Voluntad Carmín | Aventura Tier 3 | P.A
#1
Día 50 Verano, Año 18
Hora: 12:00 pm, Clima: Caluroso
Montañas en Isla Kárate
Isla Kárate, South Blue




El sendero que ascendía por las laderas de la montaña de Isla Karate se extendía entre enormes raíces y antiguos escalones de piedra, serpenteando cuesta arriba hacia los distintos dojos que se encontraban dispersos a diferentes alturas, el sonido de los entrenamientos podía escucharse incluso desde el camino como golpes secos contra postes de madera, pisadas firmes sobre el suelo y voces que marcaban el ritmo de cada ejercicio.

A medida que se ascendía, los gigantescos bonsáis proyectaban sombras sobre el camino mientras pequeñas corrientes de arroyos descienden desde la altura en las trincadas de rocas adentrados en el bosque, era un camino transitado por discípulos de distintas escuelas aunque no todos parecían tener la misma prisa por llegar a sus respectivos dojos.

En la brisa se podía oler una fragancia exquisita a especias combinado con verduras dulce y algo parecido al cocido de un buen estofado, aquel aroma hacía alusión a que pronto se acercaba la hora del almuerzo, y los destellos de luz que atravesaban la copa altas de los árboles eran bastante candescentes por lo que era claro que era el medio día.

En uno de los recodos del sendero, un altercado llamaría particularmente la atención de cualquier persona que transite por la zona, al parecer cinco niños vestidos con impecables uniformes blancos de karate habían rodeado a otro muchacho, también vestido con un uniforme de entrenamiento pero con kanjis diferentes en su espalda, aunque considerablemente más desgastado, era un niño de quizás diez años de edad, ojos azules, y cabellos en tonalidad azabache, los otros cinco niños se ensañaban con él entre empujones y golpes propiciados desde el suelo, todos contra su espalda y costilla pues el pobre niño mantenía una posición de encogido para amortiguar los golpes, brindando quejidos en cada patada y golpe recibido.

—- ¡Tu dojo es una burla para esta isla! — dijo uno con gran sonrisa burlesca.

— ¡Eres un perdedor, igual que tu maestro! — gritaría uno más que no se medía en cada patada a la cabeza.

Las burlas se mezclaban con las risas de los pequeños niños que se creían superiores a quien estaban lastimando, parecían disfrutar de lo que estaban haciendo, y ninguno de ellos parecía darse cuenta que detrás de ellos muy posiblemente los estaba observando un enorme Oni de casi ocho metros que transitaba por aquel mismo sendero.



Off Narrador
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#2
Hanma subía el sendero como quien vuelve a una casa que lo echó hace mucho tiempo, pero eso no ahcia aquello especialmente triste simplemente distinto a como subiria alguien que no habia pasado lo del alli. Isla Karate olía a su infancia y a otra cosa realmente: el viento traía especias, verduras dulces y un estofado de cocción lenta que su nariz de cocinero desmenuzó en dos zancadas. Pimentón tostado, hierbas, carne con hueso. Algún dojo cocinaba de verdad en aquella ladera, bienvenida sea la cocina de calidad y no los fideos instantaneos ni el arroz sin nada. Ratatouille asomó el hocico por el cuello de la camiseta y volvió a esconderse, de acuerdo con el diagnóstico de su adorado dueño. Abajo quedaba el pueblo y arriba, repartidos por la ladera, sonaban los dojos con postes que crujían a compás. Él había pedido entrar en varios de esos patios cuando era un crío de andares torpes y nadie quiso saber de él.

El ruido llegó antes que la escena. Un golpeteo sordo, errático, sin ninguna técnica que lo sostuviera. Hanma distinguió enseguida la diferencia: los postes suenan a madera, y aquello sonaba a costillas y a llanto. Dobló el recodo y vio el cuadro entero a unos quince metros: cinco uniformes blancos, planchados y limpios, alrededor de un muchacho encogido en el suelo con unos kanjis distintos en la espalda. Patadas contra la columna, golpes en la cabeza, risas. El crío apaleado no respondía; solo se cubría y quejaba, y los cinco seguían marcando puntos sobre su espalda como si el suelo fuera un tatami y el chaval un saco de entrenamiento que hacia poco o nada por defenderse. Hanma se quedó quieto un instante. Aquello le salía de dentro: palizas de patio, risas de los que nunca han probado un puño de verdad. La Ley no dejaba margen para la duda. Ensañarse en grupo contra quien no puede responder no era pelea; era basura con uniforme recién puesto.

Dio un paso y su sombra tragó el recodo entero desde sus siete metros y medio, dejando a los cinco sin sol de golpe. Ratatouille asomó la cabeza, parche torcido, y soltó un siseo corto furioso por lo que estaba viendo. Los críos se giraron con las risas a medio salir y ahí se quedaron, con la pierna todavía en alto a uno de ellos. Tardaron en entender lo que tenían delante, y cuando lo entendieron, dos retrocedieron sin darse cuenta y otro soltó el puño que había cerrado. Hanma bajó la mirada por encima de ellos, despacio. Se echó los codos atrás y juntó los omóplatos hasta que la espalda le sonó con un crujido, la pose de amplitud de dorsales para descongestionar los huesos antes de lo que pudiera venir. Los críos lo oyeron crujir y retrocedieron otro paso.-¿Esta es la lección que dan aquí arriba? Cinco contra uno contra un crío que ni se levanta del suelo. Me han contado que a esta montaña se venía a aprender a pelear. Vosotros estáis aprendiendo a ensuciar un uniforme que otro plancha por vosotros.- No gritó. La voz le salió baja y les llegó a todos igual. -Asunto de dojos se resuelve en un tatami, de uno a uno, con testigos. Lo que estáis haciendo es dar patadas a quien ya cayó, y eso no lo hace ni el perro más hambriento de este pueblo. Tenéis una sola oportunidad: soltáis al chaval, recogéis vuestras bragas de valientes y subís a vuestro dojo. Si alguno prefiere seguir, plantaos delante de mí y decidlo mirándome a la cara.-

Un garararara le creció por dentro y no lo soltó del todo; se le quedó asomando entre los dientes, sin humor ninguno. El chaval del suelo seguía encogido, sangrando de un codo, con los ojos azules clavados en las botas ajenas. Hanma no se movió del recodo: ocupaba los cuatro metros de ancho del camino con sus siete metros y medio de estatura, plantado a cinco metros del grupo, y quien quisiera bajar o pasar tendría que hacerlo delante de él. Él esperaba, quieto, con las manos sueltas y la paciencia justa.

Cocina del Ogro
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#3
Los cinco niños no necesitaron escuchar una segunda advertencia, la enorme figura del gran Oni frente a ellos bastó para que el valor que habían mostrado apenas unos instantes se evaporara de inmediato, el primero bajó la pierna con cautela, otro retrocedió torpemente y, en cuestión de segundos, los cinco comenzaron a correr sendero arriba.

— ¡Esto no termina aquí! — gritó uno de ellos mientras se alejaba — ¡Tu dojo está muerto!

Los demás continuaron corriendo detrás de él, lanzando alguna que otra mirada nerviosa por encima del hombro hasta desaparecer entre los árboles. Ahora aquel pobre niño de pelo azabache permaneció unos segundos en el suelo, respirando con dificultad con los labios claramente empolvados, después apoyó ambas manos contra la piedra y se obligó a ponerse de pie, sus piernas todavía temblaban y uno de sus brazos dolía al moverlo debido al sangrado, pero consiguió mantenerse erguido con el pecho inflado de dignamente pese a la paliza recibida, alzó la mirada hacia Hanma.

— Gracias, señor… — dijo con una pequeña reverencia — si usted no hubiera llegado… — no terminó la frase, en cambio, miró hacia el sendero por donde habían desaparecido los otros niños.

— Quiero agradecerle como es debido, mi maestro estará encantado de recibirlo… ¿podría acompañarme?, podemos ofrecerle algo de comer y un lugar donde descansar… — aguardando a la respuesta del Oni, pronto comenzó a guiar el camino ladera arriba, su paso era lento por los golpes recibidos pero no demostró debilidad ante su salvador, estaba decidido a cumplir con su palabra.



El dojo se encontraba mucho más arriba, apartado de los caminos principales pero sin duda el aroma de aquella delicia culinaria se hacía cada vez más fuerte, era como seguir una corriente grato al olfato de cualquier experto en la cocina. En cuanto encontraron el empedrado que figuraba un muro terrenal a la fachada de una residencia sin letrero.

De hecho, a primera vista, aquel lugar parecía abandonado por la maleza creciente alrededor, la madera de la fachada había perdido su brillo hacía tiempo y algunas zonas necesitaban reparaciones al evidente acumulación de agua estancada en ciertos puntos del tejado entrante, ahora al entrarse al patio exterior todo parecía estar completamente limpio aunque apenas había señales de actividad, solo una jovencita de apariencia gyojin con aletas en sus orejas, ojos ambarinos y sus manos tenían telas que señalaban estar adaptadas a la vida acuática, vestía de un kimono de seda floreado rosa, en ese momento ella estaba barriendo las hojas caídas de un roble viejo como el dojo sin duda era la responsable de la limpieza de aquel sitio.

El muchacho abrió la puerta corrediza de la entrada con toda confianza — ¡Maestro! ¡Ya regresé!

Desde el interior llegó con una tos profunda y prolongada, un anciano apareció apoyándose pesadamente sobre un bastón, era un Gyojin Koi de edad avanzada, con escamas apagadas por los años de su vejez y a pesar de eso tenía un rostro amable que contrastaba con su apariencia fúnebre, apenas dio unos pasos antes de detenerse para recuperar el aliento tras su tos seca.

— Has vuelto… — murmuró con una sonrisa — ¿Qué te ocurrió, Akaza?

—Los alumnos de los otros dojos me atacaron otra vez, no me di cuenta que me seguían desde el puerto… — explicaba el pobre niño con los puños apretados y la cabeza gacha, era reflejo de su impotencia.

— Otra vez… — dijo el anciano con una voz baja mientras se acercaba al chico con cierta preocupación sobre su alumno.

—Esta vez, fueron cinco… me golpearon entre todos… — levantó la mirada hacia su maestro y posterior a eso giró su atención hacia el Oni de pelo escarlata — Pero este señor llegó y los hizo marcharse…. — el pequeño mencionó lo ocurrido con una expresión de profundo agradecimiento y admiración.

El anciano dirigió sus ojos hacia el enorme Oni y tras unos instantes de analizarlo, como si estuviera atento a sus intenciones, finalmente inclinó respetuosamente la cabeza — Entonces debo agradecerle personalmente.

Una nueva tos interrumpió sus palabras, la jovencita dejó de barrer y se acercó al anciano muy preocupada, pero él levantó una mano para indicarle que estaba bien — Este dojo… — continuó después de recuperar el aliento… — hace mucho tiempo que dejó de ser respetado en esta montaña. — con cierta dificultad tomó camino hacia el interior haciéndole una señal al niño y su acompañante, Hanma, de seguirle hasta la estancia donde encontraron una pequeña mesa y tomó asiento, esperando que el gran Oni sintiera comodidad en ese cojín tan pequeño.

— Los demás dojos nos repudian, hace algunos días incluso robaron nuestro letrero… — suspiró con gran pesadez —- En esta isla, quitar el letrero de un dojo no es una simple burla, es un desafío, significa que el dojo debe presentarse ante los demás y demostrar que merece conservar su lugar en la montaña. — Su expresión se volvió nostálgica pero sonreía a pesar de las circunstancias presentadas, sin duda era un anciano humilde y noble — Pero yo ya no tengo la fuerza necesaria para enfrentar más desafíos… — su mano se cerraron alrededor de su bastón… — Mi cuerpo apenas puede sostenerme, y él… — miró ahora al joven que continuaba leal a ese viejo dojo sin gracia — todavía es un novato, es mi único alumno…

Ante esa presentación el niño bajó la cabeza, apretando los puños, el silencio pronto se hizo presente mientras el aroma invadía la instancia abriendo el apetito de los presentes, era como si una olla fue destapada y el humo se coló por todas partes, no tenían más alumnos, no tenían un maestro capaz de defender el honor de su dojo, y sin embargo… se sentía como estar en un cálido hogar. — Pero no permita que todo esto le impida aceptar nuestra hospitalidad, después de haber ayudado a mi alumno, lo mínimo que podemos ofrecerle es un buen plato de comida, mi amada nieta cocina un delicioso estofado de res con vegetales hervidos y arroz. — Mencionaba el señor con una enorme sonrisa, orgulloso de su amada nieta.

Sin embargo, aquel jovencito de uniforme manchado por el lodo y pisadas de otros no parecía dispuesto a dejar el asunto allí, giró su cuerpo en dirección de su salvador, e inclinó su cabeza hasta pegar su frente hasta el suelo — ¡Señor! — exclamó con voz alta y llena de determinación. — Por favor, salve el dojo de mi maestro…. — no levantó la cabeza pero claramente se le escuchó tragar saliva de lo nervioso que estaba — Yo lo vi, vi lo que hizo allá abajo…. usted es sin duda muy fuerte…. s-si usted nos ayuda, quizás podamos recuperar nuestro letrero y demostrar que nuestro dojo todavía merece estar aquí.



Off Narrador
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#4
El paso del niño era lento, marcado por el dolor sordo de las costillas y el arrastre de los zapatos sobre la grava, pero no aflojó el ritmo ni una sola vez en toda la subida, admirable por parte del oni rojo. Hanma caminaba detrás, midiendo cada zancada para no pisarle los talones. Ratatouille viajaba en su hombro derecho, asomando el hocico con el parche torcido para seguir la estela del estofado, que a cada vuelta del camino se volvía más espesa y limpia. Cuando alcanzaron la explanada alta, el Gran Oni repasó la fachada con ojo clínico: goteras marcadas en las tejas grises, tablas podridas por la humedad del bosque y maleza trepando por los maderos viejos. No quedaba rastro del letrero en la entrada; solo dos clavos oxidados donde antes colgaba el nombre de la escuela. Se lo habían llevado. El patio exterior, por contra, estaba impecable. Una muchacha de piel plateada y orejas con aletas barría las hojas secas con un kimono floreado, deteniéndose en seco con la escoba en alto al ver a semejante mole tapar el cielo del mediodía.

Entrar en la casa fue un ejercicio de contorsión ridículo, el mundo no se hacia para gente grande. Para cruzar un marco de apenas dos metros y medio de altura, Hanma tuvo que agachar la cabeza hasta casi tocarse las rodillas, encoger los hombros y pasar de costado para no dejar los dos cuernos clavados en el dintel. El suelo de madera vieja crujió como un galeón encallado bajo sus trescientos cincuenta kilos. Al llegar a la estancia principal, el maestro koi, un anciano decrépito que tosía como si escupiera arena seca, le señaló un cojín de paja de cuarenta centímetros. Hanma lo miró de reojo. Era un chiste. Se dejó caer con cuidado, encorvado bajo unas vigas maestras que quedaban a tres metros del suelo, flexionando las piernas hasta que las rodillas le taparon media vista. La escena tenía guasa: siete metros y medio de oni pelirrojo apelotonado en una esquina, ocupando cuatro metros de tatami y rozando el techo con la nuca.

El vapor del estofado de res, en cambio, no admitía burlas. La nieta trajo una olla de barro humeante y un cuenco hondo de arroz blanco. Hanma no esperó a que se lo sirvieran con ceremonias. Tenía hambre. Agarró la vasija con tres dedos, olió el caldo con una inspiración profunda que casi apaga las velas del altar y se bebió la mitad del tirón, masticando trozos de ternera melosa y raíces cocidas en su punto justo. Sabía a fuego lento, a jengibre fresco y a grasa bien espumada; cocina de verdad, no rancho de taberna. Ratatouille bajó por su antebrazo a la velocidad del rayo, agarró un nabo cocido entre las patas delanteras y se retiró a masticar detrás de su codo.

El niño azabache interrumpió el banquete de golpe: se arrojó hacia adelante y estampó la frente contra las tablas con un chasquido seco, suplicándole a voces que salvara el dojo y recuperara el letrero. Hanma tragó la carne despacio y limpió el fondo del cuenco con el pulgar. No le levantó la cabeza. Dejó que mordiera el suelo. Dejó caer el cuenco vacío sobre la mesa baja, haciendo bailar las tazas de té, y clavó sus ojos dorados en el viejo maestro antes de mirar al chaval.

-Vaya papelón, viejo.- La voz le salió seca, retumbando en las paredes estrechas de la habitación como un trueno encerrado. -Te han robado el letrero en tu propia cara y te sientas aquí a tomar té y a esperar que un crío de diez años ponga el lomo por tu nombre. La fuerza es lo único que vale en este mundo: lo que no puedes defender con tus propios puños, no lo mereces tener colgado en la puerta. Si tu cuerpo ya no aguanta una pelea, haberte partido los cuernos antes de soltar la madera. Esconderte detrás de una olla caliente mientras los otros dojos te mean el portal da vergüenza ajena.-

El anciano no desvió la mirada y el muchacho apretó los puños contra el suelo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No lloró. No se levantó. Siguió con la frente pegada a la madera, tragando el polvo y el orgullo roto. Aquello Hanma lo valoraba más que cien reverencias de dojo.

-Pero este renacuajo tiene más agallas que tú y que todos los que llevan uniforme limpio en esta montaña. Y tu nieta cocina mejor que la mitad de los chefs del South Blue.- Se inclinó un palmo hacia adelante, haciendo crujir el entarimado. -Pongo dos condiciones antes de mover un solo dedo. La primera: me zampo la olla entera de estofado con todo el arroz que quede en la cocina. La segunda: yo no soy el perro de caza de nadie ni voy a haceros el trabajo sucio. Si queréis ese letrero de vuelta, el chaval viene conmigo y camina delante. Vamos a ver si su karate tiene agallas de verdad o si solo sabe recibir palizas. Si aguanta el tipo, yo me encargo de que los que se llevaron el madero aprendan por las malas lo que cuesta escupir a un dojo. Llenadme el cuenco otra vez.-

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#5
El anciano permaneció en silencio durante unos minutos tras aquella escena frente a sus ojos, observando al enorme Oni quién con sus palabras lograban resonar en toda la estancia, el maestro no parecía ofendido por la dureza de Hanma, aunque sí había algo de tristeza en su mirada, después dirigió sus ojos hacia Akaza quien continuaba con la frente pegada al suelo esperando a que su maestro estuviera de acuerdo en cumplir con la petición de su salvador.

— Akaza… levanta la cabeza, muchacho — El niño obedeció lentamente, mostrando un rostro lleno de determinación pese a los golpes que había recibido, pese a las manchas de tierra por todo su uniforme — Maestro, por favor… déjeme intentarlo, no quiero que nuestro dojo desaparezca, quiero proteger el honor del Dojo Byakko Kan, la voluntad del tigre sigue vivo.

El anciano gyojin suspiró, apoyando ambas manos sobre su bastón, pensando sobre si era correcto lo que el forastero dictaminar una carga que no le corresponde — No quiero involucrarle, ha hecho suficiente por salvar a mi alumno de los demás estudiantes, no sería justo pedirle que arriesgue su vida por un dojo que apenas puede sostenerse en pie. — Hablaba el señor de barba blanca mientras llenaba el cuenco de su invitado con una porción bastante generosa que parecía una montaña.

— ¡Pero él puede hacerlo! — exclamó el joven, apretando los puños sobre su pantalón — ¡Es fuerte, maestro! ¡Mucho más fuerte que cualquiera de esos otros alumnos! si nos ayuda, podremos recuperar nuestro letrero.

— Akaza…

— ¡No quiero que nuestro dojo cierre! — insistió, inclinándose nuevamente hasta tocar el suelo con la frente — ¡Por favor, maestro! ¡Déjeme ir con él, estoy listo!

El anciano cerró los ojos, dejando escapar un suspiro cargado, durante unos segundos solo escuchó el crepitar del fuego en la cocina y algunos platos que se escuchaban se estaban acomodando, finalmente, el viejo maestro dirigió la mirada hacia Hanma.

— Si usted está dispuesto a acompañarlo, no me opondré, tendrá toda la comida que mi sobrina haya preparado para nosotros — Akaza levantó la mirada con asombro, con ojos brillantes de incredulidad transformado en una sonrisa de victoria, más su maestro no apartaba la mirada de quién le ha dado un golpe de realidad — También le daré una compensación monetaria por las molestías causadas, y por recuperar nuestro letrero, pero por favor… Le suplico que no se involucre en la pelea de Akaza a menos que sea vea una posición injusta, en un duelo solo puede enfrentarse los representantes de cada dojo, si en caso esa regla no es respetada, le agradecería que pueda representar mi dojo en el combate.  — Con eso último el maestro hizo una reverencia a su invitado, y le sirvió un cuenco lleno de sake en proeza de agradecimiento.

La nieta que había permanecido cerca de la entrada, escuchó aquello y se apresuró a regresar a la cocina para preparar más comida, más de la que había hecho, poco después el aroma del estofado volvió a extenderse por la estancia y cuando sirvió la comida, procuró su atención al hombre escarlata.

Pronto la tarde revelaría el destino de los representantes de este dojo.



El muchacho se acercó a Hanma una vez que haya descansado los suficiente, con un atardecer proclamando los cielos en un hermoso melocotón, entonces al comenzar el descenso por el sendero que rodeaba la montaña, Akaza apartaba algunas ramas y hojas que había caído sobre el camino.

— El letrero… creo que sé dónde lo tienen — explicó Akaza, mirando de vez en cuando hacia atrás para asegurarse de que Hanma lo seguía — Hay tres dojo cerca de aquí, los otros dos están más lejos pero uno de ellos queda al otro lado del sendero que baja por el bosque, el dojo del maestro Kairo.

Continuó caminando, esta vez con mayor seguridad, como si conocer el camino le devolviera un poco de la confianza perdida — Los tres dojos se llevan mal con el nuestro, dicen que somos débiles porque mi maestro ya no puede luchar y porque yo todavía soy un novato… — murmuró sin voltear a verle — pero mi maestro me enseñó que el karate no sirve solamente para golpear, también sirve para proteger aquello que es importante… el honor.

Lo cierto es que este pobre niño tenía una historia muy dura pero encaminarnos por esa historia sería algo demasiado extenso, había una razón para su lealtad, había una razón por la que tanto deseaba que el dojo no desapareciera, era su único hogar. — Por eso quiero recuperar el letrero, no quiero que desaparezca nuestro dojo.

El sendero comenzó a estrecharse entre los árboles, y el sonido de la montaña fue sustituyendo poco a poco por el bullicio de una residencia cercana, a lo lejos podían distinguirse los tejados de colores bermellón entramados entre la vegetación, Akaza señaló hacia ese punto rojizo — Es por ahí.

— Si no está allí… tendremos que buscar en los otros dos… —- finalmente, tomó el sendero que descendía hacia la fachada de la entrada, donde se imponía el gran letrero del Dojo Kinkyoukan y dentro de sus paradas se escuchaba el grito de entreno de los alumnos, era un lugar con mucha más actividad y su edificio estaban en perfecto estado comparado al dojo Byakko Kan.

¿Sería este el lugar correcto?



Off Narrador
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#6
El descenso por la falda de la montaña se hizo al ritmo que marcaban las piernas del chaval, de haber sido el ritmo de Hanma aquel niño no habria aguantado la bajada. Hanma caminaba detrás con la tripa llena y en calma, tras haberse ventilado media olla de estofado con tres cuencos de arroz hasta dejar la cazuela limpia. Para cualquiera habría sido una digestión pesada de siesta larga. Para él solo era leña recién echada a la caldera. Akaza marchaba tres metros por delante, apartando ramas secas con las manos vendadas y cojeando un poco de la pierna izquierda, pero sin soltar un solo quejido. Por el camino, el crío soltaba frases sueltas sobre el honor del dojo para darse ánimos. Hanma no abría la boca. Se limitaba a pisar detrás, haciendo crujir la grava bajo sus trescientos cincuenta kilos y abriendo paso entre los helechos con sus hombros de casi cuatro metros. Ratatouille iba asomada en su clavícula derecha, con el parche torcido y el hocico al aire, husmeando el viento de la tarde.

El Dojo Kinkyoukan apareció tras una curva del sendero, recortado contra el cielo anaranjado del atardecer como una finca de gente con dinero. Poco tenía que ver con las goteras del Byakko Kan, muros de piedra blanca de dos metros y medio de alto, aleros de cedro barnizados y faroles de papel ya encendidos en la entrada. Sobre el dintel principal colgaba el letrero de la escuela, tallado en madera maciza de cuatro metros y con bordes dorados, presidiendo la puerta con descaro. Desde el patio interior llegaba el retumbar del entrenamiento: golpes secos a maderos forrados de cuerda, zapatazos sincronizados y gritos juveniles respondiendo al instructor. A Hanma le bastó una mirada para catalogar el sitio. Olían a jabón caro, a uniformes recién planchados y a la fanfarronería de quienes solo son valientes cuando tienen a diez compañeros aplaudiendo a la espalda.

Akaza frenó en seco a seis metros del portón, con la vista clavada en los kanjis dorados y los puños apretados contra los muslos hasta que los nudillos le quedaron blancos. Le temblaban las piernas por la rabia de verse tan poca cosa frente a semejante edificio. Hanma se detuvo a dos metros de su espalda. Su sombra de siete metros y medio cubrió al muchacho y los escalones de piedra de un solo golpe.

-Escucha bien, renacuajo, porque no lo repito dos veces.- La voz le salió seca, bajando sobre la coronilla de Akaza como una losa. -Cruzar esa cancela no es un juego de niños ni una pataleta para dar pena. Has venido a recuperar tu letrero, pero las cosas no se piden por favor ni se compran llorando. La fuerza es la única verdad: lo que no puedes defender con tus puños, no mereces tenerlo colgado en la puerta. Si pasas ese umbral, estás solo. Yo no voy a meter las manos en tu pelea ni voy a espantar a nadie. Si te parten la boca, te la partes tú; si te tiran, te levantas; y si te rompen los huesos, te toca tragar sangre hasta que no te quede aire. Esto solo tiene dos salidas: o sales con la tabla bajo el brazo o te sacan arrastrado por los tobillos. Mi palabra con tu maestro solo vale si te echan a la jauría encima o hacen trampas. Si es un duelo limpio, te lo comes entero. Así que decide ahora mismo: o entras dispuesto a que te revienten la crisma por tu dojo, o te das media vuelta y te vuelves a la choza a comer gachas con cuchara de madera.- Para el Gran Oni aquello no era más que una verdad, tan sencilla como respirar o masticar carne, pero en los oídos de un crío sonaba como una condena a muerte.

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#7
El tiempo transcurrió desde que ambos cruzaron aquella entrada imponente, llevando finalmente a Akaza y a el colosal Oni frente al líder del Dojo Kinkyoukan, la recepción estuvo lejos de ser algo cordial puesto que al reconocer al muchacho como representante del debilitado dojo Byakko Kan, la actitud de los miembros de ese lugar estuvo cargada de desprecio y superioridad, sin embargo, el conflicto terminó resolviéndose de la única manera que ambos bandos parecían conocer, mediante un enfrentamiento entre representantes como lo dicta las reglas.

Akaza que se encontraba con el corazón inspirado por las palabras de su salvador, con el pecho bien inflado de su hombría y orgullo, fue quien avanzó al centro, a pesar de las heridas que todavía cargaba desde su anterior enfrentamiento y del evidente cansancio que ya resentía su cuerpo, el joven de pelo azabache se mantuvo firme. El combate resultó mucho más difícil de lo que había imaginado, su adversario poseía mayor experiencia y técnica, cosa que lo hizo retroceder en varias ocasiones, obligándolo a soportar una sucesión de golpes que hicieron tambalear sus piernas.

Pero Akaza no se rindió, nunca cayó puesto que empleó toda su resistencia en sus piernas, su determinación terminó compensando la diferencia de experiencia, era cuestión de voluntad, y después de un último intercambio, consiguió derribar al presentante del Kinkyoukan, y cuando eso ocurrió, el patio entero se quedó en completo silencio más Akaza permaneció de pie frente a su adversario derrotada, respirando con dificultad mientras contemplaba sus propias manos, había conseguido ganar, el representante de Byakko Kan había vencido, pero para la mala suerte de ellos… el letrero no estaba en ese lugar.

Justo cuando era el momento de tomar camino, o mejor dicho, sin oportunidad de una queja alguna, el líder de aquel deshonroso dojo pronto evocó una orden sobre sus estudiantes para que imposibilitaran el avanzar hacia el próximo dojo, terminó convirtiéndose en una emboscada por parte de los numerosos miembros del Kinkyoukan comenzaron a rodearles con sus malas intenciones, prácticamente treinta personas bloqueando el camino de salida.

Akaza observó aquella multitud con una mezcla de sorpresa y tensión, comprendiendo que habían decidido ignorar por completo las reglas del combate, ¿Hanma haría respetar las condiciones del maestro de Akaza?.

Si tuviera la intención de fallarle ya no habría esa opción puesto que la horda completa se abalanzó sobre ellos, propinando un caos de movimiento de golpes, gritos, patadas, Akaza luchó con las fuerzas que todavía conservaba, respondiendo por quiénes intentaron golpearle por la espalda, deshacerse de ellos sería cuestión de minutos.

Todavía quedaban otros dos dojos que visitar, el destino pondría en juego el azar de sus caminos, o bien volvían al dojo del Byakko Kan con las manos vacías, o victoriosos por su perseverancia.



Off Narrador
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#8
Atributos Personaje


El silencio en el patio del Dojo Kinkyoukan duró poco. Akaza seguía plantado sobre las lajas de piedra con el labio roto, resoplando con fuerza y con las piernas temblándole de puro cansancio, mirándose las manos tras haber tumbado al representante de la casa. El crío había aguantado el castigo sin doblar la rodilla; cumplió lo prometido en el camino. Pero el letrero no colgaba de ninguna pared ni sobre el estrado de madera. No estaba allí. Y la derrota de su alumno le sentó como un tiro al maestro Kairo: con la cara torcida por el despecho, el hombre soltó una orden seca para que nadie saliera vivo de allí. Treinta discípulos de karate con kimonos blancos y cintas negras cortaron la cancela de golpe; cerraron el paso y bloquearon la salida hacia el bosque como un muro de malas pulgas.

El cerco se cerró en un suspiro. Se oían las sandalias patinar en la gravilla y los gritos de quienes solo se animan a pegar cuando tienen a veintinueve al lado. Akaza giró sobre los talones con los puños arriba, tratando de pararle los pies a los que se le tiraban por detrás con patadas y malas mañas. Aquello colmó el vaso. Para el Gran Oni, aquello no era una pelea de dojo: era una piara de cobardes cayendo en manada sobre un chaval sin fuelle tras haber perdido un duelo en regla. La Ley del Ogro no tolera esa basura. Jamás en disparidad y jamás contra el que no puede responder, a no ser que vengan todos juntos a buscarte las cosquillas. Hanma empujó a Ratatouille con el pulgar hacia adentro del cuello, guardándola contra el pecho bajo la camiseta negra, y plantó las botas en la grava haciendo temblar el suelo.

No hubo aviso ninguno. Hanma embistió de frente contra el montón de cinturones blancos como una peña que cae de lo alto. Con siete metros y medio y trescientos cincuenta kilos de hueso y pellejo, aquello no fue una pelea sino una apisonadora. Abrió los brazos y soltó un viaje tremendo con el antebrazo derecho: pilló a los primeros siete en el pecho, levantándolos del suelo de una tacada y estampándolos contra los paneles de papel, que se hicieron astillas al momento. Sin parar la carrera, metió una zancada larga y barrió con la bota el suelo; levantó una nube de piedras y segó las piernas de otra docena de tipos, que salieron dando vueltas por el polvo.

Los que quisieron saltarle por los lados o darle patadas en las corvas se dieron de bruces con una pared que ni se movió. Hanma giró el tronco en redondo y soltó un manotazo con el dorso que cazó a los que quedaban en el aire, haciéndolos chocar unos con otros hasta darlos contra el murete de piedra. Fueron cuatro segundos de porrazos secos, gritos y tablas rotas. Cuando el polvo se posó bajo el sol de la tarde, los treinta estaban tirados por el suelo: unos fritos con los ojos vueltos, otros doblados tocándose las costillas y ninguno con ganas de ponerse de pie.

Hanma echó un bufido de aire caliente por la nariz y se quitó el polvo de los nudillos sin un rasguño. Aquel viaje le había costado un tirón de energía en el lomo, pero el patio había quedado limpio. Akaza lo miraba desde atrás con los ojos como platos, con la boca abierta ante la escabechina. El Gran Oni miró de frente al maestro Kairo, que se había quedado tieso y blanco como la cal junto a la puerta.

-Vaya escuela de gallinas tenéis aquí.- La voz le salió honda, sonando como un mazo. -Mandáis a treinta tíos a tapar la vergüenza de que un renacuajo cojo os ha roto la boca en vuestra casa. Habéis roto el trato del tatami para cazar en grupo, pero la fuerza no vale de nada si los que empujan son unos cobardes. Vuestro letrero no está aquí; pero si veo a otro perro de los vuestros cerca del Byakko Kan, vuelvo y os tiro el tejado abajo a puñetazos. Anda, chaval, tira para el otro dojo antes de que se haga de noche.-

Cocina del Ogro
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2832 + 0 = 2832
Energia: 2469 - 290 = 2179
Espiritu: 447 + 0 = 447
#9
El camino hacia el siguiente dojo transcurrió con mucha más calma después de lo ocurrido en Kinkyoukan, Akaza avanzaba todavía con el cuerpo resentido por los combates anteriores, aunque Hanma se llevó el esfuerzo más grande de haber arrebatido contra los treinta alumnos sobrantes, al menos el chico podía confiar en que la regla de los dojos se tiene que cumplir sin objeciones. En su descenso no tardaron demasiado en encontrar el siguiente dojo.

A diferencia del modesto y deteriorado Byakko Kan, aquel lugar se encontraba en condiciones considerablemente mejores, la estructura, aunque sencilla, estaba bien conservada con sus paredes limpias, el patio despejado y un pequeño letrero colocado sobre la entrada, desde el exterior podían escucharse los golpes secos de los entrenamientos y las voces de varios alumnos.

Al asomarse, Akaza pudo distinguir a jóvenes y adultos practicando distintas técnicas bajo la supervivisón de algunos instructores, no parecía tratarse de una escuela especialmente grande pero sí de una que había logrado mantenerse viva, fue entonces cuando un anciano salió del anterior.

Su apariencia hizo que Akaza se detuviera por un instante, frente a él caminaba un hombre mayor de aspecto sencillo y rostro marcado por los años, otro Gyojin similar a las facciones de un pez león, aunque su postura todavía conservaba aquella firmeza propia de alguien que había dedicado gran parte de su vida a las artes marciales, pero lo que realmente llamó la atención de Akaza fue la expresión del anciano al reconocerlo.

— ¿Akaza? — La sorpresa pronto se transformó en una sonrisa amplia y sincera, el hombre se acercó sin dudarlo y para sorpresa del muchacho, lo recibió con una familiaridad que le hizo sentir desconcertado, puesto que algunas memorias del pasado retornaban a su cabeza de cuando fue un chiquillo aprendiz en el dojo Byakko Kan. — ¡Cuánto has crecido, muchacho! — exclamó ferviente animado — Ven, ven, déjame verte más de cerca.

Akaza apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que aquel anciano le diera una palmada afectuosa en el hombro y darse cuenta en la expresión del chico de ojos azules que estaba confundido razón que hizo que aquel anciano brindara una carcajada cómica — Soy el maestro Makoto, quizás no me recuerdes demasiado pero conocí a tu maestro hace muchos años atrás, fuimos compañeros en el mismo dojo de nuestro antiguo maestro. — Aquellas palabras hicieron que Akaza prestara todavía más atención y asombro puesto que no sabía eso en absoluto, el Gyojin león pronto observó las heridas que este llevaba encima y su sonrisa se volvió más seria.

— Ya sé lo que está ocurriendo con el Byakko Kan — dijo finalmente — Me enteré de la situación de Haruto hace tiempo, créeme, muchacho, he querido ayudarle. – Makoto dejó escapar un suspiro de impotencia — pero tu maestro siempre ha sido demasiado orgulloso, le ofrecí ayuda, le dije que podía enviar alumnos, provisiones e incluso recursos para reparar el dojo… pero se negó, dijo que el Byakko kan debía levantarse con sus propias manos.

Akaza bajó ligeramente la mirada, aquello encajaba con la personalidad de su maestro, después de unos instantes Akaza comenzó a explicarle a Makoto todo lo ocurrido hasta ese momento, le contó sobre el recorrido que estaban realizando, los enfrentamiento que habían tenido y cómo habían llegado hasta allí buscando el letrero que necesitaban para recuperar el honor de aquel dojo en ruina, como también Akaza presentó a Hanma como la persona que custodia el orden, aunque en ese momento aquel muchacho se dio cuenta que no sabía para nada el nombre de su salvador. — Los caminos por muy fangosos que sean, siguen siendo un camino, ¿no? — dijo aquel Gyojin con una sonrisa tranquila mientras extendía su mano ante el gran Oni en señal de cordialidad — Soy el maestro Makoto, este es mi Dojo, si algún día visita de nuevo esta montaña siéntase en confianza de venir, le recibiremos con mucho gusto.

Tras esa presentación, Akaza informó cuál es el siguiente dojo que debían visitar incluso señalando el camino que tenían por delante — Ahora vamos al dojo del maestro Kotatsu, El Taiyokan.

El gyojin león escuchó atentamente con seriedad y luego asintió mientras se acariciaba la barba que tenía como si pensara en algo — Kotatsu… ya veo. — Sin esperar demasiada respuesta, el anciano se giró hacia el interior del dojo — Esperen aquí un momento.

Poco después regresó cargando un par de guanteletes y unas punteras de entrenamiento algo grande, eran piezas sencillas pero claramente resistentes y adecuadas para alguien que combatía con la fuerza de Hanma, Makoto se las extendió.
— Puedes tomarlas, no es gran cosa pero quizás puedan servirte para el camino. — Ahora estaba en la decisión del gran Oni escarlata si deseaba aceptar la ofrenda de Makoto que por alguna razón tras escuchar el nombre del siguiente dojo le pareció conveniente entregarles soporte de utensilios.

— Les deseo éxitos en su próximo enfrentamiento — dijo a ambos para después mirar de nuevo al chico de pelo azabache — Cuida bien de Haruto, y no permitas que su orgullo termine siendo su perdición.

Con aquellas palabras, aquel señor había sido una momento de motivación y buenos deseos, los despidió en la entrada del dojo, observándoles tomar el camino que guiaba a su siguiente destino.



Off Narrador
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#10
Atributos Personaje


Aquel patio olía a pino y a sudor viejo. No tenía faroles de seda ni maderas caras como las del Kinkyoukan, sino tablones de pino gastados por los pies descalzos y sacos de arena remendados con cáñamo. Desde el camino se oía el golpe seco contra los maderos; un chasquido regular que no buscaba lucirse ante nadie. Al asomarse el viejo con cara de pez león, Hanma se frenó en seco en mitad de la entrada. Su corpachón de siete metros y medio tapó la luz del sol. El anciano no dio un paso atrás. Tenía los hombros caídos por la edad, sí, pero los talones se le clavaban en la tierra con el aplomo de quien ha encajado golpes toda la vida. Era un tipo duro. El Gran Oni olió el aire aquello sí era una escuela de verdad.

El abrazo entre el maestro de la casa y Akaza fue torpe. El chaval no se lo esperaba. Tenía la cara llena de polvo y la mandíbula morada de la pelea anterior, pero el viejo le soltó una carcajada limpia que le sacudió las barbas. Cuando el crío empezó a balbucear sobre el letrero y miró hacia atrás sin saber cómo llamar al gigante, Makoto dio un paso al frente y le tendió la mano a Hanma. No hubo miedo en su gesto. Hanma miró aquella palma ancha, llena de pellejos duros y cicatrices de tatami. Descolgó su manaza de la cintura y le apretó los dedos con la fuerza justa para no romperle nada.

-Hanma.- soltó el oni con un gruñido hondo. -Con eso te sobra para el camino.- El anciano asintió sin pestañear. Había escuchado el cuento de Haruto con paciencia, suspirando por la cabezonería de su viejo compañero de armas. A Hanma le traía sin cuidado el orgullo del Byakko Kan: en la Ley del Ogro, el que no puede guardar su casa con los puños termina durmiendo al raso. No hay más vueltas que darle a la cosa. La escena cambió de golpe al salir el nombre de Kotatsu y del Dojo Taiyokan. Al oírlo, el dueño del dojo apretó los labios y se quedó callado. Se metió para adentro sin decir palabra y volvió al poco rato con un bulto bajo el brazo. Eran piezas de cuero grueso, negras de grasa vieja y con planchas de hierro clavadas con remaches: guanteletes anchos y punteras de metal para las botas, hechas a la medida de un animal grande. El viejo se las puso delante. Hanma las sopesó con una mano. Pesaban lo suyo. Notó el frío del hierro en las yemas y el tacto áspero de las correas de cuero crudo.

-Son buenos hierros.- La voz de Hanma bajó seca, mirando el brillo apagado de las cantoneras. -Pero yo no peleo con chapas. Para mí esto son armas, y el que necesita calzarse remaches para tumbar a otro hombre es porque no confía en sus propios huesos. Mi carne y mis nudillos me bastan y me sobran para romper lo que se ponga delante. Aun así, lo que se ofrece de frente y de buena fe no se desprecia. Me las llevo conmigo por respeto a tu mano, viejo; pero si ese Kotatsu tiene la piel dura, la va a partir mi puño desnudo, no este hierro.-

Sin hacer ademán de calzárselos, Hanma pasó las correas de los guanteletes por las de las punteras. Ató los cabos de cuero crudo con un nudo marinero bien apretado. Se colgó el bulto al cinto de tela blanca, dejándolo caer de costado como un hatillo de viaje, a su lado todo era pequeño. No pesaba nada para él. Sus manos siguieron desnudas y con los nudillos al aire; piel curtida que no pedía defensas postizas. Sus botas tampoco llevaron refuerzo: la pisada del ogro se bastaba sola. Ratatouille asomó el hocico entre la camiseta y olió el cuero engrasado que colgaba de la faja. Soltó dos bufidos cortos. Al ver que su dueño seguía oliendo a carne limpia, volvió a meterse tranquila al calor del pecho. Se despidieron en la cancela de madera. Hanma se puso en marcha, haciendo crujir las lajas de piedra bajo el peso de sus pasos limpios. El camino bajaba en cuesta hacia el bosque.

-El orgullo de tu viejo no va a matarle hoy.- soltó el Gran Oni dándole un capón en la nuca a Akaza. -Si ese Kotatsu tiene la tabla, se la saco por el gaznate a mano limpia; y si no la tiene, aprenderá a no meterse donde no debe. Anda, tira para abajo, que se nos hace de noche y todavía tengo que buscar dónde cenar caliente.- Con paso firme y las manos vacías columpiándose a los costados, Hanma enfiló el sendero ladera abajo sin mirar atrás.

Cocina del Ogro
[Imagen: AL4aO9R.jpeg]
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