[Aventura T2 - Presente Absoluto] - "Piel Azul" Glatus
#21
Alzeid estaba completamente enfadado. Ido. El hecho de que aquella pirata lo hubiera ignorado por completo a pesar de que entre él e Ikirami sólo había una persona que estaba ejerciendo un daño real (él, a su modo de ver), había hecho que algo en su interior hiciese 'click'. Su personalidad más caótica, más temperamental y, cómo no, mucho más macabra. Alzeid realizaría un tajo con forma de equis ('x') en la espalda de la enemiga mientras sonreía, con los ojos completamente centrados en el cuerpo de su objetivo, y sin atender a ningún ruido que proviniese de sus alrededores. Su única meta en ese momento momento era castigar a la pirata, pero sin acabar con su vida. O eso pretendía. - Ahaha... ha... - Reía entre susurros, como jadeando, como si estuviese cansado aunque realmente estaba excitado. La herida que había provocado en su enemiga era tan profunda que ríos de sangre comenzaron a descender de su espalda, bañado la suela de los zapatos de Alzeid por completo. La cabeza de la pirata comenzó a girarse lentamente, observando la figura del joven andrógino sosteniendo un arma en cada mano, aunque sus ojos parecían buscar algo más. ¿Qué era lo que estaba mirando? Repentinamente, sin que ninguno de los presentes esperase lo que estaba a punto de suceder, de la boca de la pirata comenzaron a brotar litros de sangre, un hecho que indicaba que ella misma había sido la que había puesto un punto y final a ese combate. - ¡No! - Alzeid no lo aceptaba. - ¡No, no, no! - Volvió a repetir. Quizá las personas que los escuchasen estuvieran pensando que estaba enfadado por no haber acabado con la vida de aquella pirata. Pero no era cierto. La tristeza, que no ira o enfado, venían de un sentimiento mucho más alejado de estas creencias: de la pena. Que ella hubiese finalizado de aquella manera significaba que, según las creencias de Alzeid sobre el alma, nunca podría descansar y que el alma estaría encerrada en su cuerpo para siempre. - Acabas de cerrar la única puerta que tu alma tenía para descansar. No has dejado que la abriese, a pesar de que lo estaba pidiendo a gritos. - Su brazo izquierdo comenzó a volver a la normalidad, escondiendo el filo que minutos antes habrían provocado la herida en la espalda de la pirata. - Ahora vagarás por toda la eternidad en este mundo. En esta pocilga. En una mina. Hereje. - Sentenció, mientras realizó un tajo al aire con su katana para poder limpiarla y, posteriormente, guardarla.  
 
Sacudió sus ropas, manchadas un poco por el transcurso del combate, y comenzó a caminar dirección a la mina. Ignoró a cualquiera de las personas que se encontraban allí. El enfado todavía ocupaba gran parte de su cuerpo y el hecho de que la pirata hubiese destrozado por completo su alma no había hecho más que enfurecer más al joven andrógino. ¿Cómo alguien podía haber hecho algo así? ¿Cómo alguien podía haber cometido un hecho tan atroz? - Glatus... - Susurró para sí mismo. - Glatus pagará por intentar comprar el alma de las personas. - Era una clara referencia a las últimas palabras que la pirata había pronunciado. Aunque en ese momento estuviese completamente 'ido', Alzeid había escuchado sus últimas palabras y de ello había percibido que Glatus era el culpable de lo que sucedía. Por supuesto, pagaría por ello. En su camino no tomó en consideración al resto de personas, sino que continuó caminando sin mirar a nadie. Obvió por completo que el cadáver de la pirata había caído sobre Ikirami. No le importó. Cuando sus pasos cruzaron su camino con la gigante, lo único que dijo fue... - Quizá es mejor que alguien de tu tamaño y la devora cadáveres os quedéis fuera. - Hablaba de Ikirami. No dijo nada más y continuó caminando. Podría tener sentido pensar que sería contraproducente que una gigante entrase en una mina en una misión de infiltrarse, ¿no?
 
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Karmas
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#22
La intención de Daryl al atravesar el cuerpo del pirata con la espada sería darle un final rápido a su vida. No obstante, la gigante colocó su enorme pie sobre él lo que lo acabó aplastando contra el suelo. Como si de una ola de mar se tratara, la sangre bañó a los dos agentes por completo. — Qué asco... — Susurró Daryl, que procedió a limpiar un poco su cara, sobre todo deshaciéndose de los trozos más... grandes, intestinos y demás cosas que no habían sido aplastados del todo. Para una vez que se ponía una camiseta que no era negra sino blanca, y ahora se volvía completamente roja. En fin.

Irina pasó de contestar a la gigante machaca hombres, él lo hizo, aunque de forma simple y corta. — Creo que todos estamos en la misma misión. — La verdad es que aquello ya había dejado de ser curiosas casualidades. Continuaron caminando, Daryl todavía no guardó la espada, pues aún quedaba trabajo por hacer. Además, aquella muerte no había resultado ser del todo satisfactoria de momento. Deseaba, ansiaba un combate que fuera un uno contra uno, sentía en su interior las ganas que tenía de cortarle la cabeza a Glatus de un tajo limpio. Por el camino se fijó en el resto de sus compañeros, a pesar de que ellos parecían ignorarse mutuamente. Alzeid se encontraba visiblemente cabreado, a saber por qué, la verdad es que no podía importarle menos. Ikirami mostraba una gran herida en el brazo, aunque no parecía dolerle demasiado. Había conseguido cargarse a la otra pirata, quizás no fuera tan inocente como aparentaba.

Paró a la entrada de la cueva, delante de Irina. Seguía transformada en el poder de su curiosa akuma. No era la primera vez que veía ese aspecto, ni la segunda, ni la tercera, pero siempre le parecía interesante. Era como un animal que no pertenecía a este mundo, misterioso y extraño, casi alienígena. Llegó el momento de plantear la estrategia. Irina mostró su disgusto por el plan kamikaze, ella nunca acostumbraba a hacer las cosas de frente. Alzeid, por su lado, propuso dejar a la gigante y a Ikirami fuera de la cueva, la gigante por motivos obvios, y la marine por servir de apoyo, o simplemente porque quería quitársela de la vista. Irina parecía estar esperando a escuchar su opinión, qué extraño. — Por el informe que tenemos, solo quedan dos piratas y Glatus. — Era un tres contra cinco, realmente las matemáticas jugaban a favor del grupo. Aunque no conocían la fuerza de esos piratas. — Quizás sea una idea nefasta... pero es la más divertida, también. — Respondió a su compañera, mientras miraba hacia el interior de la cueva. Jude cabía, al menos en el inicio de esta, quizás cuanto más se adentraran más estrecha se tornaba. — Jude se queda aquí, de momento cabe en la cueva, pero no sabemos si se volverá más pequeña, y nos ahorramos un posible derrumbamiento. Y si alguno intenta escapar, lo aplastas. — Descansó su espada, apoyándola en el suelo. — Nosotros tres entramos. Solo quedan tres, será sencillo. — Dijo mirando hacia Irina y Alzeid. Se giró para ver a Ikirami. — Y tú... puedes hacer lo que quieras. Aunque estás herida, te recomiendo quedarte aquí. — Dio un par de pasos hacia delante, luego se dio la media vuelta para observar a todo el grupo al completo. — Quiero dejar claro que quienes lideramos esta misión somos mi compañera Irina Volkov y yo, Daryl Kilgore, al ser los primeros encargados y los únicos que obtuvieron el informe correspondiente. Tenedlo claro antes de desobedecer a ninguno de los dos. — No le gustaba ser tan autoritario, pero aquel grupo era demasiado grande y caótico, hacía falta un poco de orden. — Una vez dentro, podemos probar a ir en silencio, aunque es probable que ya nos estén esperando. ¿Estás de acuerdo con el plan o no, Irina? — Preguntó por asegurarse, antes de adentrarse en las minas.



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#23
Ikirami se encontraba inmersa en un feroz combate, lanzando una serie de cabezazos implacables contra su adversaria, Sadine. La tensión en el aire era palpable, cada golpe resonando con un eco de determinación y fuerza bruta. En un determinado momento, Ikirami percibió un cambio en la postura de Sadine, un retorcerse sutil pero significativo, probablemente debido a una herida en su espalda infligida por Alzeid. Sin embargo, Ikirami no se detuvo; continuó su asalto con una ferocidad incansable.

Después de unos instantes cargados de violencia, Sadine giró levemente la cabeza, revelando un destello de miedo en sus ojos. Era un temor que trascendía la mera angustia por su inminente muerte, un terror profundo y desconcertante. En un abrir y cerrar de ojos, el pañuelo que cubría su boca se tiñó completamente de rojo, empapado por la sangre que brotaba sin control. Sadine cayó muerta al instante, su cuerpo quedando apoyado en Ikirami, que todavía la sujetaba firmemente de las muñecas. Se había suicidado.

Aún con la respiración agitada por el frenético enfrentamiento, Ikirami finalmente centró su mirada, tomando consciencia plena de lo que sucedía a su alrededor. Sus compañeros, junto con una gigante de imponente presencia, habían acabado con Marvin, un enemigo de aspecto grotesco y desagradable, a unos metros de distancia. 

Pero había algo extraño en la escena. Había estado tan absorta en su pelea que ni se había fijado en que Irina había adoptado un aspecto monstruoso. Era un ser... grotesco, la única palabra que se le pasaba por la mente al ver aquella transformación. Medía algo más de dos metros en esa forma, y su cabeza era como la de alguna especie de anfibio... "Axolote" pensó, recordando haber leído sobre ellos en uno de los muchos libros de la biblioteca de la universidad en la que había pasado varios años. Era una usuaria de Akuma no mi. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, recordando por un breve momento de lo que eran capaces semejantes monstruos. Intentó recomponerse de la escena y apartó la mirada. El calor del combate había sido reemplazado por un frío mortuorio. "Está de tu lado, no pasa nada" se dijo a sí misma y logró mantener la compostura.


Sadine yacía inerte, presumiblemente muerta. Alzeid, con su habitual aire enigmático, murmuraba sobre almas y herejía, sumido en sus propios pensamientos inescrutables. A pesar de todo, habían triunfado sobre los piratas que les habían emboscado.

Con una mueca de disgusto, Ikirami soltó el cuerpo de Sadine, que cayó al suelo con la inercia de un muñeco sin vida. Con un gesto preciso, comprobó la muerte de Sadine tocando su cuello, luego tomó la katana caída a un lado y la clavó en el cuello de Sadine como medida de precaución, murmurando "Por si acaso".

Avanzando hacia sus compañeros, que debatían sobre su próximo movimiento, Ikirami examinó su brazo herido. "Duele, pero es soportable" Sintiendo el dolor punzante, se rasgó la manga de la camisa y creó un vendaje improvisado. Se encargaría de la herida más adelante. Su pelo pelirrojo, ahora enmarañado y salpicado de sangre, era agitado por la brisa, ocultando parcialmente las manchas carmesí.

Alzeid, en un tono suave pero firme, instruyó a la gigante y a la devora cadáveres, para que se quedaran atrás. "¿Se referirá a Irina?" pensó, dando por sentado que era la única a la que podía referirse, ya que había visto como aderezaba con sangre su comida. Irina, imperturbable, se mantuvo atenta en la entrada de la mina. Volvió a apartar la mirada, ya que el solo verla le generaba sensaciones incómodas.

Ikirami centró su atención entonces en Daryl, quien ahora parecía liderar el grupo. Estaba cubierto por sangre y restos de su contrincante. Tanta sangre había caído sobre él que su camiseta de tirantes blanca era ahora puramente roja, y al estar mojada aún resaltaba más los músculos hercúleos que había bajo ella. Se deleitó con tan hermosa visión unos instantes, hasta que este se dirigió a ella, sugiriéndole que debería quedarse atrás, ya que estaba herida.


-Gracias por preocuparte, Daryl -respondió Ikirami, acariciando su brazo lastimado y luego apretando el puño en señal de determinación-. Pero estoy bien, seguiré con vosotros hasta el final. Quiero ser testigo de primera mano de cómo caen esos miserables. Sshsshssh -añadió con una risa que sonaba como un suave siseo, sonriéndole con una mirada resuelta.

También estaba la gigante, había dicho algo cuando terminaban el combate, pero había estado demasiado centrada para escuchar lo que decía. Se giró hacia ella.

-Lo siento, también creo que es mejor que esperes aquí. Es prudente que alguien vigile nuestras espaldas -le dijo Ikirami, mirándola con respeto.

Ikirami iba a dirigirse a Alzeid, pero lo encontró absorto en sus pensamientos, casi en otro mundo, y decidió que tal vez no era el momento de interrumpirlo.

Así, se quedaron en la entrada de la mina, preparándose para adentrarse en lo que podría ser la "boca del lobo".
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#24
La gigante se dio cuenta tarde de lo que acababa de acontecer. No podrían interrogar al pirata. Jude no lo advirtió hasta que dirigió la mirada a sus actuales compañeros de batalla. Estaban cubiertos por las vísceras del de pelo a casco. Le costaba medir su fuerza, el pirata estaba demasiado tocado como para pisarlo de esa manera. Bueno, a ella no le importaba mucho la información, su estrategia solía ser la improvisación. Cosa que cambiará en el futuro, a la fuerza. 

- Bueno, un inútil menos. - Se fijó entonces en el desenlace del otro frente. La pirata había caído también y el espadachín vestido de mujer se dirigía a pasar por el lado derecho de la gigante sugiriendo, que por su altura, se quedara a la entrada de la mina. Jude se quedó bloqueada pues no sabía si tratarlo como hombre o mujer, no exactamente que sentía hacia aquel ser, así que obvió la orden y se quedó analizándolo en silencio. La de los ojos brillantes comenzó a caminar también hacia la cueva aún transformada en aquella cosa, le resultaba bella hasta en esa forma. El espadachín grandullón le contestó diciendo que compartían misión, antes de seguir también hacia la mina. Se giró entonces hacia su destino y la pelirroja pasó por su derecha con la misma intención que los demás. "A la mina entonces". La gigante siguió al resto todavía dándole vueltas a lo del tipo andrógino. Si ella tenía ganas de machacar a esos piratas los cuatro que andaban frente a ella las superaban. 

Tras un breve paseo bajo la luz de la luna y las estrellas, los cinco llegaron a la entrada de la mina. El fortachón se puso al mando, por lo visto solo quedaban tres piratas contando al capitán Glatus. "Joder. ¿Tan pocos?". Se refirió entonces a Jude para ordenarle también que se quedara fuera. - A ver imbécil. ¿Cómo te atreves a darme órdenes? ¿Cómo que me quede fuera? Yo también quiero machacar al capitán pirata. - No soportaba que un hombre le dijera que tenía que hacer, aunque lo que acababa de decir tenía toda la lógica del mundo. Siguió con su discurso ignorando a la novata. Sugirió que la pelirroja se quedara atrás también, por la herida que tenía. Entrarían los otros tres. Recalcó que la misión la lideraban él y la de los ojos brillantes. Daryl Kilgore e Irina Volkov respectivamente. Esos nombres le sonaron de algo a la gigante, era raro en ella pero lo había escuchado antes. Sería una incursión sigilosa, Jude no pintaba nada dentro entonces, se resignó internamente. Finalizó la explicación del plan preguntándole a Irina si estaba conforme con el. Parecía que ella llevaba la batuta en ese equipo. 

La pelirroja le dijo también que lo mejor era que se quedara fura en la retaguardia, pero con más condescendencia. Ya había asumido que se quedaría afuera, pero no le sentó mal que se lo dijera. - Ya, ya. Gigante fuera. Recibido. - No le gustaba la idea pero era la mejor opción. 

Entonces cayó, se sacó una hoja del bolsillo derecho del pantalón y lo revisó. En el documento se especificaba que en la misión había dos agentes de avanzadilla, justo los nombres que había dicho el espadachín. - ¡Joder! Puta memoria, si tenía que encontrarme con vosotros aquí. ¿Los otros dos quienes son, por cierto? Solo me sale indicado que íbamos a ser tres. - Repasó la hoja y se la volvió a guardar en el bolsillo. - Dejad escapar a alguno para que no me aburra mucho. Estaré atenta. - Se sentó frente a la entrada con las piernas cruzadas mirando hacia la oscuridad que emanaba del interior. 

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Karmas
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#25
Cualquiera diría que hacía una noche perfecta. Una brisa relajante y agradable regulaba a la perfección el clima de la zona, los destellos de las estrellas y la luna danzando en el nocturno cielo, lejos de la contaminación lumínica de la ciudad, dotaba al paisaje de una magia sin igual. Y no nos podemos olvidar de los dos cadáveres, o lo que quedaban de ellos, que yacían entre vosotros, ¡qué menos! Con la paliza que aquellos dos desdichados habían recibidos a sangre fría, ¿quiénes eran los buenos y quiénes los malos? Bueno, la respuesta a esa pregunta ya era harina de otro costal.

Ya estuvierais enfadados por el inocente alma de una víctima, cansados por la falta de profesionalidad de algunos de los presentes, o lujuriosos tras ver un cuerpo voluminoso empapado en sangre, dejasteis atrás los cuerpos sin vida de los dos piratas. Durante la llegada hasta la gigantesca mina, los más experimentados y al tanto de la misión, intentaríais poner orden y sugerir una estrategia para capturar a los malhechores restantes. Justamente, estas dos personas al que le habían asignado, en primer lugar, dicho cometido, conocían que, sin contar al capitán Glatus, quedaban con vida su navegante,  Hund, y su vicecapitana, Aimi. 

Seguisteis andando durante menos de cinco minutos, hasta que llegasteis a la entrada y, allí, decidisteis embarcaros todos en la incursión de la cueva, salvo la semigigante, que se quedaría a las puertas para garantizar que nadie escapara de allí con éxito y, de paso, eliminar un posible riesgo de derrumbamiento por su tamaño. Los tres agentes del gobierno y la marine os adentrasteis en la cueva, que medía 15 metros de alto y 4 metros de ancho. Por la inclinación que tenía el suelo, podíais intuir que, conforme más avanzabais, más os adentrabais bajo tierra. La gran estructura rocosa se mantenía estable gracias a una serie de enormes pilares de madera (de las que colgaba un farolillo en cada una), de forma que, a cada lado de la cueva y se erguía un pilar hasta el techo de la misma y, allí, ambos pilares, se unían mediante un gran travesaño de madera. Esta estructura se repetía cada cinco metros que recorríais de cueva. Al tiempo que proseguíais vuestra marcha, podíais ver a vuestro alrededor varias cajas, dispuestas junto a las paredes, que contenían varias herramientas de excavación como picos y palas. Por la cantidad de cajas que habían dispuestas, se podía intuir que en esa mina trabajaban, mínimo, 100 empleados, algo lógico para una cantera de tales dimensiones.

Habríais caminado unos 50 metros de largo, cuando llegasteis a una gran cámara rocosa de sección circular de 20 metros de radio y 15 metros de alto, y a 7 metros bajo tierra. A diferencia del pasillo, la cúpula pedregosa de ese habitáculo, brindaba una estabilidad natural que impedía el derrumbamiento de sus paredes. En aquella sala, se podían atisbar más cajas como las que habíais divisado en el pasillo anterior, con la diferencia de que estaban vacías. Al lado de esas cajas, algunas jaulas con canarios, seguramente para usarlo para detectar posibles fugas de gases nocivas, se encontraban esparcidas. La cámara se mantenía iluminada gracias a la estratégica colocación de varios farolillos como los vistos anteriormente. Pero lo más curioso e interesante era lo que se extendía frente a vosotros.

Justo en las paredes contrarias al pasillo por el que acababais de salir, se extendían otras tres rutas, una a la izquierda, otra en el medio y la última a la derecha, separadas 8 metros entre ellas. Las dos más pegadas a la derecha podían tener una anchura de 4 metros y una altura de 10 metros, mientras que la de izquierda, medía 5 metros de alto y 4 de ancho. Aquellos con un buen sentido del oído, erais capaces de escuchar unos sonidos similares a cuando chocas un trozo de metal con una roca que provenían del camino situado a mano izquierda. En ese mismo camino, se podía observar tres pares de raíles que se dirigían hasta el interior de dicha ruta, de las cuales sólo un par contaba con una vagoneta montada. La vagoneta tenía unas dimensiones que sólo permitían que se montara una persona de dimensiones, digamos que, normativas. Tanto para la ruta del medio como la derecha no era visible ninguna notoriedad como en la anteriormente descrita, salvo que, según el curso de dichos caminos, se adentraban aún más bajo tierra. Cabe destacar que ninguna huella era visible en la zona, salvo las que habíais dejado vosotros mismos atrás.

No teníais ni idea de cuáles de esas tres opciones serían las que os llevaría a Glatus y a sus esbirros, por lo que, la decisión que tomarais ahora mismo, cambiaría, con creces, el rumbo de vuestra misión, figurada y literalmente.

RESUMEN DEL TURNO

INFO NARRADOR
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#26
Alguien habló, pero Alzeid sólo escuchaba ladridos. Como al joven andrógino le gustaban los animales y no los consideraba inútiles, pudo entender algunas de las cosas que aquel animal había balbuceado. Que era uno de los líderes de la misión, que había que seguir sus normas, que entrarían tres personas… Aunque una de las elegidas era Alzeid, él lo había ignorado por completo. ¿Quién se creía que era para darle orden alguna? Suspiró. Y suspiró un par de veces más al ver que en el bajo de su vestido tenía una pequeña mancha de sangre. – Aquella mujer me ha arruinado el outfit por completo. – Susurró mientras lo frotaba con ambas manos. Dado que la mancha no se iba de ninguna manera, pensó en cambiar el diseño del vestido. Así, hizo un pequeño tajo, dividiendo la mancha en dos y elaborando una especie de volante en el bajo del vestido. Realizó lo mismo en el lado izquierdo para que quedase lo más simétrico y estético posible. Hecho esto, comenzó a girar sobre sí mismo... como si fuese un modelo. – ¡Listo! – No había nada más importante que cuidar la imagen de uno mismo. Aunque cuidar las pertenencias también era importante, ya que... digamos que un canino había dejado el informe de la misión a simple vista y, cómo no, Alzeid no había pasado esa oportunidad por alto. Así que él también conocía cuántas personas quedaban todavía por “cazar”. ¿Recordáis aquel día en la cafetería en donde perdió los nervios? Ese mismo día fue. ¿Pero para qué volver atrás en el tiempo ahora? El caso es que Alzeid jugaba con esta ventaja y ese fue uno de los motivos por los que ignoró por completo a Daryl. Pasó por su lado como si nada y entró directamente en la mina. Por un momento, parecía que Ikirami quería acercarse a Alzeid, pero algo hizo que cambiara de opinión. ¿Qué habrá sido? La verdad es que el joven andrógino se quedó pensando unos segundos sobre el tema, aunque lo que más le preocupaba es que la pelirroja pensase que por haber combatido juntas ya eran compañeras. Eso había sido algo accidental y un hecho no aprobado por Alzeid, así que lo mejor era olvidarlo. Pero quién sabe... quizá en un futuro lograban encajar. Pero ahora no era el momento, ya que Alzeid estaba enfadado. 
 
Estaban dentro de la mina. Era un lugar normal, bastante típico para un espacio en donde se llevaban a cabo actividades encubiertas y delictivas. Era también una mina muy amplia, con una altura que superaba seguramente los diez metros, y aparentemente profunda. Con cada paso que daban parecía dar la impresión de que se dirigían hacia el centro de la tierra. También había muchas cajas, demasiadas quizá. Alzeid se acercó a un par de ellas para examinarlas. – Parece que sólo hay material de trabajo. – Susurraba mientras movía picos, palas y algunos que otros trapos, presumiblemente para limpiar los objetos. O el sudor. – ¿Cuántas personas trabajarán aquí? – Se preguntaba a sí mismo. Quizá aquella mina era lo que dotaba de un salario estable y mensual a toda la población y la misión simplemente impediría que las familias pudiesen llegar a fin de mes... – Ha ha ha... – Alzeid comenzó a reírse. ¿A quién le importaba esto? Él sólo tenía que acabar la misión cuanto antes. Apartó las cajas y continuó avanzando.
 
Tras unos pasos más, llegarían a una cámara rocosa todavía más amplia que los caminos que había seguido hasta el momento. Echó un vistazo atrás y parecía que el grupo le estaba siguiendo. – Perfecto. – Pensó. Había incluso algunos animales voladores, quizá canarios, encerrados y sin comida. Alzeid se acercó a una de las jaulas y les echó un poco de comida que había en unos sacos próximos a las jaulas, apoyados en la pared. – Pobres. ¿Qué desalmados os han abandonado así? – Evidentemente, no los habían abandonado. Pero Alzeid se refería a que no los habían alimentado, y eso le apenaba. Aunque no lo pareciese, le gustaban los animales. – Tranquilos. Glatus pagará por jugar con vuestras diminutas almas. – Acarició a uno de ellos.
 
Al alzar una vez más la mirada, observó sus alrededores mucho mejor que cuando llegó a aquella cámara. Frente al grupo, había tres caminos diferentes, cada uno de ellos dando a un lugar diferente, aleatorio y seguramente mucho más profundo. En uno de ellos, el ubicado más a la izquierda, podían percibirse una serie de ruidos metálicos que podrían ser indicativo de que alguien se encontraba por allí. ¿O quizá alguna máquina había quedado encendida? El resto de caminos resultaban mucho más tranquilos, así que Alzeid había optado por continuar por el más ruidoso. Cómo no. – ¿Vamos por aquí? – Miró hacia Irina, indicando con su dedo índice el camino más a su izquierda. – Estoy seguro de que tú también lo percibes... Mi alma está ansiosa. – En una clara alusión a los ruidos que provenían de ese camino. Con todo, cuando apareció la gigante detrás de ellos tan sólo Irina y Alzeid se habían dado cuenta, así que el joven andrógino pensó que esta ocasión sería similar. Sólo las personas elegidas podían darse cuenta de estos detalles. – Puedes montar y yo puedo esquiar. – Sonrió. Señaló sus pies, de los que salían unas cuchillas que simulaban al calzado para patinar sobre hielo.
 
En su cabeza, estaba todo pensado. Sólo estaba esperando por que Irina se aventurase con él.

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Karmas
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#27
Las cosas estaban finalmente claras, por lo que con paso decidido, se adentró en la vetusta mina, siguiendo de cerca a Alzeid. El sendero que se introducía en el corazón de la mina estaba jalonado por cajas desgastadas y abandonadas, esparcidas siguiendo las paredes. Curiosa, Ikirami se detuvo a inspeccionarlas, descubriendo entre ellas algunos cascos de minero que parecían estar en buen estado. Cogió uno, sintiendo su peso al pasarlo de una mano a la otra, evaluando su consistencia.

-Espero que no se nos venga abajo el techo... - expresó con voz tenue, levantando la vista hacia las estructuras que sostenían el techo, mientras reanudaba la marcha, todavía sosteniendo el casco.

Se sentía inquieta, su corazón latía con cierta ansiedad. Esta era la primera vez que enfrentaba una misión de esta naturaleza, y no le agradaba la perspectiva de estar en un espacio tan confinado y subterráneo. Mientras avanzaba, se colocó el casco, buscando en él un atisbo de protección. “Mejor prevenir que curar. Ya tengo bastante con lo de mi brazo”, se dijo a sí misma, con una sonrisa ligera asomando en sus labios.

Al poco tiempo, el estrecho pasadizo desembocó en una amplia sala circular, sorprendentemente más espaciosa. Desde ella se desprendían tres nuevos caminos, serpenteando aún más profundo en las entrañas de la mina. Observó que había cajas desperdigadas aquí y allá, pero, a diferencia de las anteriores, estas estaban vacías. También notó varias jaulas con canarios, la mayoría parecían estar vivos. Alzeid se acercó a ellos, mostrando su desagrado por verlos en cautiverio. Al hablar de los pájaros, volvió a mencionar las almas, lo que la llevó a reflexionar. “Qué curioso… ¿Será seguidor de alguna religión?” pensó, pero decidió que ese no era el momento para divagar en tales trivialidades.

Evaluando las posibles rutas, examinó el suelo buscando alguna huella reveladora, pero no encontró ninguna a simple vista. En uno de los túneles, observó una vagoneta oxidada, con raíles que se adentraban en su oscuridad. Alzeid sugirió seguir ese camino, mencionando que percibía algo inusual proveniente de él. Ikirami agudizó la vista, pero no logró discernir nada fuera de lo común.

-¿Vamos juntos o nos dividimos? - preguntó, girándose hacia Daryl e Irina, pero rápidamente desvió su mirada, centrándola exclusivamente en Daryl para evitar el desconcertante aspecto monstruoso de Irina.


Salud y energías
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#28
Sus cuatro compañeros de misión, se adentraron en la gran cueva mientras ella cogía un puñado de piedrecitas, al menos lo parecían en su enorme mano, para tirarlas contra la pared, mitigando así el estrés provocado por la todavía corta espera. Se preguntaba si realmente su objetivo era vigilar la retaguardia, podía haber varias entradas a esa mina. De hecho ya le comenzaba a sonar poco probable que el enemigo escapara por la entrada principal. ¿Por qué? Si probabilidades si hay. Bueno, ella se autoconvencía rápido si el objetivo era pelear. Lanzó de golpe todas las piedras contra la pared de rocas donde se dibujaba la entrada a la gruta y se incorporó apoyando las manos en el suelo y estirando las piernas para comenzar un largo estiramiento desde sus isquiotibiales y espalda hasta los cuádriceps, abdominales y tríceps al levantar los brazos al aire estirándolos hasta sobrepasar su cabeza por detrás. 

- ¡Diablos! Me he precipitado al aceptar quedarme aquí sentada, hasta que la caverna no se estreche lo suficiente para impedirme el paso no tendría que haber decidido esto. Bueno, si hago de escoba al menos no moriré del asco aquí fuera, sin piratas a los que hundirles la cabeza con Lucy. - Ya estaba sola, pero en voz alta sonaba más convincente para ella. De echo, ya llevaba cuatro o cinco pasos en dirección al interior de la mina. Unos candiles iluminaban con una tenue luz amarillenta tirando a verdosa, que contrastaba bien con el tono oscuro con tintes rojizos de las rocosas paredes y suelo. El lugar era amplio, más de lo que esperaba Jude, así que avanzó blandiendo a Lucy con una mano mientras silbaba una tonadilla tristona. No había más que herramientas y útiles para al extracción de minerales, lógico, pero ni un alma, ni un otro rastro que el vago remanente de Irina y los demás. Había un fuerte olor como a azufre que se comía todos los demás, dificultando a Jude percibir con precisión cualquier rastro. La impaciencia y la inmadurez comenzaron a gobernarla. Y como si llamara a unos cachorritos... 

- Venid piratitas, venid aquí que no os voy a hacer daño. Piratas, piratas, piratas. ¿Quién es vuestras mami? ¿Quién? Venid bonitos. - Lo piratitas no acudían. 

Tras un descenso de cinco minutos se comenzaba a ver una entrada a lo que parecía una cámara más ancha y alta. "Menos mal que no me he quedado fuera, si es más grande que el coliseo de Grassper. Maldito Darby, no quiere competencia contra los piratas, los quiere para el solito. Que se lo ha creído." 

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Karmas
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#29
Atributos Personaje
— No es un mal plan, Daryl. — Le afirmó, mirando esta vez hacia la gigante. —  Es importante que permanezcas en la salida. Si abandonan la cueva y ven un gigante, se asustarán. Cuando vean tu belleza, se incomodarán. Y en ese momento, podrás volver a aplastarlos como si fueran hormigas. —  Irina le sonrió a Jude, aunque su sonrisa en su estado híbrido fuera de todo menos encantadora. Se terminaron adentrando en la cueva. De nuevo Alzeid, como alma libre que era tomó la decisión de ir primero, sin ningún tipo de previsión. Tuvo que ser Irina la que tomara distancia con el grupo y quedarse a unos cinco metros del último de ellos. En un lugar tan poco seguro como aquel, donde el peso de toda una montaña lo aguantan, literalmente "palitos de madera" no era buena idea caminar muy juntos, era mejor abarcar espacio para que uno tuviera la opción de avisar a otro y al menos lograr que alguno sobreviviera. De ser el caso lo mejor para la humanidad sería que Irina fuera la que saliera con vida.

Ikirami expresó su preocupación e Irina lo aprovechó al momento. — Daryl, protege a tu señora. Tiene miedo. — Se le escapó una pequeña sonrisa. Era evidente que a la marine , Daryl, le ponía la zona inferior como un día de tormentas, a veces, si te fijabas hasta parecía que goteaba. No hacía falta ni ser climatólogo. Conforme iban avanzando se podían ver jaulas con pájaros cantores. Algo bastante típico, quizás se podría decir que hasta rudimentario. Irina que iba la última frenó en la jaula de uno. Le abrió la jaulita y lo agarró con la mano. No le daría tiempo ni a piar. Con un sutil moviendo le partió el cuello y después se lo metió entero en la boca. Sintió como su pecho se iluminaba (metafóricamente). Sus dioses estaban contentos. En aquella forma su boca era terriblemente más grande que de normal, las vidas las podía ingerir enteras.

De nuevo una elección, que para Irina era más que lógica. — Hay tres camino y somos cuatro. Para evitar problemas, nos dividiremos y cubriremos todas las opciones. — Azeid tenía razón, sonidos venían de un lugar concreto y al igual que el agente, ella se daría cuenta. — Que Daryl decide como nos dividimos. Yo aquí solo soy una mera espectadora. —  Se cruzó de brazos.

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#30
Atributos Personaje


Parecía que Irina estaba de acuerdo con su plan. Aleluya. No es que lo alabase tampoco, solo dijo "no es malo", lo que ya era suficiente viniendo de Irina. Ikirami finalmente aceptó aventurarse con el grupo a la mina, decía estar bien a pesar de su larga herida. Daryl le miró el brazo, se había colocado una parte de ropa rasgada que actuaba como venda, si estaba lo suficientemente apretada, pronto dejaría de sangrar. — Vamos. — Todos parecían preparados, así que comenzaron la marcha hacia la excavación, dejando atrás a la gigante trajeada. ¿Cómo de grande podía ser aquella mina? Daryl solo esperaba poder dar con su objetivo pronto, sangrar un poco y volver al barco. Sí, en combate le gustaba ser herido, no en demasía, solo lo suficiente para sentir el pulso acelerado y la adrenalina. Tal subidón era mejor que cualquier otro conocido, no tenía punto de comparación.

Fueron recorriendo el gran pasillo, de momento sin bifurcaciones ni nada extraño. Irina se había quedado atrás, a una distancia prudencial, y Alzeid iba en cabeza, así que él se encontraba el penúltimo, entre Irina e Ikirami. La luz de los farolillos era anaranjada, cálida y hogareña, y había suficientes para que la oscuridad no inundara el camino. También había muchas cajas, llenas de material de trabajo, nada interesante que mereciera la pena parar la marcha. Aunque la marine pelirroja si que se detuvo unos instantes para agenciarse uno de los cascos de los mineros, estaba preocupada por la estabilidad del techo. Irina aprovechó para soltar otra bromita de las suyas, hoy estaba que se salía. ¿O acaso eran celos? No sería la primera vez que Daryl notaba que cuando se relacionaba con otras personas, la actitud de Irina se crispaba levemente. No demasiado como para resultar evidente, pero Daryl la conocía ya lo suficiente como para notar esos pequeños cambios de humor. Soltó una sonrisa, pero se guardó la respuesta para él.

Lo siguiente que se encontraron fueron jaulas de pajarillos. Estos revoloteaban, algunos cantaban y parecían abandonados por la falta de comida. Era algo muy común de ver en las minas, los usaban para detectar si había algún gas nocivo, pues resultaban ser animales especialmente sensibles a tales estímulos, enseguida se morían. Vio como Alzeid le ponía comida a uno de ellos, no le tomaba por un sentimental, pero los animales tenían ese poder de resultar amables incluso a los más despiadados. Daryl se acercó a una de ellas y la abrió sin pensárselo demasiado. Enseguida el pajarillo salió volando hacia la salida, mientras él continuaba su camino.

Anduvieron un rato más, hasta que llegaron a una sala circular con tres bifurcaciones diferentes. Irina tuvo la idea de que era mejor ir separados para así cubrir todas las opciones. A él no le gustaba mucho la idea de dividir el grupo, pues la unión había sido una gran fuerza, como quedó demostrado en el combate anterior. Pero también era cierto que así tendrían más posibilidades de encontrar al objetivo... Alzeid demostró un gran interés por aventurarse por el camino de la izquierda, incluso instaba a Irina a unirse a él. Ikirami directamente se giró hacia Daryl, buscando su respuesta. E Irina de nuevo le dejó todo el peso de la elección a él. Suspiró. — No me hace gracia que nos dividamos... pero ya que Alzeid quiere ir por el de la izquierda, que vaya por allí. Yo iré por el camino central. Irina e Ikirami por el de la derecha. — Por un momento pensó en la idea de ir él con la marine... pero la descartó rápidamente. Prefería actuar por solitario en lugar de preocuparse por su compañía. Y sentía que se estaba acercando demasiado a ella, y eso no era bueno. — Si ocurre cualquier cosa, el lugar de encuentro será esta sala, o en su defecto en la entrada de la mina. — En aquella misión se estaba dando cuenta de lo poquito que le gustaba dar órdenes, no le gustaba contar con el peso de aquella responsabilidad sobre sus hombros. ¿Y si algo le ocurría a Irina por no ir con ella? ¿O a Ikirami? Alzeid le daba más igual, como si se le desprendía el techo encima. — Si estáis todos de acuerdo... — Se quedó en la entrada del camino central, por el que dijo que se adentraría, esperando a que todos estuvieran conformes. Le preocupaba un poco Ikirami, porque había notado que el aspecto de Irina le intimidaba. Pero Irina no le haría nada, al menos nada físico.



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