Mei Blackclaw
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C. de Haki
C. de Akuma
Día 5, Invierno, Año 16
La Selva Anozama, una de las más frondosas en el mundo, un núcleo de biodiversidad EN EL South Blue, por no decir la más grande maravilla natural del Reino Samba. Lleno de animales salvajes, plantas exóticas y más de un sendero confuso de seguir, la clase de lugar con el que niños y adultos fantasean al imaginar épicas aventuras y travesías. ¿Tal vez reinos olvidados se esconderían allí? ¿Secretos más antiguos que la Samba mismas? ¿Algún tesoro olvidado por piratas de antaño buscando evadir a la marina? ¡Una infinidad de posibilidades para los valientes, los insensatos, y todo lo que hubiese entre ambos grupos!
Para cierta Mink liebre, no era más que la selva donde pasar el verano, como ya hacía desde sus tiernos doce años.
- Ah, que bien sienta el calor tropical~ -Era, como mínimo, una imagen curiosa. Como quien se pasea por su casa, caminaba la imponente figura de Mei Blackclaw, cuatro metros de Mink que no debía de envidiarle en lo más mínimo su tamaño a los depredadores que pudiesen estar rondando. Básicamente desnuda, cubierta con nada más que unas bragas negras -Claramente hechas a mano- y sus propias masivas orejas recayendo sobre su pecho, la enorme liebre no parecía tener preocupación alguna. Su pelaje goteaba, por suerte no sudor, solo agua que ya empezaba a secarse un poco. Cargando con ella una lanza de madera recién tallada -Que considerando su tamaño, parecía más un enorme poste con una punta afilada-, esta tenía ensartados varios peces en distintos estados de medio morir, algunos aun moviéndose un poco por espasmos post mortem.
- Pescado, pescado, asamos el pescado~ -Canturreo para sí misma, ya llegando a una rudimentaria fogata, contenida por simples piedras que ella misma había movido unas horas antes. A su derecha descansaba un refugio rudimentario, construido con troncos y hojas y un par de lianas para mantenerlo todo atado, así como una cama de hojas y enormes cabezas de flores que, sinceramente, debía de ser mejor que dormir directamente sobre el piso. No era nada del otro mundo, pero aun así era un campamento más funcional de lo que muchos podrían preparar. Para Mei, no era más que tradición, el mismo refugio que su padre armaba para ellos todos los inviernos, dispuestos a pasar los meses más fríos del año disfrutando del calor tropical. Era… Bueno, era su primer año desde su arresto, estando sola en aquel lugar. Por más que intentaba mantener arriba el ánimo, no se sentía igual.
- Esto aquí… -Trabajando lento y con calma, porque prisa realmente no tenía, Mei se dispuso a acomodar su botín sobre el fuego. Usando su propia garra índice derecha, haría un tajo en los vientres de todos los peces, sacándoles las entrañas y tirándolas a un costado. No era el trabajo más limpio, que ni ella era cocinera ni sus garras eran cuchillos, pero era suficiente. Hecho eso, cada pescado terminaría atravesado por una estaca más pequeña y puesto al fuego abierto para asarse. Tomaría un rato y sin sal no sabrían espectacular, pero…- A ti te quedaban mejor pá -Un susurro al aire, lleno de nostalgia y anhelo, todo lo que le quedaba.
Akashi Lampedusa
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Ah, la selva. Sí, adoraba la selva con toda su alma. Pero con toda su alma. Y que se notara la ironía del asunto. De nuevo había ido en busca de algún bar donde comer tras haberle birlado la cartera a un pobre desgraciado y ahora estaba en mitad de ninguna parte. ¿Por qué siempre el universo se empeñaba en desorientarla hasta el punto de que se perdía en mitad de la nada?
Tan perdida como estaba, tenía que encontrar alguien o alguna forma de salir de esa. ¿Dónde quedaría esa maldita aldea? Ya ni idea tenía. Vaya puta mierda de jungla, con esos árboles que parecían creados por un diseñador de moda vago que repitiera el mismo patrón una y otra vez. Había entrado ahí por culpa del universo y a saber cómo salía ahora.
Tenía mucha hambre. Maldita sea, ¿ni siquiera podría encontrar una fruta? Le rugía el estómago cosa mala, por dios. ¿De qué le servía haber robado esa estúpida cartera si en una selva alejada de la mano de satán no podía usarlo para nada? Como no engañara a un mono idiota para robarle fruta o algo…
De golpe su nariz captó un aroma que hizo que la boca se le hiciera agua. Pescado a la brasa, podía saberlo incluso sin haberlo visto. ¿Dónde? Era una buena pregunta. Al menos el universo no podría engañarla si cerraba los ojos y se dejaba llevar por el olfato. Caminó varios pasos y se dio de bruces contra un árbol por hacer el gilipollas. Vale, pues sí que tendría que usar los ojos, visto lo visto.
Siguió el aroma y tras quitar de en medio unos matojos se encontró de bruces con un tesoro en mitad de la jungla. Pero justo al lado vio a una criatura humanoide que se había dado cuenta de su presencia. Lampedusa la miró como quien veía a un gato caminando sobre las patas delanteras haciendo el pino, para por fin atreverse a abrir la boca.
—¿Tu madre se lo hizo con un perro callejero o es que naciste así de feo? ¡Puff!
- Charlatán
- muletilla (¡Puff!)
- Sin orientación
- Gruñón
- Cleptómano
Mei Blackclaw
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Cocinar pescado asado no era algo particularmente complicado, no realmente. El primer paso era mantener el pescado a una distancia apropiada del fuego, donde este pudiese darle calor, pero no realmente quemar la carne. Las escamas debían mirar hacia dicha fogata, protegiendo la mucho más delicada carne. En mejores circunstancias, entiéndase si Mei fuese una cocinera con los utensilios correctos y con más conocimientos que “Échale sal y trata de que no se prenda fuego”, el pescado estaría mejor puesto en unas varillas metálicas y con una parrilla para protegerlo, pero no, así que otro paso importante era vigilar que las estacas de madera no se incendiaran. Con el tamaño de los pescados -Porque obvio eran gigantes, cualquier cosa más pequeña que una carpa adulta habría sido partida a la mitad por la lanza improvisada de Mei-, tomaría un rato que se cocinaran bien por dentro, así que en teoría no necesitaban demasiada atención.
Y eso era bueno, porque en una selva frondosa, realmente nunca era buena idea dejar de estar alerta.
- ¿Hu? -Aun sin tener un oído particularmente agudo, Mei sintió el movimiento más bien brusco de las plantas y las pisadas a sus alrededores. No era suficiente para adivinar de que podría tratarse, pero podía hacer conjeturas más bien precisas. Movió su mano a su improvisada lanza, cosa un poco inútil cuando ella era mucho mejor peleando mano a mano, pero era el primer instinto que le venía a la cabeza. ¿Su primera adivinanza? El olor de la comida había atraído algún depredador hacia ella, y aunque estaba segura de que podía ganar -O en el peor, pero escenario, correr lejos-, nunca era agradable ser emboscada por algún tigre o jaguar que estuviese dando vueltas. Y es que claro, ella era una liebre, por valiente y terca que era deshacerse de sus instintos de presa era básicamente imposible. Nunca lo suficiente para incapacitarla -A menos que se tratase de putas serpientes-, pero sí de sobra para ponerla un poco tensa. Podía ser otra cosa, claro que podría ser otra cosa, pero cuando el sonido se acercaba cada vez más, era difícil imaginar que no fuese algo buscándola a ella o su fogata. Esperar tensa, con arma en mano, era su mejor idea.
Una muchacha bonita con cada de perdida no era lo que se esperaba, ni era particularmente intimidante… Pero aun mantendría la lanza de madera a mano, solo por si las dudas.
- … No sé si es que necesitas lentes, pero- -Empezó Mei, un poco tratando de ignorar el insulto. La mujer no había dicho nada específicamente contra los Minks, solo cuestionado de forma muy brusca su aspecto, y bueno eso no era algo particularmente nuevo para Mei- Soy mujer, por si no… Por si no viste estas -Sin mucho cuidado, o vergüenza, o particular prisa, movió sus orejas a un costado para mostrar brevemente sus pechos. No sería nada muy largo, que tampoco le interesaba presumirlas, pero entre eso y su voz quedaría claro que era una chica. Hecho eso, Mei se levantó, acercándose a buscar una de sus musculosas que tenía colgando de una rama dentro de su refugio. Se vistió sin demasiada prisa, un poco mirando de reojo a la mujer, o bueno, más bien dicho su pescado. Una vez vestida, se paró firme detrás de la fogata, finalmente dejando que se viese bien la amplia diferencia de altura entre las dos- Me veo así porque soy una Mink. M-I-N-K, somos… Gente animal. ¡Y de perro no tengo nada, soy una liebre, liebre! -Se señalaría a sí misma, moviendo un poco las orejas para resaltar su especie. Ni podía asegurar que alguno de sus padres biológicos no fuese un Mink perro, pero bueno, tampoco sabía, así que no era una mentira tampoco.
- El nombre es Mei. Mei Blackclaw. Bienvenida a mi humilde campamento -Decidiendo presentarse, porque eso siempre distraía un poco de otras cosas, la coneja señaló todo el lugar. Nuevamente, no era nada particularmente glorioso, pero entre la fogata y el refugio improvisado, se veía todo un poco pintoresco y cómodo- Um… ¿Pescado? Ya debería… -La Mink bajó su mirada, solo para ver que una de las estacas empezaba a incendiarse- ¡LA ESTACA, MUÉVELA! -Claro, que la castaña estaba más cerca de esa estaca en puntual.
Akashi Lampedusa
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—… No sé si es que necesitas lentes, pero… Soy mujer, por si no… Por si no viste estas. —¡La extraña criatura encima hablaba! Joder, esto se ponía todavía más raro. El día anterior se había zampado un buen plato de setas a costa de un parguela. ¿Habían resultado ser alucinógenas? Para ser algo producto de su mente estaba demasiado bien hecha, así que supuso que no, que en realidad esa criatura femenina con cuerpo de animal era real—. Me veo así porque soy una Mink. M-I-N-K, somos… Gente animal. ¡Y de perro no tengo nada, soy una liebre, liebre! —Ah, gente animal. Vaya, menos mal que, que supiera Lampedusa, en esa isla no habían circos. Gente animal sería carne de cañón para ese tipo de gilipuertas. A decir verdad, sí que parecía una coneja, ahora que la miraba bien. También observó ese delicioso pescado que la llamaba—. El nombre es Mei. Mei Blackclaw. Bienvenida a mi humilde campamento.
—Akashi Lampedusa, aunque la gente me suele llamar Lampedusa, Lampe o La Pelusa. Humana… Humana… Y supongo que humana. —¿Ahora hablaba como una retrasada mental? Ah no, que es que no podía quitar la vista de la comida. La tal Mei pareció darse cuenta, porque de inmediato se fijó en ella.
—Um… ¿Pescado? Ya debería… —Se volvió para ver otra tanda de pescaditos que había permanecido oculta a los ojos de Lampedusa. Una tanda que empezaba a quemarse—. ¡LA ESTACA, MUÉVELA!
Dicho y hecho. Sin pararse a pensar que le habían dado una orden, Lampedusa agarró el palo, que comenzaba a arder, y empezó a soplar con fuerza. Entre ella y Mei consiguieron apagarla con algo de dificultad, pero sin quemar nada de la jungla. Por ese lado, habían sido rápidas las dos.
—¡Por los pelos! ¡Puff! —El pescado se había carbonizado un poco, pero seguro que todavía estaba bueno. Con los modales de un cavernícola borracho, Lampedusa agarró uno y se lo zampó entero—. Buah, de miedo. Quizás los otros estén mejor por presentar mejor aspecto.
Aun así los retiró del fuego la otra tanda y agarró uno de ellos para comprobar que, efectivamente, tras zampárselo, estaba en su punto.
—Deliciosamente delicioso. Deberías probarlo, no te cortes. Quien sea el parguela que los haya preparado sabe cocinar bien. ¡Puff!
Empezó a devorar los pescados sin pausa alguna. Ya llevaba cinco raspas escupidas cuando vio que la tal Meidusa no se movía. La miró entrecerrando los ojos mientras agarraba un sexto pescado y se lo llevaba a la boca.
—¿Qué? ¿Tengo algo en la cara o que puñetaf te pafa? —preguntó con la boca llena.
Mei Blackclaw
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C. de Akuma
Bueno, nota mental para Mei, comprar unas buenas estacas de metal o empezar a prestarle más atención a las de madera, no podía seguir evitando por poco un incendio forestal cada que le diese por azar pescado. Lo habían salvado esta vez, entre la velocidad de la recién llegada Lmapedusa y los fuertes pulmones de Mei -Fuertes por tamaño, que no era puntualmente, solo era un tema de escalas- extinguir el fuego no resultó mucho problema, pero joder que debía dejar de repetirse. Mei suspiró suavemente, volviéndose a sentar en el tronco que tenía recostado al lado de su fogata, así como soltó de una buena vez la lanza de madera. No fue una sentada suave, para nada, Lampedusa podría escuchar perfectamente el golpe seco y el crujir del tronco ante el peso de la liebre.
- Pueeees… Como que estás hablando con “el parguela” que los hizo -La respuesta de Mei sería sin malicia alguna, si acaso tenia un poco de risa en la voz. No era tan babosa como para ponerse a los pies de la primer chica bonita que terminase en el campamento -Por no decir que a ella, en general, le iban más altas que Lampe, por temas logísticos-, por más que fuese el gusto superior, pero tampoco tenía razones para ser descortés o agresiva con la muchacha. Tal vez era muy pronto para decir, sobre todo considerando que a los dos segundos de cruzar caminos la castaña la había insultado, pero se imaginaba que lidiar con una chica un poco intensa sería diez veces mejor que compartir puto campamento con un hombre. El único tolerable en toda la existencia era su padre y bueno… Sí, dejémoslo hasta ahí.
- Me alegra saber que han quedado bien, en todo caso -Pasando del chiste, Mei agarró su propio puñado de estacas -Mucho cuerpo, ergo, mucha hambre-, y empezó a devorar pescados de forma que se veía un poco… Antinatural, siendo que seguía teniendo la cara de un animal herbívoro- ¡Ah, mierda, quema! ¡Aaaah, aaaah! -Y no escupiría la comida, por más que se quemara, porque era así de terca. Lampedusa vería a la Mink luchar aproximadamente como por un minuto con la comida caliente en su boca, hasta finalmente lograr tragar a la fuerza. Y eso mismo segundo dejaría salir un enorme suspiro de satisfacción, como si no hubiese estado al borde de ahogarse segundos atrás- Ah, sí, definitivamente quedó muy bien… -Se estaba haciendo la tonta y se notaba.
- ¿Y qué te trae a esta hermosa selva? ¿Buscando algo puntual o solo te gusta comerte el pescado ajeno si se te da la chance? -Mei empezó, con la misma diversión en la voz que segundos atrás, aun comiendo pescado -Que por suerte ya no le quemaba la boca- y reclinándose en el tronco, usando una de sus manos para apoyarse mejor- Te escuché acercarte, sonabas un poco… Desorientada. Estoy segura de que dista más de una vuelta alrededor de mi campamento antes de encontrarme -
Akashi Lampedusa
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—Pueeees… Como que estás hablando con “el parguela” que los hizo.
La frase hizo que Lampedusa tragase saliva. De verdad que a veces tenía la lengua más afilada que el filo de una daga. No es que le tuviera miedo a nadie, pero… Joder, una coneja de más de dos metros y medio delante de ella y que supiera hablar y caminar a dos patas… Desde luego eso no se veía todos los días.
—Retiro lo de parguela. Buen trabajo, Meister.
¿Era Meister su nombre? Ya ni se acordaba bien. Había dicho lo primero que se le había ocurrido, en verdad. ¿Para que iba a inventarse una trola consigo misma? A veces podía llegar a ser olvidadiza no, lo siguiente.
—Me alegra saber que han quedado bien, en todo caso. —La minkada, o algo así había dicho que era, agarró uno de los palos y comenzó a zamparse los pescados como si no hubiera probado comida decente en días—. ¡Ah, mierda, quema! ¡Aaaah, aaaah! —En vez de echar la comida, la mantuvo en la boca, soplando todo el rato mientras protestaba por tremenda gilipollez. Lampedusa al menos había tenido la decencia de soplarle un poco a la comida antes de llevársela a la boca. Eso y que aguantaba bien la comida a altas temperaturas, por lo que fuera. Para cuando terminó de hacer el parguela, la tal Meito tragó por fin y trató de hacer como que allí no había pasado nada—. Ah, sí, definitivamente quedó muy bien…
—Si tú lo dices, te creo. —No tenía ganas de caerle mal a un bicho que medía tres metros y de una ostia podía tumbarte, así que prefirió mantenerse más cortés que de costumbre—. La verdad no te han quedado naaaaaaaaaaada mal.
—¿Y qué te trae a esta hermosa selva? ¿Buscando algo puntual o solo te gusta comerte el pescado ajeno si se te da la chance? —Nada, el comentario fue como meterle el dedo en la llaga. Parecía que doña Begoña la coneja no sabía controlarse ni morderse la lengua para ser educada. Aunque bueno, ¿quién era ella para hablar? Si a todo tipejo que se cruzaba se cagaba en sus muertos habidos y por haber—. Te escuché acercarte, sonabas un poco… Desorientada. Estoy segura de que dista más de una vuelta alrededor de mi campamento antes de encontrarme.
Sí, eso le tocó aún más las tetas. Frunció el ceño y liberó su frustración a base de un pisotón fuerte al suelo.
—¡Pues porque tengo un enemigo mortal que me hace la puñeta cuando le da la gana! —Mordisqueó lo que le quedaba de comida—. ¡El universo, ese capullo malnacido, juega en mi contra y esconde los lugares de sitio! Estaba yo ahí, tan tranquila en un pueblucho de mierda y de golpe, ¡PUM! Aparecí de la nada en esta selva. ¿Te lo puedes creer?
La mirada de doña Begoña la coneja parecía traumada. Seguro que ella también debía de conocer a ese enemigo. Sino, ¿por qué una coneja gigante bípeda con gustos carnívoros iba a estar en un lugar como ese?
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Bueno, nadie nunca había dicho que Mei fuese la mejor conversadora del mundo, probablemente sería más correcto decir todo lo contrario, considerando que su infancia consistía de un muy largo periodo de esclavitud seguido de una infancia apenas pasable donde nunca tuvo un lugar fijo donde vivir ni un círculo social estable. Eso y que en general Mei era bruta e impulsiva hasta para hablar, lo que le ayudaba cero en evitarse peleas innecesarias. Agradecía que por ahora la tal Lampedusa parecía más enojada con el universo -Más allá de decir mal el nombre de Mei, pero de entre todas las cosas que le habían dicho eso era así como lo de menos y no le daban las ganas para molestarse-, porque en retrospectiva si, le había dicho algo más bien poco simpático si la castaña estaba perdida. Dioses, su papá tenía razón, Mei se terminaría muriendo sola por incompetente al hablar.
- Bueno, no puedo… No puedo decir que me haya pasado aquí en la selva… ¡Pero le pasaba a mi papá todo el tiempo cuando viajábamos fuera de cualquier isla! -Eso, que hablar de William Blackclaw siempre era una excelente forma de romper el hielo, y bueno… Extrañaba a su padre, que debería estar asando pescados allí con ella y riéndose de su incapacidad para hablar bien sin cagarla por más de dos segundos. Recordarlo tendría que ser suficiente- Aun creo que no morimos en mitad del mar porque algo nos estaba cuidando, porque joder, no sé como ese hombre podía perderse cada año en cada viaje… -Soltó una risita, apenas lo suficiente para que se notara que era una anécdota graciosa y no una triste- [color=#47ca0]Una vez, nos quería llevar de Karate a Centaurea, y terminamos en Baterilla. No podía leer un mapa para salvar su vida, y aun así… Aun así, siempre lográbamos volver a Samba cada invierno…[/color] -Su tono bajaría un poco al final, claramente dolida.
- ¡P-pero eso, te creo lo de que el universo está ensañado contigo o algo! -Trataría de disimular el breve episodio depresivo para retomar la charla sobre la mala suerte de la humana, con la sutileza de un ladrillazo a la cara, pero hey, era el espíritu lo que se apreciaba o algo así. Mei, sin mucho pensado, sacó de entre sus cosas una pequeña brújula -De hecho de tamaño normal para Lampedusa, hasta grande, pero se veía diminuta en la masiva garra de la Mink-, y se la ofreció a la castaña- Toma, tengo otro par más así que te puedes quedar con esta. El pueblo más cercano está yendo derecho hacia el oeste, no debería tomarte más de tres horas de viaje -Era un gesto bonito. Probablemente inútil si el universo no quería que Lampedusa llegase a destino, como había declarado dicha mujer, pero bonito- Aunque… Puedes pasar la noche aquí si quieres, no me molesta la compañía y tengo comida y hay espacio en el refugio… -
Akashi Lampedusa
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—Bueno, no puedo… No puedo decir que me haya pasado aquí en la selva… ¡Pero le pasaba a mi papá todo el tiempo cuando viajábamos fuera de cualquier isla! —dijo Doña Begoña la coneja humanoide—. Aun creo que no morimos en mitad del mar porque algo nos estaba cuidando, porque joder, no sé como ese hombre podía perderse cada año en cada viaje… Una vez, nos quería llevar de Karate a Centaurea, y terminamos en Baterilla. No podía leer un mapa para salvar su vida, y aun así… Aun así, siempre lográbamos volver a Samba cada invierno…
Tal y como lo describía, su padre era todo un experto en hacerle la puñeta al universo. Empezaba a envidiar a ese hombre, fuera quien fuera. Obtener el poder de burlar a ese desgraciado era algo que ansiaba con toda su alma.
—¡P-pero eso, te creo lo de que el universo está ensañado contigo o algo! —Ramona pechuoreja le dio un artefacto que le sonaba de algo—. Toma, tengo otro par más así que te puedes quedar con esta. El pueblo más cercano está yendo derecho hacia el oeste, no debería tomarte más de tres horas de viaje. Aunque… Puedes pasar la noche aquí si quieres, no me molesta la compañía y tengo comida y hay espacio en el refugio…
Lampedusa observó el misterioso artefacto como si fuera el mayor de los tesoros. ¿Era ese el legendario One Piece? No, mejor aún. Que le dieran a eso, ¡esa obra de arte esculpida por los dioses sería su arma favorita a partir de entonces! La agarró con el cuidado que una parguela tuviera a un bebé recién nacido entre sus brazos y lo sostuvo con cuidado de no romperlo.
—Maravilloso. —Se levantó de golpe y lo alzó hacia los cielos, con la sonrisa más siniestra que jamás había puesto en su vida—. ¡Jódete universo! ¡Voy a cagarte a piñas de dos en dos hasta que sean impares! ¡Ya no vas a poder detenerme! ¡Puff!
Su risa maligna resonó por todos los lugares, con un eco distante que rebotó hacia ella. Con ese utensilio en las manos, sería imparable. Recordó entonces que la coneja le había dicho de quedarse esa noche a dormir, pero en cuanto pensó en lo que le había dicho del pueblo, tomó una decisión.
—Gracias, pero si dices que hay un pueblo cerca, me voy para allá. Seguro que este cachivache y yo podemos llegar hasta allí y hacerle la puñeta al universo, que después de tanta maldad suya podré vengarme. ¡Puff!
Aunque, sin embargo, todavía tenía hambre y quedaba pescado frito a lo palo. Se sentó y agarró el que quedaba, lo partió por la mitad y se lo ofreció.
—Bueno, pero te haré compañía mientras me termino esto. ¡Por nuestra amistad, amiga coneja humanoide llamada Menk! ¡Puff! —Alzó la parte que le había tocado y se la zampó de un bocado sin esperar a la otra muchacha.
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