Lazos encontrados [Pasado Privado]
#1
El barco avanzaba con lentitud mientras cortaba las aguas tranquilas del South Blue, y ante la proa comenzaba a dibujarse la silueta del Reino de Sorbet, una extensión de tierra que emergía del horizonte con colinas suaves, tejados desgastados por el salitre y una costa irregular que hablaba de siglos de comercio modesto y supervivencia obstinada. Moja permanecía de pie en cubierta, inmóvil como una estatua, con el uniforme de la Marina impecable pese a los días de travesía, observando en silencio cómo la luz del sol se reflejaba sobre el agua y cómo el viento agitaba apenas el pañuelo azul anudado a su cuello. No era la capital del reino lo que atraía a los barcos de paso, sino los pequeños puertos del sur, zonas olvidadas por la nobleza, pero indispensables para quienes navegaban sin escolta ni privilegios.

El puerto al que arribaron no tenía murallas ni grandes faros de piedra, solo un muelle de madera envejecida que crujía con cada golpe suave de las olas, sostenido por pilares torcidos y remendados una y otra vez. Las casas que lo rodeaban eran bajas, construidas con tablones desiguales y techos de metal oxidado, y desde las ventanas colgaban cuerdas con ropa secándose al sol. El olor a sal se mezclaba con el de pescado ahumado, aceite viejo y frutas maduras, creando una atmósfera densa y viva que contrastaba con el orden rígido de las bases navales a las que Moja estaba acostumbrado. Cuando el barco amarró, no hubo ceremonias ni saludos oficiales, solo miradas curiosas y desconfiadas de los habitantes del puerto, acostumbrados a ver marines solo cuando algo iba mal.

Moja descendió por la pasarela con paso firme, sintiendo bajo sus botas la madera húmeda del muelle, consciente de las miradas que se posaban sobre él sin disimulo alguno. Su figura destacaba inevitablemente entre la multitud: un mink de pelaje negro como la noche, alto, robusto, con una presencia silenciosa que imponía respeto incluso sin intención. Algunos niños se detenían a observarlo desde la distancia, aferrados a las faldas de sus madres, mientras pescadores de manos curtidas lo seguían con la mirada, evaluando si aquel marine representaba una amenaza o simplemente un viajero más en busca de provisiones. Moja no respondió a ninguna de esas miradas; su expresión permaneció serena, contenida, y avanzó sin prisa hacia el interior del puerto.

El mercado se extendía a pocas calles del muelle, ocupando una plaza irregular donde los puestos se apiñaban unos contra otros como si se protegieran del abandono del resto del reino. No había toldos nuevos ni estructuras sólidas, solo telas remendadas, mesas de madera gastada y cajas reutilizadas una y otra vez. Sin embargo, la vida fluía con fuerza allí: comerciantes pregonaban sus mercancías con voces ásperas, mujeres regateaban con una energía casi ritual y el aire estaba cargado de aromas intensos, desde el dulzor de frutas tropicales hasta el picante de especias molidas a mano. Moja caminaba entre los puestos con atención, observando cada detalle, no por desconfianza, sino por costumbre; su mente analizaba el entorno como un mapa vivo, identificando salidas, concentraciones de gente y posibles focos de conflicto, aun cuando todo parecía transcurrir en calma.

Se detuvo frente a un puesto de frutas, donde montones de cítricos, raíces y bayas de colores apagados se apilaban en cestas de mimbre. El vendedor, un hombre mayor de espalda encorvada y manos temblorosas, lo miró con una mezcla de sorpresa y cautela, pero no apartó la vista ni retrocedió. Moja señaló lo que necesitaba con un gesto breve, y el intercambio se realizó sin palabras innecesarias, acompañado solo por el sonido de las monedas y el roce de la fruta al caer en una bolsa de tela. A lo largo del mercado, repitió el mismo patrón, adquiriendo agua, provisiones secas y algunos utensilios básicos, siempre en silencio, siempre con esa presencia controlada que hacía que incluso los más ruidosos bajaran la voz cuando él pasaba.

Mientras avanzaba, no pudo evitar notar las señales de pobreza que marcaban cada rincón del sur de Sorbet: rostros cansados, ropa gastada, edificios que parecían sostenerse más por costumbre que por solidez. Aun así, había una dignidad innegable en la forma en que la gente se movía, en cómo defendían su pequeño espacio en el mundo sin esperar ayuda de nadie. Moja observó todo aquello sin juicio, sintiendo una familiaridad incómoda con esa resistencia silenciosa, con esa manera de seguir adelante a pesar de un sistema que miraba hacia otro lado. Por un momento, mientras el sol comenzaba a descender y teñía el mercado de tonos anaranjados, el mink sintió que aquel lugar, humilde y olvidado, hablaba un idioma que él entendía demasiado bien.
*Pienso*  -Hablo-  Narro
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#2
Era un día bastante soleado, había llegado a aquel lugar hacia varios días. La gente parecía bastante amable y agradable. Gracias a que se me daba bien la gente entablé una buena amistad con alguno de los mercaderes y residentes del lugar. Gracias a mi fuerza y agilidad me había conseguido un puesto de trabajo temporal ayudando a los residentes con sus cosas. Los ayudaba a cargar cajas, hacer recados y una larga lista de cosas. Con ello me ganaba unas pocas monedas para poder comprar algo de comida. Para el alojamiento había conseguido convencer a una señora mayor para que me dejara dormir en su casa a cambio de ayudarla un poco. Un trato que me hacia un gran favor, podía dormir gratis sin hacer gran cosa.

Fue entonces cuando lo vi aparecer. Un mink igual que yo, era raro verlo por esos lugares. Era un mink pantera que vestía un uniforme de la marina, algo aún más raro. Pero lo más raro aún es que su cara le sonaba de algo. Lo había visto en algún lugar, pero no recordaba donde. Lo seguí a cierta distancia, mirándolo con atención, intentando recordar de que lo conocía. Tras seguirlo durante un buen rato fue cuando decidí hablarle. No pensaba quedarme con la duda de donde lo conocía. Me acerqué lentamente por su espalda y le toqué el hombro con mi mano.

-Hola, me suenas mucho, nos conocemos de algo- dije con una sonrisa. -Huy, perdona, me presento, me llamo Luna, aunque todo el mundo me conoce como la Queen.- me presenté, haciendo un gesto con la mano intentando parecer bonita.

-¿Que hace alguien de nuestra raza por este lugar? Y más importante ¿Poque lleva un uniforme de la marina?- le pregunté con toda la curiosidad. -Es raro ver a alguien de los nuestros siendo marine-
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#3
Moja había avanzado apenas unos pasos fuera del mercado cuando la sensación se hizo presente, primero como un cambio casi imperceptible en el aire y luego como una presión familiar en la nuca, esa intuición afilada que había desarrollado tras años de entrenamiento y vigilancia constante, la certeza silenciosa de que no estaba solo, de que cada uno de sus movimientos estaba siendo observado con una atención que no era casual ni accidental. No giró la cabeza de inmediato, ni aceleró el paso; continuó caminando con la misma cadencia medida, dejando que el sonido de sus botas sobre la piedra marcara el ritmo mientras sus oídos captaban pasos ligeros que no intentaban ocultarse del todo, pasos ágiles, seguros, con una confianza que no sonaba hostil, pero tampoco inocente.

Cuando una mano tocó su espalda, justo entre los omóplatos, Moja se detuvo en seco.

El contacto fue breve, casi juguetón, pero lo suficientemente firme como para atravesar la barrera de disciplina que siempre lo separaba del mundo. Giró sobre sí mismo con un movimiento fluido, preparado para cualquier reacción, y fue entonces cuando se encontró frente a ella.

Era una mink gato negro, de pelaje oscuro y brillante, con ojos vivaces que contrastaban con una sonrisa abierta y descarada, una sonrisa que no parecía conocer la palabra cautela. Su postura era relajada, casi teatral, como si el mundo entero fuera un escenario y ella supiera exactamente dónde colocarse para llamar la atención sin pedirla.

Moja no respondió de inmediato. Sus ojos dorados se fijaron en ella con una intensidad que no era desconfianza, sino análisis puro, recorriendo cada rasgo, cada gesto, cada matiz de su voz, mientras algo profundo comenzaba a agitarse en su memoria, una sensación incómoda y persistente, como una puerta vieja que se resiste a abrirse pero cruje al ser empujada.

Las palabras resonaron en él más de lo que deberían haberlo hecho.

Moja inhaló lentamente antes de responder, como si necesitara ese segundo extra para ordenar pensamientos que no esperaba recuperar.

-Estoy de paso- dijo finalmente, con su voz grave y contenida, sin dureza pero sin ligereza. -Mi barco necesitaba provisiones antes de continuar rumbo a la Isla del Karate. El uniforme no es una casualidad… es una elección.-

Sus ojos no se apartaron de los de ella mientras hablaba, y fue entonces cuando el recuerdo comenzó a tomar forma, primero difuso y luego cada vez más nítido, como una imagen emergiendo de aguas turbias: un muelle más pequeño, risas infantiles mezcladas con el sonido del mar, carreras torpes sobre tablas de madera caliente por el sol, y una gatita negra dos años menor que él, siempre demasiado confiada, siempre demasiado ruidosa, proclamándose reina de juegos imaginarios que solo existían en su cabeza.

La sonrisa de Luna, ahora frente a él, encajó de golpe con aquella imagen del pasado.

-…Luna- murmuró Moja, casi sin darse cuenta, pronunciando el nombre como si necesitara comprobar que era real. -La Queen.-

Sus orejas se movieron apenas, un gesto mínimo, pero cargado de reconocimiento.

-Solías decir que algún día todos tendríamos que inclinarnos ante ti- continuó, y por primera vez su tono perdió un poco de su rigidez habitual. -Corrías detrás de mí por el puerto… y te enfadabas cuando no te hacía caso.-

El recuerdo se asentó por completo.

No era una desconocida.
No era una coincidencia.

Era una amiga de la infancia, una sombra más pequeña que siempre caminaba detrás de él, dos años menor, pero con una personalidad lo suficientemente grande como para llenar cualquier espacio que pisara. El tiempo los había separado, los caminos habían tomado direcciones opuestas, pero en ese instante, en aquel puerto humilde del sur de Sorbet, el pasado se había atrevido a alcanzarlo.

Moja bajó ligeramente la guardia, no en su postura, sino en la mirada.

-Ha pasado mucho tiempo- dijo finalmente. -No esperaba encontrarte aquí.-

Y aunque su expresión seguía siendo seria, había algo distinto en su voz, algo que no solía permitirle a nadie más: el eco silencioso de un recuerdo que aún no se había borrado.
*Pienso*  -Hablo-  Narro
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#4
Las palabras de aquel Mink hicieron que mi cabeza diera vueltas, intentando recordar de donde lo conocía. De pronto, un recuerdo me vino a la mente. En mink pantera, apenas dos años mayor que yo, con el que jugaba de pequeña. Aunque aún era muy pequeña cuando jugaba con el, lo recordaba levemente.

-¿Tu eres Alejandro?- dije sorprendida. -Espera te llamábamos de otra manera, Moja si no recuerdo mal.-

Hice una pausa e intenté recordar de nuevo, a mi mente vienen recuerdos de mis padres contándole que había habido un ataque al pueblo y se habían llevado a varios como prisioneros. Hacía ya más de diez años desde que aquello había sucedido.

-Sigo pensando que algún día te inclinaras ante mí, que lo sepas- dije con una sonrisa de oreja a oreja. -Seré la reina más fuerte del mundo y todos os arrodillareis ante mí- dije muy convencida de mis palabras.

-¿Que hago aquí? Pues digamos que me fui de Zou porque ya no aguantaba a mis padres. Necesito conocer mundo para poder hacerme más fuerte. Pero ya que estas aquí, ven que te presentaré a la gente del lugar, son muy majos y simpáticos- comenté a Moja.

Tras aquellas palabras, agarré su mano y lo llevé a dar una vuelta por el lugar.

-Vamos, rápido- dije alegremente, añadiendo una sonrisa.

Hacía tiempo que no veía un mink y eso era motivo de celebración. Lo guíe por aquel lugar hasta la casa donde me quedaba a dormir, para presentarle a la señora. Era muy buena gente y quería que conociera a un viejo amigo.
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