[Social][Pasado] Rescate en la nieve
#1
Día 40 de Invierno, año 14

El mundo era blanco y silencioso. Una ventisca reciente había barrido la tundra que rodeaba la capital, dejando un paisaje de una pureza implacable. La nieve, tan profunda que llegaría al pecho de un hombre normal, formaba suaves dunas blancas hasta donde alcanzaba la vista, rotas solo por el ocasional afloramiento de roca negra o el esqueleto desnudo de un abeto petrificado. El aire era tan frío que quemaba los pulmones al respirar, y cada exhalación se convertía instantáneamente en una nube de cristales de hielo. Para la mayoría, era un infierno helado. Para Develio Torum, era una reminiscencia nostálgica, casi reconfortante. Era una pálida imitación del frío absoluto que azotaba en su tierra natal.

Emergiendo de entre la cortina de copos de nieve que aún danzaban perezosamente en el aire, se movía una figura que parecía más un pico errante de la propia montaña que un ser vivo. Develio no caminaba sobre la nieve; se abría paso a través de ella, cada paso un movimiento lento y poderoso que dejaba una profunda zanja a su paso. Su tamaño monumental era aún más pronunciado en la vasta y vacía llanura.

Para la ocasión, su habitual uniforme de la Marina había desaparecido bajo un atuendo adaptado no solo para el frío, sino para su escala. Llevaba una enorme capa con capucha de la Marina, una pieza hecha a medida que requirió el equivalente a tres tiendas de campaña militares. Era de lana gruesa, de un blanco inmaculado que lo mimetizaba casi a la perfección con el paisaje, dándole la apariencia de un gigantesco fantasma de nieve. Los bordes y el interior de la capucha estaban forrados con la piel de un Oso de Nieve, una bestia local cuya piel blanca y densa era el único material capaz de aislar eficazmente del viento cortante de la tundra. Llevaba la capucha puesta, y la profunda sombra que arrojaba ocultaba la mayor parte de su rostro, dejando visible solo la ocasional voluta de humo con olor a mango que escapaba de su pipa.

Debajo de la capa, se podían vislumbrar unos pantalones de lana gruesa de color azul marino, metidos en unas botas igualmente descomunales, hechas del cuero de un Rey Marino del North Blue, cosidas con tendones de oso y con suelas tan gruesas y con tantos clavos que parecían las orugas de un tanque de hielo. Su piel, aunque expuesta al frío en sus manos, no mostraba signos de enrojecimiento ni de congelación. La sangre de gigante que corría por sus venas, acostumbrada al aliento de los glaciares, lo convertía en un horno interno contra el que el frío de Roshwan era una mera molestia.

Su misión esa tarde era sencilla, casi mundana: recuperar a un recluta rezagado. Un joven llamado Petyr, que había sido enviado a la cercana Ciudad Tabjin a por un cargamento de suministros médicos y que debía haber regresado al cuartel de Pushkin antes de que cayera la tormenta. No lo hizo. Además varios enfermos esperaban esos suministros con su vida en juego. Dev se propuso voluntario para ir, no podían hacer nada sin suministros.

Tras una hora de marcha, Develio encontró lo que buscaba. Un trineo de la Marina, volcado a un lado del apenas visible camino, y junto a él, una figura acurrucada, temblando violentamente. Petyr era un muchacho delgado, de la capital, no acostumbrado a la brutalidad de la tundra. Había intentado refugiarse del viento detrás del trineo volcado, pero el frío ya le había robado la fuerza y el juicio. Su rostro estaba pálido, sus labios azules. Hipotermia en una fase avanzada.

Develio se arrodilló, un movimiento que provocó un pequeño temblor de tierra y nieve. La capucha se deslizó hacia atrás, revelando su rostro adusto y el familiar humo que se arremolinaba desde la pipa de lava que sostenía entre los dientes. Petyr levantó la vista, sus ojos desenfocados por el frío, y un terror confuso se mezcló con su entumecimiento.

— Re... Rec... Recluta T... Torum... — tartamudeó el chico, sus dientes castañeteando con la fuerza de un martillo neumático.

Develio no respondió de inmediato. Primero, sus enormes manos, sorprendentemente suaves, examinaron al recluta. Presionó suavemente su pecho, notando la respiración superficial. Tocó su cuello con el dedo meñique, sintiendo el pulso débil y rápido. Hipotermia severa, casi en fase de fallo cardiaco. La pérdida de consciencia es inminente.

— Se ha detenido a descansar, Recluta Petyr, hay gente esperándolo en el cuartel — la voz de Develio fue un murmullo profundo, un sonido tranquilo y sin prisas que parecía absorber la urgencia de la situación. — En la tundra, el descanso es un asesino silencioso. Te canta una canción de cuna, y si la escuchas... no vuelves a despertar. —

Abrió una de sus alforjas, de la que sacó un grueso matraz de metal. No contenía agua. Era un caldo de pescado, aún humeante. Preparado por él mismo esa mañana, sabiendo que lo necesitaría. Vertió un poco en el tapón del tamaño de un cuenco grande que servía de taza para él y servía de fuente para el recluta Petyr.

— Beba. Despacio. — dijo, acercando el tapón a los temblorosos labios de Petyr con sumo cuidado. — Calor interno. Es el primer paso. 

Mientras el chico bebía a sorbos, Develio comenzó el segundo paso. Abrió su gran capa blanca, extendiéndola como las alas de un albatros gigante.

— Acerqúese. — La palabra no fue una orden, sino una invitación tranquila. — Mi calor corporal es... considerable. Actuará como un horno. Es la forma más rápida de detener la pérdida de temperatura. 

Envolvió al tembloroso recluta dentro de su capa, atrayéndolo hacia su torso masivo. Para Petyr, fue como ser absorbido por una montaña cálida y que olía a humo de frutas exóticas. El contraste entre el frío letal de la tundra y el calor radiante que emanaba del cuerpo del gigante era abrumador. Gradualmente, los temblores violentos comenzaron a disminuir, reemplazados por un temblor más fino y controlado mientras la sangre comenzaba a circular de nuevo.

A lo lejos, las extravagantes cúpulas con forma de cebolla de Pushkin brillaban con colores chillones contra la paleta monocromática de la nieve, una promesa de alcohol caliente y refugio.

— Había un refrán en mi tierra — continuó Develio, su voz una vibración en el pecho contra el que se apoyaba Petyr. — Decía: "Nunca confíes en una montaña que no respira". Roshwan tiene muchas montañas. La mayoría respira... y tienen hambre. — Miró hacia el trineo volcado, una mota en el paisaje infinito. — Nos iremos pronto. Cuando deje de temblar. El vodka de la Plaza puede esperar. Su vida no. 

Y así permaneció, un faro de vida y calor en medio de la nada helada, un semigigante de un mundo de hielo aún más frío, protegiendo a un hijo del mundo de los hombres, mientras la nieve comenzaba a caer de nuevo, cubriendo lentamente sus huellas como si nunca hubieran estado allí. Pegó una fuerte calada a la pipa para que no se apagase, volviendo a ajustarse la capucha sobre la cabeza, la larga melena echa coleta que se alzaba sobre su cabeza se llenó de copos de nieve el poco tiempo que estuvo al descubierto.
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#2
Rohswan había sido una segunda madre patria para él si es que el concepto en sí le pareciese agradable, lo cierto es que detestaba todo signo de orden regida por algún pomposo rey cuyas nalgas abotargadas en un asiento eran incapaces de descifrar la realidad del lugar que regían, dicho lo cual, ahí estaba en el lugar donde se había vuelto un hombre libre, habría crecido tanto que ya no era reconocible como aquel adolescente, medía cerca de tres metros una altura que pocos lograban alcanzar o al menos eso creía Amaro que en el día de hoy descubriría que aquello era una realidad ciertamente lejana. 

Como si de un bautismo se tratase, un ritual de renacimiento, había decidido volver a la tundra que antaño lo había acercado al cálido abrazo de la muerte pues cuando ella está nosotros no estamos y todo sentir se vuelve una niebla onírica de lo que fue, sus pasos eran ligeros y continuados había pasado años y años tanto en la isla de Drum como en este lugar en específico por lo que el frio era lo normal para él, eso no implicaba que no fuese cubierto, además de su habitual chaqueta llevaba una de pelo de oso conejo, importación habitual para Rohswan por lo cálido que era tal tejido. Suspiró mientras el aire se condensaba delante de él, y entonces fue cuando su vista le engañó, o al menos eso habría deseado pensar. 

Como si de una criatura de los mitos se tratase, una figura humanoide envuelta en nieve y... ¿Telas?, se alzaba casi cuadriplicando la altura de Amaro que perplejo parpadeaba atónito pues no era capaz de creer que tal ser pudiera existir, su cuerpo se tensó en actitud de lucha o huida pero sus músculos se relajaron al notar que aquella criatura salida de la más impávida de las mentes retorcidas, parecía estar cuidando de otra persona, además al igual que Amaro de su boca el aire se expandía también era un ser vivo...

Tal es mi suerte hoy, que he encontrado alguna suerte de raza poco peculiar... ¡Alto! ¿Eres originario de estas tierras? replicó Pargo sin temor alguno y con su voz profunda y temeraria que a otros ya en alguna ocasión había sobrecogido por su capacidad de intimidar con tal tono, había hablado no como una orden si no como una necesidad, quería saber que buscaba un ser como aquel en aquellas tierras, pero sus dudas se fueron disipando cuando un simbolo de la marina se dejó entrever entre nieve y tela, era un perro de los nobles, cuando era esclavo poco y nada hicieron los marines por salvarlo una falsa institución movida por unos falsos ideales de justicia, el rostro de Amaro se torció desagradable, pero no podía dejar que aquello fuera lo que la criatura dislumbrase si se acercaba por que fingió una cara más amable, si la marina estaba ahí quizás pretendían hacer algún favor a algún noble, tenía que estar pendiente... tenía que sacar información. 
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#3
El calor corporal de Develio envolvía al joven recluta Petyr como una manta, y los temblores del muchacho habían comenzado a remitir, transformándose de convulsiones a un castañeteo controlado. El silencio de la tundra solo era roto por el silbido del viento y el crujido ocasional de la nieve asentándose. Era un momento de intervención clínica pura, un procedimiento que se desarrollaba según lo previsto.
Entonces, una nueva voz rasgó el velo de quietud del mundo blanco.

"¡Alto! ¿Eres originario de estas tierras?"

Era una voz profunda, sorprendentemente resonante, que logró atravesar el viento y el grueso de su capucha. No era una voz que transmitiera miedo, sino una autoridad innata, el tono de alguien acostumbrado a que lo escuchen. Develio, que había estado concentrado en el pulso de Petyr, levantó la cabeza lentamente, un movimiento glacial que parecía requerir un esfuerzo monumental.

Su enorme cráneo giró, y la sombra dentro de su capucha se desplazó, permitiendo que sus ojos, dos pozos de análisis calmado detrás de las lentes de sus gafas, se posaran en la fuente del sonido. A unos treinta metros, apenas una silueta oscura contra el resplandor infinito del blanco, se encontraba una figura. Alta para los estándares humanos, quizás de tres metros, lo cual lo convertía en un "niño" para los suyos, pero era imponente para esta tierra. Llevaba una chaqueta de piel, su cuerpo tenso, listo para una confrontación.

Develio lo estudió por un momento. No era un marine. No era un civil de Roshwan. La forma en que se mantenía en pie, su equilibrio sobre la nieve profunda, hablaba de una vida acostumbrada a las dificultades y al combate. Vio la tensión inicial del extraño, y luego, una relajación calculada cuando notó a Petyr. Vio también, gracias a su aguzada vista de médico, la sutil mueca de desprecio que cruzó el rostro del hombre cuando el símbolo de la justicia se hizo visible en su propia capa. Hostilidad hacia la Marina. Lo catalogó como "dato preliminar, motivo desconocido, probable historia previa negativa".

No sintió ninguna amenaza por parte del recién llegado. Comparada con las bestias de Elbaf o la brutalidad casual de su infancia, una figura solitaria en la nieve era, en el mejor de los casos, una curiosidad. El temor, al igual que las sonrisas gratuitas, era una emoción ineficiente que había extirpado de su repertorio hacía mucho tiempo.

Terminó de asegurar el caldo en la boca de Petyr antes de volverse, solo ligeramente, hacia el extraño. No se puso en pie. No adoptó una postura defensiva. Simplemente existía, una montaña inmóvil con un pequeño humano resguardado en su regazo. Su respuesta no llegó de inmediato. Primero, retiró lentamente la pipa de Elbaf de su boca, su movimiento tan parsimonioso que el propio tiempo pareció congelarse a su alrededor.

Exhaló una larga, densa y aromática nube de humo con olor a mango, una exótica y cálida anomalía en el aire helado que se arremolinó y se mezcló con la nevisca.

Cuando finalmente habló, su voz no fue la de un marine dirigiéndose a un civil, ni la de un semigigante intimidando a un humano. Fue la voz tranquila de un médico informando de un estado, la voz de alguien que no sentía la necesidad de levantarla para ser escuchado, porque su propia resonancia hacía vibrar el suelo.

-No. No soy de esta tierra...

Hizo una pausa, permitiendo que las palabras pesaran y se asentaran en la quietud. Su mirada se mantuvo fija en el hombre, evaluándolo, diagnosticándolo casi.

-... y ahora mismo, mi prioridad es la de este otro hombre, que sí es de esta tierra. Está sufriendo una hipotermia severa.

Con una deliberada lentitud, hizo un gesto con su mano libre hacia el joven recluta envuelto en su capa. No fue un movimiento para mostrar vulnerabilidad, sino para establecer un hecho incontrovertible. Estaba ocupado. Su propósito era claro.

Volvió a llevarse la pipa a la boca, dio otra calada y dejó que la pregunta no formulada pero evidente flotara en el aire junto con el humo: ¿Y tú? ¿Qué eres? ¿Un obstáculo, o simplemente un espectador en esta vasta y vacía sala de emergencias que llamáis tundra? No había hostilidad en su tono, pero sí una finalidad de acero. Cualquier interrupción en su deber sería tratada como lo que era: un síntoma que necesitaba ser gestionado.
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#4
Aquel ser gigante se giró hacia Amaro con la tranquilidad de un coloso que pocas veces ha tenido que enfrentar peligros de menor tamaño que él, algo que le incomodó profundamente a Amaro, no pudo evitar recordar la misma sensación de su infancia cuando con desprecio el noble miraba a su hermano y a él como si no fueran amenazas, como simples y pequeños depósitos de diversión, así se sentía ante la mirada del gigante que habló con la tranquilidad de quien sabía lo que estaba haciendo y no quería perder el tiempo. 

Parece que tienes bastante claro tu objetivo y sin embargo pareciera que no conoces lo que la Tundra le hace a cuerpos menores al tuyo, o tienes muy clara tus capacidades para cuidarlo o eres demasiado soñador como para darte cuenta de una manera sutil quería darle a entender que lo que fuera que le estaba dando no iba a salvarlo, no al menos de una amputación multiple, había visto varias veces aquellos resultados y desgraciadamente había tenido que vivirlo en sus carnes, y en las de su hermano, tanto pensar en el pasado estaba comenzando a darle ansiedad por lo que no pudo evitarlo...

Dio un bocado a su chaqueta de pelaje de oso conejo arrancando unos cachos del pelaje y tragándoselo, de aquella manera podría calmar su hambre al menos un momento y con ella la ansiedad que solía recorrer su cuerpo, sus ojos negros como el abismo volvieron a posarse en aquella figura.
Soy de esta tierra y antes que esta fui de una aún más helada, mi pasado fue engullido por la tundra junto a mis seres queridos, y hoy venía para bautizarme nuevamente en estas heladas tierras... y sin embargo no puedo evitar preguntarme por que me hablas del marine que llevas en tus manos pero no de la carreta que parece tener algún contenido... ¿Tenías acaso más cosas que hacer por aquí? ¿Quizás para algún noble? el final lo hizo de manera rimbombante para darle burla a la propia palabra de noble, quería ver todas las reacciones que aquel colosal ser podía demostrar ante faltas de respeto pues como se ha mencionado anteriormente no es que haya visto muchos marines salvar a esclavos de manos de nobles, tragó saliva mientras esperaba respuesta mientras sentía como el hambre volvía y empezaba a sumirlo en la necesidad de masticar algo, lo que fuera, quizás otro humano a punto de morir... por ejemplo.
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#5
El calor corporal de Develio envolvía al joven recluta Petyr, y sus temblores comenzaban a remitir. El silencio de la tundra fue rasgado por una voz autoritaria. La figura llamada Amaro Pargo se había presentado como un nuevo factor en la ecuación de supervivencia.

Develio observó al hombre. Vio sus ojos oscuros como el abismo. Vio el gesto peculiar de morder y comer el pelaje de su propia chaqueta, un acto que su mente catalogó instantáneamente como un síntoma de un estrés profundo o una carencia nutricional crónica, quizá solo el tipo era raro de cojones. Ansiedad, pensó Dev, posible manifestación en un acto de pica.

Luego, escuchó las palabras del extraño. Había una narración, un pensamiento interno del hombre sobre amputaciones y un pasado doloroso, pero las palabras que Develio oyó fueron una insinuación, una duda sobre su competencia: "Parece que tienes bastante claro tu objetivo y sin embargo pareciera que no conoces lo que la Tundra le hace a cuerpos menores al tuyo..."

Era un desafío a su juicio médico, seguido de una pregunta cargada de sospecha sobre el contenido del trineo y su propósito, con la palabra "noble" lanzada con un sarcasmo deliberado. Quería provocar una reacción, desnudar una posible incompetencia o una lealtad corrupta.

Develio permaneció inmóvil. La provocación del hombre se deslizó sobre su impasible calma como el agua sobre la piedra. Continuó con su tarea, ajustando la capa sobre el recluta Petyr con una mano del tamaño de un escudo. Lentamente, como si tuviera toda la eternidad, se llevó la pipa de Elbaf a la boca. La calada fue profunda. El humo que exhaló fue una densa nube con olor a mango que se mezcló con el aire helado, un velo momentáneo entre él y el mundo.

Cuando el humo comenzó a disiparse, sus ojos, serenos detrás de las gafas, se encontraron con los del hombre. Su respuesta no abordó el insulto velado. Se centró en los hechos, en la ciencia, con la voz tranquila de un médico explicando un diagnóstico a un familiar escéptico.

-Sé exactamente lo que la tundra le hace al cuerpo. Sé que el corazón ralentiza sus latidos para conservar energía. Sé que el flujo sanguíneo se retira de las extremidades para proteger los órganos vitales, causando vasoconstricción periférica. Y sé que si esa etapa no se revierte con calor externo y calorías internas, lo siguiente es la cristalización del tejido. Y después de eso... la necrosis.

Su voz era un retumbar bajo, desprovisto de emoción, una lección de anatomía en medio de la nada helada. Mientras hablaba, rebuscó en su alforja con su mano libre y sacó un paquete envuelto en tela encerada. Lo abrió, revelando una gruesa porción de pescado ahumado, del tamaño de la cabeza del extraño. Lo dejó en la nieve, a medio camino entre ellos. No un regalo, sino una pieza de evidencia.

-El caldo caliente," continuó, haciendo un gesto hacia Petyr, -es para el calor interno. Mi cuerpo, para el externo. Este pescado... es para las calorías que necesitará cuando se estabilice. Y lo que hay en ese trineo- su mirada se movió hacia el vehículo volcado-son analgésicos para el dolor del deshielo, vendajes estériles y una alta dosis de antibióticos de amplio espectro para prevenir infecciones oportunistas en su estado debilitado. Todo destinado a un dispensario en Tabjin, para gente corriente. No para 'nobles'.

Volvió a dar una calada a su pipa. El resplandor iluminó brevemente sus gafas.

-Comerse el abrigo puede calmar la ansiedad momentáneamente, hombre de las dos nieves- dijo, reconociendo el tic del extraño con una precisión clínica. -Pero la proteína real hará un mejor trabajo. Te sugiero que lo aceptes. Tu cuerpo parece necesitarlo tanto como él.

No había hostilidad ni defensa en su tono. Simplemente había desarmado las insinuaciones con una demostración abrumadora de conocimiento y propósito. Le había dado al extraño un diagnóstico, un tratamiento para sí mismo en forma de pescado, y una respuesta clara a sus sospechas. La pelota, o en este caso, el pescado, estaba ahora en el campo de Amaro Pargo. Podía seguir con las provocaciones, o podía aceptar los hechos. Develio simplemente esperaría, fumando su pipa, una montaña de calma en medio de la tormenta.
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#6
Al principio no puedo evitar sentir cierta ira cuando la explicación calmada se alzaba como una respuesta clara de un conocimiento mayor que claramente Amaro no era capaz de entender, bajo su punto de vista nada científico alguien en aquel estado era mejor dejarlo en tundra, pero las acciones del gigante y sus silencios dieron muchas más explicaciones, había sacado algún tipo de pescado, no sabía cual pero le importó poco, Amaro caminó la vida era supervivencia pura y dura y en aquello el era un maestro y antes de que si quiera el gigante le ofreciera tomarlo, este ya lo había hecho dando grandes bocados mientras aquella suerte de gigante intentaba explicar sus razones, Amaro engullía, aquellas calorías le vendrían muy pero que muy bien, entonces al terminar se limpió la boca con la manga y sonrió tenuemente. 

Tienes un corazón gentil, ese tipo de corazones suelen pudrirse en este mundo y más en tu organización , procura que eso no cambie mi querido gigante... Y aun así por la pieza que me has dado te daré algo que ahora no apreciarás pero que en el futuro sí... Yo soy Amaro Pargo, recuerda mi nombre. 

Caminaría con pasos lentos observando los medicamentos y nuevamente hacia el gigante, se acercaría cada vez más pensando en algo que para él era una realidad tan obvia como lo era respirar, la corrupción se había extendido y ahora entregaban migajas de pan, así mantenían a los seres conscientes esclavos de las necesidades que ellos mismos le habían creado, si alguien quería sanar a una persona ¿Por que no les enseñaba a sanarse? Era mejor recetar algún medicamento sin saber que hará al cuerpo y esperar que su deseado médico les atienda por siempre aun si tienen que trabajar toda la vida para ello...

Si quieres ayudarles... enseña a fabricarlos... entonces su pie más grande que algunas de las cajas comenzaría a aplastar todos y cada uno de los medicamentos, Kurokokoko...  reiría con su extraña y anticlimática risa mientras aplastaba los medicamentos, la anarquía absoluta era lo único que haría fuerte a la población, sin esclavos, sin gobiernos, sin ayudas, todos con las mismas posibilidades en un mundo cruel y real , todos sobreviviendo... pues en el caos absoluto se hallaba el único orden real. 

Que aprendan que sus errores causan muertes, y que si quieres ayudar la ayuda sea real y no un parche momentáneo... lo mejor era tener la certeza de que el pueblo vería a los culpables como los marines y empezarían a desconfiar y quizás y solo quizás así lograrían empezar a quitarse el velo de mentiras que les habían puesto... lastimosamente aquel gigante era demasiado noble para entender sus razones aunque se dignase a explicarselas...
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#7
Develio observó al hombre llamado Amaro Pargo devorar el pescado. Lo vio, no con la condescendencia de quien da una limosna, sino con la mirada de un médico que observa a un paciente desnutrido tomar su primera comida nutritiva en semanas. La forma en que Amaro comía hablaba un lenguaje más antiguo que las palabras: el de la supervivencia cruda, la del hambre que borra toda etiqueta social. Develio lo comprendió.

Luego vinieron las palabras del hombre, un diagnóstico cínico sobre su "corazón gentil". Develio no se inmutó. Amaro confundía la metodología con la emoción, la disciplina con la ingenuidad. Su decisión de sanar no era un acto de bondad ingenua, sino una elección lógica y deliberada, un contrapeso necesario a un mundo roto. Escuchó el nombre, "Amaro Pargo", y lo archivó, como un médico anota el nombre de un nuevo y complejo caso en su historial.

Pero entonces, algo cambió. La atmósfera, antes cargada solo por el frío y la desconfianza, se espesó con una intención que Develio reconoció al instante. No era la amenaza de un luchador, era el fanatismo de un profeta demente. Amaro Pargo se acercó al trineo volcado, su mirada fija en las cajas de suministros médicos. Sus palabras sobre "parches momentáneos" y "enseñar a fabricarlos" eran el preludio, el discurso que un hombre se da a sí mismo para justificar una atrocidad.

Y entonces, el primer pie se alzó. Y descendió.

CRACK.

El sonido de la caja de madera astillándose y las ampollas de cristal rompiéndose fue obscenamente alto en el silencio de la tundra. Polvo blanco y estéril, el analgésico que habría aliviado el dolor de una docena de hombres, se esparció por la nieve sucia, profanándola. La extraña y anticlimática risa del hombre, "Kurokokoko...", no sonaba como la de un anarquista; sonaba como el crepitar de huesos rompiéndose.

En ese instante, el mundo de Develio Torum se redujo a ese único punto de profanación. El tiempo se ralentizó. Su pipa de Elbaf, aún en su boca, se apagó. El humo con olor a mango cesó. El calor reconfortante en su pecho se extinguió, reemplazado por un cero absoluto, una quietud más fría que la propia tundra.

No fue ira lo que sintió. La ira es una emoción caliente, una pérdida de control. Lo que Develio sintió fue la helada y cristalina claridad del cirujano que detecta un tumor que no solo está creciendo, sino que está activamente metastatizando frente a sus ojos, amenazando con destruir todo el cuerpo. El hombre, Amaro Pargo, había dejado de ser un superviviente cínico. Se había convertido en una patología. Una enfermedad.

CRUNCH.

Otro pie, otra caja. Esta vez, la que contenía los antibióticos de amplio espectro. Las vidas que podrían haberse salvado de una sepsis, de una gangrena, ahora se derramaban inútilmente en el suelo helado.

La protección del joven recluta Petyr había terminado. El tratamiento había terminado. La intervención había comenzado.

Con una suavidad que desmentía la urgencia de la situación, Develio Torum colocó con cuidado al recluta Petyr sobre la nieve, bien alejado de la destrucción. Luego, se puso en pie. No de un salto, no con un rugido. Se irguió lenta, inexorablemente, como una placa tectónica desplazándose. Nieve y hielo se desprendieron de su enorme capa blanca mientras se elevaba a su máxima altura, su sombra cayendo sobre Amaro como la noche eterna. Su rostro, antes impasible, era ahora una máscara de una finalidad aterradora, una calma que precedía a la aniquilación.

-No...

Su voz ya no era tranquila. Era el sonido profundo y resonante de un iceberg partiéndose por la mitad. Cada palabra era un trozo de hielo macizo lanzado a través del viento.

-... Esto no es 'enseñar'.

Amaro levantó su pie para aplastar una tercera caja, la de los vendajes. Pero nunca llegó a tocarla. El movimiento de Develio fue como el de un glaciar: imparable, ineludible. Cubrió la distancia entre ellos en dos zancadas que hicieron temblar el suelo. Su mano, abierta y del tamaño de una mesa grande, no voló para golpear. Se movió con la intención de proteger la caja.

-Esto es 'asesinar', estás matando pacientes, niños, abuelos, no puedes aleccionar a nadie actuando así...

La mirada de Develio, ahora sin la protección de las sombras de su capucha que al moverse se echó hacia atrás con el gélido aire, se clavó en la de Amaro. No había odio en sus ojos. Había algo mucho peor. Había la fría y desapasionada certeza de un ejecutor que cumple una sentencia necesaria.

-El deber me obliga a detenerte Amaro...

Su voz bajó, volviéndose un murmullo profundo y mortal.

-También debo detener la enfermedad en la que te has convertido...no te vuelvas canceroso para la sociedad..aún puedes ser alguien bueno..

Y sin previo aviso, sin saber si Amaro iba a seguir pisando su mano ahora que protegía los suministros médicos, agitó la mano con fuerza para espantarlo. No con violencia explosiva, sino con un tirón constante y abrumador que intentaría arrancar a Amaro de su equilibrio y arrojarlo al suelo si el tipo insistía en seguir haciendo aquel destrozo a los pocos suministros que quedaban.
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#8
Sus pisadas llenaron de densidad el ambiente, la primera hizo el efecto desesperante que buscaba, una negación se había escapado de aquella cabeza tan inteligente como lo era aquel ser de leyenda que tras eso comenzó a moverse hacia Amaro que sin acritud alguna en fijarse en él pisó una segunda caja mientras seguía profiriendo aquella risotada tan característica de él, la nobleza le hizo extender un pescado hasta el hombre que ahora tenía fuerzas suficientes para destrozar cajas que en teoría salvarían a muchos. 

Kurokokoko... Se paró un segundo para mirar con su negruzca mirada al hombre que le cuadriplicaba el tamaño, entonces se lanzó cubriendo toda distancia posible haciendo en efecto un escudo contra el que impactó la pierna de Amaro, este esbozó una sonrisa mientras notaba la mano apartándolo, no importaba los suministros se expedían bajo una necesidad de demanda, haber como explicaba ahora el marine que no tenían medicamentos para todos... No importa mi querido gigante, ve, lleva esa caja, no sería tan estúpido como para gastar mis energías en la tundra peleando con un ser como tú, pero quiero ver la cara de esos aldeanos cuando vean que no se puede confiar en ustedes, que habeis entregado menos de lo prometido... comenzó a caminar manteniendo una distancia de unos seis metros del gigante, distancia que sin duda este podría acortar si quisiera en tiempo escaso, pero era meramente para no llevar aquello a una pelea, aun así Amaro se mantenía alerta por si acaso. 

Mi excelentísimo enfermero de la marina, o médico o cocinero, lo que seas... Amaro se giró, llevaba un cacho de madera en la mano el cual se acercó a la boca para masticarlo, haciendo una pasta de madera en su boca que tragó mientras miraba la figura del gigante y la del marine que parecía recuperar la consciencia Espero ver como niegas medicamentos a personas que lo necesitan ¿Como vas a elegir al más necesitado? Y lo que es mejor... ¿Cómo vas a explicar a tus superiores que un hombre se adentró solo en la tundra para romper tus cajas? ... Nos vemos gigante listillo , te prometo que seguiré tus viajes de cerca... Los marines tendían a coger fama si crecían en la propia institución, seguramente tarde o temprano acabaría volviendo a leer o ver algo sobre él, un poquito de caos en su vida no le vendría mal para abrir aquella coraza que quería autoimponerse, mientras caminaba para irse tosió una bola de pelo blanco y comenzó a saludar con la mano mientras se iba. 
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#9
Las palabras de Develio, profundas y cargadas de una finalidad de acero, colgaron en el aire helado, y por un instante, el propio tiempo pareció congelarse ante la inminente colisión de dos voluntades. Pero el enfrentamiento que parecía inevitable no ocurrió. Amaro Pargo, con la agilidad evasiva de un depredador acostumbrado a luchar en sus propios términos, se deslizó fuera del alcance. No buscaba un combate frontal. Su arma era el caos, su victoria la duda que sembraba.

Develio observó al hombre retirarse a una distancia prudencial. Escuchó sus palabras finales, un último goteo de veneno ideológico sobre la corrupción y las elecciones imposibles. Vio cómo Amaro masticaba madera, un tic que confirmaba su diagnóstico de una profunda perturbación. Y lo vio alejarse, una silueta oscura y anómala que saludaba con la mano antes de ser engullida por el torbellino de nieve.

La risa, "Kurokokoko...", se desvaneció, dejando tras de sí solo el silbido del viento y un silencio manchado de destrucción.
Develio permaneció inmóvil por un largo momento, su enorme figura una estatua de lana blanca contra el paisaje blanco. No había persecución en su mirada. Amaro Pargo se equivocaba. El gigante no era "listillo" ni "noble". Era, ante todo, un médico. Y un médico, ante un desastre, no persigue al perpetrador. Atiende a las víctimas.

Bajó la vista. Las cajas rotas. El polvo precioso de los medicamentos esparcido como una ofensa sobre la nieve. Vidas potenciales, perdidas. Un despilfarro. El acto más grande de ineficiencia y crueldad.

Un profundo y lento suspiro escapó de sus pulmones, una vasta nube de humo y vaho que se mezcló con la nevisca. Era el suspiro de un hombre que se enfrenta a una tarea abrumadora, pero necesaria. El tumor había escapado, pero ahora tocaba salvar al paciente.

Con una parsimonia que desmentía la urgencia de su misión, Develio Torum comenzó el arduo proceso de control de daños. Su primera acción fue arrodillarse junto al joven recluta Petyr, quien había observado todo con ojos desenfocados, apenas consciente. El gigante comprobó de nuevo su pulso. Aún débil, pero estabilizado. El calor había hecho su trabajo.

— Tranquilo, recluta — murmuró Dev, su voz de nuevo baja y calmada, como si el incidente no hubiera ocurrido. — La ayuda no se ha destruido. Solo... se ha complicado. 

A continuación, su atención se centró en el desastre. Sus manos, que momentos antes estaban preparadas para desarmar a un hombre, se movieron ahora con la meticulosa precisión de un arqueólogo en un yacimiento delicado. Abrió con cuidado cada una de las cajas, tanto las rotas como las intactas. Las ampollas rotas fueron desechadas. Las que sobrevivieron al impacto, las rescató, limpiando el cristal de cualquier resto de madera astillada. Revisó los vendajes, separando los que habían quedado expuestos a la humedad de los que permanecían estériles en sus envoltorios. Era un triaje, la cruda matemática de un campo de batalla.

Calculó. Su mente, acostumbrada a las dosis y los inventarios, hizo un recuento rápido de las pérdidas. Había perdido aproximadamente un tercio de los analgésicos y casi la mitad de los antibióticos. Sería insuficiente. La profecía cínica de Amaro sobre tener que elegir a quién ayudar era ahora una dolorosa realidad logística.

Con una fuerza que parecía no tener fin, enderezó el trineo de la Marina, volviendo a colocarlo sobre sus patines con un solo y poderoso movimiento que hizo crujir el metal y la madera. Con sumo cuidado, cargó las cajas de suministros restantes, asegurándolas con cuerdas. Por último, levantó a Petyr con la delicadeza con la que un hombre normal levantaría a un bebé y lo acomodó entre las cajas, arropándolo con mantas de piel y con su propia capa monumental.

— Informaré de lo sucedido — le dijo al apenas consciente recluta, más para ordenar sus propios pensamientos que para informar al chico. — Se dará una descripción del individuo: tres metros de altura, cabello bicolor, comportamiento errático, ideología anarquista... y pica. Responderé por la pérdida del material, es mi deber...

Tomó las riendas del trineo. Sus pasos, al comenzar la larga marcha de regreso a Pushkin, eran más pesados que antes. El peso no era solo el del trineo y los hombres. Era el peso de las vidas que tendría que racionar, de las decisiones imposibles que tendría que tomar, todo por el acto sin sentido de un hombre que confundía la destrucción con la libertad.

No pensó en la venganza. No pensó en la justicia. Esos eran lujos. Solo pensó en la ecuación: X cantidad de medicina para Y cantidad de pacientes. Y mientras la figura de Amaro Pargo se convertía en un mero recuerdo en la ventisca, Develio Torum, el médico semigigante, se concentró en la única verdad que importaba: salvar lo que se pudiera salvar. Era lo único que un hombre podía hacer.
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