La Crux de ayuda [AV. T3- Presente Relativo]
#31
Moja y Kibai tuvieron la decencia de llevar consigo a las personas que aún permanecían con vida, otorgándoles el beneficio de la duda. No había certezas, solo cuerpos al borde del colapso y una responsabilidad que no podían ignorar. Los cargaron sobre sus hombros, avanzando con cuidado entre la vegetación, con la intención de llevarlos a un lugar seguro donde pudieran ser identificados y recibir la atención necesaria. Hubiera sido importante capturar a los piratas responsables de aquella masacre, esclarecer los hechos y hacerlos responder por sus actos. Sin embargo, Little Garden no solía dejar cabos sueltos, la isla, salvaje e implacable, parecía haber cobrado ese detalle antes que los marines, borrando a los culpables junto con las pruebas de su paso, al final, solo quedaban los sobrevivientes y las preguntas que tendrían que ser respondidas más adelante.


El regreso fue silencioso, pesado, marcado por el cansancio y por una sensación difícil de describir. La jungla parecía observar cada paso, como si evaluara la decisión tomada, los sonidos habituales de insectos y criaturas lejanas acompañaban la marcha, pero ya no transmitían la misma hostilidad de antes, eran recordatorios constantes de que la isla seguía viva, indiferente a la moral, a la justicia o a las intenciones humanas, allí, todo se reducía a sobrevivir. Los cuerpos rescatados apenas reaccionaban al movimiento. Sus respiraciones seguían siendo débiles, pero constantes, y eso era suficiente por el momento. El triceratops avanzaba cerca, despejando el camino de manera casi instintiva, apartando vegetación y marcando el ritmo. No necesitaba órdenes ni señales, simplemente caminaba, como si entendiera que aquello era el cierre de algo que había comenzado horas atrás, cuando fue liberado de una jaula que nunca debió existir.

Conforme se acercaban a una zona más segura, la magnitud de lo ocurrido empezaba a asentarse. El gremio de cazadores Crux había sido prácticamente aniquilado, los piratas Pepperoni, presuntos responsables iniciales del desastre, no estaban por ningún lado. No habría interrogatorios, ni juicios, ni recompensas, solo restos, sangre seca y supervivientes que quizás nunca podrían relatar la historia completa. La isla había hecho lo que mejor sabía hacer, devorar a todos por igual, culpables e inocentes, dejando apenas fragmentos de verdad.

Cuando finalmente el grupo alcanzó un punto donde la jungla se abría y el peligro inmediato parecía disiparse, el triceratops se detuvo. Permaneció allí unos segundos, observando, como si confirmara que su papel había terminado, luego, sin ceremonias ni gestos grandiosos, se dio la vuelta y regresó hacia la espesura, perdiéndose entre árboles que parecían tragárselo sin dejar rastro, entendía lo que le habían dicho antes, no puede ir con ellos, al menos no ahora, debia quedarse en la isla que al final de cuentas es su hogar.

Lo ocurrido el dia 32 de invierno del año 16 no sería recordado como una gran victoria ni como una misión ejemplar, porque en ello no hubo gloria, solo decisiones difíciles y consecuencias inevitables. Moja y Kibai habían cumplido con lo esencial, salvar a quienes aún podían ser salvados y no cerrar los ojos ante el horror, a veces, eso era todo lo que la justicia podía permitirse en un mundo gobernado por islas salvajes y leyes más antiguas que la Marina misma.

Infobox
#32
Kibai avanzaba con el peso de los cuerpos sobre los hombros, sintiendo cómo el calor de los heridos se filtraba a través de su pelaje, un recordatorio húmedo y débil de que la vida todavía se aferraba a esos "minks inferiores".

A su lado, Moja mantenía la guardia, pero ambos sabían que la verdadera amenaza, aquellos piratas Pepperoni que habían sembrado el caos, se había disipado como el humo entre la maleza.

—Se han ido, compañero—murmuró Kibai, rompiendo la quietud cuando el olor a salitre empezó a imponerse sobre el de la descomposición—. Los culpables de esto, las pruebas, los motivos... Todo se lo ha tragado el barro. Al final, solo nos queda la carga y las preguntas que estos cuatro puedan responder cuando despierten.

Cuando el grupo alcanzó el límite donde la selva cedía ante la costa, el triceratops se detuvo en seco. Sus patas, como columnas de piedra, se hundieron por última vez en la tierra blanda del bosque. Kibai se giró, ajustando el peso de los dos humanos sobre su espalda, y cruzó una última mirada con el coloso. El dinosaurio había cumplido una deuda que seguramente solo él entendía. Con un giro lento y pesado, la criatura se hundió de nuevo en el follaje, desapareciendo como un fantasma de otra era.

Al llegar a la pasarela, el olor del guiso que había dejado preparado horas antes lo recibió como una bofetada de realidad doméstica. Era un contraste casi insultante: el aroma del coco y el mar frente al hedor de la masacre que traían pegado a la piel. Los marines de guardia acudieron rápido, bajando a los heridos con cuidado mientras el médico de la división empezaba a dar órdenes a gritos.

Kibai bajó a los heridos a la bodega y se quedó en la cubierta, sacudiéndose el pelaje para librarse del polvo y la sangre seca de mono. Se estiró, sintiendo cómo sus huesos recuperaban su sitio tras la tensión del combate y el rescate. Aquel día de invierno no figuraría en los grandes anales de la Marina. No habría ascensos ni medallas por limpiar una jungla de simios o por rescatar a unos cazadores que probablemente habían buscado su propia ruina. 

Al llegar al Royal Quiver, el mink se quitó las ropas, entrando al agua hasta las rodillas, y se empezó a echar cazos de agua marina por la cabeza, frotándose vigorosamente el pelaje con arena para quitarse culaquier rastro de sangre que pudiese quedarle encima. Cuando ya solo pudo oler a sal, se dio por satisfecho, regresando a la orilla.

—Eh, Moja —dijo Kibai, señalando con la cabeza hacia el agua mientras el sol empezaba a caer, tiñendo el Grand Line de un rojo sangriento—, ve a lavarte. Si vas a sentarte a mi mesa, no quiero que huelas a mono muerto. Todavía queda revuelto de cangrejo, y pienso tirarte yo mismo al mar si te queda una mísera gota de sangre encima.

Con un último vistazo a la línea verde y oscura de Little Garden, Kibai se arrodilló ante el fuego y echó un puñado de sal a la olla. Quizás aquel sería el mejor guiso que habría tomado en mucho tiempo.
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#33
Moja avanzó en silencio durante todo el trayecto de regreso, el peso de los dos heridos descansando sobre sus hombros sin quejarse, como si aquel esfuerzo físico fuese la parte más sencilla de la misión. Lo verdaderamente pesado no era la carga, sino la sensación de que algo había quedado inconcluso. La jungla se cerraba tras ellos con esa indiferencia ancestral que tanto caracterizaba a Little Garden, como si nada hubiese ocurrido, como si la sangre derramada y los gritos ahogados no fuesen más que un susurro efímero en su historia interminable. Cuando Kibai murmuró que los culpables habían desaparecido y que solo quedaban preguntas, Moja mantuvo la mirada al frente unos segundos antes de responder.

-La isla no distingue entre culpables e inocentes- dijo finalmente, con voz baja pero firme. -Pero nosotros sí debemos hacerlo.-

No añadió nada más. No hacía falta. Ambos sabían que aquella misión no tendría un cierre limpio. Al llegar al límite donde la selva cedía ante la costa, Moja redujo el paso. Sintió cómo el triceratops se detenía también. Giró apenas la cabeza y sostuvo la mirada del coloso una última vez. No hubo palabras grandilocuentes ni gestos teatrales. Solo un leve asentimiento, una despedida silenciosa entre dos criaturas que habían compartido combate y propósito.

-Vuelve a tu hogar- murmuró apenas audible. -Y mantente libre.-

Cuando el dinosaurio desapareció entre la vegetación, Moja permaneció unos segundos observando el punto donde se había perdido. Luego retomó la marcha hacia el Royal Quiver. En cuanto alcanzaron la pasarela, los marines acudieron para hacerse cargo de los heridos. Moja se inclinó con cuidado, ayudando a bajar a los dos hombres que había transportado, asegurándose de que el médico pudiera trabajar sin obstáculos. Observó brevemente cómo comenzaban a atenderlos, cómo la vida seguía aferrándose a ellos pese a todo. Después, se quedó quieto en cubierta, mirando el horizonte mientras el sol empezaba a teñir el mar de tonos rojizos. El contraste entre aquella calma aparente y la violencia vivida horas antes le resultaba casi ofensivo. Cuando Kibai se acercó al agua para limpiarse y le lanzó aquella advertencia mitad amenaza, mitad invitación, Moja dejó escapar un leve resoplido por la nariz, algo muy cercano a una risa contenida.

-No pensaba sentarme a tu mesa oliendo a simio- respondió con calma. -Aunque dudo que la sal consiga borrar del todo este día.-

Se quitó los guantes de combate con movimientos lentos y los dejó a un lado antes de entrar al agua. El mar le llegó primero a los tobillos, luego a las rodillas. Se agachó, tomó agua entre las manos y la dejó caer sobre su cabeza, dejando que la sal arrastrara la sangre seca y el polvo de la jungla. Frotó su pelaje con arena, como hacía Kibai, eliminando cualquier rastro del combate hasta que el único olor que permaneció fue el del océano.

Se quedó unos segundos más, mirando el reflejo rojizo del cielo en la superficie.

-No fue una victoria- dijo en voz baja, más para sí mismo que para nadie. -Pero tampoco fue una derrota.-

Salió del agua y regresó a la orilla, escurriendo el exceso de humedad de su pelaje antes de colocarse ropa limpia. Caminó hacia el fuego donde Kibai vigilaba la olla y se detuvo a su lado, cruzándose de brazos mientras observaba cómo añadía sal al guiso.

-Mañana interrogaremos a los supervivientes- añadió con serenidad. -Y si queda algo que esclarecer, lo haremos. La isla puede tragarse las pruebas… pero no siempre consigue borrar la verdad.-

Finalmente, tomó asiento cerca del fuego, dejando que el calor secara los últimos restos de humedad en su pelaje. Su mirada se perdió un instante en la línea oscura de Little Garden, ahora convertida en una silueta negra contra el cielo rojo.

Luego volvió la vista al guiso.

-Espero que ese revuelto de cangrejo esté a la altura de tanto esfuerzo, Kibai- comentó con una calma que ocultaba el cansancio acumulado. -Hoy nos lo hemos ganado.-

Información
*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]
#34
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Aventura T3: Completada

Recompensas Narrador (Tensui)

— Puntos Mugiwara:25

— Puntos de Rol: 30

— Berries: 90K


Recompensas User (Moja)

— Puntos Mugiwara: 17

— Reputación: 30+15(karmas reputación)

— Atributos: 2

— Berries: 60K


Recompensas User (Kibai)

— Puntos Mugiwara: 17

— Reputación: 30

— Atributos: 2

— Berries: 60K

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