[Pasado] ¡Hazte con todos!
#1
Día 62 de verano, Año 18
Archipiélago Sabaody, Paradise (Grand Line)
Zona sin ley, Manglares 0-9 – 04:30 AM


Días habían pasado desde la llamada que tuvimos mis compañeros y yo leyendo las noticias. Días habían pasado desde que una en particular se repetía en mi cabeza, taladrándola como un pájaro carpintero, siendo yo incapaz de comprender nada: la muerte de mi amigo Viktor. Lo único que sabía era que había gato encerrado, ya que la experiencia con el periódico me enseñó que manejaban la realidad a su antojo. El ejemplo estaba en cómo maquillaron e inventaron la narrativa del incidente que tuvo en este archipiélago años atrás. Quedaban unas horas para volver a echar al mar a O Redentor y que Fuguwu y yo volviésemos a reunirnos con Karl en Marineford pero, como la noticia de Viktor en la zona sin ley de Sabaody seguía dando vueltas en mi cabeza, esa madrugada decidí salir a pasear para echar un vistazo antes de irnos.

Me encontraba caminando en la primera decena de manglares del archipiélago y, aunque la prudencia no fuese mi apellido, salí sin mi máscara ni mi capa de vicealmirante. Mi fama era notoria y mis rasgos faciales, todavía lo eran más. Daba un paso tras otro con total parsimonia, envuelto en un manto oscuro formado por una capa negra encapuchada que se camuflaba con la oscuridad de la madrugada. El lugar estaba en una calma absoluta, en un silencio que sólo se rompía cada vez que estallaban las constantes pompas de resina que ascendían desde el suelo, además de mis propias pisadas pegajosas y mis silbidos que hacían más amena mi caminata, sonando como la famosa canción popular de mi isla natal: Samba da Bahía.

La noche traía la calma pero también actividades sospechosas y, tras unos minutos caminando bajo el eco que producía mi silbido, divisé dos figuras tirando de dos cuerdas que arrastraban una jaula inmensa. — Contrabandistas — pensé, recordando la vomitiva casa de subastas que existía en el lugar, al mismo tiempo que me deshacía en partículas de arena que viajaban hacia ellos. De forma rápida y silenciosa, las partículas de arena se arremolinaron alrededor de las cabezas de los dos hombres que tenían una altura menor a la mía y, de ese remolino, mi cuerpo se recompuso inmovilizándolos. Situado en el medio de los dos, agarraba a cada uno con cada brazo pasándolos por detrás de sus hombros, como si de un abrazo se tratase, y tapando sus bocas con cada una de mis manos. — Cowabunga caballeros... quizás es una hora un tanto intempestiva para llevar a cabo una mudanza, ¿me seguís? — Mientras los sostenía ladeé mi cabeza para llevar mi mirada hacia el interior de la jaula que tenía detrás. En ella no parecía que hubiese ningún tipo de esclavo para subastar, sin embargo había dos criaturas extrañas que no llegaba a ver bien por completo debido a la oscuridad. — Ibais a sentenciar dos vidas, ¿verdad?. Creo que lo justo sería pagar a cambio con otras dos... — Eché mi cabeza hacia atrás para quitarme la capucha y mostrarles mi cara desenmascarada, con la cicatriz que había cercenado mi ojo y mi oreja derecha. — ¡qué mala suerte! Parece que os habéis encontrado con un terrible destino ¡kakahaha! — me reía de forma sarcástica, molesto por la situación y ligeramente enfurecido al no ser capaz de quitarme las últimas noticias de la cabeza. — Aunque os doy una última oportunidad. Me gusta pasarlo bien, así que yo silbaré una melodía y vosotros cantaréis a la vez. Uno, dos... un, dos, tres y... — volví a silbar el famoso himno "Samba da Bahía", al mismo tiempo que giraba a ambos individuos agarrándolos por la boca, y así verlos de frente. — ¿Perdón? No os oigo. Aunque quizás es que soy duro de oído, ya sabéis, me volaron la cabeza de un disparo ¡kakahaha! — Mis manos comenzaron a tornarse en arena, aumentando ligeramente su tamaño y cubriendo la mitad de sus caras con mi elemento. — Os he dado una oportunidad para cantar, ¡dadme un poco de ritmo! — Disfrutaba viendo la mirada de desesperación de esos dos hombres, revolviéndose intentando librarse de mi agarre. Su suerte habría sido mejor si se hubiesen encontrado a mis compañeros en vez de a mí, o si hubiesen elegido otro camino en la vida. — Está bien, lo comprendo, no os gusta la música tanto como a mí. Mala suerte, comprended también que Impel Down tampoco está en condiciones de recibir más inquilinos, ¿me seguís? — Comencé a deshidratar a ambos contrabandistas notando como se iban haciendo más pequeños progresivamente al secarse. — Rankyaku — Dije al mismo tiempo que lanzaba un corte diagonal con una patada hacia la parte superior de la jaula, rebanándola y haciendo que la puerta se desplomase al suelo. Agudicé la vista hacia el interior, observando cómo las dos figuras salían poco a poco. — ¿Un jabalí gigante? ¿con escamas? — Le lancé los dos cuerpos secos, viendo cómo el extraño animal gigante los atrapaba en el vuelo devorándolos. — ¿Boca de cocodrilo? Qué coño estoy viendo, menuda abominación — Nunca había visto un animal de ese estilo, era una mezcla de cocodrilo y un jabalí de ocho metros con un apetito voraz. De su lado salió el otro animal, algo más pequeño pero todavía más extraño. — ¿Y un bogavante con ruedas? — me eché el pelo hacia atrás con mi mano derecha y me froté mi ojo izquierdo, incrédulo ante lo que veía. ¿Me habría sentado mal la cena?. — ¡Kakahahahahaha! — Era real. El bogavante con ruedas existía y eso provocó que me entrase un ataque de risa. Era extraño pero divertido. Tenía ganas de contarle esta historia a mis compañeros y ver sus caras, aunque seguro que pensarían que me lo estaría inventando todo.

Seguía con mi ataque de risa hasta que, de pronto, se me hizo todavía más de noche. El jabadrilo de patitas cortas me había dado un bocado a mí también, transformando la mitad superior de mi cuerpo en arena. Con la inferior, le propiné una patada debajo de la mandíbula. — ¡Imbécil! — cuando escupió la arena volví a regenerarme. — Te doy la mano y me arrancas el brazo... ¡o el cuerpo!. ¿No ves que tengo una digestión difícil de llevar? ¡kakahaha! — Volví a ocultar mi rostro con la capucha de la capa negra. — Habéis tenido suerte, sois libres. Cuidaos y procurad que no os vuelvan a atrapar, ¿me seguís? — Me despedí con un gesto con mi mano derecha y me giré para seguir con mi camino. — ¿Que Viktor ha muerto en esta isla? Es imposible que alguien aquí pueda plantarle cara. — Negué con la cabeza, hablando conmigo mismo, para volver a silbar la canción con la que había llegado.

Tras unos de caminata noté como algo me seguía. Seguí silbando y caminando sin darle importancia hasta que, cansado, miré de reojo hacia atrás. No podía creérmelo, el jabadrilo y el langostino habían venido detrás de mí. Uno caminaba con un contoneo extraño, como si bailase, y el otro movía las pinzas rítmicamente hacia el cielo. Me detuve y me giré. — A ver... cuando os pregunté si me seguíais, no quería decir exactamente que me siguieseis, ¿me seguís?, quiero decir... ¿me entendéis? — me llevé mi zurda a la cadera mientras con mi mano diestra sacudía a mi pelo. Estaba confuso. — Qué difícil que es comunicarse a veces. Y encima no parecéis muy listos para quedaros aquí... pero al menos parece que os gusta la música — Miraba a los extraños animales, intentando tomar una decisión. — Está bien, acompañadme al barco — Con un salto me subí a la espalda del bogavante con ruedas, sentándome. — Arranca. Fuguwu va a flipar cuando llegue, a ver cómo le cuento esto. — Crucé mis brazos y mi pierna derecha sobre mi pierna izquierda. Jamás me hubiese imaginado que pasaría de rodar sobre una tabla, a rodar sobre un crustáceo pero ahora la novena división tenía dos fichajes más.


Resumen

Akuma no Mi

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