[PR][FIC-Entrenamiento] Kárate en las nubes
#1
Día 3 de Primavera, Año 18

Parte 1: ¿Kárate Gyojin en las nubes?

La primavera se vivía sin ninguna duda de forma diferente en las alturas; la brisa de aire arrastraba una humedad ligera, arrancada de la capa superior de los cúmulos de nubes, y el sol acariciaba mi rugoso caparazón con más fuerza de la que se llegaba a apreciar en el mundo de abajo para estas fechas. Los días después de aquellos juegos no fueron precisamente tranquilos, por lo que no tuve tiempo para entrenar como me hubiera gustado.

—El maestro Batch Kalao me dijo que en el Grand Line encontraría maestros que me ayudasen a perfeccionar el kárate gyojin… —Pensé con un suspiro de desilusión mientras me apoyaba en la baranda del Ford’s Transit. Mi preocupación al respecto era evidente; cuatro islas después de empezar a navegar por estas peligrosas aguas me hicieron ver de todo, de todo menos alguien que me enseñe… Fue mientras le daba vueltas al asunto que unas palabras se asentaron en mi cabeza: “—No has tardado mucho en querer aprender más. ¿Diligencia o impaciencia?—” No era la primera vez que esas palabras resonaban en mi mente. —Sí que lo soy, maestro… Bueno, ¡no tiene sentido preocuparse por esas cosas, entrenaré por mi cuenta!

Miré al cielo, carente de nubes sobre mi cabeza, mostrando un hermoso azul homogéneo, y salté a la suave arena de la costa, emprendiendo mi camino para buscar un buen lugar en el que entrenar. Tras recorrer algunos kilómetros por la mullida costa de arena y nubes esponjosas, llegué a una zona plagada de palmeras, un lugar más que propicio para entrenar un rato.

Comencé con unos estiramientos básicos: giro de caderas, tocar las puntas de mis pies con la mano izquierda, dar unas zancadas largas… Lo típico antes de cualquier entrenamiento. Una vez terminé las preparaciones, me coloqué frente a una de las enormes palmeras y cerré los ojos, tratando de concentrarme lo máximo posible. Mientras intentaba controlar mi respiración, pude notar que algo no estaba bien; había algo extraño en el ambiente… Abrí lentamente mi ojo izquierdo, pudiendo divisar, a escasos metros de mí, a un pequeño niño alado que me observaba muy detenidamente. Volví a cerrar el ojo; no era algo de importancia, los niños hacen esas cosas a veces. Adopté la postura que aprendí en Isla del Kárate y lancé mi golpe en una explosión.

—¡HYAAA!—

El impacto retumbó en los alrededores y el tronco del árbol se astilló con fuerza, no fue un mal golpe, pero era lo mismo de siempre, empezaba a estancarme. Mientras me rascaba la barbilla, intentando pensar en una forma de mejorar el golpe, una idea aterrizó pesadamente sobre mi cabeza, enterrando mi cara en la arena de la playa. No fue una idea, era una fruta increíblemente pesada y dura como el acero que se descolgó del árbol, seguramente debido a mi embate.

En un esfuerzo por recuperarme del golpe, me senté con las piernas cruzadas. —¡Auch! Eso duele. —Tras unos segundos para acomodarme, puse mi vista otra vez en el muchacho que me observaba, con la única diferencia de que ahora eran dos; salían de la nada, como si fueran setas. Ambos birkanianos, vestidos de ropas idénticas a excepción de los colores, las de uno con adornos verdes y las del otro rojizos, con sus rostros casi totalmente ocultos entre una cinta en su frente y una especie de bufanda. Con unos ojos inexpresivos, ambos me señalaron con sus dedos y dijeron al unísono:

—¡Ja! Qué tonto.—
—¡Ja! Qué tonto. —

Se miraron mutuamente, casi como si fueran espejos el uno del otro, y me devolvieron la mirada. Volviendo a coordinarse para burlarse de mí:

—¡No sabe!—
—¡No sabe!—

En una infantil reacción por mi parte, agarré la fruta que me cayó sobre la cabeza y la lancé contra los mocosos mientras decía: —¡Cabrones!—. Me di cuenta al instante del error que había cometido. ¿Cómo se me ocurría hacer algo así? ¿Acaso fue el golpe en la cabeza que me dejó atontado? Sea cual sea el motivo, era algo inexcusable… Pero la reacción de los niños me dejó sin palabras; a una velocidad difícil de creer, ambos adoptaron una pose similar a la que me enseñó el maestro Batch Kalo, y golpearon con fuerza el fruto que les había lanzado, al grito de:

—¡Samehada Shotei!—

Entre ambos pudieron detener mi lanzamiento con suma facilidad; era algo que me resultaba imposible de creer. Quise preguntarles al respecto, pero ambos saltaron desde la palmera al suelo y, sin mediar palabra, cargaron contra mí. El de ropajes verdes saltó sobre los hombros de su hermano, volviendo a coger un segundo impulso para ponerse a la altura de mi rostro. Justo después del segundo salto, el de prendas rojas saltó hacia mi estómago y ambos gritaron con fuerza y una perfecta sincronización:

—¡Senmaigawara Seiken!—

Aún seguía confuso por lo que había pasado, por lo que fui incapaz de reaccionar a sus veloces movimientos, recibiendo ambos golpes de lleno. Sus puños se incrustaron en mi coraza con decisión, logrando tirarme al suelo sin problemas. La fuerza de sus ataques era irreal para niños de su edad.

Una vez aterrizaron con elegancia en el suelo, ambos se pusieron extremadamente rectos, echando su cintura algo hacia adelante y cruzándose de brazos.

—Si te metes con nosotras…—
—¡Morderás el polvo!—

Ambos se miraron y, tras un escaso segundo, volvieron a mirarme, esta vez con un evidente aire de superioridad.

—¡Yo soy Lei!—
—¡Yo soy Qiang!—
Qiang y Lei

Me volví a sentar en la arena, esta vez con las piernas estiradas hacia delante, y me rasqué la coronilla por encima de mi gorra. —¡Wow! ¿Eso fue kárate gyojin, verdad? —les pregunté con genuina curiosidad; quizás ellos eran los maestros que llevaba tiempo buscando. Me levanté, sacudiendo la arena de mi ropa, y procedí a disculparme. —Perdón por lo de antes… Me llamo Juan Sebastián. —Tras mi presentación, ambos se acercaron a mí, cambiando su postura por una más relajada, con las manos en las espaldas, y empezaron a dar vueltas a mi alrededor, observándome con gran detenimiento.

—Sigue en pie, es bastante duro, Qiang.—
—La maestra se enfadará, nos falta entrenamiento, Lei.—

—¿Una maestra? —pensé con gran sorpresa. Si unos chiquillos tan fuertes como ellos están bajo la tutela de un maestro, este debía de ser uno formidable, sin lugar a dudas. —Disculpad la molestia, pero, ¿os importaría presentarme a vuestra maestra? Estaba buscando a alguien que pudiera enseñarme kárate gyojin. —Era una oportunidad única; una vez que bajásemos de Skypeia, quizás no volvería a tener la oportunidad de seguir aprendiendo. Ambos chicos volvieron a ponerse enfrente de mí, quietos como palos clavados en la arena y a una distancia prudencial, para no tener que doblar demasiado sus cuellos para mirarme.

—No podemos hacerle perder el tiempo a nuestra maestra…—
—Con alguien que ni siquiera conoce las bases del kárate. — 

—¡Sé las bases! Aprendí el Hykumaigawara Seiken y el Uchimizu en el South Blue. —Dije con un tono algo desesperado; no quería dejar pasar esta oportunidad. Ambos hermanos repitieron lo que, en este punto, casi parecía ser una clase de ritual, mirándose antes de devolverme la mirada.

—¡Demuéstralo!—

Dijeron ambas en perfecta sincronía, señalando con sus pequeñas manitas otra de las palmeras. —¡Muy bien! —dije, confiado de mis habilidades; ya había roto bares, algún que otro hueso… Un árbol no se interpondría en mi camino marcial. Me coloqué frente a la palmera, con las rodillas ligeramente flexionadas y los ojos cerrados. Tomé aire de forma profunda, lo exhalé lentamente y, en un veloz movimiento (dentro de mis capacidades) liberé el golpe más poderoso de mi arsenal.

—HYAKUMAIGAWARA SEIKEN —grité con confianza.

Mi golpe destrozó la palmera, haciéndola añicos y haciendo que aterrice de forma violenta sobre la arena, que levantó una espesa nube de polvo en su aterrizaje. Los dos gemelos se miraron mutuamente, devolviéndome la mirada en un suspiro.

—¡No está mal!—
—¡Suficiente, síguenos!—

Parte 2: Ginja, maestra complicada.

El camino no fue demasiado largo, pero la falta de aire y el tener que andar entre nubes mullidas dificultaba enormemente el movimiento. Mientras andaba a pasos forzados, veía con impotencia cómo los dos angelitos daban brincos sin ningún esfuerzo. —¿Cómo pueden moverse con tanto sin cansarse? —pensé, incapaz de imaginar el entrenamiento al que se habrían sometido los gemelos.

Tras unos minutos de camino, logramos llegar al dojo del kárate, una construcción hecha principalmente de nubes, adornada con elementos elegantes, que daban una sensación de lujo y modernidad que contrastaba con el estilo más recatado del resto de casas de la zona. Un río de agua cristalina lo envolvía, dejándolo en una especie de isla nubosa a la que se accedía mediante diversos puentes de madera bien cuidada.

Una vez enfrente de la puerta del dojo, ambos gemelos saltaron para tocar la puerta al mismo tiempo.

—¡Maestra!—
—¡Regresamos! ¡Con un hombre!—

Al otro lado de la entrada pude escuchar cómo alguien se acercaba a esta desde el otro lado, tropezándose con elementos del lugar sin mucho cuidado. Antes de abrir la puerta, se pudo apreciar un silencio corto, pero que se sintió como una eternidad, en lo que parecía un mal esfuerzo por disimular la prisa que tuvo para llegar al lugar. Entonces, la puerta se abrió, dejando un leve chirrido en su corta trayectoria, dejando salir de esta a una mujer gyojin, increíblemente arreglada, que me miró de arriba abajo sin pestañear. Sin dirigir la mirada a los jóvenes que me guiaron, dijo:

—¡Qiang! ¡Lei!—

Ante su llamado, los hermanos se colocaron rectos como tablones entre ambos, incapaces de levantar la mirada hacia la que parecía ser su maestra. Antes de decir nada, golpeó a ambos con un golpe de mano de cuchillo, haciendo que se tuviesen que arrodillar mientras se agarraban la cabeza por el dolor. —¡Os dije hombres guapos! ¡¿Qué es este monstruo que habéis traído?! —dijo sin considerar por un segundo mis sentimientos. —Necesitáis más entrenamiento, no sois capaces de vislumbrar la verdadera belleza… —Continuó, mientras levantaba sus rostros desde sus barbillas con gentileza.

—¡Sí, maestra! —respondieron al unísono antes de salir corriendo hacia el interior del dojo.

Una vez ambos gemelos se perdieron en su espalda, la gyojin dio un sutil paso al frente y se dignó a levantar su mirada para verme el rostro, dejando ver una evidente expresión de desagrado. —En cuanto a ti, feo, ¿qué es lo que quieres? No tengo tiempo para lidiar con los de tu tipo —agregó, usando un tono tan mordaz como afilado.

—¿De mi tipo? —cuestioné, visiblemente confuso.

—Feo. —Dijo sin compasión.

—¿Feo? —Intenté responder.

—Asquerosamente feo. —Culminó, marcando el punto y final a este profundo intercambio de palabras. Al parecer, los requisitos para estudiar bajo su tutela eran distintos a los que tenía el maestro Batch Kalao, que apreciaba la disciplina como ningún otro; tenía que ingeniarme algún plan para lograr su aceptación, y tenía que hacerlo rápido.

—¡Bingo! —pensé, justo antes de empezar a rebuscar en mi bolsillo, del que saqué una foto de archivo del guapo, hermoso, magnífico Akira. Podía recordar cómo, en tiempos pasados, su rostro fue capaz incluso de conquistar el corazón de una traidora de la Marina; si tenía que hacer una apuesta por alguien hermoso, debía ser él… Antes de que me cerrase la puerta en la cara, estampé la foto justo en frente de su cuidado y pulido rostro. Su rostro se tornó serio, pero con interés; sin dudas, los encantos de Akira habían logrado superar sus defensas… No cabía la menor duda de que se me había olvidado que ahora Akira era una mujer... No lograba acostumbrarme a esa nueva realidad. 

—¿Quién es él? —preguntó con sumo interés.

—Akira, mi compañero de división y buen amigo. Tiene salario estable, es un pibón y es gracioso, un partidazo. —Expuse con diligencia; si esto no servía, nada lo haría. Pude apreciar cómo su pálido rostro se ponía rojo en sus mejillas; había caído en los encantos de esos ojitos azules como el mar, nunca fallaba… Tras arrancarme la foto de mi mano en un fugaz movimiento, se limitó a observarla mientras se rascaba la barbilla; sus ojos se levantaron un momento para mirar con seriedad a mi rostro.

—¿Está soltero? —preguntó con extrema seriedad.

—Lo está, de momento… —Respondí con frialdad, metiendo una pullita para que viese la urgencia de la situación.

—Hmmm… Muy bien, te entrenaré si me consigues una cita con él. —Me ofreció, guardándose la foto de Akira en su bolsillo.

—¡Lo intentaré! —respondí, con una amplia sonrisa en mi rostro; lo había conseguido.

Parte 3: Comienza el… ¿Entrenamiento?

Una vez entré en el dojo, pude ver algunas salas llenas de material de entrenamiento, se notaba que era un lugar donde uno podía acceder para cultivar su cuerpo, para buscar una mejor versión de sí mismo. —Por aquí —dijo con sequedad mi nueva maestra mientras abría una puerta corredera que daba a un patio exterior lleno de nubes.

Se tumbó de costado en una mullida cama de nubes mientras sacaba un espejo para arreglarse las pestañas; no parecía tener la más mínima intención de darme algo de atención, pero, tras una pausa demasiado larga, se dignó a dirigirse a mí. —Hmmm… Entonces… ¿Querías aprender Kárate Gyojin? —me preguntó sin demasiado interés. —¡Así es! Aprendí Hyakumaigawara Seiken y Uchimizu en el South Blue, quiero seguir avanzando —respondí con determinación sin apartar la mirada de ella.

Al escuchar mi respuesta, bajó el espejo en el que se autocontemplaba, aunque apenas lo suficiente como para poder ver sus ojos. Sus ojos me examinaron rápidamente, pero con seriedad, como alguien que intenta escoger la mejor fruta mientras hace la compra del día. Tras el escaneo, me juzgó sin vacilar: —Lo primero que necesitas es mejorar tu forma física. —Sus palabras me sorprendieron; después de todo, me consideraba en una forma física excelente, podía mover grandes rocas sin problemas, romper árboles con mi pinza. —Disculpa, pero… ¿Cómo puedes saber eso? —le pregunté con un deje de indignación, después de todo, ni siquiera me había probado o algo así. Ginja dejó su espejo a un lado y cambió su postura, sentándose en el borde de nubes en el que previamente se recostaba. —Aún tienes la respiración agitada, y eso que apenas anduviste un poco… ¡Gordo! —Sus palabras atravesaban mi coraza con más facilidad que cualquier arma, pero tenía que reconocerlo, era verdad.

Se levantó rápidamente del colchón; su rostro había cambiado radicalmente de expresión, como si hubiese tenido una gran idea. —¡Qiang! ¡Lei! Acompañadnos, nos vamos de compras con el gordo.

—Me llamo Juan… —dije cabizbajo.

—¡Con Juan el gordo! —aclaró, mientras volvía al dojo para arreglarse antes de salir. En ese momento finalmente lo comprendí, mi estancia en este dojo sobre las nubes sería dura. Pero, gracias al entrenamiento al que me sometió el maestro Batch Kalao, estaba seguro de que esto daría sus frutos, después de todo, sus entrenamientos también eran bastante peculiares.

Una vez se alistaron para salir, pusimos rumbo a la zona comercial de la isla. Andar en el cielo era agotador, a los pocos minutos de salir del dojo ya sentía cómo mi respiración se agitaba y, por si fuera poco, las traviesas Qiang y Lei decidieron que mis hombros serían unos asientos estupendos para el camino. —¿Ya estás cansado? —preguntó Qiang mientras hacía un falso esfuerzo por taparse la boca para contener su risa burlona. —Gordo, gordo —se mofó Lei desde el hombro contrario. Podían considerarse afortunadas, si hubiese algún agujero en las nubes por las que pasábamos, las tiraría sin dudar hacia el mar azul. —¡Estoy lechuga! —dije intentando forzar una sonrisa en mi rostro. Esas enanas sabían de verdad cómo sacarme de quicio.

La maestra avanzaba pocos pasos por delante, con un ritmo limpio y constante, para ella era claro que era un paseo cualquiera, rutinario. —Y dime, gordito, ¿qué te llevó a querer aprender kárate gyojin? —me preguntó desde el frente sin pararse a mirarme. Era una pregunta que ya me hizo mi primer maestro, esta vez respondí con más determinación. —Quiero ser un héroe, alguien a quien los niños puedan admirar.— Ginja me miró con una sonrisa mientras seguía caminando y, tras mirar de nuevo al frente, dijo: —Si no fueses tan feo…

Por fin, y tras una caminata que se hizo eterna, llegamos al mercadillo. El modus operandi me dejó sin palabras, la maestra les dio a Qiang y a Lei una nota que indicaba todo lo que debían comprar, yo debía encargarme de seguirlas para cargar con lo que fuesen comprando. ¿Y Ginja? Según ella, debía ir a atender unos negocios importantes, no era de extrañar, una maestra del kárate gyojin en un lugar como este debía estar muy solicitada para asuntos importantes.

Las mocosas y yo comenzamos con las compras, Qiang abrió la nota para ver lo que debíamos comprar, pero nunca pudimos prever la kilométrica hoja de papel que caía hasta el suelo mientras se iba desdoblando lentamente. Los tres pusimos una cara idéntica, la mandíbula bien abierta y los ojos en blanco, rebosantes de ilusión viendo la tarea que teníamos por delante.

El mercadillo estaba hasta arriba de skypeans, los ciudadanos iban de un lugar a otro mientras realizaban sus compras rutinarias. Yo me limité a quedarme en la calle principal mientras esperaba a que las alumnas terminasen de comprar en cada puesto. Eran tremendamente eficientes en lo que hacían, se deslizaban entre tiendas con una agilidad pasmosa, usándome a mí como parada intermedia entre tienda y tienda. Pasaron los minutos, luego las horas y, finalmente, compramos todo lo que había en la lista, creando una torre de 7 metros de cajas que se tambaleaba mientras trataba de dar cada paso. —Deberíamos ir a buscar a la maestra —dije intentando no perder el foco en mantener el balance de mi cuerpo.

Las gemelas estuvieron de acuerdo, así que empezamos la búsqueda sin demora. Haciendo gala de un gran intelecto, Qiang tuvo la idea de subirse a lo alto de la pila de cajas que transportaba, pudiendo hacer de vigía mientras dábamos vueltas por el lugar. Gracias a eso no tardamos demasiado en encontrar a Ginja. —¡Maestra a las once! —gritó la pequeña desde las alturas, señalando con su dedo la posición en la que estaba la gyojin. Al parecer, sus asuntos importantes estaban más relacionados con tomar un café con un hombre de buen ver. Fuimos los tres corriendo hacia ella, felices de poder regresar al dojo después de terminar de comprar. —¡Hemos terminado! —dijimos al unísono con rostros exhaustos y sudando más de lo que era agradable a la vista (y al olfato).

El hombre con el que Ginja estaba dialogando puso una extraña cara de sorpresa. —¡¿Tienes niños?! —fueron sus últimas palabras antes de levantarse de la silla y salir corriendo. El silencio que invadió la escena fue sepulcral, nuestra maestra volvió lentamente su cabeza hacia nosotros y lo que pasó después fue una pesadilla difícil de describir, por fortuna, todos logramos salir con vida. El regreso al dojo fue silencioso, no porque no tuviéramos cosas de las que hablar, sino porque la inflamación en nuestros rostros hacía doloroso el mero acto de abrir la boca.

Parte 4: Esto me resulta familiar

Tras llegar al dojo, Ginja nos mandó a ducharnos por el bien de la convivencia. A pesar de no ser un dojo muy grande, estaba realmente bien equipado, incluso tenía una pequeña habitación con un cuarto de baño propio. Una vez terminé el baño, salí a la sala principal donde mi maestra esperaba. Ella se encontraba sentada en una elevación de altura del propio suelo en la parte central de la habitación, con una pierna cruzada sobre la otra y las manos apoyadas en la rodilla. —Muy bien, Juan, él arruina citas…Tienes buena base de fuerza y un buen equilibrio, ahora podemos empezar con el entrenamiento de verdad. Deberás aprender el Senmaigawara Seiken, Qiang y Lei me han contado que conoces el Hyakumaigawara Seiken, por lo que no deberías tener problema en comprender cómo funciona. En esencia es lo mismo, pero notoriamente más fuerte.

—Lo mismo, pero más fuerte —pensé. No terminaba de entenderlo, pero si eso me haría más fuerte, entonces daría todo de mí para lograrlo. —¿Qué debo hacer ahora? —pregunté con determinación. —Empujar —respondió ella mientras se levantaba de su lugar y se dirigía a la puerta que salía del exterior, yo me limité a seguirla al patio. El suelo del lugar estaba formado por completo de nubes mullidas; cualquiera podría quedarse a dormir en el mismo suelo mejor que en cualquier cama que hubiese usado jamás. —Tienes que empujar esta roca —dijo mientras se paraba enfrente de una roca con forma de cubo perfectamente cincelada. —No quiero que la arrastres, tienes que hacerla rodar con golpes, pero sin romperla, de esta manera. —Ginja adoptó una postura marcial y, con un golpe que desprendía sutileza acompañada de potencia, volcó sin problemas la roca.

Ella se marchó tras su espectacular demostración de habilidad, dejándome la tarea de hacer rodar la roca cuatro veces con cuatro golpes. La tarea no parecía ser demasiado difícil, pero estaba increíblemente cansado después del rato de compras. —Muy bien —me dije a mí mismo antes de adoptar una posición marcial, cerrando los ojos y cogiendo aire lentamente. Tras un segundo de concentración, abrí los ojos y lancé un feroz golpe a la roca, que hizo el amago de rodar, pero volvió a aterrizar sobre la misma cara sobre la que descansaba, botando tímidamente en la nube en la que se encontraba.

Solté mi aire rápidamente y comencé a jadear con esfuerzo, realmente estaba hecho polvo, pero eso daba igual, el mal no descansaba, así que tampoco lo haría el cangrejo conocido como Juan Sebastián. No detuve el entrenamiento hasta la caída de la noche; Qiang y Lei tuvieron el buen gesto de traerme la merienda mientras entrenaba. Al final, incluso esas pequeñas sanguijuelas eran buenas en el fondo, aunque cogieron la costumbre de llamarme “gordo” en lugar de Juan…

Me acosté en el mismo lugar donde estaba entrenando y amanecí a la mañana siguiente. Lo primero que vi al abrir los ojos fueron los rostros de Qiang, Lei y Ginja, que me miraban desde arriba.

—¡Está vivo! —dijeron las gemelas a coro.

—A la ducha —añadió la maestra. —Hay que hacer el desayuno y hueles peste —culminó, justo antes de tirarme un cubo de agua en la cabeza. Tras un agradable desayuno donde hablé a las tres de mis aventuras en el mar azul, volví a ponerme manos a la obra, esta vez con la energía recargada. Antes de terminar el día anterior, conseguí tumbar alguna vez la gran roca, el problema residía principalmente en hacerlo cuatro veces seguidas sin fallar. “Si lo haces solo una vez, podría ser suerte”, fueron las palabras de Ginja durante el desayuno. Tenía razón, un pequeño éxito no servía de nada si no era constante en los resultados, a la hora de la verdad, tenía que ser capaz de lograrlo sí o sí.

A pesar de estar fresco y bien alimentado, tardé varias horas en lograr completar la hazaña, pero al menos fui capaz de lograrlo. No me resultó más duro que cuando Batch Kalao me mandó a arrastrar piedras con Kuririn, pero no era porque fuese más sencillo, realmente era más fuerte que en aquel entonces.

Parte 5: ¡No hay mejor entrenamiento que el combate!

Tras un breve descanso, Ginja me explicó la siguiente parte del entrenamiento. —Tus habilidades son claramente mejores que tu cara, ahora necesitas ser capaz de reproducir los golpes de forma natural en combate. Qiang y Lei ye ayudarán. —Al terminar de hablar, ambas hermanas salieron de su espalda, realizando una postura de combate al momento.

—¡Mejor que estés listo!—
—¡Te va a doler, gordito!—

No retrasamos más la pelea, realmente no sabía cuánto tiempo tenía en este lugar y tenía que aprender todo lo posible. Fui yo quien avanzó primero, buscando impactar un golpe poderoso con mi puño izquierdo, usando los principios que ya conocía del kárate gyojin. Lei saltó, logrando esquivar el golpe sin problemas, haciendo que mi golpe se deslizase en el aire y provocando que perdiese ligeramente el equilibrio. Qiang no perdió la oportunidad, se acercó a mi rodilla y me atacó con fuerza.

—¡Senmaigawara Seiken!—

El golpe me tiró definitivamente al suelo, hincando el mentón en el blando suelo sobre el que peleábamos. —¡Está descansando! —dijo Lei. —Aún le falta forma —respondió Qiang, ambas mirándome con los brazos cruzados. Aprovechando su exceso de confianza, agarré a Lei por sus pies con mi pinza y la tumbé en el suelo con un tirón. —¡Te tengo! —exclamé mientras preparaba mi puño para golpearla, cosa que habría sucedido, de no ser porque Qiang desvió la trayectoria de mi ataque al grito de:

—¡Samehada Shotei!—

A causa de su ataque, mi puño se hundió en el suelo, dándole suficiente tiempo a Lei para zafarse de mi agarre y tomar distancia con un ligero salto. —Malditas sabandijas —musité mientras me levantaba. ¿Cómo podría conectar mi golpe contra unos bichos tan escurridizos como estos? Ginja estaba mirando todo el espectáculo con interés, no solo era una demostración de lo que yo era capaz, para ella era la afirmación de que había entrenado a esas dos jóvenes de la forma adecuada. —Qué buena maestra soy —dijo con una sonrisa satisfecha.

Las chicas se aprovechaban de mis errores para desestabilizarme, así que me resignaría a perder la iniciativa, incitando a las dos a atacarme primero, provocándolas con un ligero movimiento de mi dedo índice.

—¡Nos subestima! —dijeron las dos al unísono justo antes de cargar a toda velocidad contra mí. Su carga estaba desprovista de la coordinación y espíritu marcial que tenían sus anteriores movimientos, por lo que pude aprovechar para predecir su trayectoria y acertar un feroz puñetazo en Lei, provocando que saliese varios metros despedida. Qiang, al ver el golpe que recibió su hermana, optó por atacarme sola, pero se vio interrumpida por su maestra. —Suficiente, no es necesario que os calentéis, no es propio de una dama. —Sentenció Ginja mientras agarraba a la pequeña de la chepa, como si de un cachorro se tratara.

Yo me acerqué a Lei, que se reincorporaba del golpe que le había propinado, apoyando su mano en el mullido suelo. —¿Estás bien? —le pregunté mientras le acariciaba con cuidado la cabeza. —No te preocupes, la maestra nos pegó más duro ayer, jijiji —respondió con un aire de altanería. Con el combate terminado, solo me quedaba preguntar una cosa: —¿Lo he conseguido? —La maestra se rascó el mentón, dubitativa. —No ha sido un mal golpe… Pero solo hay una forma de estar seguros, sígueme.

Parte 6: ¿Cómo que mil tejas?
 

Ginja me llevó al patio trasero del dojo, a diferencia del patio donde había estado entrenando y donde había luchado contra las gemelas, este lugar tenía suelo formado por nubes mucho más compactas, permitiendo andar con mucha más normalidad. En el centro del patio se erguía una imponente torre de tejas, con una plataforma justo al lado. —Tendrás que romper las mil —dijo con calma la gyojin.

—¿Mil? —pregunté.

—Mil —confirmó ella, esta vez con Qiang y Lei a cada lado asintiendo con sus pequeñas cabezas. —¿Vosotras dos habéis logrado romper mil tejas? —pregunté incrédulo. Ellas respondieron al mismo tiempo que descruzaban sus brazos para imitar una pose de culturismo, tratando de marcar sus bíceps todo lo posible. —¡Fácilmente! —De verdad eran unas muchachas sorprendentes. —¡Muy bien! La teoría ya la sabes, tienes que golpear las tejas y romperlas todas de un solo impacto, recuerda no usar tu fuerza bruta, debes transmitir el golpe, que fluya como el agua. —Ginja era más directa con sus enseñanzas que Batch Kalao, quizás era que quería quitarse de encima la carga de entrenarme lo antes posible, o quizás no podía esperar para que le presentase al siempre guapo Akira.

Decidido a lograr el objetivo, subí a la plataforma para preparar el golpe. Me resultaba imposible no pensar en lo difícil que me resultó romper aquellas cien tejas en el dojo de Isla del Kárate, dejando el suelo manchado de sangre por la cantidad de veces que tuve que repetir los golpes. Pero más duro era pensar en lo que podría pasar si no fuese lo suficientemente fuerte en el futuro, había visto lo fuertes que eran los piratas en aquellos juegos del emperador, sabía la amenaza que caería sobre los ciudadanos una vez esos criminales aterrizaran en el mar azul. Esto era para ser más fuerte.

Cerré los ojos y tomé aire con calma, recordando con calma las cosas que me habían enseñado en este poco tiempo. —Balance… —Pensé mientras abría más mis piernas, bajando mi centro de gravedad. Mi mente saltó al entrenamiento de empujar la gigantesca roca. —Impulso… —Pensé a medida que cargaba mi brazo izquierdo hacia atrás, cargando el golpe con la tensión de todo mi cuerpo. —¡Actuar! —culminé abriendo los ojos, recordando que se debe golpear en el momento exacto.

—¡Senmaigawara Seiken!—

Realicé el grito de la técnica al tiempo que mi puño atravesaba las primeras tejas, pulverizándolas en el proceso. El resto de las tejas se quebraron casi al unísono, dejando en el proceso un satisfactorio *Crack* que se pudo escuchar en todo el dojo. Al ver que mi golpe había sido un éxito, imité la postura de victoria de las pequeñas, asegurándome de marcar bien mis bíceps para presumir.

—Muy bien, has dominado la técnica con una facilidad que asusta… Pero sigues siendo feo —dijo Ginja con una sonrisa. —Ahora, si me disculpáis, tengo una cita, seguiremos mañana con el entrenamiento. —Con esto había logrado conquistar una técnica más; la sensación de logro solo fue contenida por el deseo de querer aprender más y más. No podía evitar preguntarme en estos momentos: ¿qué sería de Kuririn, seguiría entrenando en el South Blue? En momentos como este realmente me gustaría poder hablar con él y enseñarle lo mucho que había crecido.

Una vez Ginja se fue del dojo, me encargué yo mismo de prepararle el almuerzo a las gemelas, me encargaría de cocinar una buena comida rica en vitaminas, después de todo, el buen entrenamiento empieza desde el estómago. —¡Lechuga va a comer tu madre! —dijeron las dos al tiempo que me daban una colleja en la nuca cuando les comenté el plan de comer lechugas con espinacas para almorzar.

Resumen


Entrenamiento
[Imagen: Gemini-Generated-Image-j5xm8yj5xm8yj5xm.jpg]
#2
✓
Entrenamiento: Completado
COSTE:

— Senmaigawara seiken

STAFF DE NAKAMA NO MI
Ya puedes entrenar:

Senmaigawara seiken («Verdadero golpe de las mil tejas»)

Gyojin Karate
4
Información

El usuario golpea al oponente con el puño, con una fuerza tan grande como para romper mil tejas de un golpe. Es en efecto una versión diez veces más fuerte del Hyakumaigawara seiken.


Código: karate003


Salto de foro:


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