— Pisando Polvo [FIC]
#1
26 de Verano del año 18
10:40. Afueras de Ciudad Sump.


— ¡Por eso te digo que fijarte en las botas es importante-hmm! Mi primo Oliver se las compra dos números más grandes, porque dice que entonces tiene hueco para meter las patas de las cabras y que no se le escapen cuando se las folla. Es buena gente, pero tiene mucho vicio — alcé la pierna frente a mi torso poniéndole el pie prácticamente en la cara a aquel niño — Pero bueno ¿lo ves? ¡número justo! — descendí dando un fuerte pisotón en aquellas tablas viejas de madera gastada — ¡Wajajajaja! ¡Ya te digo que soy gente de fiar mocoso! Además tu padre ya me conoce... — reí y me recliné, mirando con una sonrisa y tranquilidad al cielo.

Grigori volaba en círculos a varios metros por encima de nosotros y el sonido del carro en el que viajábamos era lo único que interrumpía el canto de las cigarras en aquel día de verano. Un carro sencillo, tirado por dos caballos moteados, llevando varios sacos de alpiste en la caja y portando a tres personas.
La primera era Nazario, que conducía el carromato. Un hombre de edad avanzada, piel castigada por el sol y huesos molidos por el tiempo. Vestía tres prendas de ropa muy marcadas, humildes y sencillas, remendadas y manchadas por la vida rural: Un peto enterizo que dejaba ver parte de su pecho descolgado y sus hombros huesudos. Unas botas - algo grandes - atadas con fuerza con varios cordones. Y un sombrero de paja enorme que le daba sombra a todo el cuerpo. Iba sentado y encorvado mascando una rama de un olivo mientras sostenía las riendas de los caballos.
El segundo era Ronaldo, su hijo más joven, el pequeño de veinte o treinta... ya no recordaba. Un mocoso de seis años que estaba aprendiendo de mi basta sabiduría cómo funcionaba la vida. Vestido de igual forma que su padre pero sin sombrero, pues en palabras de su progenitor aun no se lo había ganado, tenía la cara sucia de tierra y hacía más preguntas que una madre cuando vuelves a medianoche.
Y el tercero, obviamente era yo.

El crío y yo íbamos sentados sobre parte de la carga, uno enfrente del otro, y a mi costado una bolsa con mis enseres y aquel enorme pedazo de hierro que había encontrado en el basurero central y que parecía ser un amago de espada sin acabar — ¿Le gustan mucho las cabras? — me preguntó el muchacho al rato, haciendo que dejase de mirar al cielo y le mirase a él arqueando una ceja — ¡Y yo que se Ronaldo! ¿Pero tu me escuchas? ¡¡Te digo que se tira a los borregos!! ¡A las cabras! Ahí, en medio del campo... ¡que le ve toda la caravana y se la suda! — negué con la cabeza y suspiré, tras lo cual volví a mirar hacia arriba, cerrando los ojos y disfrutando del leve calor del sol bañando mi piel — Aunque sea mi primo, un futuro líder como yo tiene que cuidar su estatus, no me puedo juntar de jarana con cualquiera ¿entiendes? — dos graznidos de Grigori me hicieron fruncir el ceño levemente. Ese cabrón me estaba escuchando y se estaba riendo de mi.

Una de las ruedas del carro pilló un agujero en el camino y sacudió todo el vehículo haciendo que me diera un golpe con la nuca contra la madera del carro llevándome rápido las manos al cogote — ¡¡¡AIBALASTIA VA TRASPES ANDASDANDO CLOTI!!! — gritó Nazario, reprendiendo a Clotilde y tensando las riendas de uno de los caballos que tiraban del carro, y se giró para mirarnos mascando su rama — Tobien uqué zagal — preguntó con su tan particular forma de hablar casi sin abrir la boca — Está bien papa no sa caío na — contestó el chico mientras yo me frotaba la nuca tratando de aparentar que no pasaba nada. Tras eso, el anciano volvió a mirar hacia delante y volvió el silencio con el ruido blanco del carromato y las cigarras y el niño se quedó embobado mirando a la nada como los pensadores que observan el mar creyendo escudriñar el sentido de la vida... solo que probablemente un niño de seis años estaría pensando en las cabras que le acababa de mencionar. A lo mejor había creado un futuro amante de los animales sin saberlo.

Grigori descendió entonces su vuelo y se posó sobre mi hombro justo cuando terminé de aliviar mi dolor cefálico, comenzando a limpiarse una pluma aparentemente ajeno a todo, y probablemente cansado del rato que había estado estirando el cuerpo y volando sobre nosotros. Pero yo sabía que había bajado para ver qué tal estaba después de aquel golpe... y para reírse de mi un poco. Suspiré y me recoloqué algo menos tirado que antes por precaución — ¿Has comido? — le pregunté, entendiendo por su comportamiento que si, y estaba bien — Bueno, te apuesto un berry a que esta noche cenamos caliente amigo ¡Eh Nazario! ¿Cuánto falta para llegar a Piston? — el anciano sólo movió una mano por encima de su cabeza haciendo el gesto de que sería un rato, sin girarse o dirigirme la palabra, y con un resoplido denso me dejé resbalar un poco en el asiento, descorazonado al prever un viaje aun más largo. Y es que ojalá tuviera un imperio de islas y barcos para moverme cuando quisiera donde quisiera por mi cuenta... Quizá en otra vida.
En esta estaba viajando en un carro de alpiste de vuelta en busca de mi caravana, con un saco lleno de dinero, una espada rarísima y mi mejor amigo Grigori, gracias a la generosidad de un niño y su padre ya anciano que le debían un favor a mi tío Emmanuel que años atrás les ayudó a cerrar unas porquerizas. No era muy glamuroso, pero tenía compañía y no tenía que preocuparme por perderme o leer indicaciones y podía entretenerme hablando con ese niño. Clavé mis ojos dorados en él.

— ¿Sabes que mi primo Balgar puede romper una sandía de un cabezazo? —
[Imagen: siCzVIk.png]
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