18-09-2026, 12:48 AM
El día 30 de Verano del Año 8
O mejor dicho la noche. Ya eran aproximadamente las 20 horas cuando todo ésto sucedió. Las calles de Samba estaban completamente desoladas esa noche porque venía una tormenta tropical de esas que Road bien conocía como un mozalbete que vivía de refugio improvisado en refugio improvisado. El sonido de las primeras gotas golpeaba los tejados cercanos y los techos de las casas, los árboles y se podía sentir el aroma que producían al caer en los caminos de tierra.
Si bien la isla era casi siempre tropical y cálida, esa noche estaba particularmente helada según lo que él recordaba y es que los Lunarian eran personas de sangre caliente que disfrutaban del solcito como quienes más. Él por su parte ya estaba observando entre las cortinas de retazos de tela que fungían como una suerte de entrada improvisada a su casilla de chapa y madera la luz de las casas en la distancia siendo reflejadas por las gotas de lluvia que poco a poco iban cubriendo el suelo de las calles cercanas al baldío donde él tenía su casita temporal.
Esa noche los comercios cerraron un poco más temprano, y todos los que tenían la suerte de tener una casa ya estaban en sus hogares dispuestos a pasar una buena noche ¡Él no era su excepción! Y no tenía nada que envidiar. Esperaba que sus amigos estuviesen también listos para descansar, y quizás con un poco de menos hambre él.
Sacó la mirada curiosa por la puerta para contemplar el cielo nocturno. Ni una estrella se veía, el cielo estaba completamente plateado y gris por las nubes y se podía sentir un rugido de viento frío que de tanto en tanto se colaba en el interior de su casa. Y de tanto en tanto se podía escuchar fuertes truenos que vaticinaban la tormenta que llegaría.
Ahí estaba Road, no tenía más de ocho años pero estaba acostumbrado a valerse por sí mismo. Quizás muy bajo para ser lunarian, no medía más de un metro en ese momento y las alas en su espalda tenían un metro cada una a su vez. Esa noche no tenía porque pasar hambre, pues las heridas en sus manos acentuaban que esa mañana había trabajado de forma honesta cortando el césped para conseguir los berries suficientes.
Si bien sus manos estaban húmedas, cansadas y sucias, en su rostro angelical había una sonrisa de lado a lado porque entre las manos tenía un cuenco medio ajado con pucherito caliente. Un caldo de distintas verduras cosechadas por los pobladores, aunque sin animales porque nunca le había gustado el concepto de comerse otros seres vivos, quizás porque la idea de tener algo descomponiéndose en el estomago le daba asco.
— Che, pero que rico pucherito… Seguramente los feos de mierda de mis amigos estarán comiendo cosas más feas en sus casas de mierda Nye he he he he
Se dijo a sí mismo el pequeño, casi como si se intentase convencer mientras buscaba en un cajón de madera donde guardaba casi todas sus posesiones un tenedor o una cuchara para poder comer del platito de puchero que se había podido comprar de camino a su casilla de chapa.
Cuando se dio vuelta fue grande su sorpresa pues lo vio. En una casilla de madera y chapa cubierta por distintas telas de no más de cinco por cinco en un terreno baldío cercano a la casa de uno de sus mejores amigos donde solía montar campamento, junto al cuenco de puchero que había procurado y dejado en el suelo a falta de mesas… Había una pequeña criatura, un mono de tonalidad anaranjada, más pequeño que la palma de su mano sin duda que parecía observarlo curioso.
Estaba mojado, no empapado, pero pocas gotas parecían suficiente para que asi pareciese por el tamaño del mismo.
— ¿Y éste mono de mierda de donde salió che?
