Paparazzi [Priv. Merlot] [Pasado]
#1
Año 18
Día 5 de primavera
9:45 p.m.
Skypea



Después de todo un día de entrenamiento, la fatiga lo recorría de pies a cabeza, sus músculos palpitaban y un dolor punzante se concentraba en la boca de su estómago, todo producto del golpe que su actual maestro de haki le propinó la tarde anterior. Si era sincero consigo mismo, desearía hacerse bolita en su cama y no despertar hasta el atardecer del día siguiente, pero eso sería contraproducente para él mismo, no podía darse ese lujo cuando, por fin, había encontrado a alguien que lo volviera a encaminar en sus rutinas de entrenamiento, por eso, en lugar de descansar, había decidido salir de la residencia que el emperador “Zukaritas” les asignó a los Valar y a Barto.

Se tomó varios analgésicos, parchó la piel de su estómago con ungüentos y vendas, luego hizo lo mismo con sus brazos y, por último, pero no menos importante, se encargó de maquillar su rostro, de por sí terso y lozano, prestando especial atención a sus ojos, los cuales adornó con un sutil delineado rojo. Se miró al espejo antes de salir de su residencia temporal y sonrío de lado a lado, presumido, altivo, sabiéndose hermoso, aun cuando había pasado el resto del día agotado entrenando, pues ahora, su camiseta blanca y su abrigo de cuero rojizo cubrían las vendas que tapaban los moretones y su largo pantalón rojizo cubría los golpes que pudiera tener en sus piernas. Sea como sea, ahora estaba perfecto.

Salió de su residencia, eso no fue problema alguno, lo que si fue complicado fue ubicarse en la ciudad de Shandora durante horas de la noche. Esta vez no había llevado consigo a Cara Melo, el ciervo de Wano y fiel montura de Merlot, lo que solo dificultó que el pirata pudiera encontrar la calle en la que su momentáneo compañero de entrenamiento, Majid, lo había citado para pasar la noche y conocer un poco más sobre los placeres que podía brindar Skypea; sin embargo, luego de preguntar tantas veces como le fue posible, pudo ubicarse y encontrar el sitio en donde se supone se vería con el skypeano: Un bar.

Se abrió paso en medio de la gente que, con ropas elegantes, en su mayoría, conversaban en el sitio, algunos de pie, otros sentados. Las luces amarillentas apenas lograban alumbrar del todo las facciones de los clientes, de hecho, les daban un aura mística, casi sospechosa, algo que se acompañaba a la perfección con la banda que, de fondo, tocaban una canción desconocida para el pelirrosa, apoyados con instrumentos de viento. No parecía un mal lugar para una velada.

Avanzó hasta situarse en un asiento cerca de la barra. No podía ver en el sitio a quien se supone era su acompañante, así que decidió esperar de la única forma decente que podía: bebiendo.

Ya sentado en el taburete, pidió un trago, ni muy suave ni muy fuerte, a fin de cuentas, su fuerte nunca había sido la bebida y era un pésimo borracho, pero no pretendía pasar la noche tan sobrio tampoco, además, seguro aquello le haría adormecer el dolor punzante en la boca de su estómago, mientras su compañero skypeano se dignaba en aparecer. Creía que sería una noche tranquila, pero no podía estar más equivocado.

Fue después de un par de tragos que su cuerpo, tan distraído y vago como su mente, empezó a ser consciente de sus alrededores y más aún de la sensación de una mirada clavándose justo en su nuca. Su piel se erizó, sus sentidos se alertaron y no pudo evitar morderse el labio antes de girar levemente su cabeza para intentar encontrar al responsable de la mirada que lo estaba haciendo sudar frío.

Él solía ser el cazador, no la presa…Detestaba cuando los papeles se invertían y detestaba aún más cuando no podía encontrar el origen de sus inquietudes y este era justo el caso.

—Tsk… ¿En dónde está ese chico? —Se preguntó a si mismo, en voz alta, para intentar distraerse de la persona “fantasma” por la que se sentía observado.

Un sorbo más a su bebida fue suficiente para que se terminara y de paso, usó ese momento para volver a voltear e intentar localizar a quien sea que le estuviera generando la sensación de sentirse vigilado; sin embargo, justo cuando creyó ver unos brillantes ojos azulados en una de las mesas de la esquina, la luz del bar parpadeó y el sitio quedó a oscuras, por completo, en un lapso de al menos unos 10 segundos en donde algunos grititos y suspiros de asombro, además de otras voces de queja, se hicieron presentes antes de que las luces amarillentas volvieran a iluminar el sitio.

Tenía un mal presentimiento.

Se levantó de su asiento, no sin antes haber dejado unas cuantas monedas que cubrían con creces el costo de la bebida y antes de que la luz regresara por completo, salió del bar, no por la puerta principal, si no por una lateral que había divisado casi apenas llegó.

El pasillo que lo recibió estaba oscuro y el aire de la noche, frío y húmedo, se colaba en este haciendo que las hojas de una enredadera que bajaba por la pared del bar se mecieran sin vergüenza alguna.

El médico suspiró, volvió a morder su labio con fuerza y metió su mano dentro de uno de sus bolsillos solo para buscar un pequeño frasco con esencia de menta, la cual no dudó en aspirar apenas le quitó la tapa. Creyó estar solo, tranquilo…sería mejor que esperara a su acompañante ahí afuera que en medio de un bar en donde empezaba a sentirse incómodo, pero, en medio de las inhalaciones que le daba a su “droga” favorita, una pisada pesada y el click de lo que le recordó a uno de esos caracoles que toman fotos lo hizo girarse bruscamente y dejar caer el frasco con perfume de menta. Maldijo para sus adentros, pero eso no quitó que se arreglara los guantes negros de combate que siempre llevaba consigo, precisamente por si tenía que usarlos en situaciones así.

—Quien sea que esté ahí puede dar la cara, no es que no lo haya escuchado —. Retó sin miedo, a fin de cuentas… ¿Qué podía perder? Aunque su cuerpo estuviera adolorido, no estaba incapacitado, podía defenderse si era necesario.



Botiquín. Abrir solo en casos de emergencia
[Imagen: hyakocheja.png]
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