Voluntad Carmín | Aventura Tier 3 | P.A
#11
El descenso por la montaña terminó conduciéndoles hasta el siguiente dojo, el Taiyokan, a diferencia de los anteriores, este era mucho más activo, varios alumnos entrenaban en un amplio campo de combate, rendidos y cansados al extenuante ejercicio colectivo dictado por los superiores, era un campo marcial de aproximadamente 20 x 20 metros, rodeado por las instalaciones principales del dojo, en la zona lateral izquierda de la fachada había un enorme árbol de cerezo que dejaba caer una lluvia de pétalos rosas en cada mecer de sus ramas.

El letrero con el nombre de Taiyokan se encontraban perfectamente visible, colgado como una bandera en la fachada del pórtico principal, estético como si se tratase de un trofeo, dejando claro el lugar al que habían llegado de la deshonra para el Byakko kan, sin embargo, tras un largo tiempo transcurrido en el que habían llegado nuestros protagonista, en un tiempo estipulado de media hora, nuestro representante, Akaza, ya se encontraba en medio del enfrentamiento dando las últimas de su resistencia muscular.

El chico apenas podía mantenerse en pie, después de todos los enfrentamientos anteriores, su cuerpo estaba en su límite y las heridas acumuladas comenzaban a pasarle factura, frente a él, se encontraba el representante del Taiyokan, un enorme Gyojin tiburón martillo de aproximadamente seis metros de altura, cuya musculatura hacía que Akaza pareciera todavía más pequeño a su lado.

A unos metros del campo de combate se encontraba Kotatsu, el maestro del dojo. El viejo permanecía en silencio, observando con detenimiento cada movimiento del enfrentamiento, su mirada seguía tanto a Akaza como a su representante, estaba orgulloso de la máquina de pelea que era su estudiante, más que complacido sabía que la pelea estaba más que ganada. Akaza intentó mantenerse firme pero sus movimientos ya no tenía la misma velocidad de antes, hasta que el combate terminó de golpe.

El enorme Gyojin avanzó y descargó un potente golpe directamente contra el abdomen de Akaza, tal impacto hizo que el joven azabache perdiera todo el aire de sus pulmones antes de caer pesadamente sobre el suelo, completamente fuera de combate, por todo el dojo estallaron los festejos ante la victoria.

— ¡RYAN! ¡RYAN! ¡RYAN!

El representante del Taiyokan levantó ligeramente el rostro, disfrutando de los gritos de los alumnos, todavía parecía tener ganas de continuar peleando y sus ojos ambarinos se desviaron hacia Hanma con evidente desafío, pero conocía las reglas, no podía continuar el combate, había ganado limpiamente. Ryan caminó hasta donde había quedado Akaza, y sin ninguna consideración, le propinó una patada para apartarlo del campo de combate, tratándolo como si fuera un simple saco de basura — Llévate a este inútil de aquí. — Sin esperar respuesta, se dio media vuelta, chasqueando la lengua entre sus dientes afilados — Qué pelea tan aburrida…

Ryan comenzó a caminar hacia el interior del dojo pero entonces varias voces infantiles surgieron entre los alumnos, desesperados, solicitando justicia por su orgullo dañado, sí, eran aquellos niños de la mañana.

— ¡Ryan! — gritó uno desde los laterales del campo de batalla — ¡Es él, es el sujeto de esta mañana!

— ¡Si, es el que nos intimidó en la mañana! — diría otro mientras señalaba a Hanma, como si estuvieran haciéndole memoria al Gyojin tiburón, y claro, los pasos del Gyojin se detuvieron al instante mientras todo el patio quedó sumergido en un silencio.

Kotatsu permaneció inmóvil pero su expresión cambió, su mirada se volvió mucho más seria mientras observaba a Ryan y después a Hanma, no parecía sorprendido por las acusaciones de los niños, más bien, estaba intentando determinar qué decisión tomaría su alumno estrella a continuación, Ryan giró lentamente la cabeza y su cuerpo hacia Hanma, su expresión había cambiado completamente a una de complacencia — Ya veo… — con una sorda sonrisa movió su cuello de lado a lado mientras hacía crujir los huesos de sus músculos, ahora sí tenía una razón para atacar — Con que ustedes rompieron las reglas primero…

El enorme Gyojin permaneció inmóvil durante un instante, observando al oni escarlata con una mirada cargada de soberbia combinada con intenciones hostiles, después flexionó ligeramente el cuerpo hacia adelante, Hanma se encontraba a unos doce metros de distancia, y Ryan bajó todavía más su centro de gravedad lo que hizo que Kotatsu entrecerró los ojos en señal de desaprobación — Ryan…— La voz del anciano fue firme aunque el Gyojin ya había perdido la cabeza, la sed de combate le llamaba.

Y entonces comenzó, se abalanzó a toda potencia, sus seis metros de cuerpo se lanzaron directamente hacia Hanma en una embestida frontal, reduciendo la distancia entre ambos con una velocidad sorprendentemente para su tamaño, el objetivo era claro, alcanzar a su oponente con su rodilla impactando contra su abdomen para doblegarle a inclinarse por el dolor, fue entonces que el viejo Kotatsu se levantó de inmediato del piso de su pórtico, gritando a la cordura perdida de quién él mismo había entrenado — ¡¿Qué estás haciendo?!

En cuanto Ryan se inclinó hacia delante durante la embestida, juntó ambas manos por encima de su cabeza y aprovechó el propio impulso de su primer movimiento para descargar un segundo y violento golpe con ambas manos sobre la cabeza de Hanma, buscando no solo provocar la ira del Oni sino declarar la guerra. Kotatsu apretó los dientes al ver aquel enfrentamiento, aquello ya no parecía un simple desafío de dojos, los alumnos sobrantes observaban con gran admiración a su sempai y modelo a seguir, sin duda quedaba claro que en ese dojo el honor y la disciplina no existía más, tras aquellos dos golpes el Gyojin tiburón adoptó una postura defensiva saltando dos metros hacia atrás mientras observaba con detenimiento a su oponente de voluntad carmín.

¿Cuál sería la reacción de Hanma?, ¿Qué habría pasado con Akaza?



Off Narrador
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#12
Atributos Personaje


Aquel patio tenía más ruido que maña. El cerezo de la esquina soltaba pétalos rosas sobre la tierra batida cada vez que soplaba el viento de la ladera, pero bajo las ramas no había disciplina, sino una jauría de críos en kimono gritando alrededor de una paliza. En el centro del terreno de veinte metros, Akaza estaba ya doblado sobre las rodillas, con las piernas temblando como cañas secas de bambu y la cara perdida en sudor. El letrero robado del Byakko Kan colgaba del pórtico como una presa de caza barata, pero antes de que Hanma pudiera siquiera buscarle las esquinas a la madera, el bicho feo y ojudo de seis metros remató la faena. El rodillazo que le hundió el vientre al crío sonó a costilla cascada. Akaza cayó tieso de bruces, sin aire en los pulmones, y la ovación de los discípulos llenó el dojo como si hubieran ganado una guerra. La patada de desprecio con la que el tiburón martillo apartó el cuerpo inerte hacia la cuneta fue lo que le torció el morro al Gran Oni. En la Ley del Ogro el que pierde paga su error, sí, pero patear a un bicho que ya no puede levantarse ni responder no da honra a nadie: huele a perro cobarde que se agranda con la carroña, perro que debe ser castigado.

El viejo Kotatsu se quedó callado en el porche, saboreando la victoria de su pupilo hasta que los mocosos de la mañana abrieron la boca. Señalaron con el dedo al gigante de siete metros y medio, soltando el rencor que llevaban atorado en el gaznate desde el recodo del camino, y al gyojin se le encendieron los ojos amarillos. No necesitó más excusa. Ignoró la advertencia seca de su maestro y se lanzó en carrera recta con la boca llena de dientes afilados, acortando los doce metros de distancia con una zancada pesada que levantaba polvo a cada apoyo. Hanma ni pestañeó ni buscó esquiva, uno porque no era capaz de reaccionar a aquello y dos porque JAMAS esquivaría ningún golpe. Jamás apartaba el cuerpo ante un golpe de frente. Plantó los talones en la grava, apretó las mandíbulas y dejó que la embestida se le estrellara encima. La rodilla de Ryan le entró seca en el estómago, sacándole un resoplido ronco, y acto seguido las dos manazas del gyojin cayeron juntas desde lo alto, machacándole la coronilla con la fuerza de un martinete. El crujido retumbó en las vigas del pórtico. Un hilo espeso de sangre caliente le resbaló por la frente hasta partirse sobre el labio, pero las piernas del ogro no cedieron un palmo de tierra.

La furia le quemó la sangre al instante, y con ello el show real empezaba. El calor del linaje le hinchó los hombros y la espalda, endureciendo la carne hasta volverla impenetrable. Ryan dio un salto de dos metros hacia atrás, jadeando con una media sonrisa presumida y adoptando guardia como si la faena estuviera lista para sentencia, esperando ver al gigante hincar la rodilla. No hubo tal cosa, jamas pasaria eso que estaba planteando. Hanma escupió un gargajo rojizo contra la grava, se limpió la barbilla con el dorso de la muñeca y clavó la mirada encendida en las cuencas ambarinas del pescado. Una mueca ancha, cargada de colmillos de oreja a oreja, le deformó el semblante antes de soltar un trueno que sacudió los tablones.

-Garararara...- La risotada del ogro retumbó contra la madera del Taiyokan, cortando en seco el jolgorio de los discípulos que enmudecieron. -Tienes buen empuje para ser un pescado de río. Pegas duro, pero tienes la costumbre sucia de patear a los que ya no respiran, y a mí la carroña me revuelve las tripas, me entran ganas de aplastarlos hasta sacarle los huesos. Si querías fiesta de verdad, haber venido de frente en vez de hacerte el gallo con los retacos.-

No le dio tiempo a recomponer la distancia ni a pestañear. Con los músculos encendidos y la agilidad suelta en los tendones, Hanma devoró los dos metros de grava en un pestañeo que cogió al tiburón a contrapie. A lo ojos de Hanma todo aquello ocurriria antes de que el bicho pudiera cruzar los brazos, el puño derecho del Gran Oni salió disparado como un ariete hacia uno de los ojos laterales del martillo. Los nudillos limpios se estamparon contra la cuenca cartilaginosa con un estallido seco de pellejo y salmuera, buscando reventárle el párpado y apagándole la visión de ese flanco de cuajo. La cabeza del gyojin saldria sacudida hacia un lado por el mamporro, pero Hanma no aflojó la marcha: cargó el peso sobre la cadera y, aprovechando el propio giro de la embestida, soltó un latigazo brutal con la bota izquierda directo a las costillas del flanco contrario. Aprovecharía el giro para recolocarse, al contrario que el otro, el no daría todo por sentado.

Cocina del Ogro
[Imagen: AL4aO9R.jpeg]
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2832 - 357 = 2475
Energia: 2179 + 10 = 2189
Espiritu: 447 + 0 = 447
#13
Expectante, como un depredador, aquel Gyojin ensanchó su sonrisa de tiburón al escuchar la risa de su oponente, finalmente había llegado alguien de su misma calaña, su aburrimiento había convertido su sendero en algo monótono, nunca había encontrado un rival capaz de hacerle sentir aquel frenesí recorriendo y haciendo hervir su sangre.

Ryan era un Gyojin que había aprendido aquel estilo de lucha marcial desde que apenas era un pequeño tiburocín en un riachuelo de agua dulce, su corazón mórbido se había podrido al encontrar gloria en herir a todo aquello que consideraba interior a él, ¿pero por qué?, toda rama torcida tiene su historia, sin embargo, en aquel momento nada de eso tenía sentido para el representante del Taiyokan, su único objetivo era derribar al enorme Oni que tenía frente a él, quien había resistido sus dos primeros ataques sin complicación alguna.

Al escuchar las palabras del ogro de voluntad carmín, la postura de combate de Ryan se afianzó, optimizando por completo su atención para los siguientes movimientos de su rival, y por supuesto, el silencio que siguió de aquellas palabras solo hizo que la sonrisa del tiburón martillo se volviera mucho más amplia y emocionante.

Sí… finalmente… ¡Finalmente había algo que le hacía sentir que estaba vivo!

El ogro interceptó en un instante los dos metros que los separaban, pero el Gyojin pudo percibirlo sin problemas gracias a aquella primera instancia de observación, viró su cuerpo hacia la izquierda, esquivando el ataque y desplazándose tan rápido como pudo hasta quedar a unos cinco metros de Hanma. — ¿Qué pasa? eres demasiado bruto, no hagas que me aburra.

— Muchas palabras para tan pocas nueces… — dijo el Gyojin, manteniendo aquel porte rítmico y saltos mientras esperaba el contraataque del hombre ogro de siete metros — ¡VAMOS, GOLPÉAME! — Imploró hostil, impaciente.

— ¡¿Acaso no vas a defender el honor de ese dojo inútil?! — sus palabras estaban cargadas de desprecio hacia el dojo de Haruto, mientras simplemente apretaba aún más los puños — ¿A qué has venido? ¡Dime tu nombre, vamos, dímelo! — su sonrisa era mucho más efusiva que antes.

— ¡Dímelo, dímelo, dímelo! ¡Oye! ¡Vamos, dímelo, dímelo!

— ¡Ryan, esto debe acabar ahora! ¡Has deshonrado la ley de los dojos! — gritó el anciano Kotatsu con voz firme pero todos estaban absortos en la pelea, todos parecían ignorar por completo a la cabeza de aquel dojo, un dojo que era de los más lujosos de aquella montaña, pero era evidente la falta de valores y la disciplina en cada uno de sus miembros, ante su ambición de poder perdieron el sentido de lo que significaba el verdadero Karate.


Off Narrador
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#14
Atributos Personaje


El viento de la ladera barrió la grava del patio levantando una nube fina de polvo blanco que olía a madera vieja. La bota izquierda de Hanma no encontró carne ni costillas; el silbido del golpe quedó suelto en la nada cuando el tiburón martillo viró el cuerpo hacia la izquierda, escurriéndose como una trucha de agua salada resbaladizo entre los adoquines antes de que la suela terminara de barrer el arco de tierra. Cinco metros. Esa fue la distancia que Ryan puso de por medio con una finta ágil. Plantó los talones en el lateral del terreno de tierra batida y comenzó a botar sobre las punteras con un ritmo saltarín de cuadrilátero, enseñando una hilera de dientes triangulares que parecían una sierra recién afilada, queria echarsela abajo. A Hanma no se le movió una pestaña de rabia ni reculó un paso. Un patinazo en falso no le quitaba el sueño, habia tenido miles en su vida. Llevaba toda la vida peleando en callejones donde el suelo estaba pringado de grasa podrida y tripas de pescado. Apoyó la planta en el suelo con un crujido seco que hizo temblar las losas del pórtico, giró el torso despacio y clavó los ojos dorados en la estampa ridícula del gyojin. A quince metros, en la galería del Taiyokan, el anciano Kotatsu intentó alzar la voz con las manos crispadas sobre el bastón. Gritaba que la ley de los dojos había sido pisoteada. Pero en aquel patio nadie escuchaba a los viejos: solo mandaban los nudillos y el pellejo caliente.

El bicho de río tenía la boca más suelta que las manos. Los gritos de Ryan rebotaban contra el tejado, una retahíla de burlas impacientes pidiendo golpes, exigiendo un nombre y llamándole bruto como si el combate fuera una pantomima para entretener a los críos rapados que miraban boquiabiertos desde las celosías como su sempai con escamas habia logrado esquivar un golpe que le habria roto los huesos a cualquiera. "¡Dímelo, dímelo, dímelo!", gritaba la sardina, botando de un lado a otro como si el suelo le quemara las plantas. A Hanma le fue subiendo un calor denso desde la boca del estómago, espeso y oscuro. En la coronilla todavía le escocía el martillazo de antes. Una gota gruesa de sangre tibia le resbaló por el entrecejo, bajó por la aleta de la nariz y se le partió sobre el labio superior, dejándole en la lengua el regusto amargo a cobre y salitre. La Ley del Ogro era de hierro y no admitía regateos de taberna: la sexta regla dictaba con claridad que aquel que tuviera la fuerza suficiente para hacerte sangrar se había ganado el derecho a conocer tu nombre, y tú la obligación de grabarte el suyo en la memoria antes de partirle los dientes.

-Garararara...- La risotada cavernosa del ogro estalló en el patio como un desprendimiento de peñascos en plena noche, apagando en seco los chillidos de Ryan y congelando el viento entre los bonsáis de la entrada. -Tienes las piernas sueltas y la lengua demasiado larga para lo poco que abultas en la báscula, pescado. Creías que venía a limpiar la honra de un dojo, pero a mí los letreros de madera y las reverencias me importan una mierda. La fuerza es la única verdad: lo que ese viejo no supo defender con sus puños no merece seguir colgado de una viga, y lo que tú le quitaste a patadas ahora te toca pagarlo conmigo. Querías mi nombre a voces. Pues abre bien los oídos y no te atragantes con las letras: me llamo Hanma. Y voy a enseñarte lo que le pasa a los peces listos cuando se meten en la poza del ogro.-

No hubo amago ni florituras de dojo. Con el peso de sus siete metros y medio y la furia carmesí quemándole los tendones, Hanma cubrió los cinco metros de separación en una sola zancada pesada que hundió los adoquines dos dedos en la tierra batida. No iba a tirar otra coz a la nada para que el martillo bailara a su alrededor. Se le echó encima como una avalancha. Su mano derecha subió abierta, saliendo disparada en una trayectoria recta y corta hacia arriba, directo hacia la mandíbula del tiburón antes de que el pescado pudiera armar otro brinco. El impacto pretendía descargar todo el peso de su carne y su furia en dicha zona para después seguir arrastrando empujando hacia atrás y haciendo que el tiburón quedara tumbado en el suelo, buscando estamparle de espalda contra el suelo, uno de las deshonras mas graves a un luchador, hundirle el morro y apagarle el jolgorio de un solo trueno seco. Sin armas, sin trampas y sin pausas, solo su propio cuerpo chocando de frente para ver si aquel pez aguantaba un mamporro de verdad cuando las palabras se acababan.

Cocina del Ogro
[Imagen: AL4aO9R.jpeg]
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