Hace 3 horas
Día 90 de verano, Año 18
Afueras del dojo de Hasshoken, Isla de Kárate
12:00 PM
Eele se había echado al mar en busca de la libertad junto a sus amigos. Cada uno pensaba en poder alcanzarla de una manera diferente. Todos querían dejar algo de su pasado atrás, y Eele pensaba que la única manera de superar aquello que tanto le lastraba, era siendo el más fuerte. Un pensamiento simple a ojos de muchos, pero con toda la lógica del mundo para alguien que llevaba más de la mitad de su vida ganándose el sustento a base de golpes. Para el gyojin, la única manera de dejar su pasado atrás, era golpearlo hasta que no se pudiese volver a levantar, como había hecho tantas veces con sus rivales en la jaula.
Por este motivo, estaba decidido a aprender de todas las artes marciales posibles. Y en su viaje como pirata, había escuchado acerca de lo que otros llamarían la meca del combate, la isla de Kárate. Un lugar al que muchos acudían con la única intención de entrenar. Un reino que celebraba un certamen anual en el que se alzaba "el rey del Kárate". Un sitio como aquel no se lo podía perder. Aunque no lograse sacar nada en claro, aunque no lo aceptasen como estudiante en ninguno de los dojos, al menos, encontraría gente con la que batirse. Y eso es lo que había estado haciendo desde que llegó a aquella isla.
—¡Vamos! ¿Quién de todos estos cabrones es el siguiente? —dijo el gyojin mientras lanzaba al suelo a su anterior rival—. ¿Es que ninguno más tiene agallas? Putos cobardes-ring.
Un grupo de jóvenes de edades aproximadas a la suya temblaba frente a él. A su espalda, cuatro de esos mismos chicos agarraban las heridas que le había causado la lucha contra Eele. Frente al joven se iba abriendo cada vez más el círculo. El murmullo generalizado dejaba claras las dudas de aquellos estudiantes de uno de los dojos sobre si deberían medirse a Eele o no. Bien es cierto que era un grupo de recién iniciados, de jóvenes que acababan de comenzar su formación en alguna de las disciplinas. La diferencia de experiencia en peleas reales con Eele era grande, pero los primeros de ellos se habían mostrado bastante confiados al respecto. Si bien es cierto que el aspecto y la voz de Eele atemorizaban a mucha gente, su apariencia y vocabulario lo identificaban como alguien burdo. Es por eso que los primeros jóvenes no habían dudado de enfrentarse a él. Pensaron que alguien sin formación en artes marciales no podría medirse a ellos que habían sido aceptados en el dojo. Lo que no sabían, es que el gyojin si que se había formado, pero lo había hecho a base de dar y recibir puñetazos.
Dos de los chicos al frente fueron separados por un empujón. De entre ellos, apareció un chico de apariencia mucho más frágil. Eele le sacaba varias cabezas a los dos primeros, pero a este otro podría doblarle en estatura. Tampoco parecía nada musculoso a diferencia de los rivales a los que ya había derrotado. En comparación a ellos, este parecía tan solo un niño. Tal vez lo fuera.
—Yo me mediré a ti. Te demostraré que no puedes burlarte de un aprendiz de Hasshoken —dijo con voz firme, pero con una postura que no lo era tanto, sus manos temblaban al ver la diferencia de tamaño.
—JABJABJABJAB. ¿Pero que dice este puto enano? ¿De verdad piensas que estás a la altura del gran Eele? Vete a jugar a la pelota.
Eele puso los puños sobre sus caderas y rio mirando al cielo. El chico chasqueó la lengua y tras esto se cuadró en una postura de combate, la mano izquierda adelantada, el puño derecho junto a su torso, el cuerpo ladeado.
—Será mejor que te prepares. Pienso Luchar contra ti.
—¿Que me prepare para qué-ring? ¿Para jugar al escondite, ratón enano?
En ese instante el joven saltó hacia Eele. Su movimiento fue rápido. Tanto que el gyojin no pudo apenas seguir su movimiento. El pequeño luchador volaba por el aire y cuando alcanzó su pico más alto, adoptó una postura rígida, los brazos pegados a su costado. La cabeza del chico se dirigía hacia la del gyojin como si de una punta de flecha se tratase. Eele no tenía tiempo para reaccionar, pero tampoco tenía intención de hacerlo. Se preparó para recibir el golpe mientras no paraba de reír. Su característico «Jabjabjab» se cortó en seco. El chico impactó con fuerza contra su frente. El gyojin despegó los puños de sus caderas para llevar las manos a ambos lados. Su gesto parecía que pretendía mantenerlo equilibrado.
—¡Eh, eso a dolido, imbécil!
Eele lanzó un puñetazo pero el chico se apartó rápido. El gyojin guiñó un ojo. Comenzaba a sentir como su cabeza vibraba por dentro. Era como si algo estuviese sacudiendo su cerebro desde dentro. Tuvo que equilibrarse otra vez. Cuando se estabilizó, buscó, rabioso, al chico con el que estaba luchando. Este volvía a estar en su posición de combate.
—Vamos, «grandullón». ¿Vas a prepararte ya?
Eele gruñó como una bestia. Giró su cuerpo hacia el chico, pero antes de que pudiera abalanzarse sobre él, su rival ya estaba haciendo su siguiente movimiento. Puso la cabeza contra el suelo y se alzó sobre ella. Pegó de nuevo los brazos contra el cuerpo y estiró las piernas. De pronto, comenzó a girar sobre sí mismo a gran velocidad, avanzando hacia Eele como un tornado que quisiera arrasarlo todo. El gyojin rio y cruzó los brazos frente a su pecho. Esta vez no se dejaría dañar tan fácilmente. El chico seguía acercándose con un movimiento potente. Eele flexionó las piernas para recibir el impacto. Su plan estaba claro; detener el ataque del chico y luego darle su merecido.
Sin embargo, la realidad fue otra. Cuando el tornado que era el aprendiz chocó contra sus antebrazos, sintió de nuevo como sus huesos reverberaban. No pudo hacer nada mientras el dolor recorría de manera interna sus brazos. Estos se le separaron, y antes de que pudiera plantearse golpear al chico, se dio cuenta de que sus pies comenzaban a separarse del suelo. Voló durante unos metros hacia atrás antes de caer al suelo. Gruñó con fuerza y golpeó con su puño el suelo antes de levantarse.
—Ahora si que vas a saber lo que es bueno. Vas a probar la furia de Skull Crusher-ring
Eele chocó sus puños entre sí y se lanzó al ataque. Esta vez no iba a dejarse sorprender por los movimientos del chico. Iba a tomar la iniciativa. Iba a finalizar el combate con tan solo un golpe. Se plantó delante del aprendiz con un movimiento veloz. Cargó uno de sus puños hacia atrás. El chico cruzó los brazos sobre su cabeza. El gyojin sonrió. Lo que había llevado acabo no era más que una finta, un engaño para que el chico desprotegiese su vientre. Y hacia allí es hacia donde dirigió un rodillazo. El impacto tuvo tal fuerza que los presentes sintieron el aire salir despedido en todas direcciones. Del chico salió su aliento en un grito sordo y cayó arrodillado ante el gyojin.
—Jabjabjabjab. Para ser un enano no lo haces del todo mal. ¿Alguien más se quiere medir al gran Eele? ¿Nadie?
Mostró su biceps. Miro a cada uno de los presentes, los cuales salieron corriendo al ver la derrota del chico. Este permanecía arrugado sobre su estómago, sollozando. Eele acercó a él y tocó con la puntera de su pie la pierna del aprendiz. No era un gesto violento, tampoco buscaba una humillación. Tan solo era su forma torpe de preocuparse por él.
Por este motivo, estaba decidido a aprender de todas las artes marciales posibles. Y en su viaje como pirata, había escuchado acerca de lo que otros llamarían la meca del combate, la isla de Kárate. Un lugar al que muchos acudían con la única intención de entrenar. Un reino que celebraba un certamen anual en el que se alzaba "el rey del Kárate". Un sitio como aquel no se lo podía perder. Aunque no lograse sacar nada en claro, aunque no lo aceptasen como estudiante en ninguno de los dojos, al menos, encontraría gente con la que batirse. Y eso es lo que había estado haciendo desde que llegó a aquella isla.
—¡Vamos! ¿Quién de todos estos cabrones es el siguiente? —dijo el gyojin mientras lanzaba al suelo a su anterior rival—. ¿Es que ninguno más tiene agallas? Putos cobardes-ring.
Un grupo de jóvenes de edades aproximadas a la suya temblaba frente a él. A su espalda, cuatro de esos mismos chicos agarraban las heridas que le había causado la lucha contra Eele. Frente al joven se iba abriendo cada vez más el círculo. El murmullo generalizado dejaba claras las dudas de aquellos estudiantes de uno de los dojos sobre si deberían medirse a Eele o no. Bien es cierto que era un grupo de recién iniciados, de jóvenes que acababan de comenzar su formación en alguna de las disciplinas. La diferencia de experiencia en peleas reales con Eele era grande, pero los primeros de ellos se habían mostrado bastante confiados al respecto. Si bien es cierto que el aspecto y la voz de Eele atemorizaban a mucha gente, su apariencia y vocabulario lo identificaban como alguien burdo. Es por eso que los primeros jóvenes no habían dudado de enfrentarse a él. Pensaron que alguien sin formación en artes marciales no podría medirse a ellos que habían sido aceptados en el dojo. Lo que no sabían, es que el gyojin si que se había formado, pero lo había hecho a base de dar y recibir puñetazos.
Dos de los chicos al frente fueron separados por un empujón. De entre ellos, apareció un chico de apariencia mucho más frágil. Eele le sacaba varias cabezas a los dos primeros, pero a este otro podría doblarle en estatura. Tampoco parecía nada musculoso a diferencia de los rivales a los que ya había derrotado. En comparación a ellos, este parecía tan solo un niño. Tal vez lo fuera.
—Yo me mediré a ti. Te demostraré que no puedes burlarte de un aprendiz de Hasshoken —dijo con voz firme, pero con una postura que no lo era tanto, sus manos temblaban al ver la diferencia de tamaño.
—JABJABJABJAB. ¿Pero que dice este puto enano? ¿De verdad piensas que estás a la altura del gran Eele? Vete a jugar a la pelota.
Eele puso los puños sobre sus caderas y rio mirando al cielo. El chico chasqueó la lengua y tras esto se cuadró en una postura de combate, la mano izquierda adelantada, el puño derecho junto a su torso, el cuerpo ladeado.
—Será mejor que te prepares. Pienso Luchar contra ti.
—¿Que me prepare para qué-ring? ¿Para jugar al escondite, ratón enano?
En ese instante el joven saltó hacia Eele. Su movimiento fue rápido. Tanto que el gyojin no pudo apenas seguir su movimiento. El pequeño luchador volaba por el aire y cuando alcanzó su pico más alto, adoptó una postura rígida, los brazos pegados a su costado. La cabeza del chico se dirigía hacia la del gyojin como si de una punta de flecha se tratase. Eele no tenía tiempo para reaccionar, pero tampoco tenía intención de hacerlo. Se preparó para recibir el golpe mientras no paraba de reír. Su característico «Jabjabjab» se cortó en seco. El chico impactó con fuerza contra su frente. El gyojin despegó los puños de sus caderas para llevar las manos a ambos lados. Su gesto parecía que pretendía mantenerlo equilibrado.
—¡Eh, eso a dolido, imbécil!
Eele lanzó un puñetazo pero el chico se apartó rápido. El gyojin guiñó un ojo. Comenzaba a sentir como su cabeza vibraba por dentro. Era como si algo estuviese sacudiendo su cerebro desde dentro. Tuvo que equilibrarse otra vez. Cuando se estabilizó, buscó, rabioso, al chico con el que estaba luchando. Este volvía a estar en su posición de combate.
—Vamos, «grandullón». ¿Vas a prepararte ya?
Eele gruñó como una bestia. Giró su cuerpo hacia el chico, pero antes de que pudiera abalanzarse sobre él, su rival ya estaba haciendo su siguiente movimiento. Puso la cabeza contra el suelo y se alzó sobre ella. Pegó de nuevo los brazos contra el cuerpo y estiró las piernas. De pronto, comenzó a girar sobre sí mismo a gran velocidad, avanzando hacia Eele como un tornado que quisiera arrasarlo todo. El gyojin rio y cruzó los brazos frente a su pecho. Esta vez no se dejaría dañar tan fácilmente. El chico seguía acercándose con un movimiento potente. Eele flexionó las piernas para recibir el impacto. Su plan estaba claro; detener el ataque del chico y luego darle su merecido.
Sin embargo, la realidad fue otra. Cuando el tornado que era el aprendiz chocó contra sus antebrazos, sintió de nuevo como sus huesos reverberaban. No pudo hacer nada mientras el dolor recorría de manera interna sus brazos. Estos se le separaron, y antes de que pudiera plantearse golpear al chico, se dio cuenta de que sus pies comenzaban a separarse del suelo. Voló durante unos metros hacia atrás antes de caer al suelo. Gruñó con fuerza y golpeó con su puño el suelo antes de levantarse.
—Ahora si que vas a saber lo que es bueno. Vas a probar la furia de Skull Crusher-ring
Eele chocó sus puños entre sí y se lanzó al ataque. Esta vez no iba a dejarse sorprender por los movimientos del chico. Iba a tomar la iniciativa. Iba a finalizar el combate con tan solo un golpe. Se plantó delante del aprendiz con un movimiento veloz. Cargó uno de sus puños hacia atrás. El chico cruzó los brazos sobre su cabeza. El gyojin sonrió. Lo que había llevado acabo no era más que una finta, un engaño para que el chico desprotegiese su vientre. Y hacia allí es hacia donde dirigió un rodillazo. El impacto tuvo tal fuerza que los presentes sintieron el aire salir despedido en todas direcciones. Del chico salió su aliento en un grito sordo y cayó arrodillado ante el gyojin.
—Jabjabjabjab. Para ser un enano no lo haces del todo mal. ¿Alguien más se quiere medir al gran Eele? ¿Nadie?
Mostró su biceps. Miro a cada uno de los presentes, los cuales salieron corriendo al ver la derrota del chico. Este permanecía arrugado sobre su estómago, sollozando. Eele acercó a él y tocó con la puntera de su pie la pierna del aprendiz. No era un gesto violento, tampoco buscaba una humillación. Tan solo era su forma torpe de preocuparse por él.
—¡Eh, tú, enano! ¿Estás bien?
—Déjame en paz, monstruo.
Eele gruñó. Se había enfrentado muchas veces a aquella palabra, pero esta vez era algo distinto. Esta vez no provenía de alguien que creyese que era inferior. Tan solo de un chico que había peleado con valentía y se sentía humillado. Podía entender esa sensación a la perfección. Cuando comenzó a luchar en la jaula, muchas veces él era aquel chico.
—Has luchado bien. Pero deberías aprender con quién puedes meterte y con quién no. Mírate, enano. ¿Qué tienes? ¿Doce años?
—Eres como un animal —el chico se revolvió—. Esa fuerza es propia de una bestia. Alguien así no puede ser una persona normal —se sentó en el suelo y escondió la cabeza entre las rodillas—. Y para que te enteres. Tengo diecisiete años.
¿Ese chico era tan solo un año más joven que él? ¿Cómo podría ser? Bien era cierto que eran individuos de especies distintas, pero por cómo parecían uno al lado del otro, también podrían ser de generaciones diferentes. Eele se sentó junto al chico, los brazos apoyados en sus propias rodillas.
—Lo digo en serio-ring. Para ser alguien tan canijo, eres bastante fuerte —miró al chico y lo golpeó con sus nudillos. Aunque no aplicó apenas fuerza, el joven se vio desplazado hacia el lateral, estando a punto de caer al suelo—. Eso que hiciste fue genial-ring. ¿Dónde aprendiste a golpear así?
—Soy aprendiz del dojo de Hasshoken. La maestra Matcha me enseñó alguna técnica.
—¿Hasshoken? ¿Qué mierdas es eso?
El joven bufó.
—Venga no te hagas el duro. ¿Quieres que te de otra paliza? —lo amenazó mostrando su puño apretado.
—¿Acaso no tienes nada en esa cabeza tan gorda? Es un estilo de combate que te permite generar vibraciones a tu alrededor. Cuando atacas utilizando este estilo, puedes saltar las defensas de tus rivales.
Una enorme sonrisa se dibujó en la cara de Eele, el cuál ladeo la cabeza para mirar al chico. El aprendiz se retiró al ver su gesto. Cualquiera que pudiese verlo sentiría estar ante un animal hambriento.
—Jabjabjabjab. Eso es justo lo que estoy buscando. Una manera de ser más letal. De hacer más daño a mis enemigos —se puso en pie de un salto y se agachó para tirar del kimono del chico hacia un lado—. Vamos. En marcha. Le vas a decir a tu maestro que me enseñe de que va eso del Hasshoken.
—Pero la maestra Matcha dijo que...
Eele mostró uno de sus puños en alto amenazando al chico, el cual se levantó de un salto y comenzó a guiar al gyojin hacia el dojo.
Anduvieron durante algunos minutos. Eele se desesperaba cada pocos segundos con el chico, pero entre la diferencia entre zancadas y que el aprendiz recorría el camino doblado y con una mano sobre su estómago, ese era el mejor ritmo que podían llevar. Esto le resultaba tan frustrante a Eele, que se dedicaba a patear cualquier roca o rama que encontraban en su camino. Incluso hay quién asegura que pudo ver algunos árboles doblados tras su paso.
Al fin vieron el dojo. Eele sonrió al llegar. No porque pudiese apreciar nada de lo intrincado de su arquitectura, la complejidad de su tejado curvado, ni de los tallados que decoraban las columnas. Para él todo eso eran cosas secundarias, o terciarias tal vez. Lo que Eele pudo admirar era el aura que desprendía el lugar. Sin duda, era un sitio por el que habrían pasado grandes guerreros. Podía respirarlo en el ambiente, en la rectitud de los alumnos que repetían una y otra vez katas al unísono. Era un tipo de lugar muy distinto a donde él había aprendido a luchar. Allí todo se basaba en la disciplina, en aprender de forma minuciosa una técnica tras otra. Sus entrenamientos se habían basado en recibir golpes, día tras día hasta que había aprendido o bien a esquivarlos o bien a encajarlos y responder rápidamente. Había sido testigo de lo que un sitio como aquel podía hacer con alguien tan poco dotado como ese chico. Estaba ansioso por comprobar de qué iba a ser capaz él mismo.
—Venga, enano. No pierdas el tiempo y ve a decirle al maestro Matcha que me tiene que enseñar eso que haces.
—Es la maestra Matcha. Es aquella mujer de allí. La que está dirigiendo el entrenamiento.
El chico señaló hacia una mujer de pelo rojo que estaba de pie frente a los aprendices que golpeaban el aire al compás de sus palabras. La maestra era delgada, de baja estatura, algo que la hacía parecer frágil a ojos de Eele. Sin embargo su gesto y la manera en la que los alumnos le mostraban respeto decía lo contrario.
—¿Me estás vacilando, enano? ¿Cómo va a ser la maestra otra enana como tú? No me jodas, estoy seguro de que hasta tú podrías vencerla.
Su voz resonó mucho más de lo que esperaba, mucho más de lo que hubiese deseado. No porque no quisiera que le escuchasen, eso le daba igual, sino porque de verdad se había esforzado por no hacer ruido. Los alumnos pararon en seco su práctica. Durante un par de segundos, lo único que se atrevió a romper el silencio fue una simple racha de viento, que se fue tan pronto como vino. Al cabo de algunos segundos más, se oyeron unas palmas, pausadas.
—Jóvenes, ¿alguien ha dicho que paréis? Continuad con vuestro entrenamiento. Vamos a enseñarle a nuestro invitado cómo se entrena en este dojo.
La mujer se acercó al gyojin con paso calmado, una sonrisa en su cara. Las manos permanecían cogidas a su espalda, como si la situación no le hubiese supuesto la más mínima alteración. Continuó hasta estar lo suficientemente cerca como para que el resto de alumnos no escuchase la conversación. No por privacidad, sino porque no quería que sus aprendices se distrajeran.
—¿Y bien? ¿Qué le trae por aquí, caballero?
—Yo no soy ningún caballero-ring, enana. Y ya me iba. Ya veo que este imbécil me ha engañado —señaló al chico.
—¿Es eso cierto, Takeshi?
—No, maestra. Es solo que este... bruto —Eele giró la cabeza bruscamente hacia el chico, el cual bajó la mirada de golpe hacia el suelo. Comenzó a dibujar círculos en la arena con la punta de su pie—. Es que este joven me insistió en que le trajese a aprender Hasshoken.
—Ah, ya veo. Y ahora se ha arrepentido, ¿no es así?
—Eso es. Así que me marcho. Ya pueden seguir haciendo esos bailecitos —sacudió la mano como si intentase espantar una mosca.
—¡Oh! Ya veo. Así que no te ves capaz de seguir este entrenamiento, ¿verdad? Lo entiendo. El dominio del Hasshoken no es para cualquiera.
—¿Cómo que cualquiera-ring? ¿Pero tú no sabes con quién estás hablando? Soy el gran Eele Trick.
—No se si debería sonarme tu nombre, pero si no crees estar preparado para nuestro entrenamiento, te invito a que nos dejes. No quiero más distracciones para mis alumnos.
Eele gruñó.
—Claro que estoy preparado-ring. ¿Pero qué va a poder enseñarme alguien como tú? —la mano del gyojin iba de su frente al aire sobre la cabeza de la maestra, como si intentase demostrar la aparente diferencia de estaturas.
—¡Buto!
Eele cayó de espaldas. No vio lo que había ocurrido. Solo sabía que ahora le dolía la cabeza mucho más de lo que le había dolido tras el ataque de Takeshi. Toda su cabeza parecía estar vibrando, de tal forma que hasta pensó que alguno de los dientes se marcharía bailando de su boca.
—¿Pero qué coj...?
—Lección número 1; no te fíes de las apariencias.
El gyojin se levantó entre tambaleos y gruñidos.
—Lección número 2; aún te queda muchísimo por aprender.
—Maldita. Vas a ver lo que...
Solo le dio tiempo a chocar los puños entre sí antes de que un tornado arrasador se topase contra él. El impacto, al igual que en la ocasión anterior, fue mucho más fuerte que el que sufrió por parte del chico. Esta vez no le lanzó tan solo un par de metros por el aire. Esta vez, Eele voló por más de 20 metros. Notó un gran dolor que le recorría el pecho.
—JABJABJABJABJAB. ¿Qué mierdas es eso? Es genial. Nadie podrá derrotarme si aprendo a hacer esas cosas jabjabjabjab
—Si estás dispuesto a aprender el Hasshoken, por favor, acompaña a tus nuevos compañeros en su práctica.
—Ya te he dicho que yo no voy a bailar.
—Está bien. Es tu decisión. Adiós.
La mujer se marchó al frente del grupo nuevamente. Aunque su intención no había sido la de distraerlos, hacer volar a un gyojin de casi 3 metros por los aires no les había permitido mantener la concentración. La maestra dio un par de palmadas y una nueva instrucción y, como si de un ejército entrenado se tratase, los alumnos se colocaron en posición y comenzaron de nuevo a realizar las katas que les iba indicando.
Eele se dio media vuelta y comenzó a marcharse.
—Vaya. El gran Eele Trick se va —dijo en tono sarcástico Takeshi.
Eele se giró y amenazó en golpearlo con su puño, pero pudo ver en la distancia cómo la mirada de la maestra Matcha se clavaba sobre él y detuvo su movimiento. ¿Cómo había podido alguien tan pequeño vapulearlo de esa manera? Intentó recordar qué había pasado. La maestra se había movido rápido y los reflejos nunca habían sido lo suyo. Quería descubrir más de aquello, pero ese tipo de entrenamiento no eran para él.
—Panda de ridículos. Se dedican todo el día a echar bailecitos y luego quieren que se les tome en serio —dio unos pocos pasos hacia el grupo casi sin darse cuenta—. Además, son todos unos enanos. No admito órdenes de nadie que mida menos de 2 metros. Road se salva, es el único enano al que respeto —lanzó un puño al aire siguiendo los movimientos de los demás—. Nadie que mida menos que eso puede ser un buen luchador. Nadie. Tal vez un buen pistolero —ya estaba totalmente integrado en la práctica—. Eso puedo admitirlo. ¿Pero un luchador de verdad? ¿Con los puños? De eso nada.
La maestra sonrió en su dirección y Eele detuvo sus movimientos. Ella le hizo un gesto para que continuase y él lo hizo, no sin antes soltar un par de gruñidos que asustaron a los alumnos que tenía más cerca. Estos se apartaron, formando un semicírculo vacío en el final de la formación. El gyojin continuó imitando los movimientos durante unos minutos, aunque entre uno y otro, salían de su boca alguno que otro resoplido, solo para mostrar su disconformidad.
—Bien. Ahora debéis centraros en las vibraciones alrededor de vuestros movimientos. Respirad profundo. Mantened el aire dentro. Uno, dos, tres cuatro. Exhalad. Repetid las respiraciones. Con cada nueva repetición, vuestra conciencia irá entrando a una parte más profunda de vuestro cuerpo. Bajad la conciencia hacia el centro de vuestro pecho. En ese lugar, veréis un círculo amarillo. Cuanto más te acercas a él, más fácil te resulta sentir sus vibraciones.
—¿Pero qué dice esta? ¿Qué circulo amarillo-ring? ¿Qué locuras son esas? —pensó Eele.
—Ahora llevad esas vibraciones hasta vuestra cabeza. Respirad, con calma. Una vez que sintáis allí esa energía, golpead al aire con vuestras cabezas.
Eele permanecía quieto mirando al resto de alumnos. No podía creer que siguiesen esas instrucciones sin rechistar. Para él, todo aquello no eran más que bobadas. El gyojin tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener su risa, pues bajo su punto de vista solo podía ver a un montón de chiquillos sacudiendo la cabeza una y otra vez al aire. Llevó una de las manos hacia su boca, para sostener los intentos de escapar de sus carcajadas. La otra mano la llevó al frente para señalar a los jóvenes en sus intentos frustrados. Estuvo así unos segundos hasta que, de la cabeza de uno de los chicos, sintió salir una onda. No había sido algo grandioso, nada que fuera a derribar montañas, ni mucho menos. Sin embargo, aquello era una prueba irrefutable; estas enseñanzas eran reales. La mano que tenía frente a la cara tuvo que ir a buscar su mandíbula unos centímetros más abajo para cerrarla. Entonces, cerró los ojos y siguió las instrucciones que había oído de la maestra. Él no veía ningún círculo, ni siquiera había sentido las vibraciones. No obstante, comenzó a golpear al aire con su cabeza una y otra vez. Cada uno de los intentos con más fuerza que el anterior, hasta que parecía estar bailando algún tipo de música satánica que tan solo él oía. Se oyeron algunas risas. El gyojin abrió los ojos y cortó el movimiento de golpe. Su mirada también corto las risas de los alumnos.
—Eele, no debes golpear con fuerza. No por ahora. El Hasshoken no obtiene su poder de la fuerza bruta, si no de crear ondas de choque con las vibraciones internas o del entorno. Debes mantener la mente en calma y encontrar esas vibraciones. Después, podrás canalizarlas para acompañar tus golpes.
La maestra flexionó las piernas y dio un salto hacia delante a la vez que golpeaba con uno de sus puños al aire. En la dirección de su puño, se creó una ráfaga de viento potente, algo que hizo pensar a Eele que podría llegar a derribar montañas con aquello.
—Eso es solo una muestra de lo que se puede alcanzar mediante este estilo de combate. Pero tú debes comenzar por el principio. Debes aprender a usar el Buto. Concéntrate. Encuentra las vibraciones y llévalas a tu cabeza. Luego, tan solo déjalas salir y golpea.
El gyojin comenzó de nuevo la práctica. Esta vez se lo tomó con más calma. Hizo introspección en busca de aquello que había descrito la maestra. Pero, a diferencia de lo que suponía que verían los otros alumnos, él solo conseguía ver la oscuridad. No había ningún brillo en su interior, ni mucho menos un círculo amarillo. Él no estaba acostumbrado a ninguno de aquellos ejercicios. Ni siquiera sabía durante cuanto tiempo habían estado entrenando aquellos jóvenes. Tal vez, esto fuera un primer paso que le llevaría varios años. Él no tenía tanto tiempo. Quería aprender aquello ya mismo.
Su ánimo decayó un instante. Esa fracción de tiempo que va desde la desilusión de verte ante un muro infranqueable, hasta la esperanza que se abre al ver en él una rendija. Tal vez Eele no estaba preparado para ver su interior como lo hacían los demás, pero eso era porque sus entrenamientos nunca se habían basado en aquello. Su manera de luchar siempre se había desarrollado en torno a otra cosa; su instinto.
—Eh tú, tapón. Atácame de nuevo con eso que hiciste. Lo de la cabeza.
—Lo siento. Pero es que ahora estamos...
—He dicho que me ataques. Y más te vale hacerlo bien si no quieres que te de una paliza —interrumpió mostrando su puño en alto.
Takeshi varió su peso hacia el gyojin y luego en sentido opuesto. Levantó ligeramente los brazos, pero los dejó caer a los lados de su cuerpo antes de mirar a su maestra. Matcha asintió con una sonrisa e indicó al resto de alumnos que se apartasen un poco. Entonces el chico tomo posición frente a Eele. Saltó, plegó sus brazos y cayó en picado sobre el gyojin. Este cerró los ojos ante el impacto. La reverberación del impacto le hizo pensar que tendría que dedicar tiempo a recolocar sus recuerdos. Se tambaleó un poco y dio un paso atrás. Utilizó el pie para fijar su postura y se irguió.
—Otra vez-ring
—Pero Eele, yo...
Esta vez, el gyojin no insistió. Tan solo golpeó con sus nudillos en la cabeza del joven a modo de reprimenda. El joven se apartó un par de pasos de Eele, con los ojos apretado y la mano rascando su cabeza. Se cuadró de nuevo y volvió a ejecutar el movimiento. Eele volvió a tambalearse, esta vez algo menos, puede que por el hecho de esperarse ya los efectos del golpe.
—¡Vamos! Otra vez.
Takeshi repitió aquello tantas veces como Eele se lo ordenaba, más por miedo a la represalia que por obediencia. El gyojin cada vez recibía mejor el golpe, pero los dañor que le estaban causando eran evidentes. Tras varios de los ataques, cada vez le costaba más mantener la verticalidad. Después de varios minutos, Eele cayó de culo al suelo.
—Takeshi. Es suficiente por hoy. Ve a descansar —la maestra se giró para marcharse ella también.
Eele se levantó apoyándose en sus brazos. El resto de alumnos ya habían abandonado el lugar, pero él ni se había percatado. En el patio tan solo permanecían Matcha, Takeshi y él. El joven aprendiz asintió en una reverencia a su maestra y se fue hacia las habitaciones con una mano en la cabeza. Si alguien hubiese podido medir el tamaño de su cráneo antes de la práctica, seguro que hubiese notado que ahora parecía más voluminoso. Matcha continuó su paso tranquilo hacia el dojo.
—Es-Espera. Yo no he terminado. ¿Crees que eso es suficiente para detener al gran Eele? Jab jab jab
Su risa se sentía forzada. Tal vez fuera por estar entrecortada por alguna que otra tos, o tal vez por el aspecto poco serio que le daba su postura torcida y entre tambaleos. Lo que sí se podía percibir a simple vista era la determinación que mostraba su sonrisa.
—Es suficiente por hoy. Insisto. De nada vale que aprendas el Hasshoken si vas a acabar en un cementerio —habló sin siquiera girarse. Se había detenido para hablar, eso sí, pero reanudó el paso—. Descansa. Recupera tus energías. Mañana será un día duro de entrenamiento.
La maestra no medió más palabra. Tan solo avanzó sin hacer caso a las quejas de Eele. Aunque era obvio que tenía razón, el terco gyojin no podía verlo. Permaneció solo en el patio de entrenamiento, repitiendo una y otra vez los ejercicios que había ido guiando la maestra para sus alumnos, golpeando al aire con la cabeza tan fuerte como sus mermadas capacidades le permitían. Así llegó la noche. Y Eele no paró. Al menos, no mientras se lo permitieron sus fuerzas. Cuando ya no podía mantenerse en pie, comenzó a practicar sentado. Cuando su espalda ya no pudo sostenerle, intentó buscar esas vibraciones tumbado. Y finalmente, se durmió.
A la mañana siguiente, si es que se puede llamar mañana a cuando aún no ha salido el sol, las órdenes que Matcha le daba a sus alumnos interrumpieron el sueño de Eele. Este se levantó de un salto y comenzó a seguir los movimientos de los alumnos, demasiado orgulloso para admitir que se había quedado dormido, sin pararse a pensar que todos le habían visto dormido.
—Bien, hoy te veo mucho más predispuesto que ayer, Eele. ¿Has dormido bien?
—¿Dormir? A mi no me hace falta dormir-ring. He estado toda la noche entrenando.
—Ah, cierto... —contestó Matcha con un tono irónico—. Ya pude ver la cantidad de vibraciones que producían tus ronquidos.
Unas suaves risas burlonas fueron saltando entre los chicos, que no detuvieron aún así la práctica. Eele soltó un nuevo gruñido.
—Takeshi, ven aquí. Quiero que dirijas el resto de la práctica. Parece que el señor Trick necesita unas clases de refuerzo.
La maestra se llevó a Eele a un lado. Hizo como que no escuchaba los improperios que salían entre dientes de la boca del gyojin. Finalmente, llegaron a una zona alejada del patio dónde Takeshi daba instrucciones a sus compañeros. Estaban en un pequeño jardín en el que tan solo había una extensión de césped y unos pocos árboles frutales. La maestra se acercó a un manzano y apoyó ambas manos sobre su tronco.
—Creo que el enfoque habitual de mi entrenamiento no servirá de mucho contigo. Eres impulsivo, violento y testarudo. El resto de mis alumnos son obedientes y pacientes. Saben que hay cosas en este mundo que requieren de tiempo —levantó la mirada hacia las ramas de los árboles—. Mira este árbol. El año pasado dio sus frutos. Tuvieron que pasar muchos meses para que volviera a florecer. Semanas hasta que se comenzaron a formar sus frutos y más tiempo aún hasta que maduraron.
La maestra acercó la frente despacio al árbol. Chocó la cabeza con el tronco. Una sacudida estremeció las ramas. La maestra se apartó y colocó una mano mirando hacia arriba. Del árbol cayó una única manzana que fue a parar a su mano.
—Tienes que ser como este árbol. Asienta tus raíces en algún lugar y nútrete de él hasta que puedas dar frutos. Las plantas rodadoras no dan fruta dulce.
—Yo no tengo tanto tiempo. Tengo que ser fuerte-ring. Tengo que conseguir más poder. Nunca sabes cuando vas a...
—Entonces yo no puedo ayudarte. Ya te he mostrado el camino, pero tú has de tener la paciencia para recorrerlo y recoger los frutos —la maestra dio la espalda a Eele y comenzó a marcharse hacia el patio de entrenamiento.
Eele se miró las manos y luego al árbol.
—¿Recoger los frutos? ¿Solo tengo que tirar unas pocas manzanas?
El gyojin apoyó sus manos contra el tronco y cerró los ojos. Comenzó a simular que estaba saltando a la comba. Cualquiera que pudiese verlo pensaría que se estaba concentrando. Sin embargo, el gyojin solo estaba cogiendo aire para prepararse para lo que iba a hacer. Echó la cabeza hacia atrás y le soltó un tremendo cabezazo al tronco del árbol. Las ramas se sacudieron con fuerza dejando caer alguna que otra manzana y un centenar de hojas.
—JabJabJabJab ¡Lo coseguí! ¿Dónde anda esa maestra de paco...?
Un impacto en su cabeza cortó de raíz su comentario. Cuando Eele se giró, vio a Matcha apretando un puño en alto con el gesto apretado mirando hacia el suelo.
—No dañes mis árboles. El Hasshoken no se trata de fuerza bruta. Sé delicado con ellos o márchate de aquí.
No añadió nada más y se marchó. Eele había sido lanzado contra el suelo por su golpe. Permaneció sentado mirando el árbol con detenimiento mientras se rascaba el chichón. Se acercó de rodillas al árbol y cerró los ojos. Inspiró profundo y exhaló despacio. Repitió esta acción varias veces. Y golpeó el árbol con su frente. Pero esta vez, fue un golpe delicado. Un movimiento medido, que no se perdía en la violencia, sino que permitía mantener los sentidos vivos. El manzano apenas se inmutó. Sin embargo, Eele repitió el golpe. Otra vez. Y otra. Una vez más. La tarde comenzó a caer y él seguía practicando. Uno de los golpes supuso un sonido de agitación en la copa. Eele miró veloz al árbol, pero ninguna manzana cayó. Sonrió. Ya había encontrado la manera, solo era cuestión de tiempo. Continuó golpeando sin cesar. Cada vez era más frecuente escuchar la sacudida de las ramas. Y no fue hasta bien entrada la noche que una de las manzanas se desprendió del árbol y le golpeó la cabeza. EL gyojin se rio y se dejó caer de espaldas.
—JabJabJab. Ahora sí. Os lo dije. No hay mejor luchador que yo-ring.
Eele estiró la mano y cogió la fruta. Le dio un mordisco. Una ventana se cerró en el dojo. La maestra Matcha no podía ocultar su sonrisa.
Esquina del cuadrilátero
