21-09-2026, 03:05 AM
El viento salado pegaba directo en la cara de la chica, moviendo su cabello rosa para todos lados de forma bastante molesta. Rui estaba sentada, cruzada de piernas, sobre una roca muy grande y áspera, lejos de todo el centro ruidoso de la Isla del Karate. Porque, la verdad, no aguantaba estar ni un segundo más cerca de esos dojos. Estaban llenos de gente sudorosa que solo gritaba por golpear pedazos de madera, y eso le molestaba muchísimo.
Ella solo miraba el horizonte infinito, con los ojos entrecerrados, escuchando cómo las olas reventaban fuerte contra la piedra fría, justo debajo de ella. Acomodó con mucho cuidado su katana ligera, "Hana", apoyándola sobre su regazo. Sus dedos rozaron la empuñadura de tela rosa pastel, sintiendo un poco de calma al tocar el arma que trajo de su hogar. Y después, sus manos subieron casi solas hasta su nuca, y sus dedos empezaron a juguetear impacientemente con las cintas negras de su cabello.
Ese era su tic de siempre, le pasaba cuando estaba muy frustrada. Y hoy, la verdad, tenía un nudo gigante en el pecho.
Porque, estar separada de su compañero de viaje le dolía demasiado, literal, sentía que le quemaba por dentro cada día que pasaba sin él. Su devoción por él era absoluta, totalmente ciega, y no había absolutamente nadie más en su cabeza.
Solo quiero estar cuidándole la espalda ahora mismo, y en lugar de eso estoy aquí, siendo inútil.
Se sentía débil, y eso la enfurecía. Recordó su isla natal, estar encerrada en Wano, y le dio un escalofrío feo de repente. Ella odiaba los lugares cerrados, odiaba sentirse atrapada en cualquier lado, pero ahora, en este mundo tan grande, se sentía muy perdida sin él. Igual, su mente seguía repasando todo el viaje asqueroso que tuvo que hacer sola. Había cruzado caminos con un montón de hombres en el mar, y todos le daban un asco terrible. Para ella, cualquier hombre de este mundo era pura basura inservible. Puros seres débiles y muy patéticos que solo hacían ruido al caminar y respirar.
El único hombre que valía la pena de verdad, el único al que ella respetaba, era Dharma. Y no estar con él la ponía de un humor horrible contra todos.
Soltó un suspiro muy pesado, bajando la mirada hacia el agua oscura y fría. Quería apagar su cerebro un rato, porque pensar tanto le daba dolor de cabeza y la cansaba más que entrenar todo el día. Pero claro, su paz nunca duraba nada en esta maldita isla de idiotas.
Sus oídos detectaron unos pasos pesados aplastando la arena seca cerca de su roca. Sus sentidos siempre alerta la hicieron notar cómo alguien se acercaba por atrás. Era uno de esos peleadores feos y asquerosos del pueblo. El tipo empezó a dar mil rodeos, preguntando de forma estúpida si una chiquilla como ella necesitaba compañía, o si estaba perdida en la playa. A Rui le hirvió la sangre al instante.
Como siempre era de pocas palabras, no iba a darle ninguna explicación. Y mucho menos iba a ser amable con una basura de ese tipo. — Tsk... lárgate de aquí ahora mismo, simio asqueroso, no me des tus malditos rodeos y piérdete antes de que decida cortarte la lengua. Jmp. — escupió con puro veneno, sin moverse de la roca para nada, apretando la guarda redonda y negra de su katana.
"¿Por qué el maldito mar tiene que ser tan inmenso y aburrido a la vez?"
Ella solo miraba el horizonte infinito, con los ojos entrecerrados, escuchando cómo las olas reventaban fuerte contra la piedra fría, justo debajo de ella. Acomodó con mucho cuidado su katana ligera, "Hana", apoyándola sobre su regazo. Sus dedos rozaron la empuñadura de tela rosa pastel, sintiendo un poco de calma al tocar el arma que trajo de su hogar. Y después, sus manos subieron casi solas hasta su nuca, y sus dedos empezaron a juguetear impacientemente con las cintas negras de su cabello.
Ese era su tic de siempre, le pasaba cuando estaba muy frustrada. Y hoy, la verdad, tenía un nudo gigante en el pecho.
Porque, estar separada de su compañero de viaje le dolía demasiado, literal, sentía que le quemaba por dentro cada día que pasaba sin él. Su devoción por él era absoluta, totalmente ciega, y no había absolutamente nadie más en su cabeza.
Solo quiero estar cuidándole la espalda ahora mismo, y en lugar de eso estoy aquí, siendo inútil.
Se sentía débil, y eso la enfurecía. Recordó su isla natal, estar encerrada en Wano, y le dio un escalofrío feo de repente. Ella odiaba los lugares cerrados, odiaba sentirse atrapada en cualquier lado, pero ahora, en este mundo tan grande, se sentía muy perdida sin él. Igual, su mente seguía repasando todo el viaje asqueroso que tuvo que hacer sola. Había cruzado caminos con un montón de hombres en el mar, y todos le daban un asco terrible. Para ella, cualquier hombre de este mundo era pura basura inservible. Puros seres débiles y muy patéticos que solo hacían ruido al caminar y respirar.
El único hombre que valía la pena de verdad, el único al que ella respetaba, era Dharma. Y no estar con él la ponía de un humor horrible contra todos.
"Nadie le llega ni a los talones, son todos unos completos inútiles."
Soltó un suspiro muy pesado, bajando la mirada hacia el agua oscura y fría. Quería apagar su cerebro un rato, porque pensar tanto le daba dolor de cabeza y la cansaba más que entrenar todo el día. Pero claro, su paz nunca duraba nada en esta maldita isla de idiotas.
Sus oídos detectaron unos pasos pesados aplastando la arena seca cerca de su roca. Sus sentidos siempre alerta la hicieron notar cómo alguien se acercaba por atrás. Era uno de esos peleadores feos y asquerosos del pueblo. El tipo empezó a dar mil rodeos, preguntando de forma estúpida si una chiquilla como ella necesitaba compañía, o si estaba perdida en la playa. A Rui le hirvió la sangre al instante.
Como siempre era de pocas palabras, no iba a darle ninguna explicación. Y mucho menos iba a ser amable con una basura de ese tipo. — Tsk... lárgate de aquí ahora mismo, simio asqueroso, no me des tus malditos rodeos y piérdete antes de que decida cortarte la lengua. Jmp. — escupió con puro veneno, sin moverse de la roca para nada, apretando la guarda redonda y negra de su katana.

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