¿Cómo puedo endurecer mi corazón si se trata de ti? :: PR :: Corazologia I
#1
MARIA MERLOT



MUSIQUITA



Narrador / María Merlot



Día 35, Año 18.
Verano.
Hora: 10:01 p.m.
Cueva, Isla de Chika.
Con Cariño Basuropolis.

Una isla peculiar.
Fue lo que pensó al verla rodeada de basura.
Al principio la rechazó, estéticamente estaba horrible.
Con el paso de las horas se molestó.
Si, se llenó de rabia contra…
¡Quien ensuciara tanto!
No solo la superficie terrestre…
Sino el precioso mar.
¿Podría limpiarla?
Iba a descubrirlo.

Anclar en la costa llena de basura resultó imposible, por eso Miyori Hoshino, la más reciente Valar, los llevó hasta una cueva, dónde se ancló el Flush Royal. Era espaciosa si, y también tenía toda una serie de túneles muy curiositos. ¿Explorarían? Tal vez. El día transcurrió tranquilo, hasta que María aburrida acudió a dónde su querido médico. Escuchó que él entrenó en algo a su Unnie y a Vivi mientras ella estaba con el Malvavisco. No sabía que fue pero si quería pasar más tiempo con el pelirrosado, así que entrenaría lo que fuera necesario si eso significaba estar junto a él.

— ¡Algodón de Azúcar! — se anunció entrando a la habitación, sin importarle que la compartiera con Bartolomiau. ¿Dónde estaría? No lo sabía, seguro haciendo cosas de MACHOS por esos túneles — ¡Entréname, por favor! — se lo pidió uniendo las manos delante de ella en forma de súplica. No sabía en qué la iba a entrenar pero cualquier cosa que le diera el hermoso masculino sería oro y diamante para ella — … sobre eso que le enseñaste a mi Unnie y a Vivi, allá en el cielo. Me contaron el otro día que fuiste un increíble maestro. ¡Que afortunadas han sido! Yo también quiero… Yo sé Kung Fu, Origami, Sashimi — le dijo con alegría golpeando al aire usando las poses que aprendió del Maestro Bacalao allá por el South Blue — Me pondré mi mejor ropa de entrenamiento, y nos vemos en la tierra, esa explanada que esta antes de los túneles. ¿Crees que vivan lindos topos en estos? Como el topo que golpeo el cachivache en la arena de los juegos del detergente... — le informó dirigiéndose a la puerta pero volteándose para hacer la pregunta de los topos, al obtener respuesta salió.



Día 35, Año 18.
Verano.
Hora: 10:47 p.m.
Cueva, Isla de Chika.
Con Cariño Basuropolis.

Cambiándose por una más ropa colorida, la joven mestiza bajó del Flush Royal. Caminó un rato por la explanada, estar bajo tierra se sentia raro. Intentó mirar más allá de uno de los túneles pero no se atrevió a ir a investigar, quizás luego, ahora mismo tenía una cita con el hombre más importante de su vida: Hyákinthos. Se sentó a esperar en una roca mientras sacaba de su bolsillo su pequeño cuaderno de notas y escribía lo que veía del lugar: Tierra, rocas, basura, más tierra, y basura.



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#2
Los dedos de su mano derecha estaban ocupados con un bolígrafo que se deslizaba con sutileza sobre un trozo amarillento de papel, los de la izquierda, en cambio, sostenían muy cerca de su nariz un pequeño frasco ambarino en cuyo interior un mentolado líquido, que el médico se encargaba de hacer girar una y otra vez, aromatizaba la habitación con una intensidad tal que, de abrir la puerta, el olor se extendería al pasillo; sin embargo, para el dueño del perfume, este apenas llegaba a su sistema olfativo, provocando que el hombre hiciera un esfuerzo extra por alcanzar el picante olor a menta proveniente del recipiente.

Solo un par de ruidos se escuchaban en la habitación si se prestaba atención: La respiración del pirata pelirrosa, dueño y señor de aquel espacio; la punta de la pluma contra el papel y un constante tac, tac, tac causado por el tóxico viento, frío y silbante, cuando este chocaba con la tapa exterior del ojo de buey que le servía como ventanilla en su camarote, pero a pesar del golpeteo constante de la tapa contra el borde de madera, el médico permanecía tan concentrado en su escritura que ni siquiera había notado como sus dientes se cernían con fuerza sobre su labio inferior.

No tenía espacio para distracciones, su mente, usualmente errática, hoy se centraba en un solo objetivo: Anotar todo lo que descubrió de esa isla en el día de su llegada.

Era claro que no estaban solos, las maderas que estaban dispuesta a cierta distancia de la entrada del túnel que Miyori eligió para anclar el Royal Flush, mostraban la presencia de un muelle viejo, uno que no había sido visitado en años, además, los faroles de pálidas luces amarillas, algunas funcionales, otras fundidas, dejaban en claro que este sitio no era como un Little Garden tóxico, en la isla, a la que recordó que Merlot bautizó como “Basuropolis”, existían seres pensantes.

Cuando, en la tarde, caminó más allá del viejo muelle en el que anclaron, encontró cajas de madera, de metal, residuos de materiales que seguro terminarían rodeando el océano, además de tablones de madera que estaban dispuestos como si se tratara de una vía ferroviaria. Lo que no encontró fueron personas, pero por la presencia de tantos elementos que gritaban “civilización”, sabía que debían estar por ahí, quizá en otra parte de la isla, pero no sería algo que averiguaría en esa tarde, a fin de cuentas, alejarse del barco era mala idea en un sitio tan contaminado y sea cuales fueran los peligros que estaban más allá, no quería enfrentarlos solo.

Ahora anotaba todo lo que vio en su libreta de apuntes, incluso los cambios en la coloración del agua, de la que tomó una muestra para analizar, rudimentariamente, en la habitación reservada como enfermería.

—Nota: Pedirle a Maki que acondicione mejor mi consultorio en el barco —. Fue lo único que dijo en voz alta, dándole descanso a su labio que, para ese momento, estaba magullado debido a la mordedura de sus propios dientes.

Una ráfaga de viento sopló con más intensidad y entonces, la tapa exterior de una de las ventanillas de su habitación golpeó con más fuerza la madera y se volvió a abrir, haciendo que las luces exteriores crearan una triángulo de luz en el interior del barco al mismo tiempo que la puerta de su camarote se abrió de golpe, sin aviso alguno.

El médico se sobresaltó, apretó con fuerza el frasco en su mano izquierda y soltó la pluma de su mano derecha, lo que hizo que la última palabra que escribió tuviera un rayón largo al final. Su corazón no quedó exento de reacciones, pues bombeó la sangre con tanta presión que el golpeteo en su pecho podía escucharse como un tambor en medio del silencio frío de su habitación, uno roto por la cantarina voz de la semi sirena.

—¿Merlot? Es tarde… ¿Qué haces…? —Al verla acercarse, no con un paso felino si no más como el de un conejo, dejó su pregunta a medias, pues al girar su cuerpo en su silla, sus ojos dorados se clavaron en los de la muchacha y notó en ellos un brillo inusual, uno que rayaba entre la súplica y la emoción. Se cruzó de brazos, colocándose en una posición más cómoda, alzó una ceja y sus irises miraron de arriba abajo a la mestiza, buscando en su rostro o en sus lenguaje corporal algún ápice de broma que no encontró. —Creí que estos mares no podrían sorprenderme más, pero es un error que cometo seguido. Las mareas siempre pueden llevarte a nuevos misterios —. Se levantó, con pereza y estiró sus brazos hacia el techo para quitarse la pesadez de encima, lo que provocó que la camiseta de su pijama se subiera lo suficiente para que la piel blanca de su abdomen quedara en parte descubierta.

—No dudo que sepas Kung Fu, aun recuerdo con claridad, curiosamente, lo que le hiciste a Maki antes de llegar a Drum, pero…debo aclararte que el origami es un tipo de arte que se hace con papel y el sashimi es un tipo de comida que se prepara con…pescado…algo me dice que no te gustaría, aunque… —Volvió a mirar a la chica, analizando su cuerpo por un segundo, desviándose del principal tema de conversación con una naturalidad a la que Merlot ya debería estar acostumbrada. —¿Es mi imaginación o estas más delgada? Desde que salimos de Drum no has comido como antes ¿Sabes? ¿Por qué? No digo que comas sashimi ni sushi, pero podrías intentar aumentar las porciones de ensaladas ¿Quieres que te haga un plan nutricional? No quisiera que perdieras el brillo de tus escamas —. Se quedó pensativo por un segundo antes de que la sirena mencionara algo sobre unos topos.

—¿Cuál topo? —Sacudió su cabeza, intentando centrarse de nuevo en su presente. —¡Ah! Sí, seguro…no sé…Entrenemos, mejor… ¡Eso! Aceptaré entrenarte si tu aceptas comer más —. No esperó una respuesta, pues la chica se había girado ya para salir, así que él se vio obligado a elevar un poco su voz para que lo escuchara y luego…el silencio volvió.

El taç, tac, tac de su ventana volvió a escucharse con fuerza y ahora el médico si los notó, incluso se acercó al ojo de buey para reparar el daño; sin embargo, antes de centrarse por completo en la tarea, notó un humo oscuro alzarse más allá del inicio del túnel, alguien parecía quemar algo. Se quedó observando el “espectáculo” por un momento y, entonces, una idea surgió en su cabeza: En Skypiea entrenó a Maki y a Miyo con lo que tenía a mano, nubes, pero aquí, el humo y el fuego serían más apropiados para practicar el tocar lo intangible.

Sonrío de medio lado, ya sabía que hacer con Merlot.

Terminó de arreglar su ventana, luego se lavó la cara y se cambió de ropa. Estaba listo para entrenar, aunque fueran casi las 11 de la noche.



Ropa de Entrenamiento



10:50 p.m.

En la bodega consiguió cocos. Los revisó, estaban secos, en su interior no sonaba agua y cuando los partió, el interior estaba casi deshidratado, no podían comerse. Eso habría sido una mala noticia para cualquiera, pero al verlos, el pelirrosa ensanchó su sonrisa y salió por la escotilla para subir a la cubierta, luego fue a la cocina por un encendedor. Cuando tuvo todo lo que necesitaba, bajó del Royal Flush de un solo saltó y aterrizó con firmeza sobre el suelo húmedo, antes de erguirse y elevar su mirada para buscar a Merlot.

No tardó en divisar el punto rosáceo en medio de las rocas planas, pues incluso con la poca iluminación que daban los faroles viejos de ese lado de la isla, la muchacha era notoria, como las luces de neón en un sitio oscuro.

Caminó hacia ella, mientras jugueteaba con la estopa de coco que consiguió antes en la bodega y con la otra mano, le daba vueltas al encendedor, sin dejarlo caer.

—¿Lista, Merlot? —Preguntó al llegar frente a ella, cubriéndola con su sombra y haciendo que la visibilidad de la chica disminuyera aún más. —¿De verdad sabes lo que quieres entrenar? ¿Maki y Miyori te explicaron en que consistía lo que les enseñé? Porque la verdad es que requerirás más que saber de Kung Fu o Karate o lo que sea…Necesitas concentración y te puedo guiar en el entrenamiento, pero no puedo concentrarme por ti —. Se alejó un par de pasos y dejó caer la estopa de coco al suelo húmedo, esta resonó y el eco se extendió en la cueva.

—Ahora dime… ¿Crees que es posible tocar las nubes? ¿Sostener el fuego o acunar el humo? —Se agachó para encender el coco, un proceso que le tomó un par de minutos antes de que se empezara a notar que de este salía un humo blanco. —Porque eso fue lo que le enseñé a hacer a Miyori y a nuestra capitana —dijo mientras se ponía de pie y se alejaba un paso del coco y del humo blanco que ahora creaba una cortina entre él y la semi sirena. —¿Lo intentas, Merlot? Vamos, intenta agarrar el humo sin que se escape de tus dedos.

Desde el otro lado de la cortina, el médico sonreía de medio lado. Estaba consciente de que no le había explicado con exactitud que hacer, pero lo cierto es que, antes de empezar, oficialmente, quería poner a prueba a la chica…tal vez el entrenamiento le sacara unas cuantas risas después de un extenuante día en medio de un mar de basura.



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#3
Narrador / María Merlot



Sentada.
Sobre una roca.
Esperaba.
A su nakama.

Con las manos apoyadas en sus mejillas la hermosa mestiza observaba el suelo tan concentrada como si estuviera pensando en los grandes misterios del universo, y la verdad solo visualizaba al hermoso hombre de cabellera rosada, sus cálidos ojos amarillos y la amabilidad con qué siempre la trataba. Lo cierto es que lo adoraba por sobre todas las cosas y personas, aunque La Valkiria Besada por El Sol se acercaba y mucho a los sentimientos fanáticos que el médico generaba en ella. ¿Y cómo no podría? Si su hermana de otra madre había demostrado ser su mejor amiga y alguien confiable en su corazón.

En esos momentos de “calma” recordó la conversación en la habitación, y esbozo una sonrisa. Ella sabía que el sashimi y el origami no eran artes marciales, después de todo estuvo entrenando con el Maestro Bacalao suficiente tiempo para que el hombre, y sus guapos discípulos tritones, le hicieran entender que no tenía relación pero si su Algodón de Azúcar se lo explicaba tan dulcemente ¿Quién era ella para decirle que bromeaba? Nadie, obvio. Así que solo asintió y le sonrió, como el dueño de su vida que era.

¿Es mi imaginación o estas más delgada?

Y con esa pregunta, todo se fue al vacío. Si, era cierto que había dejado de comer pero considerando que su dieta era vegana, y no quería comer frutas, las opciones disminuyeron exponencialmente. Se miró el cuerpo, miró al hombre, la preocupación por preocuparlo la invadió. ¿Qué podía hacer? ¿Y si comía algo maldito de nuevo y se convertía en… un horrible caballo con alas? ¿Dónde estaban los grillos de su cabeza para espantar los pensamientos intrusivos? — ¡Si, acepto el plan nutricional y comeré más de todo! — recordó que replicó con rapidez para no inquietar al médico. ¿Tendría que comer carne? Esperaba que no pero si Hyákinthos se lo pedía, ella no podría rechazarlo, él estaba por encima de cualquier cosa en la que ella creyera o amará.

¿Lista, Merlot?

La voz del masculino la hizo levantar la vista, olvidando lo anterior. Esbozó una sonrisa, su presencia la calmaba y su belleza la embobaba — Siempre lista Algodón de Azúcar — se levantó de la roca y le hizo un corazón con las manos mientras lo escuchaba con atención — … si, si. El entrenamiento de eso que les enseñaste que no me enseñaste a mi y que quiero que me enseñes. No mucho, solo que tu eres el maestro más increíble sobre la faz de la tierra y que luces muy bien con lo que sea que te pongas. Me gusta tu atuendo de Maestro, Maestro Algodón de Azúcar — comentó con alegría perdiéndose en sus divagaciones porque la verdad no tenía ni idea que habían entrenado... ella solo quería pasar tiempo con él — ¿Tocar las nubes? ¿Sostener el Humo o el fuego? — repitió confusa inclinando la cabeza algunos grados a la izquierda. ¿Tocar una estrella contaba? Porque un guapo marine de cabellos blancos asalto sus recuerdos — ¿No? No puedes tocar algo que se escurre de tus manos… una vez vi un gato persiguiendo una luz… nunca la atrapo, es imposible tocar esas cosas, Algodón de Azúcar… ¡Y el fuego menos! … porque quema y duele — explicó sin saber bien a dónde quería llegar su persona favorita. Lo vio encendiendo un coco. La confusión aumento — ¿Qué? ¿Les enseñaste a tocar el fuego? ¿A sujetar el humo? — preguntó sorprendida mientras veía aquella fruta seca arder y el humo empezar a elevarse, el humo liberador que tanto le llamaba la atención — ¿Intentarlo? — musito viéndolo a través de la cortina de aquel elemento — Esta bien — dijo sin mostrar resistencia, las palabras del hombre eran ley marcial para ella, entonces intento sujetar el humo.

Las manos traspasaban la cortina gris.
Por más que lo intento se escurría entre sus dedos.
Continuo varios minutos.
La frustración en su cara iba poco a poco reflejándose.

— No quiero decir que no sea posible… — comento desanimada y con su precioso ceño fruncido — … pero parece que no soy capaz de sujetarlo… —  intentaba buscar las palabras correctas para explicarle a su nakama que no estaba funcionando, quizás porque ese humo no quería dejarse agarrar — …  ¿Y si lo intentamos con el fuego? — propuso porque el fuego en su mente parecía más fácil de agarrar aunque quemará..., iba a doler pero ella confiaba plenamente en él, si decía que se podía... se podía… pero con el humo no porque quizás no tenía ganas de ser manoseado por una mestiza.



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#4
Halagos.
 
Siempre disfrutaba los halagos que la mujer de cabellos rosas le brindaba.
 
Por supuesto que sabía que lucía espectacular con lo que fuera que usara y claro que también era un excelente maestro, después de todo, logró enseñarle a Maki y a Miyori el uso básico de ese haki en solo unas cuantas horas. Podría hacer lo mismo con Merlot, estaba más que seguro.
 
El orgullo lo hizo perderse en su mente, prestando poca atención a las divagaciones o, mejor dicho, en este caso, a las válidas preguntas que la chica hacía sobre tocar lo intangible; sin embargo, pronto los golpes que ella empezó a dar lo sacaron de su ensimismamiento.
 
El primer golpe sonó como un flush, una ráfaga que traspasó el aire y deformó el humo por el que el puño de la mestiza pasó de corrido. El médico se sobresaltó un poco, pero al notar que estaba a una distancia lo bastante prudente para no verse afectado por ninguno de esos golpes, se quedó quieto, solo observando los intentos de la chica por hacer lo que, para cualquiera, era casi imposible.
 
No la detuvo, no importaba cuantas veces fallara, al contrario, con cada golpe que daba, el médico se detenía a analizar sus reflejos, la posición de sus puños, la fuerza que ejercía en sus golpes. Se notaba que sabía defenderse, al menos ante amenazas cotidianas y eso, de cierto modo, lo tranquilizó, eso significaba que, lo más probable, es que ella estaría segura en esa isla, pues dudaba que alguno de los habitantes, que para él debían ser todos enfermizos, pudiera competir con alguien sano.
 
Disoció, perdiéndose en los movimientos de combate de la chica por un rato más hasta que, de repente, ella se detuvo y eso hizo que el médico se diera cuenta de que, en el proceso, se había estado mordiendo su labio inferior mientras se concentraba en analizar las acciones de la chica, pero…aunque notó su tic, solo dejó de morderse la boca, ya magullada, cuando la muchacha le habló nuevamente. El miró hacia abajo para verla a la cara.
 
—No, claro que no eres capaz de sujetarlo, no aún al menos, simplemente quería ver si eras capaz de concentrar energía de manera empírica o algo así, pero parece que no funciona de esa manera —. Su rostro tomó un matiz pensativo mientras que una de sus manos se apoyaba en su barbilla. —Lo cierto es que hay muchas cosas que desconozco de esta nueva habilidad, pero puedo explicarte lo que sé antes de intentar cualquier cosa con fuego, porque NO…no voy a arriesgar a que tus escamas se vean sometidas a la devastación del fuego, sería una lástima, ¡Una tragedia! —expresó con más drama del necesario antes de dar un paso al frente y proceder a rodear la estopa de coco que, a estas alturas, había dejado de soltar humo blanco.
 
—Siéntate —. Le ordenó a la chica mientras él se agachaba para usar el encendedor una vez más y encender, nuevamente, el coco seco, incluso le dio algo de aire al abanicarlo con su mano, para que el humo que desprendiera fuera más de lo indicado y solo cuando estuvo listo, el médico se puso de pie al lado de la torre de humo y luego se giró para encarar a Merlot.
 
—Verás, en esa isla del cielo, Barto hizo algo que no comprendí… ¿Recuerdas al marine de luz? Su habilidad permite que se desvanezca en haces de luz y tu misma lo dijiste, una vez viste a un gato persiguiendo una luz y nunca la atrapó, porque la luz no debería poder tocarse, pero… ¡Barto lo hizo! En su combate fue capaz de tocar la luz, así que estuve investigando en la isla y descubrí a un maestro…no me preguntes el nombre, solo sé que tenía alas negras —. Hizo una pausa para ponerle rostro al maestro, pero al no conseguirlo, siguió hablando, mientras la humareda crecía cada vez más. —Ese hombre me dijo que es posible tocar a los usuarios de frutas del diablo tipo logia ¿Sabes? Esos que han comido esas frutas malditas y que sus cuerpos se vuelven uno con el elemento —. Explicó con calma antes de sentarse justo al lado de Merlot para observar el humo subir y tomarse la explicación con más calma.
 
—No sabía que esas frutas se llamaban así —. Sacudió su cabeza, se estaba desviando del tema. —¡Ah! Eso no es lo importante, lo que importa es que hay una habilidad llamada haki de armamento…No sé como lo logra, pero parece que recurre a la energía de tu cuerpo para endurecer tu piel y hacerla más resistente, como el hierro, al punto que es capaz de llegar a tocar incluso cosas que usualmente creeríamos imposibles de tocar…como la luz o el humo —. Al decir eso se puso de pie y cerró los ojos por un par de segundos mientras que se concentraba en sentir cierto cosquilleo en una de sus manos y cuando este empezó a hacerse más notable tanto en la palma como en sus dedos, cerró la mano en un puño y dio un paso al frente para “golpear” el humo.
 
Podía parecer una locura, pero su puño no traspasó hacia el otro lado, incluso se escuchó un sonido seco como si su mano se hubiera encontrado con una estructura sólida en lugar de con algo que debía escurrirse de los dedos.
 
—Lo ves…es posible tocar el humo —. Se apartó, terminando con ello su demostración y volvió a mirar a la chica para asegurarse que estuviera prestándole atención, aunque estaba más que seguro que sí. —La verdad no sé como logra desbloquearse, pero sé que funciona el concentrarse en la parte de tu cuerpo con la que pretendes dar el golpe…recuerdo que el maestro me mandó a meditar, pero eso no me ayudó tanto como un buen combate así que… ¿Por qué no me golpeas? Sin miedo —. Sonrió de medio lado, retando a la chica directamente. —Solo concentra tu energía en el puño que usarás…debes sentir un cosquilleo o eso es lo que yo siento…pero recuerdo que Miyori sintió sus manos pesadas, tal vez es distinto en cada persona…de todos modos, no sabremos como será en ti hasta que lo intentes…Golpea —. El médico se puso en posición de combate, tomando una postura de defensa que lo ayudaría para no recibir ningún mal golpe.



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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 5575 + 0 = 5575
Energia: 4401 + 0 = 4401
Espiritu: 1732 - 50 = 1682
#5
Narrador / María Merlot



Alto.
Hyákinthos era alto.

Esa realidad, aunque estaba siempre ahí, a veces la pasaba por alto. Era un reflejo automático levantar la cabeza para verlo, para perderse en sus cálidos ojos amarillos. ¿Cuánto media el médico? Ella conocía todo sobre él, sabia muy bien que media exactamente un metro con noventa centímetros. También conocía otras cosas sobre el marinero..., lo solía observar, y tenia todo un diario escrito con su puño y letra dedicado al amo y señor de su vida. ¿Le asustaría saberlo? No lo sabía pero igual no tenía porque saberlo, sería su pequeño secreto de acosadora. Cuando dominará la información del mundo, y tuviera un medio de comunicación tendría una sección dedicada al más increíble, maravilloso y ético doctor del planeta azul. Todos debían conocer a tan formidable ser humano, uno que le dio razones para vivir, uno que la abrazó cuando nadie más lo hizo. Por eso confiaba ciegamente en él, lo que le dijera o hiciera, siempre estaría justificado para la mestiza. Como en ese momento, dónde intento con todas sus fuerzas sujetar el humo, aunque la lógica dijera que no se pudiera, ella solo presto atención al masculino y si debía pasar la eternidad golpeando al esquivo humo, lo haría, hasta lograr la misión encomendada por su ídolo.

No, claro que no eres capaz de sujetarlo, no aún al menos…

Su voz la hizo detenerse. Inclinó su cabeza algunos grados a la izquierda mientras lo escuchaba con atención. Él creía firmemente que podría tocar lo intocable, entonces ella también lo creería. ¡Debió traer su den den visual! Porque cuando él se puso la mano en la barbilla pensativamente, se vio aun mas hermoso. ¡Todas sus poses eran perfectas! ¿Por qué era tan increíblemente guapo y asombrosamente genial? Su corazón latió con rapidez, y una sonrisa boba se apoderó de sus labios. ¡Lo admiraba tanto! Fue una gran idea pedirle ese entrenamiento, porque podía estar a su lado y embriagarse con su presencia.

porque NO…no voy a arriesgar a que tus escamas…

Su negativa la hizo exaltar, viajar a la luna y regresar. En su mente se traducía como “NUNCA DEJARÉ QUE TE PASE NADA”. El corazón de la mestiza se descontrolo mientras internamente gritaba “¡Kyaaaaaaaaaaaa! Me quiere tanto como yo a él, me cuida, me cuida. Kyaaaaaaaaaaaaaaaa. También te quiero muchísimo, Algodón de Azúcar”, llevó sus manos a la boca para ocultar la sonrisa desquiciada y feliz mientras daba brinquitos en su lugar buscando calmar las ganas de explayarse sobre lo mucho que lo quería. ¿Por qué no lo hacia? Porque él estaba concentrado explicándole algo, algo a lo que debería estar prestando atención y no soñando con lo extraordinario de su estampa.

Siéntate

Ordenó, y como la cachorra que era, obedeció de inmediato. Sentándose sobre sus rodillas y con las manos sobre los muslos, no dejo de mirarlo. Él encendió de nuevo el coco, más humo, el humo que le gustaba pero que perdía colorido ante Algodón de Azúcar, el objeto de su devoción absoluta.

¿Recuerdas al marine de luz?

Aquella mención la hizo levantar la mirada hacia el médico. Humo, entrenamiento, fuego quedo relegado. ¿Qué si recordaba a Betelgeuse, alias el Malvavisco? ¡Por supuesto que si! Lo recordaba muy bien, tanto que desvió la mirada y un leve matiz rosado apareció en sus pómulos al tiempo que subía la diestra y rosaba sus propios labios con una suavidad que la hizo rememorar escenarios que solo conocían ambos. ¿Qué podía responder a eso? ¿Qué lo recordaba, y demasiado bien? ¿Y si esa respuesta llevaba a más preguntas? Preguntas que aun no estaba lista para responder considerando la advertencia de su Unnie, y del mismo médico, sobre los hombres vestidos de blanco. Con una sonrisa traviesa, y un asentimiento de cabeza, contesto a Hyakinthos. “Si” eso quiso decir… lo recordaba y ya. Luego sacudió la cabeza “No” pareció decir, pero la verdad solo buscaba espantar al hombre de sus pensamientos, y lo logró cuando regreso su atención al rosado frente a ella.

— Si, lo recuerdo. EL MACHO pudo tocarlo y yo ta… — le respondió al fin y estuvo a punto de decir que ella también sin ningún tipo de artilugio pero se calló — ... ta... tamiz… yo tamizo en mi cabeza la información que me estas dando. Entonces luz, agarrar, fuego, humo, se puede, frutas malditas no tocables. ¡Ay, suena confuso! — se llevó las manos a la cabeza, aunque lo escuchaba… algo en su interior se negaba a entender todo lo que el apuesto hombre le decía — ¿Haki de armamento? — repitió, ella conocía uno, el que le enseño Jalindra y Ángelo Santangelo pero no se llamaba armamento, sino de observación… ¿Serían familia? — ¿Hierro? — eso si la impactó, entonces vio en vivo la explicación del hombre, muy alto, haciéndola inclinar la cabeza hacia atrás — Woooooooow — balbuceó presenciando la escena de como lograba “pegar” al humo — ¡Eres increíble, Algodón de Azúcar! — dijo con los ojos brillando ante tanto despliegue de fabulosidad.

Lo ves…es posible tocar el humo

Ahí, rodeado de aquel halo, seguro generado por la imaginación de la mestiza... ella reafirmo su fanatismo loco por el hombre — Lo veo, lo veo, lo veo — hizo énfasis levantándose, luego lo aplaudió — Nunca lo dude, nunca de los nunca jamáses... soy yo la inútil que no podría hacer algo tan impresionante como tu. ¿Ya te dije que eres el mejor? ¡Porque eres el mejor! EL MEJOR — sonrió con los ojos brillando mientras giraba sobre su propio eje con los brazos alzados repitiendo “El mejor, el más hermoso, el mejor, el más poderoso”.

¿Por qué no me golpeas? Sin miedo…

Aquella petición la hizo detenerse de manera abrupta. ¿Golpearlo? — Nooooo — colocó sus brazos en forma de X frente a ella para reiterar su negativa — ¿Cómo podría yo golpearte? No, jamás, no levantare nunca mis puños contra ti… — negó con la cabeza, haciendo que sus largos cabellos rosados danzaran a su alrededor. Lo vio ponerse en posición de combate, María dio dos pasos hacia atrás — No, no, no y mil veces no… no pienso golpearte. Prefiero no aprender nada, antes de intentar hacerte daño. Nunca podría hacer, ni en sueños, nada que te perjudicara a ti, Algodón de Azúcar — su voz sonó dolida y mostraba su descontento ante esa petición. Dio dos pasos más hacia atrás — ¿Viví te ataco? ¿Unnie también? Eso está mal… ¿Qué les pasa? — preguntó frunciendo el ceño y anotando que debía tener una conversación muy seria con ambas mujeres, nadie… ABSOLUTAMENTE NADIE, tocaba a su médico — ¿No hay una manera diferente de aprenderlo? ¿Y si golpeo el humo, o las rocas o doy doscientas vueltas a esta explanada cargándote? — propuso en la histeria de no querer golpearlo, esperaba hubiera otra forma que no implicará atacar al masculino… cosa que no haría, ni aunque su vida dependería de ello.



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#6
Saltitos y sonrojos.

Por más que Merlot intentara disimularlo el médico, perspicaz y observador, aunque la mayoría del tiempo pareciera lo contrario, fue capaz de notar los saltitos de alegría que su nakama daba gracias a unas pocas palabras. Aquello lo hizo inclinar su cabeza hacia un lado y preguntarse lo que pasaría por la cabeza de su “gemela” perdida. ¿Habría malinterpretado sus palabras? Bueno, no lo descubriría pronto, porque él mismo intentó no detenerse demasiado en aquel gesto solo para no desviarse de su explicación, porque sabía bien que, si lo hacía, quedarían haciendo cualquier cosa menos entrenar.

El problema es que Merlot le ponía difícil el poder concentrarse como era debido.

A los saltitos le siguieron sonrojos que aparecieron cuando la descripción del marine luminoso salió a colación… ¿Por qué? ¿Por qué el sonrojo? ¿Y por qué sentía el pecho apretado al verla así al mencionarle a un agente de la ley? Chasqueó la lengua y se mordió el labio por un momento antes de respirar hondo y seguir con su explicación…aunque creía que había cosas que se estaba perdiendo y eso no le parecía divertido; sin embargo, fue la cantarina voz de su mejor ingreso de emergencias, la que logró sacarlo de ese trance que amenazaba con distraerlo de la razón de que estuviera en las cuevas y no en su cómoda habitación.

—Sí, haki de armamento —. Le confirmó justo después de haber terminado su “exhibición”, orgulloso, no por lo que acababa de demostrar, si no por recordar el nombre de aquella habilidad, aunque estaba casi seguro de que también tenía otro nombre que se negaba a quedarse en su cabeza y el cual ni se tomó la molestia de mencionar, ya que de nuevo la sirena acaparó los reflectores con su emoción y sus gritos de alegría al haber contemplado justamente lo que él intentaba explicarle, el problema era…¿Cómo haría que ella aprendiera a utilizarlo? Tenía una idea, pero…

—¿Ah? —Su negativa le descolocó tanto como para dejar caer sus brazos a sus lados, rompiendo enseguida su posición de combate. —Es solo un entrenamiento, Merlot —. Intentó convencerla, pero algo decía que sería inútil razonar cuando la chica había caído en tanta negación que incluso dio unos cuantos pasos hacia atrás, un acción que hizo que el médico se enderezara y soltara el aire que había estado reteniendo por unos segundos…Tendría una larga noche, una en la que seguro que tendría que recurrir más a la teoría que a la práctica y él…él detestaba la teoría.

—Espera…no… ¿Qué dices? Nunca dije que ellas me atacaran —. Se acercó a Merlot, rodeando el coco que aún estaba en el suelo soltando humo, aunque en menos cantidad que antes. —Entrenaron juntas, así que combatieron entre ellas, ninguna me tocó si es lo que te preocupa —. No que el recordara, claro. —De todos modos… ¿Crees que no habría podido lidiar con ambas en un entrenamiento? No es que fuéramos a matarnos a golpes —. Al terminar de hablar volvió a sentarse, mientras que, por inercia, elevaba su muñeca para llevar su pulso cerca de su nariz, lo suficiente para inhalar el olor mentolado que provenía del intenso perfume que cubría su cuerpo, uno que para él solo era un leve aroma que tenía que esforzarse por sentir.

—¿Sabes? —Hizo una pausa para inhalar más del perfume y darse tiempo de pensar en una mejor estrategia para entrenar a Merlot. —Cuando el lunarian me entrenó en la isla del cielo, una de las cosas que me dijo es que tenía que meditar para aprender a concentrar mi energía… ¿Conoces la meditación? Supongo que sí…Simplemente no lo propuse porque tanto tu como yo tenemos mentes bastante…distraídas —. Por no decir que se disociaban cada dos por tres, en el caso del médico, cuando tocaban temas que no le interesaban. —A mi no me sirvió concentrar mi energía de esa manera; sin embargo, cuando me concentré en un combate con Majid —El chico skypeano que lo ayudó a entrenar y a otras cosas en la isla del cielo. —, si que pude centrar mi energía en un solo punto de mi cuerpo, por eso te proponía un combate, pero…

Volvió a morderse su labio, dejó de inhalar el aroma de su perfume y miró hacia las piedras puntiagudas del techo de la cueva, buscando inspiración en algo y… ¡Bingo! La encontró.

—Je…Merlot —. Bajó su mirada y buscó una parte baja de la cueva, una en donde las formaciones rocosas estuvieran casi al nivel de ellos. —¿Puedes ver esas rocas de allá? —Señaló hacia el sitio en donde rocas filosas bajaban del techo como si fueran dedos largos que no alcanzaban a tocar la tierra, pero que estaban tan bajos que ellos, como humanos con estatura normal, sí que podrían usarlos para entrenar. —Serán tus sacos de boxeo.

El médico se levantó de un salto y tomó a Merlot de la mano para llevarla al sitio. —Olvídate del coco por un rato, volveremos a él cuando hayas aprendido a controlar tu energía —. Soltó a la chica solo cuando estuvieron frente a una de la rocas.

—Vas a golpear estas piedras con tus puños desnudos, pero cierra tus ojos y solo siente tus manos…imagina que están recubiertas con una armadura de acero o, mejor aún, de titanio —. El médico dio un golpe, pero suave, sin arriesgar su piel a ser maltratada por la roca. —Tienes una buena imaginación, seguro que logras algo…así que… ¡Vamos! Hazlo hasta cansarte.



Botiquín. Abrir solo en casos de emergencia
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#7
Narrador / María Merlot



Sí, haki de armamento

Lo vió morder su labio inferior, esa mala maña también lo adoptó ella, desde hacia mucho tiempo… por culpa, justamente, de él. La fina porción de piel rosada adquirió un color rojizo, por un momento quiso decirle que no lo hiciera, que se iba a lastimar pero por suerte para ambos él continúo hablando. Ahora la mirada de la mestiza se perdia en el rojo moretón del labio. ¿Debía untarle una pomada? De esas que curaban a “Cute-aneos”, porque sin dudas el apuesto médico entraba en la categoría de adorable y en cientos más como maravilloso, hermoso, inteligente. ¿Por qué era tan perfecto? No lo sabía, lo que si sabía es que nadie en el planeta azul estaría jamás de los jamases a su altura.

Es solo un entrenamiento, Merlot

Le informó, ella lo sabía pero aun así no podía tocarlo y menos aun intentar lastimarlo. ¡Se cortaría las manos antes que hacerle daño al objeto de su fanatismo enfermizo! La retirada, o quizás la negación a hacerlo, lo hizo exhalar un suspiro, lo que originó que la chica frunciera el ceño apenada. ¡No quería, además, incomodarlo! Ella solo quería pasar tiempo de calidad con Hyákinthos. ¡Tontos pollos negros y blancos enseñando cosas violentas!

Espera…no… ¿Qué dices? Nunca dije que ellas me atacaran

Los ojos de la joven se abrieron como platos — ¿No? — pronunció confundida, ella había entendido que lo habían golpearlo… ¡Ay, no! Todo le estaba saliendo mal ese día — Ah, juntas… se tocaron entre ellas — pensó en voz alta, quizás por ese manoseo sentía que había algo especial entre ambas… ahora que lo pensaba, algo recordó sobre el día de su cita, como la pelinaranja la ayudo a distraer a sus nakamas — Claro que si, Algodón de Azucar. Porrrrrr favorrrrrrrrrr, si tu hermoso rostro es proporcional a todo lo que decidas hacer. Hubieras ganado con una mano atrás, los ojos vendados y con fiebre a 1000 °C — explicó exagerando todo, así de increíble se veía él ante sus ojos.

Cuando él se sentó, ella se acercó, así era más fácil de ver. El olor a menta, ese que lo rodeaba, entro a sus fosas nasales. ¡Se sentía tan Hyákinthos! Mientras ella se perdía en su preciosa estampa, él le contaba sobre un pollo negro llamado Majid. Concentración, meditación, ella le prestaba atención a cada vocablo pero también fotografiaba mentalmente al masculino, necesitaba recuerdos de cada momento pasado con su único, especial e irrepetible Algodón de Azúcar.

Otra vez mordió su labio.
Otra vez la mestiza hizo una mueca.
Dolor.

¿Puedes ver esas rocas de allá?

La voz del hombre se sobrepuso al malestar de verlo hacerse daño. María volteó a ver lo que señalaba... rocas puntiagudas que bajaban del techo, ella recordó leer sobre estas, sabía su nombre, solo debía buscarlo en los archivos de su mente… — ¡Estalactitas! Si, las veo… — dijo con emoción al llegar la palabra que las definía, luego confirmo que las veía — ¿Saco de Boxeo? — repitió confundida pero antes de poder desarrollar esa confusión el médico se levanto, la tomo de la mano y causo un cortocirtuioto en su cabeza y corazón.

¡La estaba tocando!
Tan suave su piel.
Tan cálido su tacto.
Corazón desbocado.

Si fuera un anime, de ella saldrían corazones a su alrededor. La dama se perdió en lo mucho que adoraba al hombre, tanto que se dejo llevar hasta dónde él decidió mientras en su interior pensaba en mil y un objetivos positivos para el pelirrosado. Cuando soltó su mano, el frio la invadió, y su expresión denotó la falta de felicidad, esa que sintió cuando la tocó. El siguió hablando, por supuesto que ella lo seguía, su explicación era ley marcial pero eso no quitaba que estuviera triste por lo efímero de su contacto… aunque mejor así, ella odiaría ensuciarlo con la mugre de su pasado.

¡Vamos! Hazlo hasta cansarte[/align

— ¿Casarme? — repitió confusa, evitando decir que ya lo estaba, aunque fuera unilateral con un perfecto marine pelirrojo, luego cayo en cuenta que era “cansarse” — Aaaaah practicar y practicar hasta lograrlo. Lo tengo, creo, aunque seguro me canso rápido porque no soy muy atlética pero he estado entrenando así que posiblemente dure un poco más de lo que pense inicialmente... — empezó a hablar al tiempo que abría y cerraba las manos, como para calentar sus dedos antes de los golpes  — échate un poco hacia atrás por favor, Algodón de Azúcar, no quiero darte por error, o que alguna de estas piedras caiga sobre ti, porque entonces me vere en la obligación de destrizarlas todas — declaró con una enorme sonrisa que alumbraba sus orbes ámbar, no mentía… quien o qué tocará a su doctor, iba a sufrir su ira.

Un golpe, dos golpes, tres golpes. Primero con la diestra, luego con la izquierda. No buscaba hacerlas añicos, sus golpes se podrían considerar suaves sin odio ni violencia, porque ella no sentía eso… menos contra una roca loca que crecía al revés. Con el paso de los minutos, fue dando saltitos y golpeando más y más, pensando en sus brazos de ¿titanio? Si, eso dijo, Hyákinthos. Uno, dos. Uno, dos. Uno, dos. Poderosa. Invencible. Una armadura en su cuerpo. Nadie la haría sentir dolor. Un poco, de pronto una leve sensación, diferente pero igual, a la magia que le enseñaron los pollos blancos, la hizo sentir adrenalina, aumentar la velocidad de sus golpes…. Y por un momento jurar que veía sus manos diferentes, un parpadeo, la roca frente a ella se fracturo en mil pedazos. Por reflejos cerros los ojos  — Disculpa piedrecita…  — se disculpó con la respiración entrecortada por el tiempo que invirtió en ese momento  — ¿Sigo con… sigo con otra? — giró a ver al hombre de sus sueños. La verdad no entendía nada pero si él quería que golpeara todas las estalactitas de ese lugar, lo haría sin dudar.



INREADME
Karma Fanático: Hyakinthos. 
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