La Crux de ayuda [AV. T3- Presente Relativo]
#21
Los golpes combinados de Moja y Kibai lograron acertar de lleno en el enorme simio, haciendo que el Gigantopithecus rugiera con una furia que sacudó el claro entero. La criatura dio varios pasos torpes, arrancando raíces y quebrando el suelo bajo su peso, pero lejos de caer, se irguió con una violencia renovada. Sus ojos se clavaron entonces en Moja, brillando con una ira casi consciente.

Con un bramido ensordecedor, el mono gigante se lanzó contra él y descargó dos puñetazos consecutivos, uno con cada brazo, ambos potenciados por una técnica que concentraba su fuerza en los impactos. El aire estalló alrededor de sus puños, creando una onda de presión capaz de pulverizar troncos. Pero esta vez Moja lo vio venir. Su cuerpo reaccionó antes incluso de que su mente terminara de procesarlo. Haciendo uso de su velocidad felina, giró sobre sí mismo, deslizándose fuera de la trayectoria del primer golpe, y se impulsó con un salto bajo y preciso para esquivar el segundo por escasos centímetros. El suelo explotó donde había estado un instante antes, dejando un cráter humeante.

El Gigantopithecus, dio un poderoso salto hacia atrás para ganar espacio, levantando una nube de polvo y hojas. Fue entonces cuando Moja, aún en movimiento, captó algo por el rabillo del ojo. Kibai había alzado su espada. Con un movimiento limpio y preciso, ejecutó su técnica y, además, canalizando el poder de su Akuma no Mi surgieron dos enjambres de avispas, formados por energía y voluntad, que salieron disparados hacia el coloso, zumbando con furia mientras buscaban clavarse en su objetivo desde distintos ángulos.

Moja no dejó pasar la oportunidad. Creó ocho flechas vectoriales que aparecieron a su alrededor y las lanzó contra el mono gigante, sincronizando el ataque con los enjambres de Kibai. Mientras las flechas surcaban el aire, Moja se desplazó con rapidez hacia el costado del Gigantopithecus y descargó un puñetazo certero con su guante de combate, golpeando con precisión antes de que la criatura pudiera reaccionar. En el mismo instante, Moja dio un salto hacia atrás, alejándose con agilidad y regresando a su posición inicial. Antes de romper por completo la distancia, lanzó un nuevo ataque con sus flechas vectoriales, obligando al simio a mantenerse a la defensiva, atrapado entre impactos y distracciones constantes.

Cuando Moja volvió a su lugar, Kibai apareció a su lado casi sin hacer ruido, como si ambos compartieran el mismo ritmo de combate. Moja extendió ligeramente la mano y atrajo de nuevo sus flechas vectoriales, que regresaron hacia él obedientes, quedándose flotando en el aire, girando lentamente a su alrededor como un arsenal silencioso, listo para ser usado de nuevo. Frente a ellos, el Gigantopithecus seguía en pie, herido y enfurecido, consciente ahora de que no luchaba contra un solo enemigo, sino contra dos combatientes perfectamente sincronizados, capaces de presionar sin darle un solo respiro.

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#22
En cuanto a los marines, era evidente que la balanza comenzaba a inclinarse a su favor frente al animal gigante. Cada uno de sus movimientos demostraba una preparación sólida y una coordinación que no dejaba espacio al azar; los ataques del gigantopithecus, aunque cargados de furia y desesperación, terminaban golpeando el vacío una y otra vez. La fuerza bruta, por imponente que fuese, no lograba imponerse ante la lectura precisa del combate, la anticipación y la disciplina táctica que ambos exhibían sin necesidad de palabras.

No obstante, esa ventaja comenzó a resquebrajarse cuando una sensación incómoda se apoderó del ambiente. Miradas invisibles, numerosas y persistentes, parecían clavarse sobre ellos desde todos los ángulos posibles. La selva, antes simple espectadora, ahora revelaba su verdadera amenaza, estaban rodeados. Bastaba lanzar una mirada rápida al azar para notar siluetas moviéndose entre la maleza, contornos agazapados sobre las ramas y figuras que se multiplicaban a cada segundo. No eran uno ni dos, sino decenas cerca de un centenar de chimpancés prehistóricos, armados con palos, piedras y una hostilidad colectiva que transformaba la situación en una trampa cerrándose lentamente alrededor de los marines.

Los animales no lo dudaron ni un solo instante. Al percibir que los marines estaban superando a quien, para ellos, representaba una figura dominante, la horda se lanzó hacia adelante sin vacilación alguna. No hubo señales de miedo ni de cálculo individual, el movimiento fue casi instintivo, colectivo, como si la selva misma hubiese dado la orden. Palos y piedras se alzaron mientras las siluetas emergían desde la maleza y las copas de los árboles, cerrando la distancia con una determinación brutal.

Al mismo tiempo, el gigantopithecus, aún afectado por los golpes recibidos, comenzó a incorporarse lentamente. Tras varios segundos de aturdimiento, levantó la cabeza y observó la escena que se desarrollaba frente a él. En su mirada no había orgullo herido ni rastro de malicia consciente, tampoco ira desbordada, aquello no era venganza ni ambición, sino un acto puro de la naturaleza en su forma más cruda. Eran criaturas protegiendo a su líder, respondiendo al desequilibrio impuesto en su territorio, demostrando que la fuerza individual rara vez existe aislada, y que toda amenaza, tarde o temprano, despierta una respuesta proporcional del entorno que la rodea.

El colosal animal golpeó su pecho con ambos brazos, haciendo retumbar el aire, y lanzó un grito de guerra que se expandió por toda la jungla como un trueno primitivo. Acto seguido, se impulsó hacia adelante con un salto poderoso, dirigiéndose nuevamente contra Moja. Esta vez no había duda ni vacilación: al ver a su grupo, a su comunidad, entregándose por completo en la batalla, el gigantopithecus decidió jugarse el todo por el todo. Al quedar frente al mink, descargó su ofensiva con brutal determinación, lanzando un primer puñetazo devastador seguido inmediatamente por el segundo, mientras, en paralelo, la marea de criaturas prehistóricas cerraba la distancia sobre los marines, envolviéndolos en un asalto simultáneo que amenazaba con desbordarlos.

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#23
El fino olfato de Kibai hizo que girase levemente la cabeza. en los lindes del claro, una gran cantidad de figuras se estaban moviendo. A los pocos segundos, una marabunta de simios de pelaje marrón invadieron el claro, Aunque al principio eran solo unos cuantos, su numero no dejaba de crecer. Decenas de aquellas bestias continuaban llegando desde la jungla adyancente, rodeándolos por todos lados.




La mano del mink se crispó alrededor de Raimei. Volviendo los ojos de nuevo hacia el simio gigante, sus colmillos asomaron en un rugido de desafío. Qué líder era tan débil como para tener que depender de sus lacayos a la hora de enfrentarse a un enemigo?

Al parecer, aquel mono prehistórico aún no había comprendido que su destino estaba sellado, pues trató de volver a atacar a Moja con dos golpes fuertes, pero tan predecibles que para Kibai casi era como si anunciase sus intenciones con un espectáculo de fuegos artificales.

Dándose la vuelta, el mink encaró a los simios que se les acercaban, algunos golpeando el suelo con sus manos desnudas, mientras que otros agitaban ramas caídas o arrancadas de los árboles cercanos, o sostenían piedras por encima de la cabeza. Ladeando la cabeza, hizo un recuento rápido de sus enemigos, que facilmente llegaban al centenar.

— Compañero, te dejo al cargo de nuestro amigo un segundo.


Con una frialdad que le sorprendió incluso a él, Kibai extendió las garras de su mano izquierda, mientras seguía sosteniendo a Raimei en un ángulo de cuarenta y cinco grados, con la punta dirigida perezosamente hacia el suelo. Dejando salir el aire entre sus colmillos, el mink comenzó poco a poco a acelerar su paso, hasta acabar embistiendo con furia contra la primera línea de enemigos.

El mundo entero pareció teñirse de rojo a los ojos de Kibai mientras avanzaba entre las hordas de monos en medio de una neblina de sangre. Raimei tajaba a un lado y a otro, abriendo cuellos, abdómenes y torsos por igual; y segando los brazos armados y manos desnudas que amenzaban con golpearlo mientras que tanto su mano izquierda como sus colmillos buscaban los rostros desprotegidos y las arterias de sus atacantes, siempre sin dejar de avanzar hacia el límite del claro, dejando a su paso una ristra de cuerpos en el suelo, muchos de los cuales se arrastraban agarrándose sus estremidades mutiladas o exhalaban sus últimos estertores mientras el olor ferroso y salado de la sangre inundaba el claro como una ola en una tormenta.

Cuando la sombra de los árboles estuvo casi sobre su cabeza, Kibai echó una mirada hacia atrás. Había acabado con todos los enemigos con los que se había cruzado, pero al otro lado del claro, una buena cantidad de aquellos malolientes simios se abalanzaban ya sobre Moja, listos para apoyar a su líder.

— Creo que es el momento de demostrarles a esas alimañas como las gasta la Marina...

Saltando hacia un árbol, Kibai apoyó ambos pies en el tronco, comprimiendo su cuerpo como si fuese un muelle. Sus ojos se entrecerraron, con la vista fija en su objetivo: el pecho descubierto del gran simio prehistórico. Cambiando el agarre de Raimei para voltear la hoja hacia atrás, el mink soltó un poderoso grito.

— MOJA, HAZME SITIO!

Sin aguardar respuesta, Kibai usó el tronco del árbol como trampolín para lanzarse disparado como una exhalación contra el simio, lanzando un amplio espadazo contra la criatura.


¡Gekko no Issen!


Con satisfacción vio como el pecho del gigantesco se abría en un nuevo tajo que teñía de rojo su pelaje. Incorporándose a la vez que sacudía el exceso de sangre de la hoja de Raimei, Kibai apuntó con la espada hacia el rostro del simio.

— Definitivamente, nunca me habéis gustado...

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#24
Las palabras de Kibai, pronunciadas con urgencia mientras advertía que algo más se acercaba y que dejaba el combate contra el mono gigante en manos de Moja, hicieron que este último tensara todo su cuerpo de inmediato. Su postura cambió por completo, bajando el centro de gravedad y abriendo ligeramente los brazos mientras las flechas vectoriales flotaban a su alrededor, girando con lentitud controlada, listas para reaccionar a la menor amenaza. No había duda ni vacilación en su mirada.

-Yo me encargo del mono- respondió Moja con firmeza, sin apartar los ojos del coloso.

No hubo tiempo para más palabras. El Gigantopithecus se abalanzó de nuevo con un rugido ensordecedor, lanzando dos puñetazos consecutivos, uno con cada brazo, cargados con toda su fuerza bruta. El aire se comprimió alrededor de los golpes, levantando polvo y haciendo vibrar el suelo bajo los pies de Moja. Sin embargo, esta vez estaba preparado. Aprovechando que sus flechas vectoriales ya orbitaban a su alrededor, las desplazó al frente en una fracción de segundo, interponiéndolas como un escudo geométrico.El impacto fue brutal.

La fuerza de los puñetazos destrozó seis de las flechas, que estallaron en fragmentos de energía antes de disiparse por completo. Aun así, habían cumplido su función: el ataque quedó bloqueado y Moja permaneció en pie. Sin perder un solo segundo, volvió a crearlas. Las flechas reaparecieron una tras otra, vibrando con intensidad, obedientes a su voluntad.

Con una sola mirada, Moja las lanzó todas al unísono. Las ocho flechas vectoriales impactaron con violencia contra el costado del mono gigante, obligándolo a torcer el cuerpo mientras soltaba un rugido de dolor. Al mismo tiempo, Moja se impulsó hacia adelante y descargó un puñetazo devastador directamente en el pecho del Gigantopithecus, reforzado por sus guantes de combate y por el impulso de su propio movimiento.

Moja escuchó la voz de Kibai gritarle que le hiciera sitio. Sin dudarlo, Moja dio un salto hacia atrás, alejándose con agilidad y dejando el espacio necesario. Aprovechó el momento exacto en el que Kibai ejecutó su ataque para ordenar a sus flechas que volvieran a golpear, presionando al mono gigante desde distintos ángulos y evitando que pudiera reaccionar con claridad.

Tras el ataque, Moja giró la cabeza y su vista se abrió a una escena todavía más caótica. Kibai había acabado ya con la mitad de los cien monos que habían acudido en ayuda del Gigantopithecus. El suelo estaba cubierto de cuerpos y la manada restante dudaba, agitada, pero aún peligrosa. Moja apretó los dientes.

-Yo me encargo de los que quedan- le dijo a Kibai con determinación.

Nada más pronunciar esas palabras, se lanzó hacia las bestias que aún seguían en pie. Utilizando sus ocho flechas vectoriales como plataformas móviles, Moja se desplazó por el campo de batalla con una velocidad imposible de seguir, saltando, girando y cambiando de dirección en pleno aire. Las flechas lo impulsaban hacia adelante mientras otras se lanzaban como proyectiles, golpeando a los monos con precisión brutal.

Entre salto y salto, Moja descargaba puñetazos certeros, combinando su fuerza física con la movilidad que le otorgaba su Akuma no Mi. Cada impacto era limpio, rápido y definitivo. La manada, incapaz de coordinarse ante un enemigo tan veloz y cambiante, comenzó a caer una tras otra, hasta que el rugido de la batalla fue sustituido por un silencio tenso y cargado de ecos.

Moja aterrizó finalmente entre los cuerpos derrotados, respirando con calma, con las flechas vectoriales flotando de nuevo a su alrededor, mientras la jungla de Little Garden parecía observar en silencio a aquel mink que había demostrado, una vez más, que no era una presa… sino un depredador. Finalmente, quedó mirando de nuevo al Gigantopithecus, a unos diez metros de el.

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#25
En una pelea pueden suceder muchas cosas, cuando dos combatientes conscientes se enfrentan, entran en juego factores que pueden medirse o al menos anticiparse, técnicas, experiencia, fuerza, velocidad, resistencia. Todo parece seguir una lógica reconocible, sin embargo, en la jungla esa lógica se diluye. Allí, las reglas cambian y la supervivencia no responde a cálculos precisos. Una simple hormiga puede acabar con un hombre, del mismo modo que dos mink pueden diezmar a un centenar de chimpancés prehistóricos armados. En Little Garden, la vida no premia al más fuerte ni al más numeroso, sino a quien logra adaptarse y, a veces, simplemente se permite ser cruelmente irónica.

Digno de un auténtico guerrero de la tribu mink, Kibai fue el primero en lanzarse contra la horda de simios. En ese punto, ya no parecía un marine que luchara bajo el estandarte de la justicia; era una bestia más de Little Garden, tan salvaje y despiadada como las criaturas que la habitaban. Su figura se movía entre los chimpancés prehistóricos con una ferocidad absoluta, tajando y desgarrando su piel como si no fuera más resistente que mantequilla caliente. Garras, colmillos y acero trabajaban al unísono en una danza sangrienta, donde cada movimiento era letal y no había espacio para la compasión. Tan rápido como comenzó aquella masacre, terminó: cincuenta simios yacían sin vida, abatidos de la forma más brutal posible, mientras Kibai permanecía en pie, cubierto de sangre, respirando como un depredador que aún no había saciado del todo su instinto.

Del otro lado del claro, los cincuenta simios restantes vacilaron. Habían sido testigos de cómo uno de aquellos hombres uniformados había aniquilado a la mitad de su grupo en cuestión de instantes, una demostración de violencia que incluso para criaturas nacidas en la brutalidad resultaba antinatural. Sin embargo, la duda no fue suficiente para apagar lo que ardía en su interior. La furia seguía allí, tan primaria como la sangre que corría por la tierra, y por encima de todo estaba su instinto más profundo, proteger a su líder, salvaguardar a su comunidad, defender aquello que les daba sentido como grupo. Con gritos ásperos y cuerpos lanzándose sin orden, se abalanzaron sobre Moja, quien ya había iniciado su propio avance. El enfrentamiento fue breve y devastador. Uno a uno, los simios cayeron, hasta que la última resistencia fue silenciada entre golpes, cortes y el caos de la jungla rota. Cien simios. Una comunidad entera, sostenida por la presencia del Gigantopithecus, había sido borrada en cuestión de minutos por dos intrusos que nunca debieron poner un pie en Little Garden. La isla, testigo muda de la masacre, absorbía la sangre sin emitir juicio alguno, recordando que en ese lugar la supervivencia no entiende de justicia, solo de consecuencias.

Pero nada termina realmente ahí. En medio del asalto final y la caída de la horda, ambos marines también habían descargado su violencia sobre el simio gigante, acumulando un daño que resultó abrumador incluso para una criatura de su tamaño y antigüedad. Tal vez no fue un golpe que acabara con su vida de inmediato, pero sí algo mucho más profundo, quebró su espíritu. Cada impacto se sumó al anterior, las heridas abiertas sangraban sin tregua y el peso del cansancio comenzaba a arrastrar su enorme cuerpo hacia el suelo. Aun así, lo más devastador no fueron los golpes ni el dolor físico. Fue la pérdida, donde antes había movimiento, voces y una comunidad entera que respondía a su presencia, ahora solo quedaban cuerpos inmóviles y silencio. Para una bestia nacida en la brutalidad de Little Garden, aquello era una derrota imposible de ignorar. El Gigantopithecus permanecía en pie únicamente por inercia, sostenido por un instinto que ya no encontraba razón para seguir luchando, incluso en un animal salvaje, hay límites que, una vez cruzados, no permiten continuar.

Y cuando todo parecía encaminarse a un final inevitable, la isla aún tenía algo que decir. Desde la espesura, rompiendo la quietud con un estruendo de ramas y tierra arrancada, un triceratops emergió a una velocidad absurda para una criatura de su tamaño. Su embestida fue directa y brutal, clavando uno de sus cuernos en las extremidades del simio gigante con una estocada baja que sacudió el suelo. El impacto fue suficiente para quebrar el equilibrio del Gigantopithecus, que estuvo a un instante de caer de rodillas, salvándose únicamente al aferrarse con desesperación a un árbol seco que crujió bajo su peso. El coloso ya no era la amenaza de antes, su cuerpo estaba cubierto de cortes profundos, la piel abierta y manchada de sangre, el rostro deformado por la hinchazón causada por las picaduras y el castigo acumulado. Sus ojos, apagados y pesados, apenas lograban mantenerse abiertos, traicionados por el agotamiento y el dolor. El árbol al que se sujetaba terminó cediendo, y con él, la última resistencia del gigante. Finalmente, el enorme cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo, levantando polvo y hojas, inmóvil. La pelea reclamaba lo suyo, la criatura ancestral había caído, no con gloria ni furia, sino como caen incluso los más grandes cuando la isla decide que su tiempo ha terminado.

[Imagen: 8szyYv3.jpeg]

El triceratops se aproximó con una calma casi solemne hasta quedar a poca distancia de Moja. No había agresividad en su postura, ni tensión en su cuerpo macizo, solo una paciencia extraña, impropia de una bestia prehistórica, sus grandes ojos oscuros se posaron primero en el marine, luego se desviaron hacia un sendero apenas visible que se abría más allá del claro, entre la maleza aplastada y los árboles antiguos, como si señalara un camino que debía ser seguido. El gesto se repitió más de una vez. Mirada a Moja, mirada al sendero. No hacía falta comprender palabras para entender la intención, no era una advertencia ni una amenaza, sino un acto de reconocimiento, aquel dinosaurio no era un desconocido, era el mismo que había sido liberado horas atrás, el que había recuperado su libertad gracias a una decisión tomada en medio del caos. Ahora, en silencio, parecía devolver el favor a su manera, incluso las criaturas más antiguas recordaban y algunas de ellas sabían cómo saldar sus deudas.

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#26
Kibai sacudió la hoja de Raimei, salpicando de sangre la hierba del claro, antes de limpiar cuidadosamente el acero y envainar la espada.

Agotado aunque ileso, el mink se acercó a su compañero de división. Moja tenía unos cuantos rasguños, pero nada grave ni aparatoso.

"Me puedes explicar por qué salgo cinco minutos a por algo decente para cenar y te poner a pegarte contra un mono gigante? Nos va a caer una buena bronca del Comandante a este paso..."

Acercándose con delicadeza al triceratops, Kibai le palmeó el lomo a la enorme bestia.

"Qué te ocurre chico, quieres que te sigamos a algún lado?"

Volviendo la mirada de nuevo hacia Moja, el mink atrajo de nuevo a las avispas que habían sobrevivido hacai él. El enjambre de insectos se arremolinó encima de su cabeza, antes de posarse en su espalda, listo para volver a actuar cuando fuese necesario.

"Por el tamaño de este animal, y teniendo en cuenta la jaula que está abierta ahí al lado, supongo que los que montaron este campamento estaban tratando de cazar a alguno de estos. No sé qué les habrá pasado, pero el campamento está patas arriba, pero no huelo nada de sangre. Si quieres investigarlo, por mi perfecto. Debería haber algún resto en las tiendas. Si consigo sacar el olor de alguno de los cazadores, podré rastrearlo en la selva."

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#27
El triceratops que Moja había salvado hacía apenas un rato apareció de la nada, irrumpiendo en el claro con un bramido atronador. Sin dar margen de reacción, embistió al enorme mono gigante con una fuerza brutal, clavando sus cuernos y lanzándolo varios metros antes de rematarlo contra el suelo. El impacto fue definitivo. El Gigantopithecus quedó inmóvil entre la vegetación destrozada, su amenaza extinguida en un instante tan violento como inesperado.

Tras el ataque, el enorme herbívoro se calmó. Se giró lentamente y se acercó a Moja con pasos pesados pero controlados, observándolo con atención, sin hostilidad. Durante un segundo, ambos se miraron en silencio, como si el animal reconociera en él algo más que a un simple extraño.

No había, sin embargo, tiempo para detenerse. Aún quedaban los cazarecompensas que habían pedido auxilio, y cada segundo perdido podía ser crucial.

Kibai, aún con la adrenalina del combate, rompió el silencio preguntando qué hacía Moja allí y por qué había terminado enfrentándose a un monstruo como aquel. Moja respondió sin rodeos, mientras mantenía los sentidos alerta.

-Recibí una llamada de auxilio de uno de los cazarecompensas y salí a ayudarles- explicó con voz firme. -Encontré su campamento, pero estaba vacío. Allí solo hallé a este triceratops, encerrado, y decidí liberarlo. Siguiendo las huellas que dejaron quienes se los llevaron, llegué hasta aquí… y fue entonces cuando ese enorme mono me atacó sin previo aviso.-

Mientras hablaban, el triceratops emitió un resoplido grave y comenzó a caminar unos metros en dirección a la jungla, deteniéndose y girando la cabeza como si esperara que lo siguieran. Kibai señaló el gesto, y Moja lo entendió al instante.

-Quiere que vayamos tras él- dijo, asintiendo. -Supongo que intenta devolverme el favor por haberlo liberado.-

Moja entrecerró los ojos y señaló un sendero apenas visible, oculto entre la maleza y las raíces gigantes.

-Creo que nos está indicando ese camino. Apenas se distingue, pero conduce hacia el interior de la selva. Si quieres, acompáñame. Averigüemos qué les ha ocurrido a los cazarecompensas. No podemos quedarnos aquí.-

Sin esperar más, Moja se puso en marcha, avanzando en la dirección que marcaba el triceratops y adentrándose de nuevo en la espesura de Little Garden, confiando en que Kibai lo seguiría mientras la jungla volvía a cerrarse a su alrededor.

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#28
Podría decirse que aquello había sido una victoria para los marines, incluso una placentera si se miraba únicamente el resultado final. Sin embargo, Little Garden no era un lugar que permitiera celebraciones largas ni descuidos innecesarios. No había tiempo para relajarse ni para dejarse llevar por la sensación de triunfo. La jungla seguía viva, observando, y el verdadero propósito de haber entrado en ese infierno verde aún seguía inconcluso.

Moja debía recordar por qué se había internado en el bosque en primer lugar. Los miembros del gremio de cazadores Crux seguían desaparecidos, y aunque la información era escasa, el rastro no se había perdido del todo. El camino continuaba ahí, abierto entre la maleza aplastada, y ahora había un nuevo factor inesperado. El triceratops permanecía atento, avanzando unos pasos y deteniéndose, como si aguardara que lo siguieran, tal vez no se trataba de simple instinto, sino de algo más, quizás, en una isla donde la supervivencia lo es todo, esa criatura se había convertido en la ayuda que necesitaban para llegar a la verdad.

Mientras Kibai y Moja avanzaban tras el triceratops, el entorno comenzó a cambiar de forma inquietante. Entre la vegetación aplastada aparecieron rastros que no coincidían con nada de lo que habían enfrentado hasta ahora, no era una pelea como las anteriores, no había un intercambio claro ni señales de resistencia organizada. Aquello parecía más una masacre, el terreno estaba marcado por arrastres irregulares, golpes desordenados y restos de sangre seca que manchaban raíces y hojas, como si quienes hubieran pasado por allí hubiesen sido superados con una facilidad brutal, a cada paso, el camino se volvía más incómodo, más denso, hasta que la jungla se abrió en un claro silencioso.

Allí, la escena era imposible de ignorar, seis cuerpos yacían sin vida sobre el suelo, parcialmente devorados por animales carroñeros que se dispersaron al notar la presencia. Un poco más allá, otros cuatro cuerpos aún respiraban, maniatados, cubiertos de heridas y al borde del colapso. No gritaban, no se movían, solo el tiempo los separaba de un destino similar al de los demás, si no recibían ayuda pronto, evidentemente la isla terminaría de reclamar lo que ya había empezado. El animal prehistórico movía la cabeza con evidente desesperación cerca de las cuatro personas que aún seguían con vida. No mostraba agresividad, ni intención de apartarse de ellos, al contrario, permanecía vigilante, inquieto, como si aguardara que algo ocurriera.

Aquello dejaba entrever una verdad incómoda, no habían capturado al triceratops por la fuerza. De algún modo, se habían ganado su confianza, quizá incluso su lealtad, resultaba imposible saber cómo terminó encerrado en aquella jaula que habían visto al inicio, pero la relación entre la bestia y los supervivientes no parecía la de presa y cazador, sino algo mucho más extraño, casi una alianza forjada en la adversidad. —A… ayuda…— la voz quebrada de uno de los cuerpos tendidos en el suelo logró abrirse paso entre el silencio del claro.

Apenas era un susurro, una súplica nacida de las últimas fuerzas que le quedaban, pero era suficiente para dejar claro que aún había esperanza, aquello se convertía en un punto decisivo. Los marines tenían frente a sí la oportunidad de intervenir, de salvar vidas y, al mismo tiempo, descubrir la verdad, si esas personas eran los miembros desaparecidos del gremio de cazadores Crux o si, por el contrario, eran quienes habían provocado toda esta cadena de horrores por los que pasaron los marines para llegar hasta aqui.

Una mujer y tres hombres yacían maniatados, sus cuerpos marcados por heridas profundas y el desgaste evidente de haber sido abandonados a su suerte. No había símbolos claros, ni insignias que los identificaran, ninguna certeza que permitiera distinguir si se trataba de víctimas o de criminales. Sus respiraciones eran irregulares, débiles, y cada segundo que pasaba jugaba en su contra, la línea entre sobrevivir y desaparecer solía ser tan delgada como una decisión mal tomada.  La situación colocaba a los marines frente a una elección incómoda. Podían intervenir, ofrecer ayuda y cargar con el peso de trasladarlos hasta la base, asumiendo el riesgo que eso implicaba o podían dar la misión por fracasada, dejar que la jungla terminara su trabajo y marcharse con más preguntas que respuestas. El triceratops permanecía allí, atento, observando cada movimiento, como si aguardara una resolución, su presencia no parecía amenazante, más bien, daba la impresión de estar dispuesto a ayudar o al menos a no interferir, la decisión, sin embargo, recaía únicamente en ellos.

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#29
Kibai entró en el claro con la guardia alta, aunque el chasquido de las ramas bajo sus pies y un sobevuelo de sus avispas fue suficiente para que el festín de los animales carroñeros terminara abruptamente. Una nube de aves de cuello desplumado y reptiles menores se dispersó en un aleteo frenético, dejando tras de sí el eco de sus chillidos de protesta. El mink entercerró los ojos, observando los seis cuerpos inertes con una mueca de indignación, no por la muerte en sí, sino por la falta de dignidad en el escenario.

—Tché... —bufó, ajustándose las hombreras de la capa de Marine—. Mira esto, Moja. No los mataron y ya está. Los dejaron aquí, maniatados, para que la isla hiciera el trabajo sucio. Es una forma eficiente de borrar rastro: si los devoran los carroñeros, no hay huellas, no hay pruebas, no hay ni siquiera huesos que enterrar. Alguien quería que estos tipos desaparecieran sin dejar preguntas atrás.

Caminó entre los restos con paso firme, ignorando el olor a sangre vieja que empezaba a estancarse en el aire húmedo. Se detuvo frente a la mujer y el hombre que parecían estar en mejores condiciones, si es que a ese estado de agonía se le podía llamar "mejor", y envainó a Raimei. Agachándose, extendió las garras aún cubiertas de  sangre de simio para cortar las ligaduras que los anclaban al suelo. Sin mediar palabra, tomó a la mujer y a uno de los hombres por la cintura, levantándolos para cargarlos, uno en cada hombro, como si fueran sacos de harina de la bodega del Royal Quiver.

Se giró hacia Moja, cuya expresión reflejaba la misma duda que bailaba en el aire: ¿a quién demonios estaban rescatando realmente?

— Mira, compañero, son cazadores furtivos, en la base se encargarán de identificarlos y procesarlos. Si son piratas, pasarán de esta jungla a una celda de piedra, que es básicamente lo mismo pero con menos mosquitos.

Kibai hizo una breve pausa, echando un vistazo al hombre que colgaba de su hombro izquierdo antes de soltar una risilla seca.

  Y si resultan ser simples civiles... bueno, ya sabes cómo son estos "Minks inferiores". No tienen garras, ni pelaje, ni sentido común para no dejarse atrapar por unos monos. No podemos dejarlos aquí para que se mueran de un resfriado antes de que la isla los mastique.

A pesar de hacer una broma caracterísitica del humor de los Minks, esa distinción casi arrogante sobre los humanos sin pelaje, Kibai sabía perfectamente que su sentido del deber como Marine tenía la costumbre de ganarle siempre la partida.

Antes de emprender el camino, Kibai se acercó al triceratops. La bestia lo observaba con un ojo del tamaño de un plato, pesada y expectante. El Mink estiró una mano libre y acarició con brevedad la placa ósea de su frente, sintiendo la textura rugosa y cálida de la criatura. Aquel ser, por alguna razón que aún desconocía, había mostrado más lealtad y fidelidad que muchos de los hombres que había conocido en los lugares dónde había estado.

—Tú también has hecho suficiente por hoy, grandullón. —murmuró—. Síguenos si quieres, pero creo que tendrás que quedarte en la isla. El barco no podrá cargar con tu peso y el del hipopótamo de Bertram, por desgracia.

Con un gesto de cabeza hacia Moja, Kibai comenzó a desandar el camino, abriéndose paso entre la vegetación con la determinación de quien tiene un barco que proteger y un guiso que terminar. La expedición de caza había terminado; ahora empezaba el verdadero trabajo de inteligencia.

—Vamos, Moja, esto ya apesta demasiado a simio, necesito lavarme la sangre!

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#30
Moja entró en el claro unos pasos por detrás de Kibai, con el cuerpo aún en tensión y los sentidos abiertos de par en par. El simple crujir de las ramas bajo sus pies y el zumbido inquietante de las avispas bastaron para que los carroñeros abandonaran el lugar a toda prisa, dejando al descubierto la escena en toda su crudeza. El olor a sangre seca, a carne abierta y a tierra removida le golpeó de lleno, pero no apartó la mirada. Sus ojos recorrieron primero los seis cuerpos sin vida, luego se detuvieron en los cuatro supervivientes, atados, malheridos, apenas aferrados a la consciencia.

Apretó los dientes. No era la muerte lo que más le molestaba, Little Garden no perdonaba a los débiles, sino la intención que había detrás. Aquello no había sido una lucha, había sido un abandono deliberado. Escuchó a Kibai hablar mientras avanzaba entre los cuerpos, y no pudo evitar asentir levemente a cada frase. Cuando el mink terminó, Moja dejó escapar un bufido bajo, cargado de disgusto.

-Sí…- respondió con voz grave. -Esto no fue un error ni una emboscada que salió mal. Alguien los dejó aquí a propósito. Para que la isla hiciera el resto.-

Observó cómo Kibai cortaba las ligaduras y cargaba con dos de los supervivientes como si no pesaran nada. Moja se acercó entonces a los otros dos cuerpos que aún respiraban, arrodillándose junto a ellos. Uno de los hombres abrió los ojos apenas un instante, lo justo para verlo, antes de perder de nuevo el foco.

-Tranquilos- murmuró Moja mientras trabajaba. -No os vamos a dejar aquí.-

Con movimientos firmes pero cuidadosos, utilizó sus garras y la fuerza de sus guantes para romper las ataduras que les destrozaban las muñecas. Comprobó rápidamente sus respiraciones, las heridas más graves, asegurándose de que ambos podían aguantar el traslado. No era el mejor escenario, pero era infinitamente mejor que quedarse allí. Se incorporó y, al igual que Kibai, cargó con ellos uno en cada hombro, sujetándolos con cuidado para que no cayeran ni se golpearan durante el camino de regreso. El peso no le supuso un problema; lo que sí pesaba era la incertidumbre.

-Sea lo que sean- añadió, respondiendo al comentario de Kibai, -lo averiguaremos después. Si han hecho algo, responderán por ello. Pero morir aquí… no era justicia, solo conveniencia.-

Antes de marcharse, Moja dirigió la mirada hacia el triceratops, que permanecía cerca, inquieto, observando cada movimiento con una atención casi humana. El animal resopló suavemente al verlo mirarlo, como si comprendiera que aquel encuentro llegaba a su fin. Moja hizo una pausa y, pese al peso sobre sus hombros, inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto.

-Gracias- dijo con sinceridad. -Si no fuera por ti, no habríamos llegado a tiempo.-

El triceratops emitió un sonido grave y profundo, no agresivo, y dio un par de pasos hacia atrás, como aceptando la despedida. Moja sostuvo la mirada unos segundos más antes de girarse.

-Cuídate, grandullón- añadió. -Little Garden no perdona… pero tú sabes defenderte.-

Con eso, se puso en marcha junto a Kibai, internándose de nuevo en la jungla, siguiendo el camino de regreso. Las ramas se cerraron tras ellos, el claro quedó atrás y, con él, el eco de una masacre que ya no podía deshacerse, pero que al menos no terminaría llevándose también a los últimos que aún respiraban.

Información
*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]
Cambios en estadísticas
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Energia: 506 + 20 = 526
Espiritu: 228 + 0 = 228


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