¿Una extraña amistad? | Priv. Melly | Pasado
#1
Día 47 de Verano, Año 17 / 12:23 pm

Corriente Akai, Isla Sabakun
Dunas de Shura (Zona Central) 

Ropa de Nyra



Apenas había llegado hacía una semana, pero ya iba acostumbrándome a la forma de vida de este lugar desértico. Una de las cosas que más me gustaba hacer era pasear por los ajetreados puestos de los tenderetes de un gran mercado que se montaba cada mañana en las calles y plazas y que desaparecía cada noche.

Pero lo mejor de todo era que, desde que me compré ropa local, podía ocultar mi raza y pasar desapercibida entre la gente, especialmente gracias a mi color de piel. Eso me permitió darme cuenta de muchas cosas, ¡como que aquí los precios no eran fijos! Me sorprendí mucho la primera vez que vi a alguien diciendo que pagaría menos y que el dueño del puesto contraofertaba en vez de insistir en el precio original. Por lo visto, lo llamaban “regatear”, ¡y es muy divertido!

Hoy estaba comprando algunos nuevos ingredientes y pasteles que no había comprado antes. Me gustaba probar comidas de cada lugar al que visitaba para así poder tratar de cocinarlas más adelante. De hecho, acababa de cerrar una buena compra de diez dulces de dátiles, frutos secos y miel cuando la silueta de una medusa muy reconocible me llamó mucho la atención.

Sonreí enseguida mientras avanzaba un par de pasos hacia ella y mi cola se movía felizmente bajo el vestido, pero entonces me puse triste al recordar que ella era pirata y que yo en realidad debería intentar capturarla, pero no quería hacerlo…

Entonces, mientras la miraba, me fijé en que había cogido un bote de una crema sin que se diera cuenta el tendero. Me molesté enseguida, ¡robar no está bien! Así que me tapé el rostro con la tela que me cubría el cabello y me acerqué al puesto en cuestión.

―Perdone, a esa chica se le ha olvidado pagar; lo haré yo en su lugar. Son quinientos berries, ¿verdad? ―inquirí mientras sacaba el dinero del monedero.

Enseguida se dio cuenta de qué faltaba y miró hacia la calle antes de mirarme de forma inquisitiva.

―Ochocientos.

Mis iris reflejaron mi enfado sobre la tela que me cubría la mitad inferior del rostro.

―Crema de aloe y aceite de coco. Ayer mismo pasé por aquí y valía quinientos.
―Pues hoy vale ochocientos. ¿O quieres que dé la alarma de que esa gyojin es una ladrona que se ha llevado una de mis cremas sin pagar?

Frustrada, le puse el dinero delante.

―Usted sí que es un ladrón ―espeté antes de marcharme y tratar de no perder la figura de la medusa.

Por suerte, no andaba lejos y la alcancé rápido.

―Melly ―la llamé bajito, tocándola en el hombro, al tiempo que bajaba la tela de mi rostro para que ella sí pudiera reconocerme―, ¡no puedes irte de los puestos así sin pagar! Eso está… ―Mis iris se dirigieron entonces hacia el pañuelo azul que tenía anudado en su brazo―. ¿Ese es el pañuelo que te regalé~?

Me fue imposible evitar sonreír mientras mi cola se agitaba nuevamente los bajos del vestido.
[Imagen: bskx3zy.jpeg]
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#2
Existe una sensación particular que seguramente solo entendemos quienes vivimos de aquello que otros descuidan. Esa pequeña corriente de emoción que recorre el cuerpo justo antes del momento preciso de una distracción, un bolsillo mal cerrado, una mano demasiado confiada. Algunos lo llamarían delito, yo en cambio prefiero pensar que es observación avanzada con recompensa incluida. A veces me llaman ladrona, claro. Es la palabra fácil, la simple, la que usa la gente cuando descubre demasiado tarde que algo ya no está donde juraban haberlo dejado, pero personalmente prefiero algo un poco más refinado ¨el hada de la sustracción.¨ Suena mejor, ¿no? Más elegante, más artístico, porque al final, esto no consiste simplemente en tomar cosas ajenas y correr como un salvaje. No, no, no. Eso cualquiera lo hace. Lo mío requiere paciencia, lectura de entorno, manos ligeras y una comprensión casi íntima del descuido humano.

Es un arte, uno poco apreciado, injustamente incomprendido y maravillosamente entretenido, me gusta observar primero. Ver cómo la gente se mueve, cómo guarda sus cosas creyendo que un bolsillo es una fortaleza inexpugnable, cómo se distraen con conversaciones inútiles o miradas bonitas y entonces en el momento exacto, apenas un roce, un giro, una sonrisa inocente y aquello que juraban haber guardado desaparece como magia. Eso es lo más divertido de todo, no se trata solo del objeto. Es el proceso, la ejecución perfecta, el saber que estuviste ahí, justo frente a ellos, y aun así jamás entendieron qué pasó. Hay quienes coleccionan joyas, pero yo prefiero coleccionar momentos de absoluta incompetencia ajena.

Pero claro, que yo haya sustraído una pertenencia en el preciso instante en que su dueño decidió abandonar toda responsabilidad sobre sus bienes, no significa que el resto del mundo estuviera igual de distraído. Siempre existe esa clase de persona insoportable que parece vivir únicamente para mirar lo que no le incumbe, yo les llamo vigilantes voluntarios del caos ajeno y para mi no son mas que gente horrible y exactamente eso fue lo que me pasó esta vez. Yo juraba haber ejecutado una operación impecable, limpia, silenciosa, hasta elegante si me atrevo a decir, un simple tarro de crema desaparecido de su sitio original y reubicado, milagrosamente, en mis manos. Nada fuera de lo normal para un hada de la sustracción como yo o eso creí.

Porque al parecer alguien me había visto, no de inmediato, claro. Eso habría sido demasiado fácil, pero me dejó avanzar, me dejó alejarme, me dejó incluso pensar que todo había salido perfecto hasta que sentí pasos detrás de mí, más rápidos, incluso hasta más decididos y por eso mismo apreté un poco el paso, esquivando gente, doblando una esquina, luego otra, ya estaba prácticamente huyendo del lugar cuando ocurrió. Una mano en mi hombro y me congelé. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, girándome de golpe para encarar al atrevido ser que había tenido la osadía de tocarme, mis tentáculos ya se habían tensado, lista para cualquier cosa y fue entonces cuando la vi. Su rostro estaba parcialmente cubierto por una tela, ocultando buena parte de sus facciones, pero sus ojos no. Imposibles de no reconocer, era ella, mi amiga, no podia recordar su nombre pero era ella. Mis ojos se abrieron apenas, sorprendida, como si por un segundo toda la escena alrededor hubiera perdido nitidez. Y fue justo ahí, en ese instante absurdamente dramático, cuando sentí que me había transportado a otro mundo. Como si todo se ralentizara de repente, como si el universo hubiera decidido ponerle música emocional a mi desgracia.


Comprendí, por fin, aquellas palabras que solía cantar un viejo amigo mío, el mink perro Can Cerbero. Sentía un fuego que me acariciaba el alma y me comenzaban a crecer sonrisas en los tentaculos, Tenía alas, para atravesar las nubes y olía tan bien que hasta las flores querían mi perfume crecí tanto que a los planetas los tomé en mis manos y jugué con ellos a las metras en segundo plano, claro, que a los pocos instantes me encogí para poder volar y volar sobre un colibrí, Si, los arboles cantaban Jazz o tal vez Blues o quizás paz, tal vez algo más, caminaba en el mar, podía parar el tiempo, acelerar, repetir con un simple movimiento, podía quitarme la vida y nacer de nuevo, porque el paraíso a donde iría no sería tan bueno, era perfecto, como si de un cuento se tratase, podía hasta crear un defecto, por si lo perfecto me asustase, el hecho es que por un instante entré en razón y no estaba soñando, estaba mirándola a los ojos.

—Eres tú, glup.—  Fue lo único que logré decir. Todas las mentiras ingeniosas, las excusas rápidas, las historias absurdas y convenientemente dramáticas que normalmente se me ocurren desaparecieron como si nunca hubieran existido, mi mente, por una vez, decidió dejarme completamente sola.  Solo podía mirarla, como si necesitara confirmar que realmente estaba ahí y no se trataba de otra mala jugada de mi imaginación. Mis tentáculos, traicioneros como siempre, dejaron de responder a cualquier mínima orden racional que intenté darles. Se movieron por cuenta propia, lentos, cautelosos al principio, casi dudando hasta dirigirse hacia su rostro con una naturalidad desconcertante. Como si aquello fuera lo más normal del mundo, como si tocarla fuera una acción tan lógica, tan inevitable, que mi propio cuerpo no concibiera otra posibilidad, las puntas rozaron apenas su mejilla, suaves, cuidadosas, como si comprobaran textura, temperatura, existencia y era real, parpadeé despacio, sin apartar la mirada.

Había robado cientos de cosas en mi vida, carteras, monedas, joyas, comida, información, paciencia ajena, pero en ese instante sentí algo ridículamente extraño, como si me hubieran robado a mí, la compostura, el aire, quizá hasta un pedazo de cordura. —Pensé que no volvería a verte, glup —murmuré al fin, casi más bajo de lo que pretendía y eso sí era una verdad peligrosamente rara saliendo de mi boca.
[Imagen: Yp0arSh.jpeg]
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#3
Por supuesto, Melly se sorprendió mucho al verme. No era para menos, ¡qué casualidad! ¡E incluso me reconoció con estas ropas! Me bajé la tela de la cara para dejarla al descubierto, aunque todo lo demás siguiera cubierto en telas.

Uno de sus tentáculos viajó lentamente hasta acariciar mi rostro, exactamente igual que la vez que nos despedimos. Esta vez, sin embargo, no había compañeros en peligro ni amenazas de muerte que nos persiguieran, por lo que yo también pude colocar mi propia mano sobre él y, con una gran sonrisa, apretarlo con suavidad contra mi mejilla al tiempo que cerraba un momento los ojos.

―Lo mismo digo. ¡Me alegro mucho de que no sea el caso! ―En ese momento recordé que estábamos en un lugar bastante público y eso podía ser peligroso, así que volví a cubrirme la mitad inferior del rostro―. Vamos a un sitio más tranquilo. Ven ―propuse tomándola de la mano y echando a andar con la energía de la emoción en la voz por la alegría de volver a verla―, ¿tienes hambre? ¡Te invito a unos dulces!

Dado que al mercado llegaban a veces nómadas, siempre se situaba bastante cerca de la entrada de la ciudad, por lo que no tardamos casi nada en salir. Además, sabía perfectamente dónde llevarla: yendo por la izquierda, tras un giro del muro de la ciudad, había una zona muy agradable con tres palmeras en la que nunca había llegado a ver a nadie, supongo que porque no había nada que hacer y era demasiado peligroso dejar a los niños jugar solos fuera del muro.

Una vez llegamos a la sombra, la solté para girarme y mirarla de frente, extendiendo el brazo libre hasta las altas hojas.

―¡Tacháaan! ¿Qué te parece? ¡Aquí se está mucho más fresquito! ―Imaginaba que, siendo una medusa, eso le iría bastante bien.

Me desaté la katana del cinto y la dejé a un lado mientras me sentaba y coloqué la bolsa de tela entre las dos. La abrí para mostrar el contenido, un paquetito envuelto en papel que, una vez retiré, dejó ver una bandejita de cartón con diez pastelitos de varios tipos, todos con ingredientes del desierto.

―¡Coge los que quieras! ―ofrecí mientras me quitaba la capucha y me acomodaba el cabello y me masajeaba suavemente las orejas―. ¡Ah, qué ganas de quitarme esa cosaaaa! Por lo visto las cosas son más baratas si pareces de por aquí. ¿Cómo te ha ido en este tiempo, Melly? ¡Quiero saber cositas de ti!
[Imagen: bskx3zy.jpeg]
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