[P.R.-Combate espadachines]Humo y Cenizas. Los restos del incendio de Sabaody.
#1
República de Mogaro, Nuevo Mundo, Grand Line.
11 de la mañana, día 76 de verano, año 18.


Había llegado el día. Tras poco más de una semana de una calma relativa en la isla, donde los lugareños poco a poco se habían acostumbrado a la presencia de la tripulación del Shichibukai Ashura en la isla, la fecha señalada por Kisuke Kageyama, Comandante de los Ejércitos del West Blue, para su duelo con Ashura, había llegado finalmente. La mañana había iniciado y transcurrido con la rutina habitual, pero Kisuke podía sentirlo en sus carnes, no era un día más, como otro cualquiera. Durante un buen rato estuvo terminando de poner en orden el papeleo que tenía pendiente y revisando las últimas gestiones que le quedaban y, tras haberse fumado medio paquete de tabaco a lo largo de las primeras horas del día, había cogido sus katanas, Yamigiri, Sembonsakura y Benisakura, y se las había colocado como siempre la primera en la cadera izquierda y las otras dos en la derecha; se enfundó el manto de los Toros Negros y salió por la puerta de su cuarto para ir al lugar acordado, el patio de armas del castillo de Ciudad Kamome.

"Es el mejor lugar posible para un encuentro así..."

El sitio tenía como una hectárea de superficie circundada por la edificación del propio castillo y la muralla que lo defendía cuando era el bastión del anterior rey, y el día anterior, había pedido que quitasen de allí cualquier obstáculo que pudiese entorpecerlos durante su refriega, no quería que nada intercediese en la contienda. El antiguo pescador iba caminando hacia el castillo, pensando en lo acontecido unos años atrás en Sabaody: el hallazgo de su akuma no mi, el rescate de Zorak, la promesa de un futuro desafío a Ashura, la pelea contra el Almirante Dimípalo y la huida del Archipiélago ante la llegada de Akahige. Habían sucedido demasiadas cosas y algunas tuvieron consecuencias inmediatas, como el ascenso de Kageyama a Comandante de la Revolución, y otras estaban llegando ahora, como obra del karma o el destino. Era un duelo que estaba destinado a darse desde el momento en el que Ashura utilizó el den den mushi de Zorak para llamar y pedir un rescate. Al llegar estaban la pareja de guardias que siempre custodiaba la entrada del recinto y saludaron al comandante con deferencia. Kisuke realizó el saludo oficial revolucionario como respuesta.

-No tardará en aparecer Ashura, el Shichibukai, así que permitidle entrar y cerrad el acceso al patio de armas. Nadie debe entrar en el mismo o corre el riesgo de morir sin remedio.

Miró a los soldados con toda la seriedad y franqueza que pudo transmitir y entró en el patio de armas, activando su kenbunshoku básico en un radio de cien metros, cubriendo toda la superficie del lugar; no quería que hubiese alguien por allí que pudiese interceder en la pelea. Estaba decidido a medir su camino de la espada con el de Ashura, el momento había llegado.


Durante su primer encuentro ya quedó más que claro que eran dos espadachines completamente diferentes. El antiguo pescador no tenía la respuesta a cual era el mejor de los dos caminos, pero si tenía claro cual era el suyo y no le importaba si no era el mejor camino, el más sencillo o el más corto, cuando heredó la katana de su padre había decidido poner su espada al servicio de los débiles y los oprimidos, y por ese motivo entró en la Armada Revolucionaria. Ashura por el contrario, había mostrado un ansia de poder, superación de si mismo y una búsqueda de la lucha constante que no le gustaba nada al Comandante Revolucionario porque buscaba seguir ese camino a costa de quien fuera o lo que fuera, y, para Kageyama, sus principios y valores eran lo más importante, por lo que sus personalidades chocaron desde el minuto uno. Además que ambos eran gente sin pelos en la lengua por lo que cualquier interacción entre ellos solía escalar rápidamente a una agresividad inusitada.

"Definitivamente, somos como el agua y el aceite..."

La hora se aproximaba, el sol estaba próximo a llegar a su cénit marcando el mediodía, por lo que Kisuke se prendió un cigarro y se cruzó y se situó de pie, de cara a los portones de entrada con los brazos cruzados a cincuenta metros, en el centro mismo del patio de armas, que habían vaciado de cualquier instrumento de entrenamiento, arma o lo que fuera para que aquel combate tuviese lugar sin ningún hándicap. El antiguo pescador estaba nervioso, pero emocionado por el combate, hacía mucho que no se medía a un espadachín tan poderoso como Ashura y aquello era una prueba de fuego para ver hasta donde llegaban sus habilidades. Tenso, agarró la empuñadura de Yamigiri con la mano derecha y comprobó si salía bien de su vaina, aflojando la hoja empujando con el pulgar de su mano derecha y mostrando los primeros centímetros del filo de su meitõ. Volvió a asegurarla y cruzó de nuevo los brazos esperando a su contendiente, justo cuando las campanas dieron las doce del mediodía, señalando la hora indicada. El combate estaba por empezar, los restos del incendio infernal de Sabaody... humo y cenizas.

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#2
- Eh Nicolás, te dejo pelear - 

No hay respuesta. 

- ¿Qué coño te pasa coco de mierda? - 

Me moví por el camarote despacio, sin prisa. Desenfundé "La Daña Almirantes" una espada común, fuerte pero común, nada que ver con La Hoja del Luto. Eran dos mundos distintos, la primera de un filo azulado, acero templado y confección perfecta y guarda convencional, la segunda... Tenía una hoja negra y fría al tacto, un frío fuera de lo común que no tenía nada que ver con el común de los metales, su hoja estaba mellada en toda su extensión y aún así, era capaz de cortar hasta las hojas que caían de los cerezos en primavera. Esa espada susurraba, pedía... Imperaba sobre mis manos, rompiendo la línea de lo real y lo fantástico, la Hoja del Luto había crecido conmigo y se había alimentado de mi odio, de mi haki... De mi amor. 

Pero ella era consciente, y sabía cual era su lugar, hoy sería relegada pues, debía mostrarme a mi mismo que estaba preparado. Así que, me puse de rodillas frente a ella y empecé a "enfundarla" y hago énfasis por que la Hoja del Luto nunca tuvo vaina capaz de sepultar su horrores, por eso, con una venda, dando vuelta por todo su filo, oculte su hoja y su voz se apagó acolchada por la tela, por unos instantes sus susurros no fueron más que silbidos lejanos, que liberaron mi mente del único pensamiento que la ocupaba "Mata y conquista" 

La amarré al lado de Nicolás, con una cuero desgastado que llevaba en mi cinturón, se sentía raro no llevarla en la mano, era como si no fuera yo, pero no podía dejarla, nunca me separaba de ella, gracias a ella había llegado donde estaba y tendrían que arrebatármela de mis frías manos el día que el infierno me tragase. 

Caminé hacia la puerta y me paré en frente de ella, desenfundado mi otra arma, el filo azul mordió la poca luz que había en la habitación mientras miraba a mi ojo que se veía reflejado en la hoja del arma. 

- Tú - pronuncié.

- Yo - respondió el reflejo. 

Esta era mi vida, la espada. Mi verdadera voz en este mundo, mi manera de expresarme. 

- Solo frente a la muerte se ve la verdadera naturaleza de los animales - dije mientras miraba mi único ojo en el filo - ¿Qué eres Kisuke? ¿Qué se esconde tras el héroe? ¿Quién te salvará de tu destino?  - pregunté genuinamente, sabiendo que la respuesta me esperaba en dentro del patio de armas del Bastión que presidia la isla. Para después mover el filo, perdiendo mi reflejo y abrir la puerta partiendo hacia el duelo.

No me escondí. Caminé entre la mirada de los lugareños, que cuchicheaban antes mis estruendosos pasos, la isla sabía que su líder me había retado para frenar una posible conquista, Kisuke había puesto el pecho por ellos, y aún con miedo, veía el desafío en sus ojos, como aquel que aguanta la arremetida tras el escudo, apretando en la defensa, imposibilitando su propio ataque. No tuve prisa. Disfruté cada paso mientras jugaba con la espada en mi mano, moviéndola en círculos con leves golpes que la hacían girar sobre la muñeca para recibirla de nuevo en la palma. Y por supuesto, no me mentí. Caminé eufórico ante la llamada de un duelo. Mis oídos escuchaban el tintineo del metal, mi lengua saboreaba la sangre de mis enemigos, mi corazón tamborileaba ritmos de guerra y mis dientes soñaban con morder los sueños de los demás para tragarlos, como una vez hicieron con los míos. 

El sol en su cenit, dos hombres, una portón de doble hoja, yo... Mi espada. La postura de los guardias se tensa desde el momento en el que ven mi figura dibujarse a lo lejos, para cuando llego la tensión en sus cuerpos es máxima. 

Dedico una mirada a ambos desde la altura de mi cuerpo, no hablan y yo tampoco. A la par, ambos abren la hoja del portón del patio de armas. 



La figura de Kisuke se dibujó entre las hondas de calor de los últimos días del verano. Una vuelta más a la espada mientras mis pies entraban en la arena. Mi haki de visión estalló mientras con mi ojo disfrutaba de la hermosa edificación. Murallas y colmenas para la defensa, piedras sobre piedras que de poco valían en un mundo de hombres capaces de hacer temblar el suelo con sus puños, pero aún así, los patéticos intentaban cubrir sus vergüenzas en la arquitectura. No parecía haber nadie a parte de los guardias y nosotros en lo alrededores. 

Quité la vista y volví a mirar a Kisuke, quien estaba en medio del patio, esperando mi llegada. Sin mediar palabra caminé hasta que llegué a 15 metros de él, 35 metros a mi espalda el portón, el cual se cerraba con un estruendoso sonido. El lugar era enorme, pero no necesitaríamos más espacio. 

Centré mi haki en Kisuke, sintiendo su aura, sus colores e intenciones... Viendo a través del manto negro de comunista tras el que se defendía. No había miedo. Casi gruñí, pero sin embargo, sonreí mientras ladeaba mínimamente la cabeza desconcertado. 

Entonces agarré con ambas manos a "La daña almirantes" mientras fundía sobre su hoja el poder del haki, tiñéndola de un negro oscuro que tragó desde el agarre el filo azul de la espada y resoplé, el humo escapó por mis fosas nasales como una locomotora. 

- He esperado mucho tiempo este momento - me sinceré - el momento en el que nuestras espadas se encuentren. Dónde te demuestre que mi visión del mundo es la más poderosa, para que entiendas por que lo conquistaré y lo sumergiré en la ruina, dejaré que mi hoja hable por mi. Kageyama - dije con respeto, el respeto a la esgrima y el poco que le tenía a él - yo seré el humo que bailará sobre tus cenizas - 

Dije mientras giraba los talones anclando la postura en el suelo y bajaba la guardia de la espada flexionando levemente las piernas y tensando los cuádriceps, en una postura que invitaba al combate al igual que amenazaba con empezarlo. 

Nuestras hojas cargaban con nuestros ideales, y era aquí y ahora dónde demostraría que el odio era el único combustible capaz de cambiar el mundo. 

smoke off rol


[Imagen: 51pnN8x.png]
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