20-12-2025, 10:14 PM
Día 70, Año 16, Invierno
Después de varios días atrapado en la isla de Roshwan, el tiempo parecía haberse detenido. El frío era constante, un frío que se metía en los huesos y no se iba ni con el fuego ni con la ropa gruesa. Me había perdido en el South Blue tras una tormenta traicionera, y aquella isla invernal fue lo único que encontré cuando el mar decidió escupirme de vuelta a tierra. Desde entonces, había recorrido sus costas heladas, sus bosques cubiertos de escarcha y sus montañas silenciosas, anotando lo que podía en mi libreta, aunque el clima hacía difícil incluso sostener el lápiz.
Fue durante una de esas exploraciones cuando lo vi. Al principio pensé que era una estatua. Entre la nieve y las rocas, una figura inmóvil, de formas firmes y postura rígida, como si custodiara algo invisible. Me acerqué con cuidado, la mano cerca de la empuñadura de la espada. Entonces se movió. Giró la cabeza despacio y me miró.— Un… Komainu. —
Mi voz salió casi en un susurro. Solo había visto criaturas así en libros antiguos y dibujos mal conservados. Guardianes míticos, mitad bestia mitad espíritu, ligados a templos y climas cálidos. Nunca debieron existir en un lugar como Roshwan. Y, sin embargo, allí estaba. Se notaba débil. Su pelaje, que debería haber sido espeso y brillante, estaba opaco, con zonas endurecidas por el hielo. Respiraba lento, como si cada bocanada de aire le costara un esfuerzo enorme. No mostraba agresividad, solo cansancio.
—No perteneces a este lugar. —le dije con voz calmada.
El Komainu no respondió con palabras, pero levantó apenas la cabeza. Sus ojos tenían una claridad extraña, atenta.—Me entiende —pensé de inmediato.
Durante los días siguientes me quedé cerca, observándolo. Le llevé comida, improvisé un refugio con telas y madera, e intenté mantener el fuego encendido el mayor tiempo posible. Aun así, era evidente que el frío lo estaba matando poco a poco. Roshwan no era su hogar.
—Si te quedas aquí, no durarás mucho. —le dije.
No necesitaba respuesta para saberlo. La decisión se formó sola en mi cabeza, Baterilla. Si había una isla donde esa criatura podía sobrevivir, era allí. Clima cálido, vegetación abundante, lejos del hielo eterno. El problema era llegar sin perderme otra vez en el mar. No podía permitirme otro error. Por eso decidí esperar al barco comercial.
Roshwan tenía una única ruta estable, un barco comercial que conectaba la isla con Baterilla cada cierto tiempo. Pasaban telas, licores y diferentes artesanías. No hacían muchas preguntas… pero tampoco eran ingenuos. Mientras recogía mis cosas en el refugio improvisado, mi mente no dejaba de girar.
—Tengo un cartel de búsqueda. —
—Un Komainu no pasa desapercibido. —
—Necesito un plan. —
Cuando el barco atracó, el muelle estaba cubierto de escarcha. Los marineros descargaban y cargaban con rapidez, deseando irse cuanto antes de ese lugar. Me acerqué con calma, llevando solo una mochila visible. El Komainu se mantenía oculto entre las rocas, siguiendo mis movimientos con la mirada.
Subí por la pasarela y fue entonces cuando lo noté. Un marinero, de mediana edad, barba descuidada y ojos atentos, me observaba más de lo normal. Su mirada bajó hasta mi rostro, luego a mi cuello, y se quedó fija.
—Te conozco. —dijo en voz baja.
Mi cuerpo se tensó, pero no reaccioné de inmediato.
—He visto esos ojos en algún lado. —añadió.
Entonces pensé— Ya está. Este es el momento. —
Suspiré despacio y metí la mano en el interior de la capa. Saqué un sobre grueso y se lo tendí sin decir palabra. El marinero lo abrió apenas, lo justo para ver el brillo.
—Cincuenta y cinco mil berries. —dije en voz baja— Seis mil para que me dejes subir. Veinticuatro mil para permitir que suba... algo más. Y veinticinco mil para que olvides haberme visto. —
El hombre tragó saliva.
—¿Algo más?—
—Una criatura. No peligrosa. Inteligente.—
El marinero dudó unos segundos que parecieron eternos. Luego cerró el sobre y lo guardó bajo su chaqueta— Sígueme. —
Me condujo hasta la bodega de carga. Entre cajas de madera y sacos de mercancía, me indicó un espacio amplio y relativamente cálido. Hice una señal, y el Komainu salió de su escondite con pasos lentos. Algunos marineros lo miraron, sorprendidos, pero el hombre levantó la voz— ¡Mercancía especial! ¡No se acerquen! —
El Komainu entró sin resistencia. Dejé dos días de comida bien separados, en porciones claras. Me agaché frente a él.
—Esto es lo que tienes. —le expliqué, señalando— Una por día. ¿Entiendes? —
El Komainu inclinó la cabeza una sola vez. Cerraron la bodega y subí a cubierta. El barco comenzó a moverse poco después, rompiendo el hielo del muelle y adentrándose en el mar abierto. El viento era fuerte, pero ya no helado. Me apoyé en la barandilla y miré el horizonte.
El mar del South Blue se extendía frente a mí, vasto e impredecible. Pero esta vez no estaba solo ni perdido.
—Baterilla. —murmuré— Esta vez llegaré. —
El sol se reflejaba en el agua, y el barco avanzaba firme hacia el sur. Me quedé allí, dejando que el balanceo marcara el ritmo, con la mente fija en la isla tropical que me esperaba… y en la criatura que, por ahora, confiaba su vida a mí.
OFF
