[EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 2 [GRUPO 3]
#1
GRUPO 3

Venimos de este post
En este grupo aterrizan los siguientes personajes: Han, Mercedes, Owen, Stroud, Moja, Bai.
Recordad que debéis postear con el código ["personaje=2283"] (quitad las comillas).
Es OBLIGATORIO que pongáis bien el código (sólo tenéis que copiar y pegar y quitar las comillas y ponerlo al principio de vuestro post. El que no lo haga está descalificado. Este código es para copiar vuestras estadísticas, inventario y demás.






Seis cuerpos impactaron contra roca sólida, dura y fuerte. Una roca que no debería estar en ese lugar. Era un área plana de cincuenta metros de largo y de ancho, en cuyos cuatro lados se elevaban unas paredes de ciento cincuenta metros de alto. Eran gruesas y fuertes, y para quien tuviera un buen ojo o experiencia con el terreno, sería fácil advertir que eran completamente artificiales. De igual manera los estudiosos en general podrían darse cuenta de que ese tipo de formación y esa particular sedimentación sólo podía ser obra de una Akuma No Mi. Y de entre todos ellos, los que tuvieran un gran sentido de la vista podrían darse cuenta de un pequeño brillo en uno de los lados de la parte superior de aquellas paredes.
Pero los que no poseyesen esas cualidades... no serían capaces de entender nada mas que el hecho de que estaban atrapados en una cárcel de piedra. Una forma pétrea que emulaba un cubilete de dados gigante y que era imposible de escalar de cualquier forma. ¡Qué mala fortuna! ¡Atrapados y separados de sus camaradas!


A muchos, muchos metros de distancia, seis risas y algunos aplausos se mezclaban con el soniquete de las olas y la tormenta que avanzaba hacia el South Blue y dejaba atrás estas tierras.
Sobre un peñón perfectamente esculpido, había una carpa engalanada y respaldada del temporal por muros de tierra. Dentro de esa carpa, seis sillones albergaban a seis personas inesperadas, todas ellas con un par de prismáticos al cobijo de una modesta hueste de esclavos que les servían comida y bebida y se encargaban de mantener los farolillos encendidos. A los pies de estas seis personas, había un esclavo con las manos sumergidas en la roca viva, y junto a él, un cofre que rebosaba oro.
— ¡Es imposible que pierda! Oooohlalalala — gritó y rio uno de aquellos hombres, masticando burdamente unos croissants — ¡Los Saint Voltòir vamos a ganar este año-eh! — señaló con seguridad, mientras las migas de su aperitivo caían por su papada y su ropa. Era obeso, rubio y con el pelo peinado en vertical, y un ridículo bigote finísimo. A su lado, un joven de las mismas proporciones de sobrepeso y una evidente calvicie mal disimulada, con el - poco - pelo de color marrón oscuro, le contrariaba agitando un bogavante con la mano — ¡Estás loco-eh! — dijo dando un mordisco a su comida — Los Saint Vangelis tenemos al más musculoso de todos con nosotros ¡Greeekekekeke! — pero fue rápidamente interrumpida por una mujer, de aspecto fino y con un lunar pintado sobre el labio, sus cabellos rojos como el fuego seguían el mismo peinado que el único capaz de peinarse entre los anteriores — ¡Qué ilusos! Irishishishishish ¡El más musculoso lo tenemos los Saint Byrne! ¡Y es el que peor fama tiene! — dijo recibiendo una copa de vino, siendo interrumpida por la risotada de alguien más. Un gran lunarian con una máscara de teatro en el rostro y su largo cabello plata peinado verticalmente, siendo el único de buen cuerpo entre los presentes varones — ¡Novnovnovnovnov! Queridos compañeros celestiales ¿debo recordaros quién es el vigente campeón? ¡Está claro que volveremos a ganar los Saint Tsvetnik! — preguntó retóricamente llevándose la mano a la boca mientras reía.
Los esclavos acababan de traer una bandeja con muslos de pollo a otro de los presentes, uno particularmente obeso también, con el cabello rosa pero rizado y corto, con dos prominentes patillas — No tenéis buen ojo ¡no tenéis buen ojo! — dijo agarrando uno de los muslos de pollo con un brillo voraz en sus ojos — Los Saint O'Heil somos los mejores en esto de escoger esclavos ¡claro que soy yo el que ha elegido al mejor de todos los Sakana! Fryyy ha ha ha — y a su lado, el último de los presentes, un anciano delgado y con el mismo copete pero de color rubio agarraba también otro muslo. Tenía un bigote partido de color negro y una barba que tapaba cuello — Saint Wisniewski jóvenes, Saint Wisniewski. Nosotros somos los que se harán con la Guerra de Casas este año ¡nadie podrá igualar a nuestro campeón! Skiskiskiski — rio sin fuerzas el anciano dando finalmente un mordisco a su comida.

Aquellos seis Tenryuubitos observaban con sus prismáticos en dirección a los espejos, viendo a las personas que habían caído en los respectivos cubos de roca, esperando para que su diversión pudiese comenzar. Y su diversión, iba a ser muy poco divertida para todos vosotros.
¿Qué pasaría a continuación?




Resumen

Indicaciones
#2
Atributos Personaje


La travesía continuó sin demasiados inconvenientes hasta los imponentes Cabos Gemelos. A duras penas iluminada por los momentáneos relámpagos que asolaban la zona, la Red Line acabó alzándose ante ellos de entre las aguas como un enorme muro, que, en la oscuridad de la noche, perdía su color característico, con una multitud de nubes que se arremolinaban en torno a su cima. A Stroud, sin embargo, no le cupo duda alguna en cuanto empezó a asomar en el horizonte, y, sacando el catalejo, contempló la escena, como si fuese un monumento. Calculó la distancia visualmente, y murmuró la corrección mental del rumbo, dando un leve golpe con el nudillo en el bronce del catalejo. Inspiró hondo, el aire cargado de sal. "Tripulación, a sus puestos," ordenó, su voz tan monótona, y tan firme, como de costumbre, "revisad jarcias y velas." De forma casi instintiva, se ciñó adecuadamente la gorra a la cabeza, y el abrigo a los hombros. Ser recibido por la Red Line era como ser recibido por un alto mando; la situación requería respeto y formalidad. No era cualquier cosa.

Música

El ascenso no tardó en comenzar, y nada podría haber preparado al navegante para lo que estaba a punto de ocurrir. "Velas a medio izar, que el viento no luche con el agua," razonó, haciendo un ademán con la cabeza hacia Bertram, Kibai y Moja, "foque recogido, mantened la proa firme." Stroud Redgrave, por una vez, estaba nervioso. Sus manos se aferraban al timón en un intento por mantenerse firmes y no temblar. Su mente no paraba de hacer cálculos, estimando la velocidad de flujo y murmurando algunos números. Cada pocos segundos, examinaba su brújula, que parecía estar volviéndose loca, aunque eso era algo que había previsto. De cuando en cuando, intentaba ver cómo maniobraban los demás navíos, procurando coordinarse con los mismos y aprender de su navegación. A medida que la inclinación crecía, el agua parecía rugir, como desafiándolos, o dándoles la bienvenida. Era complicado de interpretar. Stroud colocó un pie sobre la base del timón, anclando el otro, manteniendo el control del Royal Quiver. Lo lograrían. Las gotas empezaban a salpicarles el rostro como pequeñas agujas, mientras el barco temblaba y avanzaba con fuerza. La presión del agua aumentaba, y el joven Redgrave sintió cómo todo el barco vibraba como un músculo en tensión.

Incluso si no era consciente, en la mente de Stroud, el Grand Line se revelaba como una auténtica bestia, y su instinto natural era no arrodillarse. El barco se sacudía, les llovía agua por doquier. "¡Viento al sur, corriente al norte! ¡Ajustad foque en un cuarto!," ordenó quirúrgicamente, "¡Asegurad cabos!". Su abrigo, ceñido a sus hombros, se posicionaba ya casi completamente en vertical, en paralelo a la cubierta, mientras él a duras penas lograba mantener el control del timón, del que casi colgaba. Bajo el uniforme, sus músculos se encontraban en máxima tensión, como si intentase domar al Grand Line en sí mismo. En algunas ocasiones, dio la impresión de que estuvo a punto de perder el control, entre las corrientes cambiantes y ante la incensante presión del agua. Como quien cabalgaba una bestia, Stroud no cedió ni un milímetro, manteniendo la integridad del navío. Sin embargo, al cabo de escasos minutos, el barco cambió repentinamente de posición, coronando la cima prácticamente intacto. Fue como, si después de todo aquello, hubiese llegado finalmente la calma. Stroud, sin embargo, sabía que aquello no había hecho más que empezar, que no debía dejarse engañar. "Velas plegadas, corriente descendente inminente," ordenó, anclándose nuevamente al timón. No había tiempo para el alivio o para chorradas. "Ajustad el peso de babor, cambiamos de corriente en tres, dos..."

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Nada hubiese podido anticipar el caos que estaba a punto de desatarse. Todo fue rápido, cuestión de solo unos agónicos segundos. El barco empezó a descender, prácticamente en caída libre. El viento se volvió casi insoportable, como estar dentro de un tornado. Stroud dio algunas órdenes de emergencia, intentando a toda costa mantener el control del navío, pero fue en vano. La monotonía de su voz apenas era audible en aquel cataclismo. Un relámpago iluminó la escena. Todo ocurrió demasiado rápido, todo se volvió borroso. Los tensos músculos de Stroud intentaron aferrarse al timón de la nave a toda costa, pero no fue suficiente, y el Marine salió despedido, sus manos rasguñadas y dejando pequeñas manchas de sangre sobre las astillas del timón. Mientras se precitpitaba al vacío, el último pensamiento de Stroud consistió en preguntarse si el Royal Quiver aguantaría la caída, el viento ensordecedor rugiendo en sus oídos.

Más música

Cuando Stroud volvió en sí, todo le dolía. ¿Estaba vivo? ¿Realmente era posible? Todo le daba vueltas, todo estaba borroso. Pese a ello, su reacción instintiva fue ponerse en pie. A duras penas y con pesadez, apoyando las manos sobre sus rodillas y sin idea de qué había a su alrededor, reprimiendo el instinto de vomitar, pero lo logró. Poco a poco, todo recobraba claridad, mientras miraba a su alrededor. ¿Paredes de roca? Aquel era el último sitio en el que hubiera esperado dar a parar. Se percató de que, de alguna forma, se había logrado aferrar a su abrigo, que conservaba con orgullo; empapado, pero intacto. No se podía decir lo mismo de él: se frotó bajo la nariz con la mano, descubriendo un borrón de sangre. Sus brazos y piernas estaban llenos de magulladuras, amoratados. Si no se había roto todas las costillas, aquello había sido un milagro.

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No sin cierta dificultad, caminó por el lugar, intentando vislumbrar el escenario. A su alrededor habían caído otras cinco personas, ¿de dónde habían salido? ¿Les había pasado a todos lo mismo? Una de ellas, ataviada en el uniforme de la Marina, llamó su atención, con su blanco pulcro destacando en la penumbra de aquel ambiente. ¡Era Moja! Se agachó junto a él, comprobando el pulso en su yugular con dos dedos, y sacudió sus hombros. Se dio cuenta entonces, prestando atención al suelo bajo sus pies, de que el veteado de la roca parecía seguir patrones extraños, demasiado regulares. Recorrió la superficie con la mano, palpando la roca con las yemas de los dedos, notando lo que parecían ser extrañas ondas de percusión. Jamás había visto ninguna formación lítica así, por mucho que estuviesen en el Grand Line, y no cabía duda de que aquel lugar era completamente artificial. Alguien era el responsable de que estuviesen allí, de una forma u otra. Recuperándose del shock, su mente empezaba a razonar con la fluidez habitual. Tomó aire, aún volviendo en sí, mientras esperaba a que Moja recobrase el sentido, y se ciñó los guantes tachonados que colgaban de su maltrecho cinturón. Al igual que su visión, sus instintos iban volviendo, y su naturaleza metódica y previsora reclamaba su lugar a medida que observaba a su alrededor y se preparaba para lo que pudiese venir. Estaba claro que aquel lugar ocultaba algo.

Off
#3
Atributos Personaje


Negras nubes en el cielo, de pronto un relámpago enciende la cúpula celeste, pero como la luz vino, se fue, las nubes enturbiaba la vista de la luna, y las estrellas, temerosas de la lluvia, huyeron despavoridas. Aquellos rayos que desgarraban el aire desde el hogar de los dioses era lo único que alumbraba el camino, fugazmente, atronadores pero necesarios en la situación. 

Entre fogonazo y fogonazo intentaba ver a mis compañeros, Kayseira agarraba con fuerza un cabo, intentando mantener la vela en la posición correcta mientras el barco ascendía como si fuese arte de magia. Zhang agarraba el timón con toda la fuerza que sus brazos le brindaban y Cao, sin temor ni duda, lo ayudaba para mantener el rumbo y que el barco no se fuese a cualquier lado. Cuando el navío comenzó a levantarse, primero con una verticalidad evidente, tuve que agacharme mientras agarraba el cabo contrario que mi fría compañera sostenía, debía bajar mi centro de equilibrio para mantener aún en el suelo. .¿Y este es el camino fácil?.- Grité mientras miraba al asno entre relámpagos, claramente para subir los ánimos con un poco de humor, así al menos me distraía del terror que quería dominar mis piernas para salir de allí como alma que lleva el diablo. 

El ascenso fue complejo, pero nuestro navegante fue diligente y astuto, su experiencia en el mar nos salvó de la parca, él tenía miedo de ser el monstruo que nos matase, pero de momento no estaríamos vivos sin él "Dios bendiga al burro..." Pensé durante los pocos segundos de calma antes de comenzar el descenso, donde todo se torció y comenzó a pintar feo de verdad. Incluso me permití sonreír de medio lado, pensando que podríamos vencer cualquier obstáculo que nos pusiera el destino por medio. 

Que iluso fui, pues el viaje solo había comenzado, igual que los problemas, claro. Durante la bajada sentí un fuerte impacto, miré a Zhang, preocupado al observar su cara de confusión. "Aggh... Mierda" Volví a agarrar con fuerza el cabo mientras empezaba a sudar, y mira que no hacía calor en ese lugar. -Mierda, mierda, mierda. Señores que nos la damos.- Intenté avisar a los demás, pero fue inútil, un segundo golpe hizo saltar a Cao por la borda, al escucharlo gritar me giré rápidamente, soltando el cabo para intentar agarrarlo antes de ser demasiado tarde. Fue un movimiento tonto e impulsivo, pero no pude evitar intentar ayudarlo, parece que el camino al infierno esta pavimentado de buenas intenciones. Por culpa de mi torpeza, Kayseira no pudo manejar la vela, haciendo que la verga se descontrolara y la golpease, lanzándole fuera del barco también. Zhang no podía hacer otra cosa mas que intentar mantener el barco en control y rumbo, yo me giré a tiempo de ver a la dama salir despedida y, por último, un tercer impacto contra el casco del barco me lanzó a mi y a mi equipo compañero. 


No recordaba como fue la caída, la oscuridad intermitente y el intentar no morir me mantuvo bastante ocupado para ver a donde fueron los demás. Lo que si recuerdo fue el despertar, Tumbado boca arriba mientras miraba el cielo limitado por un amplio círculo de piedra. -Uff... Menudo golpe...- Me incorporé mientras me sujetaba una sien de la cabeza. -Un momento...- Alarmado me fijé a mi alrededor, buscando desesperadamente a mis compañeros, mi rostro no escondía el miedo de que algo les hubiera pasado. Varias personas estaban en el lugar, tirados en el suelo como yo, intentando levantarse y descubrir donde narices estaban, entre ellos, una mujer de gran tamaño y rostro familiar se distinguió en mi vista. -¡Bai!.- Grité mientras salía despedido corriendo hacia ella intentando discernir si estaba herida.

Cuando llegué a su lado comencé a mirar su cuerpo con enorme miedo, sujetando sus brazos, escrudiñando su cabeza por si, Dios no lo quisiera, se hubiera dañado el cráneo.-Por favor dime que estas bien. Por lo mas amado Bai dime que estas bien.-  Me aseguré de que no estaba lesionada, tan solo algo afectada por el testarazo que se había dado, pero nada que no le impidiera levantarse incluso. -Ufff... Menos mal...-  Aquella mujer no era la que más conocía de entre todos los monjes, pero eso no quitaba que sintiera el compañerismo y hermandad de pertenecer a una misma organización. Cuando me aseguré de su salud miré a mi alrededor, fijándome que la estructura en la que nos encontrábamos no podía ser creada por la madre naturaleza. -Estamos muy lejos de casa, Dorothy.- Dije a Bai recordando una historieta que hablaba de un gran viaje. Me llevé una mano al mentón. -Hhmm... Quizás los demás hayan caído en otro lugar similar a este, o... Quién sabe, tal vez nos han movido a todos.- Abrí los ojos al caer en una cosa, un objeto que Cao me había dado para emergencias. Eché mano a mi mochila, sacando de este un Den den Mushi. -Espero que esto funcione.- Llamé por instinto, sin pensar siquiera en quien estaba intentando contactar, mi preocupación era mayor que la razón. -Lan, Lan... Dime que estas ahí, por favor.-

¿Por que le llamé a ella? No lo sabía la verdad, pude haber intentado llamas a Cao, o a Zhang, cualquiera de los que iban conmigo, pero... Si Bai estaba aquí conmigo... Su embarcación también tuvo que ser dañada. 

resumen

Para el narrador

belico

karmas
#4
Atributos Personaje


Moja hojea el periódico con calma, deteniéndose apenas unos segundos en el artículo sobre la División 84. El titular no le causa ni orgullo ni nerviosismo, pero sí le sirve de recordatorio: su nombre, y el de sus compañeros- ya circula entre las aguas del South Blue, pasa la página y se detiene en otra sección: los nuevos carteles de búsqueda. Sus ojos felinos recorren las imágenes de los piratas más recientes, repasando nombres, cifras y descripciones. Algunos son simples rufianes de poca monta; otros, viejos conocidos que reaparecen con recompensas mayores. Memoriza rasgos, tripulaciones, rangos y ubicaciones probables. Nunca está de más estar preparado. El Grand Line no perdona la ignorancia.

Dobla el periódico con precisión, lo deja a un lado y se incorpora cuando el Royal Quiver comienza a balancearse con mayor fuerza. El cielo, que hasta hace poco lucía claro, se ha ido cerrando en cuestión de minutos. Un viento húmedo sopla desde el este, arrastrando nubes oscuras y pesadas. En la distancia, un trueno retumba sobre el horizonte, preludio de la tormenta que los espera. Moja levanta la vista. Entre la lluvia fina que empieza a caer, logra distinguir la formación colosal de roca que se eleva sobre el mar: dos montañas gemelas, como guardianes de piedra, abriendo el paso hacia el Grand Line. A medida que se acercan, la corriente se vuelve más fuerte, empujando al barco con una energía viva y peligrosa.

Los relámpagos iluminan el cielo a intervalos irregulares, bañando el Royal Quiver en destellos blancos. Pero para Moja, la oscuridad no representa obstáculo alguno, su visión felina le permite distinguir cada cuerda, cada vela, cada gesto de sus compañeros incluso en medio de la tormenta. El viento arrecia. La madera del casco cruje, las olas golpean los costados, y la lluvia empieza a caer con furia. Stroud, da las órdenes pertinentes. Moja responde al instante. Corre hacia el mástil, libera los cabos y empieza a reducir el trapo de las velas, trabajando con precisión a pesar del agua que le azota el rostro. Luego se mueve hacia proa y recoge el foque, asegurando cada cuerda y enrollando la vela con fuerza para que no se suelte. Sus movimientos son firmes, automáticos, disciplinados.

El barco asciende por la corriente ascendente entre los Cabos Gemelos, como si el mar mismo lo elevara hacia el cielo. Moja se sujeta con una mano a la barandilla mientras ajusta una cuerda con la otra, mirando hacia adelante. El horizonte se ilumina con un nuevo relámpago, revelando por un instante el camino que los aguarda: la entrada al Grand Line. El rugido del mar se vuelve ensordecedor cuando el Royal Quiver corona la corriente ascendente entre los Cabos Gemelos. La lluvia cae a torrentes, golpeando la cubierta con la fuerza de una batería de tambores. El viento cambia de dirección sin previo aviso, y la espuma salada corta el aire como cuchillas. Desde la popa, el contramaestre Stroud se aferra al timón y ordena replegar las velas.
Moja no duda. Trepa hacia el mástil, trabaja con velocidad y precisión bajo la lluvia que azota como agujas, plegando las velas y asegurando cada cabo. La tormenta arrecia, los relámpagos iluminan brevemente la cubierta, y en cada destello el barco parece más pequeño frente a la inmensidad del mar. Apenas ha terminado cuando un golpe descomunal sacude el costado del navío. Un rugido ensordecedor, madera que se parte y un tirón violento lo arrancan del suelo. Moja sale disparado por la borda, tragado por la oscuridad.

Cuando recobra la conciencia, el silencio es casi absoluto. El rugido del océano ha desaparecido. Lo sustituye un eco apagado que resuena en un entorno cerrado. Su cuerpo duele: siente los músculos tensos, la ropa húmeda pegada a la piel y algunas heridas leves en los brazos. Abre los ojos. No hay luz natural, pero su visión felina se adapta rápidamente. Lo que ve no es un camarote ni la orilla del mar… sino una enorme cueva de piedra, de unos cincuenta metros de ancho por otros tantos de largo. Las paredes son rugosas y se elevan varios metros antes de perderse en una bóveda oscura. No hay rastro de salida: ni túneles, ni grietas, ni corrientes de aire. Solo roca sólida por todos lados.

El suelo es irregular, de roca sólida. Moja se incorpora lentamente, respirando hondo. Su cabeza todavía zumba, pero sus sentidos se mantienen alertas. A unos metros distingue otras siluetas. Cinco personas más,. entre ellas, reconoce la figura del contramaestre Stroud. Este se encontraba a su lado, esperando que Moja recuperase el sentido.

-Contramaestre… ¿está bien?-

El eco de su propia voz se pierde en la inmensidad del lugar. No hay respuesta inmediata, Moja entrecierra los ojos, observando a los demás caídos. Reconoce a alguno de ellos, pues sus caras y descripciones aparecían en los “Wabted” que había leído antes entrar a los Cabos Gemelos. Nadie parece gravemente herido, pero el entorno es inquietante. Una cueva sin salida, en mitad de ninguna parte. No hay mar, no hay viento, no hay camino de regreso. Y sin embargo… siguen vivos.

Offroll
*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]
#5
Atributos Personaje



[Imagen: 826067926536b392c551bdcab80463cd.jpg]
-¡UKER! ¿¡CÓMO COJONES ESTAMOS SUBIENDO COMPLETAMENTE EN VERTICAL!?-

Owen no era un navegante para nada atento, es más, tenía un desconocimiento enorme del manejo de los barcos y detalles implicados en cualquier tipo de navegación, pero, al menos por su parte, confiaba totalmente en que su actual capitán (Y persona que debía espiar) Uker, fuese capaz de poder llevarlos en aquella travesía que tenía todas, pero todas las papeletas de salir mal de principio a fin. Él se encontraba a su lado y, más que alentándolo, parecía estarlo amedrentarlo debido a los nervios -¿¡No podíamos meternos por un lugar que no nos haga desafiar a Dios!?- porque aquello, a todas luces, parecía tan imposible como real; La salida hacia los cabos gemelos fue ciertamente algo relativamente sencillo, aunque el clima no acompañaba en lo absoluto. Todo se había cuadrado para el caos: El clima, su situación personal, ahora, ser buscado por la marina, alejarse de su mujer favorita en todo el planeta, era como si el más grande ente celestial solo quisiera poner piedra atrás de piedra para que las cosas cada vez vayan más a peor.

El pelirrojo intentó mantener su posición, incluso, ante el grito de su capitán que él pudo escuchar mientras se aferraba a cualquier cosa con tal de no caer al mismísimo vacío -¡QUIERO DEJAR DE SER TU MEJOR GUERRERO, DIOS!- pero no Owen, no vas a dejar de ser su mejor guerrero...porque las cosas iban a complicarse aún más: El ascenso pudo lograrse con algo de dificultad, pero para nada pudo cumplirse lo mismo con aquella bajada que pareció la propia de una montaña rusa. Automáticamente empezó la caída, aquello se volvió un desastre tan grande como las propias palabras de su capitán que, desesperado, buscaba copiar los movimientos de los barcos posteriores al de su propia tripulación mientras el cielo se iluminaba con destellos de algo que habían señalado, al menos, hacía una hora: La tormenta más cruel e inminente que pudiesen enfrentarse.

Parecía como si la propia tormenta estuviese cayendo encima de un barco al cual Owen buscó aferrarse como sea, ni siquiera pudo seguir las instrucciones para esconderse dentro del propio navío debido a que un solo paso en falso podría provocar caerse sobre un grupo de peñones de rocas tan picudos como amenazantes, era una muerte absoluta. El rostro envuelto en desesperación del pelirrojo podía observarse, enojado, viendo cómo su destino siempre buscaba alguna nueva manera de torcerse para sacarle de quicio. Un flash, ¡SHASSH!, todo se tornó blanco durante un solo fotograma, seguido de un estruendo que el muchacho pensó que había sido en Last Whisper -¡¡!! ¿¡QUÉ COJONES!?- llegó a quejarse a los gritos, pero las gotas golpeaban con tanta fuerza su cara que hasta dolían producto de la enorme velocidad que adquirieron en bajada, pero lo peor estaba a punto de venir: Cuando el pelirrojo quiso abrir los ojos, lo vio: una gigantesca caja que venía justo en dirección a ellos que parecía prácticamente ineludible...pero para él, porque Uker, ciertamente, se agachó justo para que el timón le bloquee y evite caerse.

El pelirrojo veía cómo la misma venía hacia él.

Impacto inminente.

Pero no iba a quedarse así.


[Imagen: df9342d46c10a437503375dbe480420f.jpg]
-¡UKER QUIERO QUE SEPAS QUE ME CAGO EN TUS MUE-

¡PLASH!

Aquella caja que apareció prácticamente de la nada luego del gigantesco caos que el pelirrojo apenas se había percatado de ver, le pegó tan de lleno y a tantísima velocidad que todo se volvió un nubarrón lleno de destellos de colores, interrumpiéndolo por completo e invitándolo a la pérdida del conocimiento temporal y, posiblemente...el final de su camino.

Pero no, Owen, no. Tu Dios te odia, así que te quiere torturar un poco más.

Quiso reaccionar...un pitido repleto de intensidad invadió su cabeza mientras la cabeza dolía como si de una jaqueca tan impresionante hubiese acontecido -...agh...qué...es...- balbuceaba, con el cuerpo tan pesado como si tuviese un ancla en la espalda. Arrastró una mano para intentar incorporarse, haciendo lo mismo con una pierna, mientras recuperaba mínimamente el sentido del equilibro luego del tremendo cajazo que había recibido...pero lo que más le llamó la atención fue
empezar a aclarar la vista, muy poco a poco, empezando a ver a su alrededor mientras pestañeaba sin parar. Un gesto que suele repetir: Llevarse la mano al rostro, como si tuviese agua para frotársela, una y otra vez -...joder...estoy...- se incorporó, de pie, trastabillando, empezando a palparse por completo su cuerpo -...estoy...vivo?- sus toques se sentían reales, físicos, -¡AGH!- incluso, dolían, debido a varios moratones y cortes diversos que había sufrido. Luego de semejante catástrofe...¿Estaba entero? -¿Estoy vivo? ¡JODER!- su corazón y cerebro empezaron a bombardear esa catarata de hormonas que provoca el nivel más bajo de la supervivencia, tensándolo, crispándole la piel y estando completamente incrédulo de haber quedado vivo un día más -Menos...mal...- suspiró con pesadez, esa voluntad tan férrea que le caracteriza, ciertamente, le ayudaba a mantener firmeza ante la tensión de la situación...recordando cuál era su destino final: su futura esposa.

Empezó a palparse la cara y los brazos: No habían cortes, pero si demasiadas lastimaduras. Llamaba poderosamente la atención que aquella caja de madera no hubiese provocado ninguna astilla, pero cuando finalmente pudo entrar en sí, empezó a observar a sus alrededores -...eh?- y notar que no había sido el único que había caído en aquel lugar, ¿Qué era aquel lugar? Parecían paredes gigantescas de roca, como si de una cárcel cuadrada se tratase, una enorme caja pétrea que...resultaba muy extraña a simple vista. ¿Tan alta? ¿Tan perfecta? -¿Dónde estoy?- empezó a girar en todas las direcciones posibles, hasta que su corazón se sobresaltó, dando un brinco gigantesco al igual que sus ojos llenos de intensidad.

[Imagen: 164443e156f00008ce0bc855373beeb9.jpg]
-¡ES LA GIGANTE DE LA TRIPULACIÓN DE GWEN!-

Era completa y absolutamente imposible que no volase a su cabeza el recuerdo de lo vivido con ella hacía muy poco tiempo:

Recuerdo

-¡Hostia hostia hostia!- no le importaba en lo absoluto llamar la atención ni tampoco advertir los peligros de sus alrededores: Necesitaba, sí o sí, acercarse a ella mientras su corazón se disparaba -¡Hey! ¡Hey tú!- la mujer era enorme, ¿Cuánto debía medir? ¿Cinco, seis metros? Inmensa, el pelirrojo se puso encima de la muchacha, esquivando su torso y atrapándola de aquel cuerno tan característico que tenía para empezar a moverle la cabeza de izquierda a derecha, agitándola como una maraca -¡Tútútú!- estaba desesperado, entiéndanlo -¡Estabas viajando con Gwen! ¿¡Qué les pasó!? ¿¡Dónde están!?- su ceño estaba fruncido, estaba siendo absolutamente poco delicado y más si la mujer tenía heridas graves...pero...en cuanto el muchacho entró en razón y se calmó por un segundo -...- desvió su mirada hacia varias direcciones muy llamativas: Un sujeto de enorme caballera oscura y atada, una mujer justo enfrente de él y...lo peor que podía encontrarse en este momento: -...me cago...- marines -...en mi putísima madre.- soltó el cuerno de la muchacha al segundo que se percató de ellos debido a su tan característica y obvia uniformidad. No podía ser, ¿Lo habían capturado? ¿Era una sala de castigo gigantesca? Pero se veía tan falsa, tan hecha de cartón, aquello era fácilmente apreciable por el pillo pirata de cabellos carmesí. Se enderezó, completa y absolutamente a la defensiva, mientras fruncía el ceño, viendo como uno parecía revisar al otro...notablemente heridos ambos, a una prudencial cantidad de metros de diferencia entre ellos. No sabía si es que le estaban tendiendo una trampa, si ellos descubrieron que su tripulación estaba conformada por piratas o, siquiera, si habían sido también accidentados. Una cosa era segura: Owen estaba siendo buscado por ellos, por lo que, relativamente agazapado, se quedó justo al lado de la gran mujer de cabellos violáceos mientras mantenía su cuerpo repleto de tensión -No me van a detener. Nada, nadie, NADA me va a parar hasta que vuelva a ver a Gwen.-.

Resumen


Karmas Negativos/Positivos activados:


Estadísticas con el 5% aplicado:
-Hablo- , Narro , -Pienso-
[Imagen: Fusaneitor.gif]
#6
Atributos Personaje

Dulce es el viento que agita las olas del mar, como dulce es el olor del salitre al impregnar el aire.
Dulce es la espuma que lame la quilla y el rumor que acompasa al navegante.
Y es que hay algo en esa mezcla —en la ilusión de calma— que adormece el juicio y apacigua el alma.

Sí, definitivamente desde tierra esto sería belleza.

Desde la orilla, los relámpagos serían espectáculo, y el bramido del mar, una nana lejana para los hombres que no conocen su verdadera furia.

Pero ahora, cuando el estruendo te perfora los oídos y el barco tiembla como un cuerpo febril, solo queda el sabor invasivo del miedo —salado, metálico y amargo, tan real como el mar que te traga.

Es entonces cuando, asustado, te preguntas: ¿dónde yaces ahora, razón mía, cuando el mundo ruge?
¿Qué palabra pronuncias, si todo alrededor es ruido? Y te das cuenta, como lo ha hecho Bai Mudai, que —pese a tu buen juicio— hay momentos en los que la mente deja de ser un refugio para convertirse en una casa en llamas.

Relámpagos partían el aire cuando el barco se alzó sobre el mar. Luego, un fogonazo iluminó la escena: un instante de claridad que reveló el horror y la belleza del desastre.
Pero sus ojos no captaban ninguna imagen; se hallaban perdidos, observando las nubes negras como plomo y la proa rasgar el firmamento.

Estaba perdida.

Su cuerpo seguía ahí, respirando y temblando, mientras en su interior algo se rompía en mudo chasquido y su mente recorría un campo de recuerdos rotos.

Luz, ruido, fuego...

Podía olerlo; un olor hiriente que colmaba la memoria y la carne. Como un jardín nocturno de dulzura intoxicante, como almíbar negro que quema la lengua y repta por la garganta, desgarrando a su paso mientras un perfume extraño embriaga los sentidos y se mezcla con la niebla invisible de lo imposible.

Era igual que aquella vez. Pero ahora no flotaba en el aire; no: ella lo olía. Su cerebro lo sentía. Igual que el calor del fuego sobre su bruñida piel.

Y de repente, como si un dios hubiera soltado su mano, el barco descendió en picado. El viento, el mar, los gritos y el trueno se fundieron en un rugido único, un rugido que parecía contener el juicio de los cielos y la colera de los océanos. Pero ella seguía lejos de allí, del bramido y del descenso, temblando por el pútrido olor de la carne quemada y los desgarradores gritos de desesperación.

No se movía, no iba a moverse.
Tan sólo se mantenía apretando el relicario, deslizándose por la proa hacia el abismo y, luego, simplemente, silencio absoluto.

***

Bai sintió el golpe antes de verlo venir —no sabría decir por qué—, pero fue tan fuerte como un presentimiento.
Tal vez porque, para ese entonces, las alucinaciones ya se habían ido. O quizás porque algo en su interior —ese sexto sentido que se despierta justo antes de que todo se vaya a la mierda— trataba de advertirle.

Una descarga le recorrió la base del cráneo, una chispa eléctrica, una voz sin cuerpo que gritaba dentro de su cabeza. Y entonces lo vio.

Una bolsa —no, un zurrón, uno de esos viejos trastos de lona, manchado, torcido— venía directo hacia ella, girando en el aire como si alguien invisible lo hubiera lanzado con odio.

Luego llegó el golpe como una piedra.
Y sintió su cara estallar; el crujido de la mandíbula, el sabor amargo del metal, el dolor punzante en la lengua.
¿Había estado gritando? No podría asegurarlo, pero lo suponía.

Y entonces lo sintió.
Un vórtice negro, sin ruido, sin fondo, que los tragaba a ambos: a ella y al zurrón.
Y supuso que ese sería su final.

Pero Dios es cruel. Tan cruel como un niño que arranca las alas a una mosca solo para ver si todavía puede volar.
Y no, no es porque te considere su mejor guerrero. Es porque no entiende la muerte, y aun así juega a inventarla. Pues, cuando el tedio lo alcanza, simplemente aplasta vidas —como el que pisa hormigas— solo para oír el sonido del silencio que dejan atrás.

Y en ese silencio estaba Bai, huyendo del beso helado de la Parca, cayendo de espaldas —inconsciente por el golpe— hacia una superficie terrosa que se acercaba ansias.
Después, el impacto llegó en tres actos: la espalda, los brazos y la cabeza, para que finalmente su cuerpo rodara dando vueltas ciegas —arrastrado por la inercia— como si el suelo quisiera quedarse con ella.

Unos metros más allá, el zurrón también cayó.
Rebotó contra el suelo, se abrió de golpe y por su boca sus entrañas de lona se volcaron como un cadáver abierto: vendas enrolladas, botiquines reventados, frascos rotos que dejaban escapar líquidos viscosos y olor a antiséptico rancio.
Era un simil grotesco, repugnante, y... fascinante —un cadáver de tela y trastos que escupía su miseria al mundo.

Pero ella seguía incosciente para verlo. O al menos lo estuvo hasta que su cabeza, herida, le permitió escuchar un pitido sordo capaz de apagar cualquier otro.
Luego dolor. Un dolor incipiente por todo su cuerpo entumecido y, finalmente, una visión borrosa.

Había alguien delante de ella, una figura pequeña que parecía gritarle. Pero no podía verla bien; todo estaba demasiado movido.
Intentó hablar. Una burbuja de sangre estalló en su boca, un hilo oscuro corrió por la comisura de sus labios. Tosió, tragando saliva mezclada con hierro oxidado.

Su vista, por suerte, mejoraba poco a poco.
Y entonces lo vio.
No era Han. Era el recuerdo de antiguo su compañero.
De su camiseta salía humo; de su boca, un grito desgarrador. Un destello crepitante iluminó la escena, y la camisa del hombre comenzó a arder ante sus ojos.

—No, no, no… —susurró com los ojos cubiertos por un telar de lágrimas.

Entonces, se incorporó con la rapidez de un resorte.

—¡Bogdan! —gritó, lanzándose hacia Han, con sus manos por delante buscando apagar el incendio que solo existía en su mente.

Pero no había nada allí.

Sus ojos se abrieron, desbordados por el asombro y el mareo.
Y lo volvió a escuchar hablar.
Era Han. No Bogdan. Y estaba bien.

Lágrimas rodaron por su rostro sucio y magullado mientras él pronunciaba un nombre que ella había eschado alguna: Dorothi. No sabía por qué ni a quién se refería, pero, ¿importaba?.

Se limpió la cara, todavía temblando por los recuerdos, e intentó respirar.

—Estoy bien, Han. Perdona —dijo, como si él pudiera entenderla.

Pero, ¿realmente lo estaba?
Sus manos recorrieron su cuerpo tratando de palpar heridas más graves que la contusión generalizada y la mordida de lengua que ya conocía por el palpitante dolor.
Sí, milagrosamente lo estaba.

Entonces llegó el momento de examinar su alrededor.

La cabeza le zumbaba con un murmullo constante y, el pecho, parecía tan oprimido que le dificultaba la respiración. Sin embargo, debía mirar, analizar y comprender, aunque fuera con lentitud, cada detalle de aquel espacio que los contenía por sí misma ya que dudaba que alguno de los presentes la llegara a entender.

Así, pronto se encontró observando a su derredor. Y, aunque las sombras se mezclaban volviendo algunas apenas discernibles, entre ellas pudo intuir figuras humanas a varios metros de distancia; quizás heridas o quizás quietas. Eso la inquietaba. Pues no había nada a mano que le permitiera asistirlas.

De repente, algo silbó cerca de ella, un objeto cruzando el aire. Luego otro. Una lluvia tenue de astillas, y finalmente un golpe metálico resonando contra la pared, que vibró como si aquel sonido hubiera nacido del corazón mismo de la piedra.

Bai se giró en dirección al sonido. Detrás de ella se alzaba una colosal construcción de piedra, megalítica y amenazante, que parecía hecha para engullirlos.

—Han… —musitó com apenas un hilo de voz—.
—Han —repitió, ahora sí, asegurándose de que su llamado atravesara el aire para advertirle.

Sus ojos descendieron por la piedra tratando de encontrar irregularidades o grietas. Nada. Todo parecía artificial. Y entonces, allí, entre la penumbra, reconoció un mandoble y el zurrón bastardo, disperso y abierto.

Así que presta, vació el zurrón y se fijo en lo grande que era —con un poco de suerte incluso le serviría para guardar el arma. Después,  revolvió las tripas del cadaver de lona tratando de juntar todo lo que había sobrevivido al impacto, lo dividió en un dos cajas de madera que parecían resistentes y una de metal, lo guardó en el saco y, asegurándose de no romper nada, metió la espada con cuidado hasta rasgar el fondo en dos. Luego, con la misma suavidad, apretó el cuello para estrangular el arma por debajo de la guarda y evitar cargarla.

—Con esto creo que podríamos ayudarles —musitó, más para sí que para el resto, mientras se incorporaba lentamente.

Ahora sólo necesitaba saber cómo ofrecer ayuda a los demás.

Y entonces se iluminó.
Había escuchado el nombre de Lan, ella debía de poderle ayudar.

—Han, Bai-Lan —intentó expresarse con sus nombres mientras le hacía señales para que le diera el Den den Mushi. —Mierda, Lan. ¿Cómo les digo que puedo ayudarles? —escupió de golpe sin caer en cuenta que ella también podría estar herida —.No soy médico pero tengo los conocimientos. ¿Hay alguna palabra que pueda repetirles para que me entiendan?

Fue ahí cuando cayó. Lan iba con ella y...

—Lan, por favor, dime que estais todo bien ¿Dong? ¿Mahou?

Después, por primera vez en mucho tiempo, grito de rábia e impotencia.

Off


Off
#7
Atributos Personaje


Lo último que recuerdo fue haber salido a la cubierta porque alguien empezó a gritar como si se estuviera prendiendo fuego el mar. Y claro, una no puede oír escándalo sin ir a ver el espectáculo, ¿verdad? Así que allá voy yo, toda curiosa y divina, con el cabello revuelto por el viento y la copa todavía en la mano, pero, ¡ay bendito!, lo que me encontré fue una maldita lluvia de cajas volando hacia nosotros. ¡Cajas! ¡CAJAS, mi amor! Rebotaban en la cubierta como si alguien allá arriba se hubiese emborrachado y decidiera jugar a los cañonazos con los suministros. Aquello parecía un desfile de locura marina.
 
—WUAWUAWUAWUA ¡¿Pero quién carajos dispara provisiones, eh?! —grité mientras trataba de cubrirme detrás del mástil, no servía de nada. Cada una de esas cajas venía disparada con la velocidad de un cañón del North Blue, y el barco, para colmo, iba cuesta abajo como si hubiese decidido surfear una ola gigante por cuenta propia. ¡Y sin Rosse en el timón! ¡Sin Rosse! ¿Tú sabes lo que eso significa? Caos, mi vida, puro y santo caos, sentí el piso desaparecer bajo mis pies. Por un segundo, juré que estaba volando. Bueno, flotando, más bien. Las olas rugían, las velas se agitaban, y yo, la más bella del South Blue, estaba suspendida en el aire con una expresión entre susto y carcajada.
 
—WUAWUAWUAWUA ¡Voy volando, capi, sin pagar boleto! — Y justo cuando pensaba que quizá podía caer con algo de gracia, ¡pum!, una de esas condenadas cajas me dio directo en el abdomen. Me cortó el aire de golpe; sentí el golpe retumbar hasta la espalda y antes de poder maldecir, ¡zas!, otra me dio en los pies con tanta fuerza que terminé girando en el aire como trompo de carnaval. Daba vueltas, vueltas y más vueltas, veía el cielo, luego el mar, luego el barco y otra vez el cielo. Era como una maldita ruleta de dolor y desastre, la blusa se me alzaba, el cabello volaba en todas direcciones, y lo único que podía pensar era, por lo menos que no me dé otra caja, porque la próxima me manda directo al Grand Line sin barco.
 
Y cuando pensé que ya no podía ser peor, el destino decidió burlarse de mí. Otra caja, enorme y malintencionada, vino directo a mi cara. El impacto fue tan seco y brutal que el mundo entero se apagó de un solo golpe. Todo se volvió negro, denso, como si la noche misma me envolviera. No sentía el cuerpo, no escuchaba nada, ni siquiera el sonido del mar que siempre anda ahí, fastidiando. Era como si estuviera suspendida en un vacío donde el tiempo no pasaba. Por un instante eterno, creí que ahí se acababa todo, que mi historia terminaba flotando entre el humo, la sal y las cajas asesinas.
 
 
Fue entonces cuando la escuché. Esa voz suave, pero con ese tono que ni el mismo infierno se atrevería a ignorar. —Eres muy grande, pero igual de torpe— dijo y mi corazón casi se me salió por la boca. Era mi madre, no había forma de que estuviera ahí, lo sabía, pero el tono era tan claro, tan suyo, que por un momento quise creer que el cielo o el diablo, quién sabe, me estaba jugando una broma pesada. Intenté hablar, o al menos pensar con sentido, pero mi mente estaba hecha un revoltijo de golpes y mareo.
 
—Abre los ojos, Mercy. Hay personas que esperan el plato del día— insistió la voz. Aquello ya parecía una pesadilla culinaria y aun así, parte de mí quería responderle que no era momento de hablar de comida cuando una andaba cayendo del cielo como saco de papas, pero antes de poder reaccionar, la voz rugió con esa fuerza maternal que ni el mar se atrevería a desafiar. —¡MERCEDES, TU TRIPULACIÓN MORIRÁ DE HAMBRE!—
 
— ¡¿Quéeee?! —Abrí los ojos de golpe, con un grito que me raspó la garganta, por un segundo no sabía si estaba viva o muerta, pero ahí estaba, había caído en algún sitio duro, quizás una roca, o quien sabe y justo frente a mí, agarrándome del cuerno con ambas manos como si fuera una cuerda de campana, estaba ese pelirrojo, el tal Owen, el mismito que hace apenas unas horas se había presentado como el futuro esposo de Gwendy. Pues ahí estaba el pobre, con cara de susto, moviéndome la cabeza de un lado a otro sin ningún tipo de compasión, como si yo no sintiera dolor o como si fuera un maldito timón humano.
 
En ese momento no sabía si darle las gracias por salvarme o soltarle una patada por faltarme el respeto, pero algo sí tenía claro, si esa era la bienvenida al Grand Line, íbamos a necesitar más que provisiones íbamos a necesitar milagros, en un momento a otro, sin ni siquiera comprender las preguntas que me había hecho el chico se dio la vuelta mirando a unos tipos vestidos de marines y fue entonces cuando aproveché para levantarme con un evidente dolor de cabeza tan malditamente mío, como si hubiera bebido dos barriles de sake en la ultima fiesta.
 
—Oye Owen, voy a matarte. — Le dije mientras lo agarré del cráneo levantándolo unos metros y colocándolo a mi lado. —¿Sabes dónde están los demás? — Pregunté pues como había desperado primero imagino que tendrá más información que yo, aunque tengo la sensación de que me había preguntado algo mientras aun estaba desmayada, busque en mi cuello y senti alivio al saber que mi bufanda aun estaba allí y mientras tanto veia la tensión que se formaba el propio Owen solo al ver a los marines. 

—Calmate Owen, vamos a buscar a Gwendy y los demas. —

Resumen
#8
Unas horas antes.

Estaba parado frente a mi espejo, con mi cuerpo desnudo, el reflejo de mi cuerpo posado en mis ojos era simplemente excitante. Con mis manos recorrí aquel tonificado y bien trabajado cuerpo que me pertenecía, no pude evitar hacer una pose de fisicoculturismo, asi que subi mis brazos dibujando una “U” para realizar un perfecto “Front Double Biceps” aprecie todos mis músculos, pero no era suficiente podia hacerlo mejor, me deje caer al suelo frio y realice una serie de 10 flexiones, con el fin de que mis músculos se hincharan aun más luego del ejercicio. Me levanté y volvi a mirarme en el espejo, esta vez hice un “Abdominal and Thigh”, sonreí, complacido, mis hermanos no tienen este cuerpo, mis hermanos no tienen este fisico, soy único, soy inigualable, soy perfecto me dije a mi mismo y una lagrima recorrió mí cara, pues habia sido conmovido por el único ser capaz de hacerlo, yo.

Tome mi ropa interior, y me la coloque, me gire y vi que me habían dejado la comida que pedí en una charola de plata, los cubiertos eran tambien de plata, me sente complacido en la mesa donde reposaba la charola, tome los cubiertos y empece a cortar la carne, tome un trozo y lo lleve a mi boca, mis papilas gustativas, reconocieron al instante, era muslo… muslo de Oni, lo supe al instante por ese dejo de ira que tiene su carne, complacido, seguí comiendo.

Al terminar mi carne, decidi tomar un poco del liquido transparente que reposaba en un vaso de plata al lado de mi plato, lo tome con mis manos temblorosas por la emoción, lo acerque a mi nariz y sentí un poderoso cosquilleo en mis genitales, era sudor… sudor de Mink… pero de Mink perro, lo sabia por las notas agrias y dulces que siempre lo acompañaban y sin perder tiempo me tome el vaso entero.

Me levante de la mesa extasiado, solo faltaba una cosa más para terminar mi ritual y era esa droga que me acompañaba desde hace mucho tiempo, los esteroides, gire la cabeza y vi una caja de madera, perfectamente tallada, de color negro, seguro era ébano, la tome con mi mano izquierda y la acaricie con la derecha, la deje una vez más sobre la mesa y abri los seguros de metal que la mantenían cerrada, dentro de ella, pude ver complacido que reposaba una jeringa completamente llena y una cuerda de plástico para ayudar a tensar las venas, reí con sorna, Uoni Sakana, no necesitaba de esa estupidez.

Tome la jeringa con mi mano derecha, extendí mi brazo izquierdo, apreté el puño y al instante las venas de mi cuerpo brotaron expectantes y deseosas de recibir el pinchazo, pues este daría paso aquel liquido que tanto anhelaba. Sin perder tiempo, hice caso a mi cuerpo y me inyecté todo el contenido de la jeringa, no pude evitar gemir de placer. Devolví la jeringa a su contenedor de ébano y lo cerré. Por ultimo y antes de irme del recinto donde me encontraba, me acerque a un mueble donde dentro reposaban otros objetos que habia solicitado, tome los guantes y los calce en mis hermosas manos, no pude evitar admirar lo bien que me quedaba ese accesorio, tome el resto de las cosas del mueble, un par de botiquines, me di una última mirada en el espejo y salí de aquel recinto que habia albergado mi belleza durante un tiempo.

Mientras caminaba hacia el sitio indicado por mi mecenas, no pude evitar pensar que amaba ser contratado por gente con mucho dinero y poder, pues estos accedían a cualquiera de mis caprichos.

Pasado un tiempo llegue al sitio que habían construido para nosotros, donde enfrentaríamos a aquellos desdichados, solo para entretener, tenia permiso de hacer cuanto quisiera y justamente eso iba a hacer.


Presente
La tormenta avanzó llevándose las nubes hacia el South Blue, despejando el cielo y mostrando - para los Tenryuubitos - una enorme luna llena preciosa, clara como la nieve y pura como las gotas del rocío de la mañana. Su luz bañaba levemente la zona y permitía poder ver mejor dentro de los cubículos, pero de ninguna forma la luna era visible desde esa posición para nadie de forma natural.

Entre al cubo de piedra imponente, de 50 metros de largo y ancho, con sus imponente paredes de 150 metros, lo que lo transformaba en una celda perfecta, me pare en el centro de este e hice un movimiento con la cabeza para que mi mecenas supiera que estaba complacido.

Luego tome posición en uno de los vértices de aquel cuadrado perfecto, ese que quedaba más oculto en las sombras, a pesar de la luz que bañaba el recinto.

No paso mucho tiempo cuando mis ojos lograron ver como caían 6 siluetas, mis 6 presas, sonreí con malicia, pero como buen cazador que soy espere paciente a que estos se incorporaran, mientras los miraba desde la penumbra en perfecto silencio, pude ver que habia 3 humanos entre ellos y mi sangre empezó a hervir, los detesto, débiles y frágiles.

Pero no me deje llevar por mi odio que solo empezaba a crecer, espere y vi como los 6 se habían separado en grupos de 2.

Un humano pelirrojo con un cuerpo muy delgado, junto a lo que parecía ser una Oni con una figura bien trabajada, tenia que probar su sudor, tenia que probar su cuerpo pensé, estos eran los que estaban mas cerca de mí, a solo 10 metros.

Luego a 5 metros más allá del pelirrojo y la oni, habia otro humano, de cabellos negros y largos, tenia algo en la mano, no alcance a ver bien que era, pero no importaba, ya pronto lo averiguaría, junto a él, reposaba una mujer alada, de unos 4 metros de alto, hermosa por lo que pude ver.

Y por último habia otro par de desdichados estos eran los que más lejos se encontraban, pues estaba a 10 metros del pelinegro, solo pude notar que eran marines, uno rubio humano y el otro no se alcanza a ver bien, pues era negro, sin embargo, no le di importancia, ya los tendría a tiro muy pronto.

Ya contemplada mis presas, era momento de pasar al ataque, me transforme en mi forma hibrida de mi zoan y realizando un salto al grito de.

¡Hyakumaigawara seiken!

Golpee con mi puño derecho a aquel humano pelirrojo en el centro del estómago y sin perder tiempo y pasando de la hermosa oni, de momento, que acompañaba al humano, salí corriendo, acortando los 5 metros que me separaban del humano pelo negro y al grito de.

¡Monkey Business!


Lo golpeé tambien en el centro del pecho con mi puño izquierdo, Luego di un salto de 8 metros hacia atrás y me empece a reir.

¡GYMGYMGYMGYMGYMGYM!, Bienvenidos sean todos al espectáculo que el grande, único e inigualable Uoni Sakana dará para ustedes-Uo. Hoy mis queridas y suculentas presas formaran parte de mi ser, pues pienso beber el sudor de sus cuerpos y seguramente comérmelos, GYMGYMGYMGYMGYMG, pero no a los humanos, a ustedes los matare primero porque los odio.


Mis ojos miraban con desenfreno a la chica Oni, tengo que poseerla pensé.

Resumen


Narrador


Para los Participantes


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Den Den Mushi
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2430 + 0 = 2430
Energia: 1961 - 452 = 1509
Espiritu: 300 + 0 = 300
#9
Stroud jadeaba ligeramente, su mente maquinando a toda prisa, intentando desentrañar en qué situación había dado a parar. Hacía apenas unos segundos, surcaba la cima de Cabos Gemelos junto con su División, y repentinamente... aquella jaula, fuese lo que fuese aquello. Sentía cómo volvía en sí, cómo su agilidad mental se recuperaba tras el shock inicial, no sin cierta dificultad. Las figuras a su alrededor habían empezado a unirse en parejas, siguiendo prácticamente el mismo proceso que él con Moja. ¿Les había pasado a todos lo mismo? Ellos no parecían Marines, desde luego, pero no parecían una tripulación pirata. Entornó los ojos, observándolos, mientras Moja se incorporaba junto a él. Ante su pregunta, Stroud asintió con la cabeza, resoplando. "Estoy bien," afirmó, "dolorido, pero bien. ¿Y tú?" inquirió, haciendo un ademán con la cabeza hacia el mink. Pensó en emplear su Den Den Mushi e intentar ponerse en contacto con Bertram y Kibai, pero primero debía apuntalar su seguridad y la de Moja. Hubiera sido una imprudencia hacer una llamada allí mismo, con aquella gente delante.

Un tipo larguirucho, de melena negra recogida en una coleta, se había levantado también, hablando con otra de las figuras. La mujer, que debía de rondar o superar los tres metros y medio o cuatro, empezó a decir chorradas ininteligibles antes de ponerse a chillar. Stroud alzó una ceja. "Debe de haberse golpeado la cabeza al caer," pensó para sí. De entre los demás presentes, un tipo de pelo rojo empezaba a vociferar, quién sabía a quién o por qué, y pareció ponerse aún más nervioso al reparar en la presencia y condición de los Marines. Stroud afirmó con la cabeza, sus sospechas confirmándose. De hecho, aquel tipo estridente le sonaba de algo... ¿Lo había visto en el periódico? No podía estar del todo seguro. La cabeza aún le daba vueltas, y bajo la tenue luz de la luna era complicado tener ninguna certeza. El pelirrojo parecía estar entrando en pánico y hablando de su detención. Nada le hubiera gustado más a Stroud, naturalmente, pero debía contenerse. La situación, pese a la aparente calma del momento, era crítica: encerrados en un lugar desconocido, presumiblemente al otro lado de la Red Line, y rodeados de desconocidos, probablemente piratas o malhechores de diverso pelaje. Aquello requeriría de toda la prudencia que pudiese aunar, especialmente si no querían encontrarse en una cacería y en evidente desventaja numérica. "No tenemos motivos para detener a nadie, cálmese," sentenció, sin moverse del lugar, su voz, tan monótona como acostumbraba a ser, retumbando entre las paredes de piedra. Era estrictamente cierto: sin identidad confirmada, y sin verlo romper ninguna ley, no era urgente proceder a un arresto; ya habría tiempo para eso cuando hubiesen estabilizado la situación. Una mujer de tamaño monstruoso, tal vez una oni por las protuberancias que parecían coronar su cabeza, agarró y zarandeó al pelirrojo, haciendo por tranquilizarlo. "Gracias," dijo Stroud, haciendo con la cabeza un ademán de agradecimiento hacia la oni.

"¡Bien, calmaos todos!" decretó Stroud, haciendo un gesto con las manos. Su primera reacción, tal vez natural para un Marine, había sido la de poner bajo control al grupo. Parecía que ninguno de ellos tenía intención de empezar a pelear aún, y ese era el único momento en que uno podía intentar algo como aquello. Su voz, pese a su monotonía, gozaba de una autoridad natural, fruto de su capacidad de coordinación en situaciones complicadas como aquella. Casi podían oírse los engranajes de su cerebro trabajando a toda máquina por controlar la situación. "No hay motivo para la alarma, tiene que haber una forma de salir de aquí. Lo primero, cercioraos de estar bien, o al menos de poder moveros. Soy el contramae..."

Su discurso, sin embargo, fue cortado de raíz cuando algo emergió de entre las sombras de aquel lugar, del extremo opuesto a su localización, y golpeó al muchacho pelirrojo antes de ir a por el joven de pelo negro. "¿Espectáculo? ¿Presas?," pensó para sí, apretando los dientes. Aquellos a quienes había atacado no parecían ningunos debiluchos, y esa cosa parecía haberlos casi doblegado en un instante. La situación acababa de empeorar drásticamente en cuestión de unas milésimas de segundo. La escala de peligrosidad de aquel monstruo sobrepasaba con creces la de cualquiera de los presentes. Es más, parecía que aquella criatura los había estado esperando allí. ¿Esa cosa había estado allí todo ese tiempo, y él no se había percatado? Se reprendió mentalmente por aquel error de atención. Sus sospechas no solo se confirmaban, sino que todo parecía ir significativamente más allá de lo que se hubiese podido temer. Aquello había sido alguna clase de trampa, una en la que habían caído con facilidad pasmosa. Mientras, en lo que era casi un tic nervioso, se ceñía los guantes con nerviosismo, su interior pugnaba por no sucumbir al pánico y, en su lugar, su mente había empezado a trabajar a toda velocidad, o a toda la velocidad que le era posible en aquel momento. Percatándose de cómo se había situado la criatura, que se había llamado a sí misma Uoni Sakana, trianguló la posición relativa de los presentes, visualizando cómo estaban distribuidos. No podía sucumbir al terror, no era lugar. Debía pensar, debía ocurrírsele algo, antes de que aquella cosa los abrumara.

Ambientación

Ese monstruo era evidentemente superior a cualquiera de ellos, y tal vez al conjunto de ellos, y resultaba obvio que cualquier oportunidad que pudiesen aspirar a tener contra él pasaría por una cierta coordinación. Mientras Uoni se situaba frente a la enorme birkaniana, Stroud aprovechó para hacerse ver por el grupo, gesticulando con los brazos. Con un poco de suerte, el blanco casi resplandeciente de su uniforme lo haría lo suficientemente visible en aquellas condiciones. Se le pasó por la cabeza que aquella era una metáfora ideal, la Marina resplandeciendo en la oscuridad. Sus dotes poéticas eran, evidentemente, bastante limitadas. En un ángulo que Uoni no pudiese ver, hizo un gesto sutil y rápido, del tipo que los Marines acostumbraban a utilizar en momentos que requiriesen sigilo, en un ademán circular con su dedo índice, y rezó por que lo entendiesen.

Una gota de sudor resbaló por su sien. Fuera lo que fuese que hicieran, aquello requeriría, naturalmente, un sacrificio, alguien que llamase la atención de aquella cosa y fuese capaz de captar su atención mientras el resto del grupo decidía qué hacer, alguien que pudiese recibir un par de golpes. Seguramente él fuese el mejor candidato para eso. Poco a poco, en su mente empezaba a asentarse la idea de que aquel era un peligro real, muy lejano a cualquier cosa a la que se hubiese enfrentado previamente. No tenía ni idea de quiénes eran todas aquellas personas, pero, de alguna forma, confiaba en que fuesen todos en el mismo bando, al menos ante una amenaza tan evidente. Era el momento de que brillase la Justicia; si moría, moriría como debía morir un Marine, enfrentándose a monstruos. Con el abrigo blanco ceñido a los hombros, ondeando tras de sí como una capa, Stroud corrió con rapidez hacia Uoni desde su lateral, tomando carrerilla para situarse junto a él con un veloz salto, en un movimiento ágil que le permitiese, con un poco de suerte, pillarlo desprevenido por su flanco derecho. En cuanto estuvo a tiro, supo que era el momento. No le hacía ninguna gracia mostrar sus habilidades frente a tantos desconocidos, pero no podía contenerse. "Strength Beyond...," murmuró, mientras su puño derecho adquiría la textura y consistencia del mochi, comprimiéndose hacia su interior como un muelle bajo presión, justo antes de endurecerse y, soltando toda la tensión, extenderse elásticamente de nuevo hacia la criatura, impactando de lleno en el lateral derecho de su cabeza. "... ¡Strength!"

Tras el impacto, dio un pequeño salto hacia detrás, quedando a un escaso par de metros de la misma, mirando en su dirección. Había algo en aquella cosa que le repugnaba a un nivel profundo, algo visceral que lo hacía querer acabar con ella, y se había podido percibir en la crudeza de su golpe. Supo en aquel instante que no iba a morir allí, no así. "¿Y tú qué cojones se supone que eres?," inquirió finalmente el Marine, torciendo el gesto en una mueca de asco.

Off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1536 + 0 = 1536
Energia: 1345 - 105 = 1240
Espiritu: 204 + 0 = 204
#10
Justo cuando pensé en darle su merecido a Owen, una buena torta en la cara por lo que me había hecho sentí el impacto, pero no en mí, fue en él. Fue un golpe seco en el estómago, rápido, preciso, tan veloz que por un segundo me quedé congelada, miré mi mano y ya no estaba sujetando la cabeza del pelirrojo, en su lugar, Owen dobló el cuerpo como si una cuerda invisible le hubiera tirado de las tripas.
 
La confusión me agarró antes de la rabia. No entendía cómo alguien había aparecido y dejado esa marca sin que yo lo notara. Cuando volví la vista, la silueta que ejecutó el ataque ya se había deslizado, fue tan fugaz que la sensación fue como si un relámpago hubiese pasado rozando mi hombro. No hubo tiempo de más, el agresor pasó por mi lado en un instante, yendo a por otro blanco sin detenerse ni mirarme.
 
¿Se atrevió a ignorarme? ¿A mí? Y encima después de su estúpido espectáculo… nada bonito, nada elegante, absolutamente fuera de clase. Definitivamente necesitaba un par de lecciones del cabaret si pensaba seguir con esa actitud tan ridícula. Para colmo, comenzó a dar una charla absurda, un discurso que ni me molesté en escuchar; ¿cómo hacerlo después de que tuvo la osadía de ignorarme y encima golpear a mi cuñado con semejante fuerza? Lo dejó casi doblado en el suelo, y eso, eso sí que no se lo perdonaba. Sentí cómo una vena se me marcaba en el cuello, un calor intenso subiéndome por el rostro, la furia palpitando en cada rincón de mi cuerpo. —¡¡OE, OE, OE!! ¿¡CÓMO TE ATREVES A GOLPEAR A MI CUÑADO DELANTE DE MÍ!?— rugí con la voz retumbando en el aire, lista para lanzarme encima del idiota que había osado provocarme.
 
—Uoni, Choni, Mony, LO QUE SEA!! SI NO DEJAS DE VER MIS PECHOS CON ESE DESCARO VOY A PARTIRTE LA CARA DE UNA PATADA. — Escupí al piso brevemente en señal de mi claro desagrado. —Tsk! Degenerado. — No me quedó tiempo para pulir la frase porque vi al otro tipo acercarse con intención de golpear al rarito, y mi sangre no admite pruebas de cobardía ni miradas faltas de respeto. Salí disparada como un proyectil, ocho metros clavados en mis botas, el viento arrancándome la vestimenta y el pelo como una cortina, hasta plantarme a poca distancia, me agaché en un gesto fluido, manos hundidas en el suelo, cuerpo tenso como resorte, y en un movimiento que mezcla baile y amenaza comencé a girar.
 
La primera vuelta fue un anuncio, la segunda una promesa, mis piernas se abrieron y se cerraron en círculos consecutivos con una velocidad feroz, cortando el aire y trazando arcos como látigos. Cada pierna era precisa y letal, no para matar, sino para dejar claro que aquí no se falta al respeto sin pagar el precio, el sonido de mis pantalones golpeando el suelo marcaba el compás mientras los que creían intimidar a los nuestros se quedaban sin aliento.
 
Me incorporé de un salto que terminó en un split perfecto porque si me caigo, al menos que sea con estilo y antes de que el aire terminara de acomodar mis pantalones ya había empujado con todas las ganas para impulsarme hacia atrás, diez metros de voltereta controlada, aterrizando con la espada de mi cuerpo lista y la respiración en compás de tambor. No podía, ni quería, permitir que ese energúmeno volviera a abalanzarse sobre Owen, había sentido la fuerza de su puño y sabía que no era cosa de jugar. Mis músculos aún recordaban el golpe de la caja en la cara y el zumbido en la cabeza, pero la rabia y el instinto me daban alas o al menos buenas piernas.
 
Al aterrizar, clavé las manos en el suelo y miré al tipo con la misma expresión que se pone la cocina cuando algo se ha quemado, fría y definitiva. Mi cuerpo estaba caliente, los latidos en el cuello como tambores de carnaval, y la furia una cosa bonita que se siente cuando tienes que proteger a los tuyos.

Off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1123 + 0 = 1123
Energia: 1048 - 109 = 939
Espiritu: 60 + 0 = 60


Salto de foro:


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