Día intranquilo. El aire, impregnado minuciosamente de sal, y unas gaviotas que, con su canto insistente, parecen anunciar un mal augurio. El sol cae con la intensidad suficiente como para resultar molesto y el viento, ausente por completo, convierte la jornada en una suerte de verano antelado; astro que brilla con tal fuerza que las nubes, casi con alergia a dichoso fulgor, se retiran en masa... La gente suele ponerse de mal humor con el calor ¿en eso estamos de acuerdo, verdad?; sin embargo, Shirel parecía estar hecho de otra materia, pues precisamente el calor era lo que inclinaba su balanza hacia la vitalidad. Adoraba la calidez en todas sus formas y quizá por esa razón le fascinaba tanto el picante: el ardor, esa sensación de estar vivo, de sudar como si no hubiese un mañana; para él, ese era el recordatorio más veraz de que aún pisaba el planeta Tierra.
Cuanto más avanza hacia la ciudad, más alborotadas encuentra las calles, y ese ambiente lo percibe de inmediato cuando, a unas horas ambiguamente mañaneras, se dirige a un bar con la intención de pedir comida y, con suerte, ayuda. Había viajado hasta aquel lugar por motivos personales, movido por un rumor peculiar sobre la isla donde nació. Porque sí: aunque figuraba oficialmente como oriundo de esa tierra, aquella ciudad no le pertenecía del todo. Era de "la otra". Un intruso, vaya, y cualquiera que conociera mínimamente la situación política de la isla entendería la contradicción. Y en caso de que no, bastaba con preguntar; era un "secreto" a voces, de esos que nadie articula en público pero todos conocen.
Mientras avanza entre la multitud, Shirel termina envuelto en un círculo humano del que destaca, sorprendentemente, una "capa" negra que pronto descubre no ser capa sino gabardina. La porta un chico peculiar, distinto al resto; su presencia parecía ajena al paisaje local, como si perteneciera a otro tipo de mundo, quizá uno más prometedor. O quizá no. A Shirel le daba por pensar en positivo y encumbrar mentalmente a cualquiera que llamara su atención.
Lo toma por la gabardina, sin pedir permiso porque así era él, y tira suavemente. Shirel era extrovertido, casi expansivo; si alguien despertaba su curiosidad, era perfectamente capaz de interceptarlo sin más preámbulos. Allí estaban ambos, en medio del círculo, frente a un bar de poca monta que, pese a su aspecto, servía desayunos bastante aceptables.
⸻Hostias… tú de aquí no eres, ¿verdad? Se te nota, chati; no hace falta ni que hables⸻comenta, sin preocuparse demasiado de si acierta o no. Para él, lanzar supuestos era casi una herramienta social.
Su apariencia resultaba, de por sí, llamativa: chaqueta amarilla de neón, chándal gris y unas chanclas negras con calcetines. Aun así, era guapo; sus ojos carmesí, su pelo casi blanco y esos dientes afilados, impropios de un humano, aunque lo fuera, componían una imagen extraña pero... increíblemente magnética.
⸻Soy Shirel L. Cariban, chati. ¿Cómo te llamas? ¿Ibas para la movida del barete este? Joder, ¡te invito, va! Seguro que eres de esos tipos fuertes que algún día me salvarán de la inanición o de que me arranquen la cabeza; quién sabe. A no ser que… hostias, ¿te imaginas que nos peleamos? Nah, no podrías contra mí. Soy un tío de lo más molón, joder.
Guiado por su olfato de mayorista armantestico "no arreglo espadas" Barald había acabado en la jodida isla de Kutsukku donde había algo así como una guerra de bandas y la cosa estaba cada vez mas turbia en cada esquina, donde podían robarte el den-den-mushi o apuñalarte por la mínima mirada. El recorrido por el South Blue del chico era amplio y había escuchado que en aquella isla todo era como "deprimente y lúgubre" y hoy la verdad que el día pintaba a todo lo contrario. Era un día soleado, caluroso. Barald caminaba tranquilo por una de las calles de la llamada "Ciudad Piston." Su objetivo en la isla como bien dije antes había sido guiado por su olfato de mayorista ¿nunca estaba de más hacer dinero no? desde que emprendió su nuevo modelo de negocio no había parado de trabajar para hacerse cada vez más rico, aunque de momento, su dinero brillaba por su escasez ¿llegara el día no? quien sabe, pero de momento había que trabajarlo un poco. En aquella isla escaseaba el poder monetario de la población pero vivían en un constante conflicto entre ciudades, el conflicto es el interés de muchos y como no, también el suyo, justamente en esa palabra estaba todo su dinero, en el conflicto. Dispuesto a ampliar sus negocios en la venta de armas acabó en aquella ciudad, pero aquella búsqueda iba a ser eclipsada por algo mucho mas interesante.
Pudo notar como alguien lo agarraba de la gabardina tirando de el a lo que simplemente giro la cabeza viendo al autor; un chico de su edad más o menos con el pelo blanco y una dentadura afilada ¿quien cojones era ese tipo? era un tipo con estilo porque llevaba calcetines y chanclas, todo un clásico. Aquel tipo que parecía ser alguien sin vergüenza y sin dos dedos de frente empezó a hablarle así de golpe, de manera directa y extensa, no parecía callarse, como si quisiera venderle algo. Escucho todo su discurso con atención por educación pero un pensamiento le inundo la cabeza. - ¿Y si le amputo un brazo delante de toda esta gente ... me detendrían? seguramente no, esta gente esta acostumbrada, pensarían que es por un ajuste de cuentas o algo así ... mmm - Su voz en su interior hablaba consigo misma y su cabeza manejaba posibilidades e y imaginaba desenlaces en décimas de segundo aunque de momento, tenía curiosidad por saber que ocurriría si seguía interactuando con ese hombre por lo que no dudaría en hablar con el. Sinceramente aquel tipo habría desconcertado a cualquiera pero Barald era un tio chill de cojones y a pesar de imaginar cosas asesinas, no se sintió atacado, ni si quiera por que lo llamara chati dos veces, aunque si que pudo notar como su ojo derecho empezaba con su tic nervioso característico de todos los días.
- Haces muchas preguntas ... ¿te llamas como? ¿shiruld? perdona con el ruido de tanta gente no te escucho bien. - Dijo el muchacho en un tono sereno y tranquilo a lo que prosiguió. - Me llamo Barald Kane, ¿tu eres de Ciudad Piston? me vendría bien alguien que conozca la zona ... claro con todo gusto si quieres tomamos algo, o peleamos va, o lo que quieras ¿juegas al poker? a si no es mucha molestia me gustaría ver tus manos ¿me las enseñarías? - Quien sabe que podría salir de todo esto ¿acabaran cenando juntos en navidad? o ... ¿compañeros de celda en Impel Down? solo el destino sabe lo que tiene deparado para estos dos, aunque evidentemente de primeras le quería aceptar la invitación, sinceramente, le hizo gracia que dijera que era un tío molón de cojones, desprendía una confianza extrema sobre si mismo, aunque parecía gilipollas ¿será que son ambas cosas?
Múltiples historias narran que quien porta una armadura siempre parece valiente… hasta que se topa con la batalla que lo obliga a quitársela. Luego están aquellas otras que describen a quienes disfrutan de las cicatrices que su propia piel es capaz de sostener. Ser de uno u otro bando es fácil; lo difícil es pertenecer al tercero: dichoso grupo temerario que se arranca la armadura y las cicatrices para volver a sentir el calor irradiante de un filo atravesando la carne y abriendo una hendidura llamativamente carmesí. Shirel pertenecía a esa tercera banda y, aunque ello no lo hacía especial en sí mismo, sí lo hacía particular en la manera en que había elegido ese camino. No era plenamente héroe ni plenamente villano. Antihéroe. Rebelión. Eso era lo que representaba.
Los pensamientos abruptos ajenos no suponían para él una amenaza real, aunque no sería la primera persona que querría matarlo. Tiempo atrás, en aquellos años tenebrosos para alguien no domesticado a pulso de humanidad, había sido otra criatura; tal vez una que, según ciertos criterios, habría debido ser despojada de la mismísima vida. Pero la redención existe y la educación, la codificación de aspectos positivos, también. Y era por eso que deseaba ser quien quería ser: libre, no atado a definiciones ni etiquetas que pretendieran preceder su evolución.
Sus ojos se agrandan como platos al ver que el ajeno no acoge su nombre a la primera. ¿En serio? ¿Cómo era posible?Shirel L. Cariban… no era tan difícil, ¿verdad? No, desde luego que no. ¡La explicación seguía vigente! El ruido. Esa era la culpa. Sin pensarlo, deja escapar un grito tan alto que la gente enmudece por unos segundos; un grito nacido del diafragma montañero, lanzado justo antes de que el contrario terminara de hablar.
⸻¡Te estás equivocando! Soy… ¡Shirel L. Cariban! Aunque puedes llamarme Shirel o… ¡Benga! Aunque te recomiendo más el primero que el segundo, chati⸻dice, mientras el círculo de personas comienza a disolverse, mirándolo con expresiones entre el disgusto y el miedo, según el rango de edad. Shirel percibe las miradas, pero el fulgor de sus ojos permanece intacto; era alguien de voluntad férrea, confiado y radicalmente aferrado a sus ideales. El juicio ajeno apenas le rozaba.
⸻¿De esta ciudad?⸻pregunta, mirando alrededor antes de tomarlo del antebrazo para llevárselo directamente hacia el bar. Un bar que, pese a su aspecto, ostentaba calidad tanto en la comida como en la gente. Allí abundaban marginados de toda clase; difícil era que surgiera una disputa por lo que iba a confesar a continuación:
⸻No, no, soy de la otra punta… aunque me conozco el lugar, ¡créeme!⸻y, ante las siguientes preguntas del otro, infla los mofletes. ¿Jugar al póker? Ni idea. Lo demás, en cambio, le parecía una oportunidad perfecta para demostrar que no era como el resto.
Extiende las manos al frente, aún con los mofletes hinchados, casi pensativo. Sus manos, llenas de callos producto del entrenamiento, eran ásperas; dedos largos y fuertes, apropiados para, en un futuro cercano, poder blandir su arma de casi dos metros y un peso descomunal.
⸻Ay, chati, siento mucho decirte que lo de las cartas se me da de puta pena… pero pelear sí se me da bien. Aunque, hey, soy una bestia en el parchís y, si no me equivoco, en esta taberna tienen ese juego.
Sin lugar a dudas aquellos dos resaltaban en el lugar, aquel tipo era variopinto y parecía ser alguien inquieto y gritón ¿divertido? es probable ¿tendría un imán para atraer los problemas? ... eso seria muy interesante. - Ah vale, Shirel ... si, lo recordare. - Las personas de su alrededor comenzaron a clavar sus miradas en ellos, algunos se alejaban otros simplemente se quedaban mirandolos esperando que empezaran a darse de hostias, aunque Barald no tenía esos planes en mente, de momento. Era un tipo muy tocón, primero le había agarrado de la gabardina y ahora lo agarraba del brazo para tirar de el mientras hablaba ¿por que insistía tanto en tocar? Barald empezaba a molestarse por aquello así que inmediatamente agarro a aquel tipo por la muñeca, ejerciendo la fuerza suficiente para que le soltara moviéndole la mano hacia un lado sin decir palabra, sin embargo, le siguió el paso hacia el bar con tranquilidad y serenidad.
Afirmaba conocer el lugar y decía que era bueno peleando ¿parchís? cualquier juego que no implicara ganar dinero le hacía perder completamente el interés. - ¿Parchis? ¿eso es para niños no? ¿que tienes 10 años? sabes pelear pero no jugar al poker ... que mierda. - El rostro de aquel tipo era infantil, pero parecía bastante sumiso e ignorante, le enseñaba la palma de las manos sin preguntar si quiera por que, a lo que inmediatamente Barald mostró total interés, acercándose ligeramente para observarlas desde cerca, tenia las manos grandes y fuertes, curtidas para ser alguien joven. Las manos de un hombre dicen mucho de si mismo y gracias a eso pudo saber algo, no era un hombre común, sus manos no mentían. - mmmm ...
El muchacho aguardó un momento mientras las analizaba, decían que era un hombre fuerte pero no solo eso, parecían estar acostumbradas a mover cargas pesadas, sin duda alguna un puñetazo de este tipo podría hacer bastante daño. - Bueno vamos peleón, hoy tengo planes para ti ¿no estarás ocupado verdad? entremos entremos ... - Dijo Barald mientras observaba las inmediaciones de la taberna. Aquel lugar estaría lleno de todo tipo de escoria posible, no podemos olvidar que estamos en la puta ciudad pistón y esta puta isla esta siempre de jaleo entre una ciudad y otra, es probable que hubiera alguien fuerte. Barald había notado una predisposición por aquel hombre de querer pelear y no era mal entretenimiento.
De pronto saco uno de sus cigarrillos de un bolsillo de la gabardina, lo encendió y dio un par de caladas para acto seguido dirigirse a Shirel. - Esto ... a ver, veras, tengo un objetivo que cumplir en esta isla y ahora que somos amigos quiero que me ayudes, necesito que ... mira ves a ese tipo de allí? - Dijo señalando descaradamente a un hombre grande, fuerte aparentemente, bastante rudo y feo, el radar de Barald para encontrar criminales era descomunalmente bueno. - Quiero que pelees con el ¿ahora somos amigos no? vamos ve, no te lo pienses, dale aunque sea un tortazo. Dijo mientras se acercaba a la barra. - Buenos días, ponme un sándwich mixto para llevar y una botella de agua y ... ¿tu que quieres Shirel?-
Nada de lo que haga nuestro querido amigo Barald es al azar, todo es premeditado, hasta incluso esto, veía potencial en Shirel que parecía estar altamente zumbado de la cabeza y esta muy convencido de que podría ser un buen aliado; ahora que había llegado a su vida pensaba usarle para llegar a completar su objetivo en Kutsukku aunque tampoco quería aprovecharse de el así porque si, simplemente quería ver de que era capaz y sobre todo, si era fuerte. Para hacer tratos con los más grandes siempre hay que arriesgarse, no conocía a nadie de momento, solo a su nuevo amigo de sonrisa afilada y manos de leñador, pero aquello podría cambiar pronto, quien sabe ¿acabaran en el bajo mundo de ciudad piston tratando con los magnates criminales? o ¿se veran extorsionados huyendo de la ciudad en calzonzillos?
Claro que lo recordaría. Shirel es difícil de olvidar, y no por poseer un temperamento excéntrico y jovial en lo social, sino por encarnar, en combate, una absoluta ausencia de amabilidad. El martillo. Arma que aplasta; que disuelve la voluntad, desgarra carne, grasa e incluso alma; que hunde al adversario y lo devuelve bajo tierra. Portaba un arma que sintetizaba su modo de luchar; alguien que, en el cuerpo a cuerpo, aguardaba el ataque y que, en un área amplia, levantaría más polvo que una montaña. Con eso soñaba: con no ser nunca reducido, porque no podía permitirse caer bajo el peso de nadie. Tenía claro quién era y hasta dónde podía llegar; miraría a la muerte de frente, sin vergüenza si fracasaba. Porque intentar aplastar siempre es preferible a quedar uno mismo aplastado.
Percibe la molestia en los ojos de Barald y, lejos de leer ofensa, reconoce un estímulo primario: continuar. Los límites se trazan y se entienden; y, por muy pícaro que fuese, siempre cabe pensar que una cerveza bastaría para disipar tensiones. Quizá el contacto no resultara tan indeseable.
⸻Olvidar mi nombre⸻murmura, casi entre risas. No afirmaría que fuera imposible, pero pronto vería, por la acción antes que por la palabra, que era alguien irrefutablemente singular. No singular por poder o prestigio, pues no los tenía ni los buscaba; sino singular en su conjunto. En ser él.
⸻Sí, el parchís… ¿de niños? ¡Já! ¿Temes perder ante mí en un juego que consideras muy por debajo de tus capacidades?⸻saca la lengua, mostrando los colmillos en los bordes de la boca. No pretendía convencer; pretendía provocar. Tal vez así lograra jugar… aunque, visto lo que seguía, quizá otro día.
Respecto a mentir, Shirel no sabe mentir. Y, aunque lo intente, no es por incapacidad innata, sino por educación: le enseñaron a decir la verdad y, si es completamente sincero, si buscara un porqué absoluto, sería que no la necesita. No requiere de la mentira para sostener su propia respiración. Es leal a su mirada del mundo, a lo que oye y percibe. No le es necesaria y duda que llegue a serlo; ¿qué clase de mundo miserable debe existir para que la mentira resulte un arma más eficaz que la verdad? Imposible. Las tornas deben cambiar. La mentira es producto de una libertad negada; y él se niega, radicalmente, a no ser libre. Eso es lo esencial; y sobra decir que lo defendería.
⸻¿Planes?⸻pregunta. Quiere ser capitán; por eso la cuestión toma un matiz que examina antes incluso de escuchar. Dirige la mirada hacia donde Barald señala y ve a un hombre enorme, quizá de tres metros, barrigudo, vitoreando sobre algo o alguien. Un objetivo. Amigo… espera; ¿lo era?
Amistad. Lealtad.
Su mente se acelera; reconoce esa irascibilidad suya, esa obstinación que en combate lo empuja a no detenerse jamás. A nunca retroceder.
Shirel tenía una debilidad. Una entre tantas, claro está. Pero esta era la defensa de lo que consideraba suyo y, desde una perspectiva objetiva, a sus amigos los concebía como propiedad. No como objetos: como propiedad vital. Algo que él guarda y debe proteger a cualquier precio.
Algo cambia. Se nota en el mordisco que se da en el labio inferior. Se hiere, deja escapar un hilo de sangre. Breve, sí; pero suficiente para revelar su propensión suicida en combate.
⸻Ah⸻emite con voz más grave, girándose hacia Barald⸻no quiero nada, chati. ¿Sabes por qué tengo estos dientes?⸻se inclina hacia su oreja, en un susurro. Peligro. El instante puro del peligro.
⸻Para arrancar mejor la carne⸻se aparta, le palmotea la espalda y deja que la imaginación haga su obra; sonríe. No en mueca macabra, sino tan luminosa como cualquier otra.
⸻Eh, tú, imbécil⸻apunta con el índice a la persona. No; se corrige mentalmente. Al objetivo.
⸻Por lo que veo, eres enemigo de mi amigo, chati. Y está tan cagado que me ha pedido ayuda⸻pues así lo interpretaba: si alguien pedía ayuda era porque no podía o el miedo era razonable.
⸻Déjame eso un momento⸻toma una botella de cristal, la estrella contra la mesa y corre hacia el hombre.
Shirel no era el más veloz; pero, en fuerza, destacaba. El hombre ríe, incrédulo; cree que podrá resistir. Subestimar siempre es un error. La hormiga, de ser grande, sería el animal más terrible e inexpugnable; y aun en su tamaño, mata criaturas cincuenta veces mayores.
El ataque es más súbito que de relámpago. Aprovecha la ventaja; hunde los fragmentos de cristal en el estómago del hombre y este se dobla, intentando arrancarse aquello que desgarra su punto débil. En cuanto lo hace, un derechazo al cráneo lo deja inconsciente de inmediato. Silencio. Eso sucede después. Un silencio físico, denso. Sangre en el suelo; un cuerpo convulsionando y pidiendo ayuda. Los ojos de Shirel se mueven de un lado a otro; no era locura, era su modo de impartir justicia. No héroe; no villano. Solo hacía lo que creía justo. Lo que garantizaba libertad.
Se da la vuelta, sonríe y levanta el pulgar, como diciendo "amenaza neutralizada", para luego regresar.
La confesión anterior podría haber sonado a canibalismo, pero no: Shirel simplemente verbalizaba lo que pensaba en ese instante. Se definía por acción y reacción.
⸻Listo; solucionado. Ahora me debes un favor, ¿lo sabes, verdad, chati?⸻porque quien pide y no devuelve queda endeudado; y quien vive endeudado sin ser nadie, jamás llegará a ser algo, pues… morirá en bancarrota.
El calor abrumador no iba a ser nada comparado al fragor de la batalla intensa, sucia, despiadada y rastrera que iba a tener lugar próximamente, como bien ya dije anteriormente, nada de lo que ocurría alrededor de Barald era simple casualidad, y las casualidades pronto se convierten en aciertos, como su encuentro random con Shirel o su simple estancia en aquel bar. El mundo del crimen organizado era oscuro así como sus mejores galas hechas de la mejor seda de todo el South Blue y tener una mente sin escrúpulos también, no iba a dudar de usar a aquel hombre que parecía ser bastante sumiso a cualquier petición de Barald, que de momento, se encontraba allí apoyado en la barra viendo como aquel tipo se dirigía con una sonrisa despiadada a partir en dos a ese hombre. - ¿Lo va a hacer? - Exhalaba el humo de su boca tranquilo con la cabeza ladeada para no perder detalle de lo que iba a ocurrir. Fue todo un espectáculo digno de los bares más sangrientos de toda la isla; aquel tipo, inconsciente y desangrándose en el suelo y la puta cara de loco del jodido Shirel daban lugar a una nueva misión secundaria; "balada mortal IV"
El silencio se hizo en el lugar mientras Shirel sonreía y elevaba su pulgar dirigiéndose a su nuevo amigo que con el cigarro aun en su boca esperaba su desayuno con total tranquilidad. Las miradas de todo el local se clavaron en Shirel por su agresividad, y por consecuente, también en el chico, que no parecía haberse ni si quiera inmutado por la situación ni por el intento de provocación de su nuevo amigo y compañero de aventuras secundarias el jodido Shirel L. Cariban - Dahahahha tienes pelotas tío, no pensaba que fueras a hacerme tanto caso ... lo has hecho genial. - Barald felicitó a su nuevo compañero de aventura por sus hazañas, haciendo caso omiso a las provocaciones del mismo. Con su diestra retiro el cigarro de su boca dando una ultima calada para lanzarlo al suelo y olvidarse de el, inmediatamente llevo con un movimiento rápido su diestra para tomar su katana por la empuñadura e inmediatamente extenderla al frente, desenvainándola rápidamente colocándola por encima de la cabeza de Shirel, exhalando la última bocanada de humo. - Yo te nombro ministro de asuntos turbios in nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti - Dijo a medida que con su arma, le hacia una cruz como si estuviera bendiciéndolo igual que un obispo, primero arriba, luego abajo, luego en un hombro derecho y luego en el izquierdo, todo esto mientras todo el mundo en aquel bar comenzaba a irse por el miedo.
No había parado a mirar la cara del dueño detrás de la barra, pero creo que nadie iba a preparar ningún sandwich después de aquello. - Si que se te da bien pelear ¿te parece bien que te compense el favor con una pelea? peleare contigo si quieres, pero creo que hoy no va a poder ser porque vamos a dejar de estar seguros, te recuerdo que acabas de apuñalar a ese tipo puto tarao, solo quería que le pegaras, pero bueno, saldremos del paso, o eso creo. - Podía escuchar como alguien se acercaba a las inmediaciones de la puerta del bar gracias a su gran oído a lo que inmediatamente se acercó a una de las ventanas próximas a la puerta, observando a dos hombres armados. - ¿Ya han avisado? son rápidos de la hostia ... - Desde aquella posición pudo observar el tamaño de esos dos monstruos andantes, nadie se metería con ellos a simple vista. El primero un hombre de pelo rapado con un tribal en la cara y el otro con cara de loco escapado del psiquiátrico.
¿Les habían avisado ya? había sido todo bastante rápido como para que ya hubiera consecuencias o es que acaso... Barald nunca esta de paso por ningún sitio y menos a estas alturas de vida en las que conseguir dinero se había vuelto su prioridad ¿cuál era el verdadero objetivo del chico? Se ganaba la vida vendiendo armas y no había nada mejor que conocer a los más criminales de una isla envuelta en una propia guerra civil para vender armas a todo trapo pero ¿como se llega a tales fines? bueno los caminos del señor son desde luego totalmente diferentes para cada uno, en este caso, para llegar hasta un tipo influyente no bastaba con presentarse y decir "oh hola, vendo armas ¿me compras? había que llegar a tener una influencia considerable para ser escuchado, así que planeaba llegar hasta el que manejaba todos los hilos ¿como? pues atrayendo a sus lacayos primero, y ahí estaba la prueba. Aquel bar tenia un puto letrero gigante de neón en la puerta llamado " Red Tools " conocido en Ciudad Piston sobre todo por su dueño un tal "Baby Cooper" magnate del crimen de la zona, montar ahí un revuelo quien sabe si lo haría aparecer, de momento, habían invocado a un calvo mamado y a un loco que ahora irrumpían en el bar, mientras Barald quedaba justamente a un lateral de la misma, una buena posición pues al entrar, si no giraban su cabeza ni si quiera lo verían.
De pronto la puerta del local se abrió de par en par tras un zapatazo del calvo y ambos entraron al establecimiento, frente a ellos se encontraba al jodido tipo de la sonrisa afilada cerca de la barra, ignorando por completo a Barald del cual no se habían percatado. - DIMITRI! NO DIMITRI! - El cuerpo del hombre había parado de convulsionar, ya parecía quedarle poca vida pues se estaba desangrando. - Amigo dimitri buen amigo tu pagar por daño a Dimitri - El calvo había hablado mostrando un acento frio, como de hombre del este, en cambio el otro simplemente armado con un bate de beisbol con pinchos se mostró excitado, pegando un salto a una de las mesas del garito. -JODERRR ESTOY PUTO EMPALMADO! PIENSO FOLLARME A ESTE PUTO NIÑO DE MIERDA ¿TU QUE OPINAS LUCY? -Dijo el tipo mientras se dirigía a su bate de beisbol, acercándolo a su oído. - Ah ... que maravilla. ¡DICE QUE QUIERE DARTE POR EL CULO! - ¿Hablaba con su bate de beisbol? Jodido pirado, ni que fuera el jodido Negan de The Walking Dead.
Off
Bueno Shirel, me he tomado la libertad de ofrecerte un combate, no soy ningún experto sobre el tema porque es la primera vez que estamos roleando bélico aquí ambos, he colocado ambas estadísticas de los tipejos estos y espero podamos usar el sistema para ir aprendiendo de como funciona en este pasado, voy de manera autodidacta por lo que me guiare de las guías y de los post que he visto de otros compañeros nakamas, intentaré hacerlo de la manera mas profesional, eres más fuerte que estos dos tipos y Barald te ayudara en combate si es necesario, de momento me mantengo al margen como mero espectador. Preferí dejarlo a un lado para narrarte un poco el combate y que te fuera divertido enfocado a que ataques y defiendas, te puse a dos de lvl 1 con estadísticas de mierda, tienes más estadística que ellos imagino que podrás vencer, igualmente es un pasado, podíamos haberlo hecho de manera narrativa el combate, pero me parece una buena introducción para ambos usar el sistema del bélico. Igualmente Barald esta a un lado, intervendrá si es necesario, aunque tu tendrás que rolear como actúan estos tipos frente a el, si me atacan en algún momento porque detecten mi presencia, deberás rolearlo tu para que yo pueda actuar en consecuencia con mi personaje.
Karmas activos
Sentido aumentado oído: Escucho como se acercan esos dos tipos, por lo que, me posiciono a un lado de la puerta, para que cuando entren no me vean.