pero yo me adelanté y fui directo al bastón mientras mi maestro herbólogo me reprendía y me apremiaba a que nos fuéramos. Sin prestarle atención, subí de un salto a la plataforma y agarrar el bastón. En ese momento, el esqueleto cayó hacia delante. Yo retrocedí un paso y lo miré fijamente. Había caído de rodillas, los brazos extendidos y la cabeza en el suelo. Me estaba haciendo una reverencia aquel esqueleto de un antiguo sacerdote de aquella isla. Morrel estaba boquiabierto. - Ponte la capucha y vámonos de aquí, por favor- Esta vez sí hice caso. Agarré el bastón y salimos rápidamente de la sala. Volvimos al bosque y el viejo sabio me miró con asombro, mientras nos bañaban los rayos del sol de la mañana.
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La vieja cabra y yo hicimos el camino de vuelta en completo silencio. Mi viejo maestro iba con una expresión muy muy seria, col los ojos abiertos apenas pestañeando. Yo, detrás, con la capucha puesta, no sabía qué decir. Iba apoyándome en la vieja y resistente vara que había cogido del esqueleto tan antiguo que casi estaba deshecho. La vara me atraía de una forma increíble. Era dura, brillante, bien pulida y desprendía una sensación de poder cada vez que la apoyaba en el suelo. - ¿Hice mal en coger la vara, Morrel? – No obtuve respuesta alguna de mi amigo. Seguimos adelante y al cabo de un par de horas llegamos al campamento que había montado la tribu días atrás. Morrel aceleró el paso y pasó al lado de uno de los vigilantes, el cual no era muy fuerte ni muy ágil, pero le había tocado. Era un mink ratón, de aproximadamente un metro y medio de alto, bastante delgado y fibroso, por lo que lo tenían que haber elegido por la velocidad que tenía para avisar a los demás de un posible peligro. El pequeño salió corriendo como un rayo hacia la tienda donde los ancianos se reunían para debatir que hacer al llegar a una isla, que solía ser, por lo general, era abastecerse, vender alguna artesanía y volver a embarcarnos. Yo nunca entendería lo importante que tenían esas reuniones. Fui hasta el lugar donde por las noches encendíamos una gran hoguera y de repente fui consciente de como me miraba la gente. Agaché la cabeza, clavando la mirada a unos pocos centímetros de mis propias patas palmeadas. Bajé la cola plana en señal de estar pensando en qué había pasado. Siempre que tenía que pensar en algo la bajaba. Era como un acto reflejo, hacia que me concentrase mejor. Desde fuera solo de vio como un bulto a mi espalda se desplazaba, pues la túnica marrón castaño me llagaba hasta los pies. Los jefes de la tribu salieron corriendo de la tienda donde estaban reunidos y yo, dejando mis pensamientos a un lado y esperando un severo castigo por haber tocado algo, seguramente sagrado, levanté la cabeza despacio y, con el pico bien alto, los miré con decisión en mis ojos. No pensaba soltar aquella vara y aceptaría cualquier castigo por haberla arrancado de aquel lugar misterioso. Sin embargo, los jefes se quedaron absortos, con los ojos a punto de salir de sus órbitas.
Los jefes eran un viejo gorila, el cual había heredado el puesto de líder o gran anciano de su padre. Esta, a su vez, tenía un hijo, algo mayor que mi padre, el que tenía toda la pinta de que también heredaría el título, por mucho que los demás tuvieran que ser escogidos. Otro era un lémur, quizá el más joven de los ancianos, pero que se había ganado el puesto por su visión y buenas decisiones. Era aproximadamente de mi tamaño, con la cola extremadamente larga, con anillos intercalando blanco y negro. La usaba para sentarse en alto apoyándola en el suelo y sosteniendo el cuerpo en ella, con las piernas cruzadas. Pero ahora, como sus compañeros, estaba de pie delante de mí, con la boca abierta. A su lado, el viejo tigre, el más alto de todos. Medía casi tres metros de altura y era ancho como una tienda pequeña. Era el único que no tenía descendencia, pues su mujer había murto poco después de casarse por una terrible enfermedad y el valeroso felino se había jurado a sí mismo mantenerse fiel. Por último, el jabalí, que al contrario que el tigre, tenía una prole de cochinillos peludos tan grande que podrían fundar una tribu ellos solitos. Este estaba tan acostumbrado a no moverse más que para las reuniones que había engordado un montón. Decían los rumores que antaño había sido un gran explorador y que era de los más fuerte de todos, pero las canas y el sobrepeso hacía muy complicado ver en aquel ser una figura en forma.
El lémur volvió a la tienda, mientras los demás susurraban entre ellos sin quitarme la vista de encima. El resto de la tribu se empezó a arremolinar alrededor de mí. Mirándome los más ancianos con sorpresa. En esto vi llegar a mi madre, la cual, al mirarme dejó caer lo que llevaba en la mano y comenzó a llorar con los ojos llenos de emoción. Seguía sin entender absolutamente nada.
Al regresar el lémur con un viejo papel minutos más tarde, se lo enseñó a los demás lideres y, mirando primero el papel, y luego a mí, afirmaron y empezaron a pasar el papel. Mi padre no estaba por ningún lado.
- ¡Es la viva imagen de Sage! - Exclamó una voz. Los demás asintieron. Me acerqué a uno de los que formaban aquel circulo y le quité el papel. Tenía un dibujo de un Ornitorrinco encapuchado, con una vara larga como la recién adquirida. También había un extenso texto hablando sobre aquel antepasado mío, señalando todas sus vivencias.
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La imagen del ornitorrinco, con las patas y el pico negros, los colmillos sobresaliendo bien afilados, la túnica cubriéndole hasta los tobillos, encapuchado y agarrando un bastón largo de madera, era mi viva imagen. Lo único que nos diferenciaba era aquella cicatriz que el sabio tenía en su ojo izquierdo, conseguida, por lo visto, tras una dura prueba de valentía que hacían antaño a los jóvenes para convertirse en adultos. Llevaba también un colgante con una pluma negra grande. Leí entonces el texto que narraba las aventuras de ese antiguo gran líder de la tribu. En el papel se explicaban algunas de las grandes hazañas del legendario ornitorrinco, las leyes que había establecido y lo tranquilo y reservado que era. Siempre ayudaba a los más necesitados, y se desvivía por hacer de la tribu una comunidad mejor. Intentó que dejaran de ser nómadas, pero al ver que la mayoría disfrutaba los viajes a islas exóticas, llenas de vegetación y descubriendo culturas nuevas, decidió no cambiar esa característica tan peculiar de la tribu mink. Los ancianos de aquel entonces lo nombraron líder. El más joven que hubo nunca. El difunto ornitorrinco también fue el que empezó a comerciar con las distintas gentes de las islas que visitaba la tribu, consiguiendo así gran riqueza y prosperidad para los nuestros, que perduraban hasta nuestros días. También decían aquellos papeles que había sido un gran aventurero. Que llevó a cabo exploraciones en algunas de las islas en las que ningún mink se había atrevido a entrar. En alguna de ellas salía incluso con amistad de los habitantes, que no eran tan terribles como narraban los antiguos, pero en otra, tenía que salir corriendo. Hizo un mapa del mar visitado, e iba tachando las que eran inaccesibles, tanto por el trato como por la dificultad de entrada física a la propia isla, y rodeando y puntuando las que recibían bien a los mink. Sin racismo ni corrupción del gobierno. Ninguna de las islas marcadas con un circulo llegó nunca al porcentaje de setenta por ciento. O las islas padecían terribles dictaduras, o el racismo habitaba en ellas. Todo eso también lo dejó registrado Sage en sus propios manuscritos, creando así la medida de Sage, que consistía en que los sabios valoraran las cualidades de las islas entre uno y setenta y cinco.
Después de leer el resumen de mi antepasado, decidí saber más sobre él. Donde había quedado su cuerpo y donde estaban sus aventuras narradas. Ardía en deseos de leer con detalle todo lo que había echo aquel increíble ser, el mejor y más grande líder de la tribu nómada mink que surcaba el grand line, llamado cementerio de piratas. Me contó Groll, un adulto que rozaba los 60 años, que Sage estaba enterrado en una isla pegada a la red line. Cuando él murió, se decidió viajar a los cabos gemelos, como estábamos haciendo, quedándonos como mínimo tres meses en cada isla que visitábamos, llegando a estar en alguna de ellas, las que tenían mejor valoración en la escala de Sage, más de un año. Lo decidí en aquel momento. Mi destino era encontrar los restos de Sage y acompañar ver cómo li padre cruzaba la red line hacia un nuevo mundo. Decían que más allá del gran muro rojo, el mar no estaba en una corriente constante llena de islas, si no que el mar estaba calmo y podías viajar a donde quisieras. Suaves brisas, mares tranquilos, islas con comida abundante… Ese nuevo mundo del que algunos hablaban, sobre todo los más jóvenes, tenía que ser el paraíso.
Lo primero que tenía que hacer si realmente quería parecerme a Sage, el cual en un momento se había convertido en un auténtico ídolo para mí, era realizar las pruebas de acceso al consejo de la tribu. El consejo se formaba por los mejores minks, los más fuertes y los más sabios de la tribu. Eran consejeros y proponían ciertas cosas de relevancia para los demás compañeros, pero la última palabra, siempre la tenían los ancianos. Debía convencerles de que podía hacer las pruebas.
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Las pruebas del consejo se basaban en dos exámenes teóricos y en dos prácticos. El primer examen teórico, según lo acordado con los ancianos, se realizaría dentro de una semana, para dejar tiempo a que me preparase. En el mismo momento que me lo dijeron, me fui corriendo hacia la tienda enorme que se usaba como lugar de reunión de los viejos sabios. Entré y me dirigí hacia las montañas de pergaminos y libros bien ordenados en unas estanterías plegables que hacían que su transporte hasta los barcos se pudiera hacer de forma cómoda, como la mayoría de objetos del campamento. Empecé por un lado leyendo libros de historia de la tribu, registros de civilizaciones, encuentros con barcos de la marina en el mar, historias sobre dragones celestiales, que yo imaginaba realmente como lagartos gigantes de escamas brillantes que dormían sobre la red line. También había mapas y leyes que había impuesto el gobierno mundial, actas que recogían el deseo de algunos mink de entrar a formar parte de ellos y la imposibilidad de hacerlo por muchas razones. La lista no acababa, y tras la caída del sol, oí una voz amable que se preocupaba por mí.
Plátypo, hijo. ¿No te cansas de estudiar? Ven a casa un rato y come algo. Ya es de noche fuera. Mañana sigues. Aun te quedan seis días para leerlo todo.
Meneé la cabeza. no estaba cansado, aunque si que hubiese comido algo. Mi madre entró hasta donde yo me encontraba y me dejó al lado del libro que ojeaba un vasito con una infusión de hierbas recogidas en la isla anterior, que yo mismo había secado y guardado en botes de cristal para beber más adelante. La miré y le di las gracias, agarrando con ambas manos el recipiente y llevándomelo a la boca. Di un pequeño sorbo. Estaba muy caliente y me dejaba una sensación cálida en el pecho, a la vez que me despejaba los pulmones y sentía que respiraba mejor, con total plenitud. Le di otro sorbo al brebaje y lo dejé con cuidado al lado del libro de nuevo. Plátyra, la mink ornitorrinco más hermosa de la tribu, me besó con ternura la mejilla y salió de nuevo de la tienda que los ancianos me habían cedido para el estudio.
Me desperté sobresaltado, seguramente por algún tipo de sueño que había tenido, pero que se disipó en el momento justo en el que abrí los ojos. Estaba sentado al lado de la estantería, apoyando la espalda en ella, con un montón de libros y papeles enrollados alrededor. Era mi posición habitual para dormir, como cualquier otro mink de la tribu. Así nos ahorrábamos el cargar camas. Estando, con las piernas cruzadas y la capucha puesta, patería una roca colocada allí. Nadie fuera de la tribu hubiera adivinado que era un ornitorrinco durmiendo. Aún en esa posición, empecé a agarrar libros del suelo y levantándome, los comencé a colocar en las estanterías.
Así estuve varios días, interrumpiendo ligeramente mi estudio para ir a comer con mis padres. No duraba mucho en casa, pues solía estar encerrado en la tienda verde oscuro todo el tiempo. El conocimiento de todas aquellas materias me entusiasmaba y, sin darme cuenta, llegó la fecha del examen. Mi cerebro había absorbido mucho de todo el conocimiento que había en aquellas estanterías ligeras. Casi todos los libros que allí dormían habían sido abiertos y casi todos los pergaminos desenrollados. Mi cerebro había adquirido una sabiduría que nadie de la tribu había tenido. Culturas, mapas, dioses, corrientes, tipos de barco y muchas más cosas rebosaban en mi cabeza. Entré confiado al examen teórico que me habían planteado los sabios. Me senté decidido a una mesa improvisada, en un taburete hecho de un tronco de madera oscuro, cortado hacía varios días expresamente para este examen. Al empezar a leer lo que ponía, me di cuenta de que me había propasado. Todo aquello que había estado estudiando no serviría para ese examen, pues las respuestas las conocía de sobra mucho antes de haberme metido en la roñosa tienda con todos aquellos papeles marrones escritos, algunos prácticamente ilegibles. Mi decepción era una realidad que se reflejaba en mi cara, junto con el enfado por la sensación de haber perdido el tiempo. ¿Sage no era el más listo de la tribu? ¿Por qué entonces me hacían aquel examen tan cutre? No tenía sentido. No era lo que esperaba. Yo quería un reto y me habían dado una tarea de niños. Entregué el examen completamente seguro de la nota máxima con furia y salí muy airado de la tienda donde me habían sentado para evitar distracciones. Llegué al lado de la tienda de mis padres y vi el agua en la orilla. Siempre la ponían cerca del agua. Entré, me quité la túnica y me tiré al mar. Necesitaba un largo baño para desestresarme.
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Quedaban cinco horas para el examen físico. No tenía demasiado tiempo para entrenar, pero viendo el teórico, no creía que me costase mucho hacer el práctico. Me levanté y fui al bosque que había en dirección a las ruinas. Escalé un árbol hasta su copa. Al estar arriba de todo, estiré ambos brazos hacia el cielo aguantando la respiración. Solté el aire muy poco a poco y noté como el aire frío salía y entraba en mis pulmones. Era una sensación hipnótica y me sentí ligeramente mareado. Bajé los brazos lentamente hasta ponerlos completamente estirados delante de mí. Abrí los ojos y miré hacia adelante, donde se encontraba la montaña que albergaba la sala de la antigua civilización. Mi mirada era decidida y firme. Me puse la capucha despacio, como contagiado del movimiento de los árboles azotados por aquella suave brisa mañanera. Cerré los ojos despacio. El sol del este me daba en la espalda, calentándola. Estaba a unos veinte metros del suelo y debajo de mí se encontraba una maraña de ramas y hojas. Me dejé caer hacia adelante, las ramas arañaban mi peluda piel castaña y mi pico negro. Estiré los brazos como un rayo y me agarré a una rama cuando quedaban unos quince metros y con la inercia salí volando hasta orea rama, la cual crujió cuando me posé en ella. Se rompió y volví a caer hacia abajo. Di una patada al tronco del cual se había desprendido la rama y volé girando mi cuerpo hacia atrás dando una voltereta. Otro tronco detrás mío me goleó la espalda. El asunto se me escapaba de las manos. Me dejé caer poco a poco agarrándome a diversas ramas y llegué al suelo. Me dolían las manos y la espalda, pero me esforcé para no hacer muecas de dolor, pese a que estaba solo. Caminé pocos pasos hasta encontrarme con la entrada al viejo templo de nuevo. Me senté en la puerta, con la montaña a mis espaldas y el bosque ante mí. Crucé las piernas y tapé mi cabeza con la capucha, que se había retirado en la primera caída. Empecé a meditar.
La diosa de los bosques, Dhanna se me apareció en la mente, una mujer hermosa, de piel verdosa, rojos cabellos y los ojos brillantes. Me habló de que yo tenía el favor de los dioses. No eran palabras habladas en el idioma común, pero era completamente comprensible para mí. Se alejó hacia el bosque y yo abrí los ojos. Por la posición del sol podía adivinar que habían pasado varias horas. Me levanté y despacio, avance hacia el lugar donde habíamos montado el campamento. Estaba lleno de energía, pero la diosa madre me había dicho que no podía correr ni contarle a nadie su visión. La imagen de la mujer más hermosa que había visto en la vida me había quedado grabada en la mente. Llegué al poblado improvisado ya siendo medio día. La cabeza estaba completamente despejada y no tenía ninguna necesidad básica. Quizá la diosa me hubiera otorgado el don para no cansarme durante las pruebas de hoy. Quedaban dos horas para la prueba, pero yo no podía esperar más. Fui hasta la tienda de los ancianos y me senté con las piernas cruzadas en el suelo, con la capucha puesta, esperando a que salieran los sabios.
-Joven Plátypo, ¿estas preparado para la segunda prueba? Consta de tres partes: La primera es orientación. Cojeras un barco y saldrás de la isla con uno de nosotros. Te dejaremos en medio del mar y tendrás que llegar a la isla contigua, donde me yo estaré esperándote. Vamos allá.
No dirigimos a la costa, donde al lado del gran barco que solíamos usar, había dispuesto un pequeño bote salvavidas. Subí con Jull, el viejo lémur y navegamos durante un par de horas. Él manejaba el bote y llegados al punto me deseó suerte y me ordenó que saltara. Me tiré al agua helada del peligroso mar lleno de monstruos en el que nos encontrábamos. Me sumergí un par de metros para acostumbrarme a la temperatura y volví a salir a la superficie, viendo como el bote se alejaba por donde habíamos venido. El lémur me había comentado durante el trayecto que mi destino estaba hacia el noreste, así que miré el sol, el cual estaba casi en su punto más alto y me dirigí hacia la isla que me habían ordenado. No tardé mucho en ver el pequeñísimo islote en el cual se encontraba el mink gorila llamado Jon junto a otro bote salvavidas, casi del tamaño de la propia isla. Me miró y admiró la velocidad con la que había llegado. Era hora de volver al poblado y prepararme para la segunda parte de aquella prueba de habilidades físicas. Subimos al bote y, mientras navegábamos, Jon comentó que nunca nadie había batido los récords marcados hace mucho por Sage y que estaba orgulloso de que alguien de la tribu se pareciera a su maestro.
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Al día siguiente, amanecí con frío. Demasiado baja aquella temperatura para estar en una isla tropical, como aquella. Algo no iba bien aquella mañana. La tienda estaba oscura aún, por lo que debía ser muy temprano, aunque una tenue luz se colaba entre los pequeños resquicios de la vieja tela que cubría los palos que confeccionaban mi hogar. Quería salir de allí y ver qué era lo que ocurría. Solo sabía que algo no iba como debería. Al salir al exterior, mis ojos se toparon con lo más hermoso que habían visto. En el cielo, una bola perfecta y despejada brillaba con intensidad, con una luz blanca. Mi corazón sintió mucha paz y cerré los ojos.
Desperté de nuevo con el Sol del medio día dándome en la cara. Me incorporé y vi horrorizado como, a mi alrededor, toda la aldea había sido arrasada. Todas las tiendas rotas y las familias se habían quedado sin hogar, sin recursos. La gente estaba muy atareada a mi alrededor, recomponiendo estacas, salvando todos los posibles muebles que podían servir. Yo estaba confundido. Vi a mi padre, Oriku pasar por mi lado y aproveché para preguntarle. Me dijo que debería hablar con Jon, que tenía que mostrarme un libro. Caminé hasta la tienda de los ancianos, la cual tenía cuatro grandes tajos en diagonal, como si un gran animal hubiese atacado el lugar. Pero sería la primera vez desde que tengo uso de memoria que habría ocurrido, pues los animales nos respetaban. Quizá algún pueblo humano con los que no habíamos hablado al llegar y que nos había percibido como una amenaza. Aunque los exploradores siempre hacían un gran trabajo con eso. Entré en la tienda de los viejos y allí estaba Jon, junto a Jull revisando unos cuadernos y recolocándolos del suelo a la estantería, donde habían permanecido seguramente desde que los leí para el primer examen de madurez. Jon, el gorila canoso, se acercó a mí.
-Te envía Oriku, cierto? Nadie te va a culpar. Este libro no lo mostramos habitualmente, ya que los jóvenes tenéis prohibido terminantemente salir en noches de luna llena. Por tus conocimientos y fuerza demostrada pensamos que deberías ser suficientemente maduro como para resistirlo, pero se ve que no. Aquí tienes, este libro te va a resolver todo sobre lo que acabas de pasar. Por suerte pudimos controlarte antes de que hicieras daño a nadie, pero Morrel acabó bastante mal. Ve a verle a la enfermería.
Agarré el libro y agradecí las palabras del sabio gorila, el cual recogió la escoba y siguió barriendo mientras yo salía de la tienda. Estaba confuso por las palabras de Jon. No sabía a que se refería con lo de que no me iba a culpar nadie. Yo únicamente me había desmayado. Pero lo primero era ir a buscar a Morrel. Corrí hacia la enfermería y la llegar, allí estaba, mi amigo macho cabrío tumbado en uno de los catres y vigilado por Gisell, el enfermero ciervo que trabajaba allí.
- Morrel! Que ha pasado? Jon me ha dicho que estabas aquí por mi culpa. Explícame que pasó anoche.
- Jóven Plátypo, no te preocupes por mí, estoy estupendamente, y en cuanto me den un poco más de esa amarga medicina, me soltarán de aquí. No debes preocuparte, la verdad es que anoche peleamos, pero sin que tuvieras consciencia fue fácil doblegarte, lo único que hacía mucho que no me convertía en mi forma Sulong. Mahajajaja.
Nunca había oído hablar de eso que la cabra llamaba "forma Sulong". Es que teníamos una forma más fuerte para luchar? Seguro que tenía que ver con la luna llena, por lo que había dicho Jon. De repente recordé el libro blanco que llevaba en la mano. Aquel libro tenía la respuesta. El ciervo me dijo que Morrel debía descansar un poco más para poder salir y me dijo que aquella tarde nos podríamos ver, así que me despedí de ambos y me dirigí hacia la espesura del bosque. Al adentrarme en él varios metros hacia dentro del bosque, me senté al lado de un majestuoso tronco, el cual acaricié antes de sentarme en una de sus raices a leer el libro que el viejo gorila me había dado.
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Cerré un momento los ojos y respiré profundamente antes de abrir el libro. Llevaba demasiado tiempo siendo el centro de atención. No era algo que me molestase, pero no estaba acostumbrado a ello. Prefería pasar desapercibido, pero la situación se había dado así desde que encontré la vara. Sage, el viejo maestro se había apoderado de Plátypo y no parecía querer irse. Aun así, necesitaba saber que había pasado anoche. Abrí el libro y empecé a leer con atención. El escrito contaba primero con una historia de una tribu mink antigua, anterior a la nuestra. Quizá hablaba de los primeros mink que habían caminado sobre los bosques de Dhanna. La historia hablaba de que las noches de luna llena, el poblado era destruido por una fuerza misteriosa. Al final de la historia se descubría que eran los propios miembros de la tribu, que al ver la luna llena, crecían repentinamente convirtiendo su pelaje en blanco y adquiriendo una fuerza muy superior a la que tendría en forma base. En cambio, perdían la conciencia. El libro contaba que como Sulong, la mascota de Susslir, dios de los mares, la cual era un león lunar, les prestaba a los mink, sus descendientes, su propia fuerza para poder defenderse. Estas habilidades, podían ser controladas eficientemente si se entrenaba adecuadamente y si el mink en cuestión tenía la madurez necesaria. Después un montón de instrucciones precisas de cómo llevar a cabo esos entrenamientos para ser consciente en la forma de Sulong. Había un dibujo del majestuoso león lunar en un recuadro. Parecía un ser enorme, con las melenas muy largas, musculoso y blanquecino. Un ser divino a todas luces. También hablaba en el libro de otra técnica que me llamó la atención, también usada en primicia por los miembros de aquella antigua tribu, la cual parecía ser una tribu guerrera, que tuvo que luchar mucho para acabar siendo respetada por los seres que los rodeaban. Esa técnica consistía en usar la electricidad estática para crear rayos y aumentar la fuerza de los golpes. Luego se empleaba esa electricidad en otras técnicas menores. El punto era que si conseguías desarrollar aquella electricidad estática, poca gente te podría vencer, pero era muy complicado y había que entrenar hasta estar exhausto. No tenía tiempo que perder. Debía dominar ambas. El libro continuaba y no habría leído apenas ni la mitad del mismo. Aún así lo dejé a un lado y me puse a entrenar la técnica del Electro. Después de dos horas de un entrenamiento muy duro, siguiendo el libro al pie de la letra, me di cuenta de que me faltaba excesivamente mucho entrenamiento para poder crear técnicas con electro y salir al mar con esa fuerza. Quizá mi padre me pudiera ayudar. Antes de irme, tenía que meditar un rato. Me senté con las piernas cruzadas en el pie del tronco, sobre una raíz que se retorcía haciendo un circulo de veinte centímetros. Recogí el libro del suelo y lo metí en la bolsa que llevaba conmigo. Cerré los ojos, estiré los brazos arriba y eché el torso primero a la izquierda y luego a la derecha. Mis músculos ya más relajados estaban listos. Dejé colgar mis brazos a los costados y comencé la meditación.
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Salí del bosque de la isla rumbo a la enfermería. Si no fallaban mis cálculos, Morrel debería estar fuera ya. Al adentrarme pude comprobar que estaban recogiéndolo todo. Las Log Pose de los navegantes estaban cargados, los exploradores habían partido y las tiendas y utensilios estaban siendo cargados en el gran galeón. Me acerqué agarrando la vara en mi mano diestra a Jull, el viejo lémur. El mono pequeñajo y muy sabio me comentó que era hora de partir y que debía ir a por mis cosas. Había pasado demasiado tiempo en el bosque leyendo... De nuevo... Fui hacia mi tienda. Mi madre, Plátyra estaba cargando todo a toda prisa en el carro que usábamos. Me echó una dura reprimenda y me ordenó que la ayudara con las cosas que quedaban dentro y a plegar la tienda. Eché un par de muebles al carro y la ayudé con lo que me había pedido. Agarré l carro con ambas manos tiré fuerte de él. Se movió lentamente. El barco estaba al este, con varios miembros de familias numerosas esperando a los primeros mink que nos acercábamos a cargar las cosas en él. Bajé por la plataforma inferior y un tigre pintó un número con tiza y luego lo notó en su hoja de control de material. Llevé el carro a una esquina y lo até fuertemente, para después ponerle una manta grande por encima para que nadie tocara lo que había dentro, aunque por lo general, en la tribu todos éramos muy respetuosos, ya que se penaba severamente el robo entre los minks.
Una vez todo cargado en el gigantesco barco, tenía una o dos horas libres hasta que todos metieran los materiales y los registraran. Salté de la borda del navío a las profundidades del océano. Mi pico se hundió velozmente y una vez en el agua, abrí los ojos. Varios peces se escapaban temiendo ser devorados y las algas del fondo bailaban al ritmo de las corrientes submarinas. No podía apreciar ningún ruido ni nadie que me dirigiera la palabra. Aquello era realmente paz. bajé más impulsándome con las patas traseras hasta toca el fondo. Vi hacia arriba el barco, más pequeño por la distancia. Me volví a girar y recorrí el lecho marino esquivando rocas, algas y peces de mil colores distintos. Cerré los ojos, quedándome inmóvil en el medio del agua, con todos los músculos relajados. Pensé en lo que había leído en aquel libro blanco. El Sulong, el electro, eran estados únicos de los mink y me moría de ganas de probar a usarlos conscientemente. Salí del agua y me dirigí nadando a crol hacia el barco. Al llegar, subí las escalerillas de cuerda marrón que había a estribos y me fui al que sería mi camarote y el de mi madre unos cuantos días, hasta llegar a la siguiente isla. Cerré la puerta y empecé a practicar. Juntaba ambas manos, las frotaba con fuerza y rabia, me concentraba, pero nada. Ni una sola chispita salía de aquellas manos. En ese momento, entró Plátyra en el camarote. Mi madre, tan hermosa como de costumbre, me miró y comentó que si quería usar el electro, debía ponerle más empeño y práctica que eso. Que no perdiera la paciencia, pues tardaba en dar resultado, hasta que entiendes el proceso, pero es algo que no te puede enseñar nadie, pues en cada mink es diferente. Juntó con decisión las manos, frotó una sola vez y de las peludas manos palmeadas, empezó a surgir una corriente eléctrica visible, como rayos azules atravesándolas. Me quedé maravillado. Pregunté por algún atajo o forma de conseguirlo antes, pero me dijo con seriedad que para lograr ese tipo de técnicas no había camino fácil ni corto. Que para eso solo tenía que tener paciencia y seguir al pie de la letra todo lo que pone el libro lanco de los ancianos hasta conseguirlo. Me senté en el suelo, me puse la capucha, y con el libro abierto por la página correspondiente, comencé a hacer las prácticas tal y como el libro rezaba.
Plátypo
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
114
56
112
24
100
98
24
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Tres días de viaje y aún no se divisaba ninguna Isla. El mar hoy estaba tranquilo, pero en esas aguas nunca se sabía. Podía venir una tormenta, una ola de calor, nevar. Estábamos acostumbrados a eso, en realidad y nuestros navegantes hacían un gran trabajo. Salí del comedor del barco y me dirigí a cubierta. Navegábamos hacia el Este. Hacia la Red Lina. A una zona que llamaban cabos gemelos. Sería más fácil ir hacia el lado contrario usando un Log Pose, pero de el muro contrario era exactamente de donde veníamos y esa forma de viajar, al contrario de la mayoría de gente, nos daba más libertad a la hora de cambiar de corrientes y visitar islas que no podrías siguiendo el mismo camino que los demás. Conocer más culturas y gentes diversas, pese a que no entrabamos nunca de lleno en ninguna, más por precaución que por ganas, la mayoría de veces. Al ver el mar tan calmo y el sol brillar delante de mi, me dispuse a tirarme al agua, mi mayor afición en los largos días en aquel inmenso barco. De repente, vi que el equipo de exploración estaba ataviándose para salir. Era posible que hubiesen detectado una isla o que simplemente salían a buscar una. Me acerqué a mi padre, el segundo al mando de aquel equipo mientras cargaba una caja de comida en el bote que solían usar. Me contó que había acertado en segunda estancia. Iban a salir a buscar una isla, ya que en el bote pequeño, irían más rápido. Me quedé mirándolo con una expresión de súplica en mi rostro, como cada vez que los pillaba preparando las cosas para salir. - No, Plátypo, Sabes que no se puede venir nadie externo al equipo de exploración.- La respuesta la conocía de sobra. Miré a mmi padre y le enseñé mis progresos. Froté las manos y comenté que notaba como la electricidad fluía, que ya estaba en el segundo paso de las instrucciones que había en el libro blanco que me había dado Jull, el lémur anciano. Oryko me miró con orgullo, me puso una mano en la cabeza y me frotó la cabeza comentando que ese era el camino, que siguiera así.
Me di la vuelta y salté al agua. Como siempre el agua helada me pasaba por el pico y me traía una sensación maravillosa de calma y tranquilidad. El pelo me protegía de ese mismo frío y mis patas traseras y mi cola ancha eran un timón perfecto. Buceé hasta alejarme casi cincuenta metros del navío en el que iba toda mi tribu. llegué al fondo, agarré un alga me ayudé con ella a tocar el lecho. Apoyé las patas traseras en el suelo y me lancé hacia arriba a toda velocidad. No llegué hasta la superficie y cuando empecé a frenar me giré para volver hacia abajo, pero en ese mismo momento, volví hacia arriba y me volví a impulsar hacia arriba con las patas delanteras. Salí del agua y me elevé como medio metro. Vi el barco a lo lejos y nadé hacia a él. Mi padre y sus compañeros estaban ya adelantados en el bote, impulsado por remos. Me adelanté y llegué hasta el bote para desearles buena suerte. Sabía que no volverían hasta dentro de varios días en el mejor de los casos. Volví al barco y, mientras subía las escaleras miré al horizonte, donde el bote de exploración se iba haciendo más pequeño a medida que se alejaba.
Plátypo
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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Los días en el barco eran más que aburridos. Además los viejos tenían nos libros guardados en su camarote de reuniones, en donde nadie podía entrar nunca. Estaba tirado en el suelo, en mitad de la habitación que nos había sido asignados a mi madre y a mí. Tenía los ojos cerrados y estaba en una situación de somnolencia, casi dormido, pero consciente del mundo fuera de lo onírico. Empecé a pensar en las técnicas que había leído hacía unos días en el libro blanco. Me imaginé a mi mismo en forma Sulong, midiendo el doble de mi tamaño, con los músculos crecidos y el pelaje castaño que recubría mi cuerpo, blanco como la luna. También me imaginé que usaba el electro. Frotaba con fuerza las manos y unos rayos azules como describía el manual salían de mi y me hacían más fuerte. Me imaginé después en un barco pirata, con la capucha puesta en la cofa, mirando al horizonte mientras una isla neblinosa enorme se acercaba lentamente. Era feliz con una tripulación que me aceptaba por quien era, y no por a quien me parecía. Plátypo, el pirata más sabio, que conseguiría cruzar la red line y entraba a aquel nuevo mundo que tantas historias fantásticas habían dado a mi tribu. De repente tres golpes secos y claros en la puerta de madera me hicieron abrir los ojos e incorporarme rápidamente. Era Morrel quien golpeaba la puerta en busca de su joven aprendiz. Abrí la puerta y lo invité a pasar a la pequeña estancia. Nos sentamos en el suelo y me propuso meditar juntos. Después iríamos a tomar una infusión a la zona de comidas. El plan era simplemente perfecto.
Salimos a la cubierta del gran barco de la tribu nómada mink de las tierras del oeste y nos sentamos mirando hacia la proa del mismo, donde el mascarón en forma de sirena parecía dirigir el navío. Hablábamos mientras salíamos de la zona de habitaciones sobre cómo nos gustaría que fuese la siguiente isla.
-Yo quiero una isla sin gente. Solo animales salvajes que podamos cazar sin otro peligro. Estoy hasta las barbas de tratar con humanos.
-Pues a mi me gusta que haya civilizaciones antiguas. Son divertidas de explorar y puedes aprender mucho de ellas. Me encantaría conocer cuantas más civilizaciones mejor. Y la gente, mientras sea pacífica, no me importa.
Al llegar al destino nos sentamos uno al lado del otro con las piernas cruzadas y las manos encima de los muslos. Cerramos los ojos al unísono y bajamos un poco la cabeza. En mi menta, un espacio blanco apareció rápidamente. Era un ejercicio que practicaba habitualmente y no me costaba comenzarla. De repente, una imagen se me vino a la cabeza. El electro me había fascinado hasta un punto que no era consciente. En mi cabeza, la imagen de mis manos frotando apareció de nuevo, lo notaba en el plano físico. La electricidad recorría mi cuerpo, pero solo rea capaz de lograrlo en mi cabeza. La mano blanca de Morrel me agarró. Abrí los ojos de nuevo y él estaba en calma, con la misma postura de antes, excepto su brazo, que se dirigía a mi. Me susurró que me calmara, pues si no la meditación no sería efectiva y que la parte física la entrenaríamos en la isla que vendría. Mientras, sólo me quedaba nadar. Mi cuerpo se relajó y la mente volvió al blanco. Así estuvimos un buen rato, entrenando la mente, hasta que el grito de una gaviota nos sacó de nuestras cavilaciones. Ambos ahora nos levantamos y nos fuimos directos a la zona de comida, a ver si el pequeño mink jabalí al que le tocaba estar allí nos servía unas infusiones de hierbas frescas. Nos sentamos en una de las grandes mesas y, con los humeantes vasos en nuestras peludas manos, charlamos un buen rato hasta que anocheció y empezaron a llegar nuestros compañeros a la sala para la cena.
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