La Crux de ayuda [AV. T3- Presente Relativo]
#11
El sol brillaba placenteramente en Little Garden. La isla, aunque había demostrado ser peligrosa, y hasta cierto punto traicionera, era un paraíso, a su propio y único modo. La vida natural era exuberante y novedosa para Kibai, que no había podido resistirse a salir a dar una vuelta por los alrededores del lugar dónde el Royal Quiver había sido atracado. Para evitar que le retrasase al moverse, optó por dejar su capa de Marine al lado de su hamaca dentro de la bodega del barco, aunque no fue tan inconsciente de olvidar las protecciones para las piernas que había adquirido en su paso por Whiskey Peak, ni por su puesto a Raimei, aunque en esta ocasión el mink se desabrochó el cinturón para cruzarlo a su espalda y que la empuñadura de la espada sobresaliese por encima de su hombro derecho, facilitándole el acceso a ella con una leve sacudida de la vaina.
Tras recoger una bolsa de cuero por si se encontraba algo decente que echar a la olla en su pequeña exploración, Kibai se despidió de sus compañeros y se internó en la jungla cercana.

Apenas unos pocos pasos hacia el interior de aquel mar de verdor, y Kibai ya había perdido de vista al Royal Quiver, viéndose inundado por una marabunta de olores y sonidos, cada uno más extraño que el anterior. No obstante, su instinto parecía estar celebrando a gritos el volver a estar solo en medio de la selva. Con una sonrisa, Kibai aumentó el ritmo a un trote lento y, tras comprobar la posición del sol para calcular las horas que le quedaban, dio un salto hacia uno de los árboles, decidiendo que era mucho más sabio dentro de lo que cabía no mantenerse al nivel del suelo.

Tras un par de horas en las que pudo hacerse con algunas hierbas que despedían un buen olor al estrujarlas y unas cuantas frutas y bayas silvestres, el talante de Kibai empezó a buscar otra cosa, algo que todo depredador querría conseguir: una presa. Movido por su instinto, buscó el árbol más alto que pudo encontrar y escaló rapidamente hasta su copa, escudriñando la aparentemente sempiterna superficie vegetal hasta que dio exactamente con lo que buscaba: el hueco revelador que delataba la presencia de un rio. Y un río siempre significaba animales. Kibai se giró hacia el cielo para volver a calcular las horas restantes del día, y saltó a la copa más cercana en dirección al río.

Sin embargo, a medio camino un gran griterío captó su atención, un girigay de chillidos agudos simiescos. Kibai frenó su paso, venteando el aire que soplaba en su dirección. Soprendido, le llegó un abundante olor a sangre animal, unido a un aroma mucho más familiar.

¿Moja? ¿Qué demonios estaba haciendo su compañero allí? Se suponía que tenía que estar reparando el barco. Frunciendo el entrecejo, Kibai cambió de dirección en medio de su salto de árbol a árbol apoyándose en el tronco del mismo, y se dirigió hacia dónde había captado el olor a sangre. A medida que se acercaba, el olor no solamente se hizo más intenso, sino que se juntó con otro olor también característico, el del humo de una fogata.

"Tal vez se haya encontrado con algún otro descarriado de los Cabos Gemelos" pensó Kibai. Fuere lo que fuere, estaba claro que había habido problemas.

Tras unos minutos más, una nueva ráfaga de viento le azotó el rostro, haciendo que el mink se detuviese en seco. Un fuerte olor almizclado, uno que no pudo identificar exactamente pero que se podía hacer una idea de lo que era le inundó, junto con otro mucho más alarmante: el de la sangre de Moja.

Definitivamente, había habido problemas.

Kibai cambió su postura para apoyarse en sus cuatro extremidades y se lanzó hacia delante a toda velocidad, dejándose guiar plenamente por su olfato para poder rastrear a su compañero. A sabiendas de que el aroma había olfateado era característico de una bestia de gran tamaño, y que aquello sin duda podía representar un problema, orientó su carrera para situarse siempre con el viento soplando hacia su dirección, para evitar que lo que fuese que estuviese atacando a su compañero le oliese antes de llegar.

Al cabo de un breve rato, la jungla enfrente de los ojos de Kibai se  abrió a un claro de tamaño mediano. Deteniendo su avance, Kibai se acuclilló para disimular su presencia en la medida de lo posible y estudió la situación que se visulbraba entre la vegetación. en el claro se podía observar un campamento firmemente instalado entre lo que parecían unas ruinas compuestas de piedras talladas, aunque sin albergar algún tipo de actividad en aquel momento. En un extremo, una enorme jaula abierta daba a entender que allí había habido (o estaba previsto que hubiese) algo de gran tamaño, y a juzgar por los barrotes, también de gran fuerza. Enfrente de él, un enorme simio de pelaje naranja se alzaba enfrente de Moja. Ambos, simio y mink estaban heridos, aunque ninguna parecía de gravedad. Sacando a Raimei de la vaina, Kibai se mantuvo con el viento en contra y avanzó de tronco en tronco, tratando de posicionarse de la mejor manera para ayudar a su compañero.

La Caja de Pandora
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#12
Mi golpe y las flechas vectoriales impactaron de lleno en el colosal Gigantopithecus, haciendo vibrar su enorme torso y arrancándole un rugido profundo que sonó entre los árboles. Aun así, la criatura no cayó. El rastro que conducía hasta los cazadores del gremio Crux seguía ahí, marcado en el barro y la vegetación destroza, pero Moja sabía que no podía permitirse perder más tiempo. Aquel monstruo no lo dejaría pasar tan fácilmente, debía de darse prisa si quería salvarlos.

El gigante comenzó a avanzar con pasos lentos y pesados, aplastando el suelo a su alrededor, arrancando raíces y quebrando troncos como si fueran simple ramas secas. Cada movimiento estaba calculado, no atacaba a ciegas, pensaba. Algo que llamó la atención a Moja. Movía su enorme cuerpo de forma que el terreno irregular, los desniveles y los obstáculos jugaran a su favor, cerrando ángulos, limitando el espacio de maniobra de Moja. Aquella inteligencia lo hacía aún más peligroso. Con cada paso, el claro se estremecía. Bandadas de aves prehistóricas salían disparadas de los árboles, chillando al alzar el vuelo, como si presintieran que algo mucho peor estaba a punto de desatarse.

Moja, en cambio, permanecía inmóvil. Sus músculos estaban tensos, listos para reaccionar en cualquier dirección, mientras sus ojos seguían cada cambio sutil en la postura de la criatura. Entonces lo notó. El Gigantopithecus modificó su posición, no era un ataque frontal. Era una preparación distinta, más peligrosa, como si se hubiera dado cuenta de algo de lo que Moja no.

Y justo en ese instante, otro sonido se coló en sus oídos. Un golpe seco tras otro. Ramas quebrándose. Un desplazamiento rápido, poderoso, avanzando hacia el claro a gran velocidad. No provenía del dinosaurio.

Moja giró apenas la cabeza, lo justo para confirmar su intuición. La figura de Kibai emergió de entre la maleza como una exhalación violenta, deteniéndose a unos metros con una presencia imponente. Su llegada hizo que Moja sintiera, por primera vez, desde hacía rato, una calma contenida. No relajación, pero sí la certeza de que ya no estaba solo. Contar con Kibai significaba que el equilibrio de fuerzas se decantaría hacia su lado.

Contrario a su habitual silencio, Moja habló, sin apartar la mirada del Gigantopithecus.

-Llegas en el momento oportuno- dijo con voz firme y serena. -Este “pequeñín” nos está cortando el paso. Hay cazadores del gremio Crux en peligro… y necesito tu ayuda, Kibai.-

El aire entre los tres se volvió denso. Dos combatientes frente a una bestia colosal. La jungla contuvo el aliento.

Resumen

Bélico

Fruta
*Pienso*  -Hablo-  Narro
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1318 + 0 = 1318
Energia: 1151 + 10 = 1161
Espiritu: 228 + 0 = 228
#13
Aunque pudiera parecer que la criatura no prestaba atención a todo lo que ocurría a su alrededor, la realidad era muy distinta. Cada sonido, cada vibración del suelo, cada cambio en el ambiente era percibido con una claridad inquietante. Los pasos que antes se escuchaban con relativa facilidad comenzaron a volverse más lentos, más medidos, hasta casi desaparecer por completo, reduciéndose a una presencia apenas detectable incluso para sentidos entrenados. No se trataba de simple sigilo, sino de una adaptación consciente al entorno, una forma de fundirse con la jungla misma.

Sin duda, Kibai demostraba una capacidad extraordinaria para moverse en Little Garden. Su dominio del terreno y su comprensión del ecosistema podían inclinar la balanza de cualquier enfrentamiento que se desarrollara en ese lugar. Así funcionaba esta isla: no bastaba con la fuerza bruta ni con la voluntad de avanzar. En Little Garden, solo quienes poseían las herramientas adecuadas, la habilidad para leer el entorno y la capacidad de adaptarse a él lograban imponerse. Los demás quedaban relegados, superados por una tierra que no perdona errores y que siempre exige algo a cambio.

Sin embargo, en el instante en que Moja comenzó a hablar, dirigiéndose aparentemente a la nada, el animal lo comprendió. No fue un gesto brusco ni una reacción violenta, fue una realización silenciosa, casi instintiva. Aquella otra presencia, la que había aparecido y desaparecido entre la maleza con un sigilo antinatural no pertenecía a Little Garden. No era una criatura más de la isla, ni un depredador respondiendo al caos reciente. Era un aliado de su enemigo.

La tensión en el cuerpo del Gigantopithecus cambió de forma sutil pero evidente. Sus movimientos dejaron de estar cargados únicamente de confrontación y pasaron a ser de cautela, como si recalculara la situación bajo una nueva luz. La jungla seguía siendo peligrosa, el enfrentamiento no había terminado y la amenaza aún estaba presente, pero ahora el escenario se había redefinido. Little Garden había puesto a prueba a los intrusos, y uno de ellos había demostrado no estar solo. En una isla donde la supervivencia depende tanto de la fuerza como de los vínculos, ese detalle podía inclinar el destino de lo que estaba por venir.

Por ese mismo motivo, la bestia de Little Garden supo que debía actuar rápido. Aunque no comprendía del todo las acciones ni las palabras intercambiadas, entendía algo esencial: alguien capaz de acabar con tantas criaturas menores no era menos peligroso que él mismo. En esa isla, la experiencia enseña que la amenaza no siempre se mide por el tamaño, sino por las consecuencias que deja a su paso. En un instante, el Gigantopithecus redujo la distancia con un salto brutal seguido de una carrera corta pero devastadora, aplastando la vegetación bajo su peso. Un grito grave emergió de su garganta, cargado de furia y determinación, y junto a él descendió un nuevo puñetazo, esta vez dirigido directamente al rostro del mink. A pesar de la atención dividida, de la preocupación latente por aquella otra presencia que no terminaba de revelar su intención, la criatura ancestral no desaprovechó la oportunidad. En Little Garden, dudar es morir y el Gigantopithecus eligió atacar.

Con un segundo salto, el Gigantopithecus se lanzó hacia una zona de maleza cercana, convencido de que aquello que se había estado moviendo entre la vegetación debía encontrarse allí. El terreno cedió bajo su peso cuando descendió, y sin dar espacio a la duda descargó un nuevo puñetazo, buscando aplastar lo que fuera que se ocultara entre hojas y raíces. No había confirmación, solo instinto y experiencia, en Little Garden, esperar a ver al enemigo suele ser el primer error fatal

Infobox
#14
Cuando vio como aquel gigantesco simio naranja golpeaba a su compañero de División ante de lanzarse a ciegas hacia la maleza, Kibai no pudo sino sonreír. Aquella bestia era fuerte, sin duda, pero su inteligencia estaba muy lejos de ser un problema, más bien parecía ser algo levemente superior a un mero instinto animal.

El mink aguardó pacientemente a que el mono prehistórico rematase su ataque, extendiendo las garras traseras a través de las protecciones para tener un mejor anclaje. No obstante, sorprendido de la gran velocidad con la que la bestia se había movido, decidió que aquella situación no era una apropiada para andarse con medias tintas, y optó por no correr ningún tipo de riesgo.

"Creo que ya va siendo hora de probar lo que pueden hacer mis nuevas amigas..."



Como una exalación, Kibai salió de detrás del árbol en el que se había parapetado, corriendo a toda velocidad hacia el simio, que seguía de espaldas a él. A un metro de su espalda, Kibai plantó ambos pies en el suelo cubierto de vegetación y se impulsó en un salto acróbático sobre su rival, lanzando dos rápidos cortes contra la parte superior desprotegida de la criatura

¡GETSUI ZANGEKI!

Notando con satisfacción como el filo de Raimei cortaba la carne de aquel monstruo, Kibai aterrizó con ambos pies sobre los hombros del simio, diigiendo contra los diminutos ojillos redondos una mirada de profundo desprecio mientras hinchaba el pecho.

"La verdad, los monos nunca me habéis gustado"

Acto seguido, liberó un enjambre de avispas de su boca directamente contra el rostro del simio, sonriendo al ver como los aguijones de los insectos se clavaban en la gruesa piel, inyectando el veneno a su sistema. Contento, usó los propios hombros del simio para impulsarse de un salto al otro lado del pequeño lago donde la criatura se había detenido, clavando las garras de la mano libre en la tierra para equilibrarse y frenar el impulso.

Kibai aterrizó a varios metros de su rival, mirando de reojo a Moja.

"De todas las cosas buenas que hay en esta isla para cazar y te encuentro a golpes con un maldito mono?. Están tan llenos de parásitos que ni valen la pena"

Desplazándose hacia la derecha para obligar al simio a darle la espalda a él o a su compañero, el mink se lamió los colmillos, adoptando una pose de elegante guardia con su espada.

"Aunque liberar al mundo de semejante peste creo que se considerará servicio social..."

La Caja de Pandora
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Vitalidad: 1341 + 0 = 1341
Energia: 1214 - 160 = 1054
Espiritu: 285 + 0 = 285
#15
Las palabras de Moja parecieron desconcertar al coloso por un instante, o al menos eso fue lo que él interpretó al ver cómo la mirada del enorme dinosaurio vacilaba apenas un segundo, como si intentara comprender aquella calma impropia de una presa acorralada. Sin embargo, la duda duró lo mismo que un latido. Sin previo aviso, el Gigantopithecus descargó un puñetazo brutal directo al rostro de Moja, un golpe cargado de una fuerza descomunal que hizo vibrar el aire a su alrededor.

El impacto fue seco, violento, pero Moja mantuvo el tipo. Sus pies se hundieron ligeramente en la tierra y su cuerpo retrocedió apenas unos pasos, lo justo para absorber la fuerza sin perder el equilibrio. Un hilo de tensión recorrió sus músculos, pero su mirada permaneció firme, clavada en la criatura, demostrando que aquel ataque no había sido suficiente para quebrarlo.

El dinosaurio, frustrado, emitió un rugido grave y, en un movimiento sorprendentemente ágil para su tamaño, flexionó las piernas y dio un salto colosal hacia atrás, desapareciendo parcialmente entre la maleza. Su objetivo había cambiado. Buscaba a Kibai. El gigante se lanzó hacia el lugar donde creía haberlo visto, extendiendo el brazo para aplastarlo de un solo golpe, pero solo encontró aire, ramas rotas y vegetación arrancada. Kibai ya no estaba allí.

Moja no desaprovechó aquel instante.

Concentró su energía y creó ocho flechas vectoriales que surgieron a su alrededor con un brillo afilado y vibrante. Desde su posición, las dirigió hacia el costado izquierdo del mono gigante, lanzándolas en un ángulo preciso, no como un ataque frontal, sino como una distracción letal destinada a obligarlo a girarse.

Al mismo tiempo, Moja se impulsó con un vector bajo los pies, desplazándose a gran velocidad hacia el costado derecho de la criatura. En un solo movimiento fluido, giró el torso y descargó un puñetazo contundente con su guante de combate directamente contra el flanco del Gigantopithecus. El golpe resonó como un trueno contenido, haciendo que el coloso soltara un bramido de furia y dolor.

Sin quedarse a comprobar el resultado, Moja decidió retirarse de inmediato. Sabía que permanecer cerca de una criatura así era un riesgo innecesario. Se impulsó hacia atrás, alejándose todo lo posible mientras aún estaba en movimiento, y antes de romper por completo la distancia, lanzó un último ataque, redirigiendo las ocho flechas vectoriales con una trayectoria final destinada a mantener al mono gigante ocupado.

Mientras corría, hizo que las flechas se disiparan en el aire, borrándose como líneas de luz desvanecidas por el viento. Finalmente, se detuvo a varios metros de distancia, colocándose cerca de Kibai. El combate estaba lejos de terminar, pero ahora luchaban codo con codo, y el Gigantopithecus acababa de entender que ya no tenía frente a sí a una presa aislada, sino a dos adversarios que pensaban y se movían como uno solo.

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*Pienso*  -Hablo-  Narro
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1318 - 65 = 1253
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Espiritu: 228 + 0 = 228
#16
Aunque el animal prehistórico poseía reflejos formidables, lamentablemente no tenía ojos en la espalda, y el doble corte propinado por Kibai no fue en absoluto insignificante. La criatura lanzó un rugido de dolor al sentir el filo de las hojas del mink desgarrando su piel en un ataque ejecutado por sorpresa, preciso y calculado. El golpe no solo hirió su cuerpo, sino que quebró por un instante la seguridad con la que dominaba el terreno.

Intentó girarse de inmediato para responder, pero no llegó a completar el movimiento. Un enjambre de insectos surgió del mismo mink que lo había atacado y voló directo hacia su rostro, cubriéndolo en cuestión de segundos. Las picaduras se multiplicaron sin tregua, clavándose en ojos, hocico y zonas sensibles, provocando una reacción violenta y descontrolada. Para una criatura de su tamaño, acostumbrada a soportar embates físicos, aquel ataque resultó inesperadamente insoportable. Little Garden volvía a demostrar que incluso los gigantes podían caer en desventaja cuando el entorno mismo se volvía contra ellos.

Como si no bastaran los cortes ni las picaduras, ni siquiera la sensación creciente de ardor y entumecimiento que recorría su cuerpo, la criatura ancestral sintió de pronto una serie de impactos perforantes, breves pero precisos, que se hundieron en su carne antes de que pudiera reaccionar. Apenas tuvo tiempo de comprender el origen de aquella nueva agresión cuando un puñetazo se estrelló contra su torso. A pesar de su tamaño colosal y de la resistencia que lo había mantenido erguido hasta ese momento, la combinación de todas esas dolencias terminó pasándole factura. El aire abandonó sus pulmones en un solo golpe seco, y durante un instante peligroso el Gigantopithecus quedó privado de aliento, obligado a retroceder mientras su cuerpo luchaba por responder. Incluso aquí, donde los gigantes reinan, hay momentos en los que la fuerza bruta se ve superada por la acumulación de ataques bien ejecutados.

En un intento desesperado por librarse de los insectos que cubrían su rostro, el titán retrocedió un par de metros y, acto seguido, lanzó un puñetazo a toda velocidad. El golpe atravesó el aire con violencia, y su fuerza fue tal que acabó aplastando a cada una de las criaturas que se interponían, reduciéndolas a restos dispersos entre hojas y polvo. El gesto no solo fue una reacción instintiva, sino una demostración cruda de poder, una forma de recuperar espacio y control en medio del caos que lo rodeaba. 

Libre ya del enjambre que le nublaba la vista, el animal no perdió un segundo más. Con un salto potente y preciso, acortó la distancia hasta quedar justo frente a Kibai, alzándose sobre él como una sombra colosal. Sin vacilar, cerró ambos puños y los descargó de forma simultánea, un golpe doble cargado con toda su masa y furia, buscando infligir el mayor daño posible al mink que lo había atacado desde el inicio. El aire se comprimió alrededor del impacto inminente, dejando claro que la criatura no pensaba contenerse ni conceder margen alguno a su adversario, aunque claramente el animal querria atacar a ambos no podria lograrlo, Moja estaba fuera de su radar por el momento y lo Kibai tenia toda su atención. 

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#17
La selva entera pareció estemecerse con los aullidos del simio gigante, pero para Kibai, aquello no fue otra cosa que una melodía serena. Desde el otro lado del lago, obervó pacientemente como la criatura se retorcía de dolor , dando bandazos a ambos lados mientras trataba de quitarse las avispas de encima. Por el rabillo del ojo vio como Moja activaba de nuevo los extraños poderes de su Akuma no mi, lanzando un aluvión de flechas contra el costado del mono gigante, antes de golpearlo él mismo con un puñetazo. Parecía que la cosa había mejorado bastante.

Sin embargo, tras el ataque de su compañero, el simio retrocedió un par de metros, y echando un brzo hacia atrás, soltó un manotazo que convirtió en papilla a los insectos con los que Kibai le había "obsequiado". Acto seguido, comprobó como la mirada iracunda de la criatura se enfocaba en él, sedienta de sangre. Echando un pie un poco hacia atrás, el mink se mantuvo en posición defensiva, relajando su cuerpo a la vez que mantenía a Raimei en una postura baja, invitando con la mirada a su rival a atacarlo.



Y este no le decepcionó. Con un salto tremendo, el gigantesco simio cruzó la distancia que los separaba. Sin embargo, el veneno había hecho su efecto, y a todas luces le costaba moverse con la rapidez habitual, aunque no parecía haberse dado cuenta de ello. Un error que Kibai pensaba asegurarse de hacerle pagar muy caro.

Por ello, cuando la criatura se plantó delante de él, alzándose como una torre de pelaje naranja, Kibai le sostuvo la mirada, aguardando el ataque con una aparente pasividad. Solo su tensión en la muñeca que sujetaba a Raimei y sus garras traseras, firmemente ancladas al suelo cubierto de vegetación, revelaban que el mink, pese a la enorme diferencia de tamaño, no era ni por asomo una presa.

Era el cazador.

Cuando, acompañado de un gran aullido, el simio descargó ambos puños contra él, con la suficiente fuerza como para romper una roca como si fuese una nuez, Kibai dio un pequeño paso lateral, usando la hoja de su espada para redireccionar uno de los puños que caían en vertical contra el otro, haciendo que ambos impactasen en el suelo a apenas unos centímetros  más a la izquierda de donde había estado su cabeza unos momentos antes.

"Eres fuerte, te lo reconozco..."

Acto seguido, dio un salto mortal hacia atrás, cayendo sobre sus tres extremidades libres, cambiando a Raimei a su agarre inverso, mientras el simio aún intentaba discernir qué había pasado y por qué su presa no yacía hecha una pulpa sanguinolenta a sus pies.

"Pero por muy fuerte que seas, no puedes golpear lo que no puedes ver..."

Con un fuerte impulso de sus piernas, Kibai se lanzó hacia delante contra su rival, mientras un rugido a medias humano a medias salvaje se le escapaba de la garganta.

¡GEKKO NO ISSEN!
La técnica del mink impactó de lleno en el costado derecho de la criatura, tiñendo la hoja de Raimei de rojo e inundando de nuevo el claro del aroma salado de la sangre. Apoyándose en la mano libre, Kiabi se impulsó al otro lado del lago, mateniendo un espacio invisible de control entre Moja y él, para que aquel monstruo no pudiese atacara ninguno de los dos sin obligarse a darle la espalda al otro.

Aterrizando de nuevo sobre sus pies, Kibai recuperó su postura de guardia y exhaló profundamente, sin quitarle la vista a su adversario, antes de soltar una risa sarcástica.

"Eh, que estoy aquí, cerebro de lombriz, con un poco de suerte de tanto pasar por el lago se te quitará de encima la peste llevas contigo!"


La Caja de Pandora
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#18
Moja se giró tras haberse separado del enorme mono dinosaurio, todavía con el cuerpo en tensión y los sentidos completamente alerta. Apenas tuvo tiempo de completar el movimiento cuando vio cómo el coloso, rugiendo con furia, se disponía a golpear a Kibai con una técnica cargada de fuerza bruta. El aire se tensó alrededor del gigantesco brazo que descendía con violencia, amenazando con arrasar todo a su paso.

Sin embargo, Kibai reaccionó con una maestría impecable. Su cuerpo se movió con precisión y temple, desviando el ataque del Gigantopithecus en el último instante. El impacto terminó perdiéndose en la tierra y la vegetación, levantando una nube de polvo y fragmentos de madera. Aprovechando ese mismo movimiento defensivo, Kibai se alejó con rapidez, sin darle al mono la oportunidad de corregir su ataque, y antes de romper por completo la distancia, descargó su técnica.

El destello fue instantáneo. Un corte limpio, veloz, que atravesó el aire y castigó al coloso, obligándolo a girarse con un rugido furioso. Aquella apertura era justo lo que Moja estaba esperando.

Aprovechando que el Gigantopithecus había dado la espalda, Moja activó su poder sin dudarlo.

-Aro Aro Cross… x2-

Dos pares de flechas vectoriales emergieron de su cuerpo y se lanzaron en trayectorias cruzadas, impactando con violencia contra la espalda del enorme dinosaurio. Las líneas de energía se clavaron como golpes invisibles, concentrando la fuerza en un mismo punto y haciendo que la criatura se encorvara por el impacto. Pero Moja no se limitó a atacar a distancia. Mientras las flechas surcaban el aire, se lanzó en una carrera explosiva, impulsándose con vectores bajo los pies hasta cerrar la distancia en un instante. Giró el torso y descargó un puñetazo brutal, reforzado por su guante de combate, directamente contra la espalda del coloso, sumando su fuerza al daño ya infligido.

Moja no se quedó a comprobar el resultado. En el mismo movimiento, dio un salto hacia atrás, retrocediendo con agilidad y regresando a su posición inicial, manteniendo siempre la guardia alta y la vista fija en la criatura.

-¡Ten cuidado, Kibai!- gritó con voz firme para advertirlo. -¡Este enorme bicho pega bastante duro!-

Moja se mantuvo atento, mientras el Gigantopithecus se recomponía lentamente.



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Vitalidad: 1253 + 0 = 1253
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#19
¿Qué tan improbable es que alguien armado únicamente con un par de espadas pueda bloquear un golpe del tamaño de su propio cuerpo? La respuesta debería ser simple, casi imposible y, sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió. Cuando los puños colosales del Gigantopithecus descendieron con toda su fuerza, Kibai logró interponerse a tiempo, desviando ambos impactos con precisión quirúrgica usando sus armas.
 
El choque fue brutal. El sonido del metal resistiendo contra una fuerza descomunal resonó por toda la jungla, y el suelo se fracturó bajo la presión liberada. Aquella escena desafiaba toda lógica común, un guerrero de tamaño reducido conteniendo, aunque fuera por un instante, el ataque de una criatura ancestral. No fue un acto de fuerza bruta, sino de técnica, timing y control absoluto. Algo que, para cualquiera que lo presenciara, parecería completamente fuera de lugar pero que en Little Garden solo confirmaba una verdad incómoda, no todas las amenazas se miden por su tamaño.
 
Me encantaría decir que, estando tan cerca de Kibai, el animal pudo anticipar cualquier ataque proveniente del mink, pero la realidad fue muy distinta. El simio gigante ni siquiera alcanzó a percibir el ataque diagonal que le fue asestado en el mismo instante en que sus enormes puños fueron desviados. El movimiento fue limpio y veloz, casi invisible para una criatura acostumbrada a confiar en su tamaño y reflejos. El filo cruzó el aire con una precisión letal, aprovechando ese breve y crítico momento de desequilibrio, demostrando que, en combate, un solo parpadeo puede marcar la diferencia entre resistir o caer y Kibai simplemente desapareció ante la vista del Gigantopithecus.
 
Los ataques de Moja también impactaron de forma directa en el animal, que ya comenzaba a perder la compostura. El dolor acumulado y la presión constante avivaron su enojo, y al seguir con la mirada a su agresor más cercano, Moja se convirtió en el blanco absoluto de su furia. En ese instante, la bestia entró en un estado de rabia descontrolada, lanzándose contra el mink con un ataque frontal devastador. Alzó ambos brazos y descargó sus dos puños cerrados en un golpe descendente fulminante, buscando aplastarlo con toda la fuerza bruta de su colosal cuerpo.
 
El suelo tembló cuando los puños del gigantopithecus descendieron con violencia, levantando una nube de tierra, hojas y restos de vegetación que envolvió el claro en un caos momentáneo. El impacto fue tan brutal que los árboles cercanos se estremecieron, sus troncos crujieron y varias ramas cedieron ante la onda expansiva, durante un breve segundo, resultó imposible distinguir si Moja había logrado evadir el ataque o si había sido alcanzado de lleno por aquella demostración de fuerza primitiva. Entre el polvo suspendido y los sonidos de la selva alterada, el animal permaneció inclinado hacia adelante, respirando con dificultad mientras sus músculos tensos se preparaban para continuar, sin embargo el animal simplemente salta hacia atrás otros dos metros mirando fijamente a Moja pues en el estado de furia no reconoce ningún otro blanco.
 
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#20
Kibai sonrió aún más ampliamente cuando vio como aquel mono gigante trataba de golpear a Moja. Su estrategia de reposicionamiento constante estaba surtiendo efecto, la criatura no podía permitirse encarar a los dos adversarios a la vez sin tener que vender su espalda a uno de ellos. Y eso iba a ser su perdición. Agitando a Raimei hacia un lateral para deshacerse de la sangre sobrante en la hoja, Kibai ancló las garras traseras en el suelo para coger impulso y saltó hacia delante.

El viento silbó en las orejas del mink mientras surcaba por los aires la distancia que le separaba de Moja y la criatura. Coordinando su salto con el momento en el que aquel simio bajaba sus puños para evitar cualquier tipo de reacción, Kibai torsionó su cuerpo en pleno, salto, girando en el sentido de las agujas del reloj para caer por encima de él a la vez que Raimei volvía a hendir su piel, salpicando gruesas gotas de sangre en todas direcciones.

¡Getsui Zangeki!

Con una satisfacción salvaje, Kibai sonrió al notar de nuevo el aroma salado de la sangre de la criatura, pero no satisfecho con ello, aprovechó la caída de su cuerpo para extender la  palma de su mano a unos centímetros del rostro del simio gigante.

"Creo que te echaban de menos..."

Con esas palabras, Kibai liberó de nuevo medio centenar de avispas desde la palma de su mano, las cuales siguiendo la orden de sus pensamientos volvieron a clavar con saña sus aguijones en el rostro desprotegido de la criatura.

Rodando sobre su hombro derecho para amortiguar la caída, Kibai se giró de nuevo ahcia su adversario, apostándose al lado de Moja a la vez que su pecho subía y bajaba con intensidad. Aquel ser era duro, de eso no cabía ningún tipo de duda. Mirando de reojo a su compañero, Kibai chasqueó la lengua antes de mostrar los colmillos.

"Maldita sea, cuantos golpes aguanta este bicho? A este paso se nos va a hacer de noche antes de que acabemos con él..."



La Caja de Pandora
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