Ryota Miyamoto
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C. de Haki
C. de Akuma
La hermosa isla Samba, lugar de música, baile, cultura, el inmenso río Anozama y una indescriptible jungla llena de misterios, a la que solo pocos aventureros se han atrevido a adentrarse al tener en cuenta su alto índice de peligrosidad.
Lamentablemente, no todos los viajeros conocen los peligros de la anozamania, por lo que muchos se pierden en sus selvas al tratar de explorarlas creyendo que llegarán al centro de la isla, pero solo encuentran allí un horrible final a manos de la naturaleza.
Otros cuentan con menos suerte y son vendidos por los lugareños a algunas tribus aborígenes que necesitan “mano de obra especial” para calmar a los reyes de la selva y mantener una relación benéfica para ambas partes.
La noche anterior a ese día, Ryota Miyamoto, oriundo de la isla Baterilla, había tenido una gran noche de fiesta, rodeado de música, baile y una hermosa señorita, la cual parecía interesada en él. Lamentablemente dicha sospecha desapareció después de tomar de su bebida, pues perdió el conocimiento y sin que lo supiera fue arrastrado en la oscuridad de la noche hasta el interior más recóndito de la jungla.
Un lugar alejado de la civilización armado con madera selvática en el seno de una de las ramificaciones del inconmensurable rio que atravesaba la isla, el cual parecía beneficiarlos con agua y alimento.
-¡Bros! ¡En serio esto es nada cool! ¡sáquenme de esta maldita celda y prometo no tomar represalia! ¡Ashaninka creí que teníamos algo especial! ¡Qué podía confiar en ti! -
Los gritos de Ryota inundaban el sector de los prisioneros, ubicado a los extremos de una aldea; un grupo de al menos 5 hombres estaba enjaulado cada uno en una celda diferente. Los lugareños solo pasaban de largo como si nada, completamente acostumbrados a que los prisioneros gritaran al parecer. -Maldita sea… si tan solo pudiera quitarme estas cuerdas…- Se quejaba forzando sus manos detrás de él, las cuales estaban perfectamente atadas para impedir que se soltara.
La impotencia se podía ver en el rostro del chico mientras imaginaba la sonrisa de la mujer que lo vendió solo por unas cuantas monedas, quien sabe a cuantos hombres habría engañado de esa manera… - Carajo… aun así… - Se dijo molesto observando a las afueras de las celdas de palo que lo mantenían enjaulado.
-Las chicas de aquí no están nada mal… -
Prioridades, cada quien tenia las suyas.
Owen Yang
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12-10-2025, 01:49 AM
(Última modificación: 12-10-2025, 01:50 AM por Owen Yang.)
-¿Compra-venta de esclavos? ¿Acaso te golpeaban de chico?-
El pelirrojo, ciertamente, desde que se había bajado al Reino de Samba, podía aprovechar un día o dos para poder despejarse hasta la inminente partida, o al menos así lo había sugerido su capitán, Uker. Si bien todo esto resultaba ser sumamente provisional, Owen no perdería ni un solo segundo en hablar con un sujeto moreno, de largas rastas y barba tupida, el cual parecía bailar al son de una música extradiegética que parecía venir desde la mismísima nada -Carajo, ¿¡Y la música de dónde está saliendo!?- porque claro, ésta podía escucharse con una perfección tan absurda como si estuviese rebotando en su mismísima cabeza. Su expresión demostraba una mezcla de absurdo e incomodidad, mirando en todas direcciones en búsqueda del origen de la misma, no había caso: La isla era pura música.
Aquel sujeto parecía ser uno de los mercantes centrales del reino y, ciertamente, no demoró en indicarle las directrices para poder encontrar aquello que le había llamado tanto la atención. A ver, la lógica era aplastante: Un reino vendiendo esclavos, ¿Quién lo habría imaginado? Pero, ¿Aquello no atentaría un poco contra los derechos humanos que los mismos Marines defendían a capa y espada? -Tsch. Si esos hijos de puta solo aparecen para lo que les conviene.- con ambas manos en los bolsillos, en solitario, no demoró en seguir caminando por la espesura de una jungla que representaba tropicalidad a más no poder -¡JODER! ¡¿DE DÓNDE COJONES SALE LA MÚSICA?! ¡SI ESTOY EN EL MEDIO DE LA SELVA!- era impresionante, hasta en plena espesura y humedad, con exactamente el mismo tono, salida de la nada y combinada con el cantar de los pájaros y los animales el ambiente de carnaval no parecía tener ningún fin. ¿Acaso iba a poder dormir esa noche en Samba sabiendo que en su cabeza solo iba a sonar temas llenos de carnaval y fiesta? Estaba fastidiado no porque no fuese pegadiza e increíble, sino, porque parecía que nunca pararía.
En cuanto quiso darse cuenta, el sonido de la música empezó a ir en incremento, sumado al barullo de muchas voces y personas que, al compás del tono de la canción, bailaban de forma tan espectacular como precisa -¡WOA!- y, por más atolondrante que se estuviese volviendo para su cabeza, los grandes y expresivos ojos de Owen se clavaron en lo que parecían un conjunto de celdas hechas de palo y el grito de un joven de desentonaba demasiado con el resto de los prisioneros -¡! ¿Capturaron a un pibe de mi edad?- se preguntó por lo bajo, con ambas manos en los bolsillos y hasta haciendo de cuenta que no estaba haciendo nada más que pasear por la zona...pero...fue peor de lo que se había imaginado, incluso.
Ryota.
-¡RYOTA! ¡TÍO!-
Lo conocía. Lo conocía MUY bien.
En cuanto lo identificó, automáticamente, no demoró ni un solo segundo en lanzarse hacia aquellas celdas sin ningún tipo de miramientos con todos aquellos individuos danzantes y con aspecto aún más selváticos que los oriundos del propio Samba. Aquellas casas de palo y paja solo daban a la imaginación que, aquella agrupación, podrían ser aborígenes autóctonos de la zona con los que deberían tener cuidado...pero encontrarse al muchacho con el cual compartieron aventuras desde pequeños, ciertamente, le sorprendió en demasía. A Owen JAMÁS se le olvidaba un rostro -¡¿Qué cojones haces aquí hermano?!- ¡PLAK!, tomó dos de los palos que funcionaban como rejas mientras que diversos autóctonos observaban al rojizo muchacho destellante y ruidoso llamando la atención a unos niveles estratosféricos. Estaba tan sumido en ver a un amigo de hace fácilmente una década allí que solo pudo sonreír de oreja a oreja, casi ignorando que, bueno, estaba prisionero, claramente -No me lo puedo creer, colega, ¡Tenemos que ponernos al loro de tantas cosas! ¡BUAH! ¡HAY TANTO QUE TE TENGO QUE CONTAR!- sonreía con una amplitud exagerada, sus ojos estaban llenos de brillo, parecía un niño en una dulcería mientras sacudía su mano izquierda como si esta estuviese mojada, haciendo que chasquee el índice, anular y gordo una y otra vez. Sus amigos, allegados, conocidos, ciertamente, eran un bien tan fuertemente preciado por él que jamás podía soltarlos ni aunque quisiera.
Sino, ¿Porqué jamás iba a poder soltar a la chica que le robó el corazón?
-¿Quién fue el tontito que hizo esta reja?-
Cuando su compañero siempre tan estilizado y bien vestido quiso darse cuenta, ¡KAAAAAAANK!, como si de un latigazo se tratase, aquella puerta se abrió casi que de par en par, permitiéndole salir al chico -Salgamos de aquí, hermano. ¿Te quitaron tus cosas, también?- preguntó, casi como si estuviese demasiado acostumbrado (Y supiese de primera mano) cual era el modus-operandi de un secuestro y post-venta de personas -¡FUA, CHAVAL! ¡TENEMOS QUE IR A PESCAR AL DIOS DEL MAR QUE TU PADRE PROMETÍA!-.
Tal vez...tener tantísima confianza les pueda dar una mala pasada, ¿No?
-Otra cosa, ¿Has visto que no para de sonar música de la nada? ¿¡De dónde cojones está saliendo!?-
-Hablo- , Narro , -Pienso-
Ryota Miyamoto
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22-10-2025, 02:15 AM
(Última modificación: 22-10-2025, 02:20 AM por Ryota Miyamoto.)
Los ojos color miel se deslizaban sobre las figuras de las chicas del lugar. Eran mujeres de piel morena, como la mayoría en la isla, pero su belleza tenía un encanto más natural, sin el respaldo de tantos productos cosméticos, mientras sus atuendos, adornados con telas de algodón y detalles hechos con los frutos de la misma naturaleza, les otorgaban una apariencia única, difícil de encontrar en las grandes ciudades.
“De hecho, si no fuera por la celda, este lugar sería un paraíso…” Dedujo tras contemplar tantas bellezas reunidas y el hermoso escenario que las rodeaba; sin lugar a dudas, ese lugar tenía algo especial. Una lástima que estuviera lleno de secuestradores.
En ese momento el mismísimo destino se encargaría de sorprender al joven cautivo, ya que, sin esperarlo en absoluto, un viejo y entrañable amigo haría su aparición junto a su celda con la eufórica energía que lo caracterizaba.
“¿Owen?” preguntó primero, mirándolo de reojo y sin dar crédito a lo que veía. Aquellos ojos expresivos, el cabello alborotado, la sonrisa afilada y los colmillos característicos disiparon cualquier duda que Ryota pudiera tener sobre si realmente se trataba de su viejo amigo.
“¡BRO! ¡QUE ALEGRIA VERTE!”
Exclamó con absoluta euforia, no solo por tener al fin una oportunidad de escapar de allí, sino también por reencontrarse, después de tanto tiempo, con su amigo de aventuras a quien había conocido cuando su padre lo llevó de viaje de pesca a Tamanegi.
“Kekeke, una chica me engatusó y cuando me di cuenta ya estaba aquí.” Respondió a las dudas del pelirrojo entre risas, sin prestar la menor atención al hecho de que los lugareños ya habían notado su llegada y corrían a avisar a los demás. “¡Que alegría verte bro!, ¡¿ahora vives en esta isla?!, ¡¿estás de paso?!” Una y otra eran las preguntas y vocablos que ambos se cruzaban completamente absortos en sus emociones.
Ryota no solía confiar en nadie, pero estaba seguro de que sabía elegir bien a sus amigos, y Owen no era la excepción: alguien en quien podía confiar incluso en los momentos más difíciles.
De repente, un fuerte sonido se origino en la celda abriéndola de par en par, una expresión de sorpresa se dibujo en el rostro del moreno.
“Wow bro, enserio le has dado duro a los fierros…”
Alabo la fuerza de su amigo, a quien le fue tan sencillo quebrar el candado de madera que él ni siquiera había podido mover. “Si, salgamos de este lugar, rápido desátame” Al comprender la situación, Ryota se dio media vuelta y se acercó a Owen para que rompiera las sogas con su fuerza.
“Mis cosas… ¡mis cosas!” Recién había caído en cuenta de que le habían quitado su billetera y guantes. “Tienes razón, estos hijos de puta tienen mi dinero… además…” Antes de poder continuar con sus palabras, la idea de atrapar al dios del mar lo tomó por sorpresa. No pudo hacer otra cosa que reír; sin duda, su amigo no había cambiado a pesar de los años.
“Kekekeke, primero salgamos de esta con vida para luego pensar en cómo morir luego bro.”
Río con fuerza esperando a que su amigo rompiera las sogas y pudiera estirar sus brazos.
“¿Música?” Como si fuera una especie de hechizo, justo después de que Owen se lo dijera, Ryota se concentró, reaccionando al instante con una expresión sorprendida. “Tienes razón… está sonando música… es en esa dirección.” Desvió la mirada en dirección al Rio, el cual estaba cubierto por algunas chozas. “Pero estamos lejos del centro de samba…”
Antes de que ambos pudieran llegar a una conclusión, o decidirse a caminar hasta el centro del pueblo para descubrir de dónde provenía la música del río, los lugareños que habían huido a la llegada de Owen, regresaron acompañados por tres hombres y una mujer, todos vestidos con prendas rústicas hechas de una mezcla de tela, hojas y cuero.
“Asi que los tributos intentan escapar, por favor vuelvan a la celda.”
La hermosa mujer de piel morena, cabello negro y pintura tribal fue la primera en romper el silencio, mientras los hombres que la acompañaban alzaban sus lanzas ornamentales y las apuntaban hacia los dos amigos.
“En breves estará aquí uno de los reyes de la selva, así que no podemos dejar que escapen, por el bien de nuestra tribu deben morir” Sentenció con una voz pícara, mientras los demás pueblerinos observaban desde la distancia, aunque su número parecía haber disminuido desde la llegada del pelirrojo, o al menos eso pensó Ryota cuando no vio a ninguna de las chicas que había apreciado antes.
“Ashaninka…” Musito Ryota agachando la mirada con desilusión. “Mira, Owen, ella es de quien te hablé; se aprovechó de mí solo para usarme como tributo…” Pronuncio con un tono y actuación dramáticos.
“Espera, ¿tributo?, ¿rey de la selva?, lo siento encanto, pero ni en un millón de años aceptaría eso…” Guardo silencio por unos segundos, luego miro a Owen y se acercó a él extendiendo su zurda para tomarlo del cuello y acercarlo a una “reunión privada” tapando sus labios.
“¿Qué dices bro? Ósea, es hermosa… ¿pero crees que vale la pena actuar como tributo un poco más? Es que mírala… ¿le pregunto si tiene una amiga para ti? O si ella te gusta mas, puedo ver si le gusto a la amiga.” Pronuncio en voz baja. “Además, no se me hace justo escapar y dejar a estos desgraciados…”
Dicho momento desubico por completo a la chica, quien no podía creer que se hubiera tomado un tiempo muerto. “¡No me ignoren!”
Owen Yang
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29-10-2025, 05:39 PM
(Última modificación: 29-10-2025, 05:39 PM por Owen Yang.)
La sonrisa entre ambos fue compartida, amable, agradable. El reencuentro era maravilloso, tanto, que el corazón del pelirrojo se había sobresaltado, tanto, que hasta se habían anulado el resto de sus sentidos durante varios segundos en el enfoque de aquel cruce de hacía tantos años. Para él fue absolutamente espectacular la respuesta de la razón del cómo había quedado atrapado allí: " Una chica me engatusó y cuando me di cuenta ya estaba aquí". Mientras el pelirrojo continuaba con su labor para intentar sacarle, le resultó totalmente imposible no lanzar una rápida carcajada mientras negaba con la cabeza -¡JAJAJA! Qué cabrón, hay cosas que nunca cambian.-. Le parecía inenarrable cómo, después de tantos años, todo parecía estar exactamente igual a como lo eran sus encuentros en Tamanegi; Haber conocido a tanta gente a lo largo de su vida, ciertamente, lo ayudó a tener vínculos que perduraron hasta el día de hoy -Digamos que estoy de paso. Te saco y te doy la chapa.- la contestación fue veloz, para que, cuando procedió la apertura de la celda y a ayudarle prontamente a sacarlo de sus ataduras con la destreza que le caracterizaba para estas situaciones: ¿Nudos? Había visto cientos, y estos parecían bastante rebuscados, como si tuviesen mucha experiencia a la hora de capturar individuos. ¿Cómo iban a comerciar con su amigo estos indigentes?
“Wow bro, enserio le has dado duro a los fierros…”
-No sabes la de cosas que han pasado el último año, hermano. Cuando empiece no paro.-
Dándole a espalda a su compañero, finalmente y luego de tirar en las direcciones que generaban muchos aflojes en las tensiones de la cuerda, Owen hizo un gesto con ambos puños cerrados y los brazos rectos frente a él, como si fuese un boxeador. Dos movimientos hacia afuera y hacia adentro, como si tuviese una bandita elástica en las muñecas, apareció, mientras le oía; Sólo con aquello sería suficiente para que la misma cayese al suelo. Sin embargo, lo que ahora sí enfocó la atención de ambos jóvenes, ciertamente, era el inminente conflicto que se les venía encima: Una mujer muy acuerpada, selvática, extremadamente voluptuosa y acompañada de otros tres individuos musculados y con vestimenta autóctona ya se habían acercado hacia el " punto de venta", para decirlo de alguna manera -¿Tributos?- en cuanto la escuchó, le llamó poderosamente la atención a tal punto de provocarle una mueca de confusión: ¿No era este el dichoso punto de venta de esclavos? ¿Acaso se había confundido y las casualidades son tan inminentes como convenientes?
“En breves estará aquí uno de los reyes de la selva, así que no podemos dejar que escapen, por el bien de nuestra tribu deben morir”
-Sísí muy bonito el vestidito de india. Tío, ¿Te estabas zurrando a esta? ¡Siempre te agarras a las más buenas, no se puede competir contigo!-
Sí, ambos parecían estar ignorando total y completamente las amenazas del mujerón que traían frente a él. Los hombres básicos, cuando están juntos...bueno, podían tornarse aún más básicos si eso es posible. Estaban agachados mutuamente, mientras la sonrisa pilla, acompañado con un ceño fruncido de parte del pelirrojo, aparecía a cada palabra que Ryota emitía sobre " cómo se habían aprovechado de él" -Me hace acordar a una chica que conocí hace tiempo, incluso, pero esa tenía el flequillito recto. Guapísima la cabrona.- ¿Acaso ambos habían tenido contacto con la misma mujer anteriormente? Era imposible saberlo, pero la realidad es que este mundo, a veces, es un pañuelo.
Parecía haber un plan en marcha y, repentinamente -¡E!- volteándose, ambos, para poder proseguir hacia un plan que parecía tener todas las papeletas de salir de forma bastante regular, pero...¿Quién dice miedo? El pelirrojo, ligeramente agachado y copiando el gesto de su compañero, tapó el lateral de su rostro para que sus labios no puedan ser vistos por algún que otro lugareño curioso mientras su expresión se tornaba...incómoda, pero porque tenía que darle demasiado contexto para proseguir aún.
“¿Qué dices bro? Ósea, es hermosa… ¿pero crees que vale la pena actuar como tributo un poco más? Es que mírala… ¿le pregunto si tiene una amiga para ti? O si ella te gusta mas, puedo ver si le gusto a la amiga.”
-Vamos a seguirles el juego un rato más, a ver qué cojones es esa tal bestia de la que hablan. Pero...-
Y pese a que su expresión estaba llena de simpatía y picardía como siempre en él, repentinamente, empezó a tornarse mucho más chiquito, temeroso, con la vista incapaz de hacerla coincidir con los ojos de su compañero y, peor aún: Empezando a colorearse su rostro hasta el punto de ponerse casi completamente rojo -...no me consigas a ninguna chica a mi. Les seguiremos el rollo, te prometo que te lo contaré. Es muy largo.- y ahí fue cuando la muchachita, otra vez, exigió volver a tener la atención deseada con aquel grito femenino tan seductor -¡OH!- se zafó del agarre de su compañero mientras que, ¡PAF!, el sonido de ambas rodillas del pelirrojo pudieron sentirse retumbar ligeramente sobre la tierra. Comenzó a hacer una reverencia atrás de la otra con ambos brazos rectos, una y otra vez -¡Lo siento, su excelencia! ¡Solamente liberé a mi amigo para que el rey de la selva deguste con nosotros sin la necesidad de los palos que podían atascarse en sus dientes!- era un mentiroso casi compulsivo, pero necesitaba seguir actuando por el bien del polvo de su amigo -Agáchateysígueme.- lo dijo muy rápido, excesivamente, pero comprensible a los pocos centímetros que les diferenciaban uno del otro, deteniendo las reverencias para, con ambas manos sobre sus piernas, proseguir hablando -He averiguado de sus rituales y sería un honor- ¡PAF!, el puño cerrado del muchacho golpeó contra su pecho -morir por ellos. Aquí, mi amigo,- la misma mano se extendió, señalándole con los dedos abiertos -solamente se había puesto nervioso, pero ya sabía a lo que venía. ¿No existe una última voluntad para seres tan nimios como nosotros, los tributos?- Sí, Owen tenía una labia suprema que le hacía inventarse cuentos estrafalarios con el mínimo contexto.
-Tengo entendido que podrían cumplirnos una última voluntad,- se giró de lado para guiñarle, a Ryota, el ojo que escapaba al ángulo de visión de la voluptuosa mujer. Volvió hacia el frente para proseguir -¿Es que acaso mi amigo no puede desearte como nos deseará el rey de la jungla?- su tono sonaba solemne, casi lamentándose, pero era todo una completa y absoluta farsa de alguien que sabe perfectamente cómo improvisar las cosas, incluso, aunque le salgan el tiro por la culata -Como folles con esto hermano me debes dos, no una.-.
-Hablo- , Narro , -Pienso-
Ryota Miyamoto
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23-12-2025, 05:29 AM
(Última modificación: 23-12-2025, 05:35 AM por Ryota Miyamoto.)
“Kekeke ya sabes, soy una máquina.”
Reencontrarse con amigos siempre era un momento increíble, aún más con alguien como el pelirrojo, quien no tardó ni un segundo en elogiar sus “conquistas”. Ryota sabía que no se trataba de ninguna, pero no iba a impedir que su amigo pensara lo que quisiera, mucho menos cuando era él quien quedaba como todo un semental. Así que restó importancia al hecho de haber sido engatusado y arrastrado hasta una celda en medio de la jungla por la chica que intentaba cortejar.
-Me hace acordar a una chica que conocí hace tiempo, incluso, pero esa tenía el flequillito recto. Guapísima la cabrona. -
“Bueno, muchas chicas lindas usan flequillo…” Respondió sin pensarlo tanto, pues de haberse detenido a reflexionar probablemente habría recordado a la amazona de cabellos negros que conoció antes de partir de su isla natal. Si, los mares eran muy pequeños.
Pronto la conversación se volvió más privada. Los autóctonos apenas cruzaron miradas entre ellos para luego apartarlas y devolver la atención a la pareja de chicos, quienes hablaban entre sí como si fueran compañeros de un equipo deportivo, preparándose para el segundo tiempo.
“-Vamos a seguirles el juego un rato más, a ver qué cojones es esa tal bestia de la que hablan. Pero...-”
La respuesta de Owen dibujó una sonrisa en los labios del castaño. Sabía perfectamente que su amigo jamás lo dejaría solo en una batalla, mucho menos en una donde el premio fuera una minita, siempre fie, dispuesto, a ponerse la diez para quedarse con la amiga amargada y así ganar algo de tiempo.
Esos sí son amigos, que digo amigos, hermanos.
“Espera, ¿Cómo que no quieres que llame a una amiga?”
Contesto un tanto consternado ante las expresiones que invadían el rostro de su colega. ¿Por qué se había puesto de esa forma? Acaso…
Sin tiempo para deducir qué provocaba el tono rojizo en el rostro de su amigo, volvió a sentir su fuerza cuando este se soltó del agarre para ofrecer a los presentes una actuación digna de los premios de la Academia Pirata.
Owen, arrodillado sobre la tierra comenzó a reverenciar al grupo de autóctonos de la isla, quienes, confundidos, se vieron unos con otros sin saber que hacer.
“Oye ¿Qué haces?” Fue apenas lo que la chica de llamativos atributos alcanzo a decir, antes de escuchar la educada prosa emerger de los suaves labios del peli rojo, con tal ahínco que la dejo estupefacta.
“Y a ti que putas te pa…”
Antes de que terminara de hablar, Ryota escuchó el suave susurro de su amigo gracias a sus oídos entrenados; entrenados, claro, por todas esas veces que intentó escuchar qué ocurría al otro lado de la gran muralla que dividía los baños termales de su isla… quiero decir, por todas esas ocasiones en las que entrenó duramente en su isla natal, atento al oleaje del océano.
-Agáchateysígueme.-
De inmediato Ryota se coloco de rodillas junto a su amigo para comenzar a imitarlo, en principio solo asintió con la cabeza al compás de la voz de Owen, no entendía muy bien a donde quería llegar el peli rojo, pero confiaba ciegamente en las ideas del oji azul.
“¡Espero sepas perdonar Ashaninka! ¡tal es tu belleza que feliz me entrego junto con mi amigo a tu tributo!” Comenzaron a brotar lagrimas de sus ojos compenetrándose con las de Owen. “¡La única verdad es que nos has dado la oportunidad de renacer! ¡renacer cual parte de algo más grande como los es un rey selvático! ¡no solo eres hermosa! ¡también benevolente!” Expresó, dando paso a las siguientes palabras del pelirrojo, permitiéndole cerrar la actuación, mientras escuchaba de fondo los sonidos que se unificaban en su cabeza, transformándose en algo sublime al comenzar a comprender hacia dónde quería llegar su mejor amigo en el mundo.
Ost
“Ahhh jijo de su madre, este cabron es un genio…”
Pensó Ryota al mismo tiempo que Owen terminaba de hablar, dejando tanto a los presentes armados con lanzas como a la chica, con las mejillas enrojecidas, desconcertados ante la descarada petición. Y justo cuando el susurro del pelirrojo volvió a invadir los oídos del castaño, este supo que era su momento, el instante de shootar el balón, de empujar con todo hacia la portería aquel centro perfecto que dibujo una parábola dictada por el mismísimo creador hasta su botín.
“Asha… si existiese una última voluntad para pobres tributos como nosotros…”
Con delicadeza, el joven se levanto de la tierra, camino un par de pasos, ignorando las lanzas que apresuradamente apuntaron a él. “Mi único deseo en este mundo, lo único que llenaría mi corazón para que el rey de la selva encuentre su saciedad…” Se detuvo frente a la chica y tomo dulcemente su mano.
El rostro de la mujer reflejaba no solo asombro y estupefacción, sino también un tono carmesí que delataba los sentimientos más profundos que le provocaba lo que estaba ocurriendo.
Ryota levanto la mano de Ashaninka hasta sus labios, dando un suave beso.
“Sería el regalo de tu compañía el último día de mi existencia…”
MESSI MESSI MESIIIII!!!!
Seria algo que pudieron escuchar los presentes en el subconsciente mientras veían la escena. El tiro perfecto, tras la asistencia perfecta, todo indicaría que ambos estarían a punto de lograr su cometido.
Si no fuera porque seguido a eso, los de las lanzas los cogieron a piñas y volvieron a esposarlos llevándolos rápidamente hasta el lugar donde se encontraba gran parte del pueblo.
“Buena asistencia bro, creí que si la hacíamos ¿eh?”
Comento el castaño, arrodillado de nuevo junto a su compañero, pero esta vez ambos en mitad de una superficie redonda que flotaba sobre el rio como una balsa. La misma tenía un diámetro de seis metros y se encontraba apenas unos 4 metros de la orilla.
En la orilla, se encontraba toda la aldea reunida, varios hombres tocaban tambores, mientras la mujer que los había apresado los observaba desde la distancia con un rostro dubitativo y en conflicto.
“¡Akshulai Hokonekulia!”
Expreso con fuerza la matriarca de la aldea, una anciana cuyos mejores años habían pasado hace mucho y su cuerpo se encorvaba haciéndola mas pequeña de lo que realmente era. “¡IHSELU ALIHAHA!” Vociferaba en una lengua muerta oriunda de la misma selva.
“Personas de la aldea, estamos aquí reunidos para ofrecer” Dijo Ryota después de la vieja.
“Ahskulikiki mototote” Continuaba la vieja.
“A estos extranjeros, a las fauces del rey” Funcionaba como traductor, quizá sorprendiendo a Owen en el proceso, pues era una locura esperar que el castaño hablara realmente una lengua muerta. ¿Quizá se convirtió durante esos años en algún tipo de erudito inteligente?
Los locales gritaron al parecer en ese momento, parecían celebrar que el rey de la selva fuera a comer por fin. Un rito ancestral que se sentía bastante macabro por parte de quienes eran los ofrecidos.
“¡ISHEKI TUKUPANA!” Prosiguió la anciana, alzando su cetro de madera al tiempo que otras dos mujeres le colocaban una especie de vestimenta dorada. Se trataba de algo ceremonial o algo menos eso parecía.
“Vistanme que tengo prisa.” Tradujo Ryota observando la escena.
“Ikelu piolshe keka” Dijo la anciana.
“Esta puta faja de ojas me hace ver gorda, y tengo que ir al baño.” Continuo con la traducción.
“KUKEMPU KUKEMPU” Canturreaba la anciana la matriarca.
“Me cago, me cago, ¿quien tiene papel?” Traducía Ryota, luchando por contener la risa que amenazaba con escapársele, pues hasta ese momento, aun a riesgo de morir, estaba improvisando con lo que decía la matriarca. En su puta vida había escuchado un idioma tan raro; simplemente adivinaba lo que podía a partir de la semiótica del momento y de la intención.
Todo eran risas para el castaño, al menos hasta que la balsa se tambaleó ligeramente hacia un costado y la marea pareció elevarse. Fue entonces cuando los locales comenzaron a tocar los tambores con mayor ritmo y a gritar completamente eufóricos. Para cuando la pareja de amigos se dio cuenta, pudo ver que bajo ellos se proyectaba una sombra de unos seis metros, extendiéndose bajo la balsa.
Owen Yang
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Tal y como lo hacían cuando eran jóvenes, en tiempos más fraternales y enternecedores, tanto Owen como Ryo se compenetraron casi de manera instantánea en aquella plegaria que se veía tan falsa como modesta; Él comenzó a seguirle el juego al pelirrojo rápidamente, incluso, generando su " propio speech", cosa que le provocó una mueca de fuerte felicidad al muchacho. Él seguía teniendo esa labia que tanto le caracterizaba y, es más, la misma que el chico aprendió a utilizar en la mayoría de sus negocios como mercader (y traficante) para convencer a cualquiera de lo que él quisiera. Si el chico tenía un don de gentes, el pelimarrón rapado a los costados era un "dios de gentes" -¡BUENATÍO!- lo dijo con una velocidad impresionante, en un balbuceo que se escapó y se escuchó acomplejado por la posición, el movimiento ascendente y descendente de su cuerpo que realizaba una reverencia forzadísima y más falsa que un político honesto, pero bueno...ahora les tocaba seguir hasta que no diese más la mentira, claro está.
Cuando el pelirrojo quiso percatarse, gracias a su excelente oído, pudo escuchar no solamente el sonido de la tierra moviéndose a su izquierda -¿Tío?- bajito, su rostro empezó a seguirle, pudiendo escuchar y utilizar ese tono ligón y tan característico de un Ryo del cual, en su niñez, el pelirrojo había aprendido una inmensa barbaridad.
“Mi único deseo en este mundo, lo único que llenaría mi corazón para que el rey de la selva encuentre su saciedad…”
-Qué cabrón. Sigue teniendo el toque.-
Porque si bien no había terminado siquiera la frase, el pelirrojo sabía exactamente cuál era la dirección que, sus palabras, estaban tomando. Le resultó inevitable no sonreír con complicidad mientras abandonaba lenta y progresiva la falsa reverencia para quedarse de pie mientras observaba, a la distancia, una escena que resultaba tan magistral como épica; Sí, Ryo remató su frase de ligoteo levantando la mano de la muchachita maquillada, sonrojada y escultural para, posteriormente, besarla con una delicadeza y seducción propia de alguien como el muchacho de cabello rapado a los costados.
“Sería el regalo de tu compañía el último día de mi existencia…”
-¡INMENSI MESSI!-
Se veía que el cerebro de ambos, ciertamente, hacían exactamente la misma sinapsis neuronal. Una sonrisa completa de gloria se marcó en el rostro del pelirrojo que, observando cómo su amigo estaba a punto de hacer el gol de la década, iba emocionándose progresivamente mientras su ceño fruncido y ojos brillantes solo indicaban una cosa:
Que los iban a cagar a trompadas, demostrándoles que su plan había fallado estrepitosamente. Ni en el travesaño pegó ese balón.
“Buena asistencia bro, creí que si la hacíamos ¿eh?”
-Sí, tío. Igual estuvo guapo, casi los tenemos, ¿Eh?-
Estaban atados a sus espaldas, ambos, como si estuviesen ofrecidos como un bocadillo dos por uno para un ente del cual, ambos, desconocían de sus capacidades. El movimiento de la balsa improvisada en la que estaban, ciertamente, los hacía ondular hacia arriba y hacia abajo producto de un oleaje leve pero persistente, como si hubiese algo debajo de ambos moviéndose con una agilidad y potencia inusitada. El sonido de los tambores, ahora, era la música extra-diegética que, anteriormente, Owen no cesaba de escuchar en el Reino de Samba, tierra que parecía tener sonoridad propia en lugar de cánticos de pájaros y característico sonido ambiente.
Mientras la balsa improvisada se agitaba con el oleaje intermitente, un clarísimo lenguaje incomprensible comenzaba a aparecer de parte de quien parecía oriunda de aquel lugar. Aquello, automáticamente, capturó la atención de un pelirrojo y le maltrecho a golpes que, como si fuese inmune a la paliza que había recibido minutos atrás, ahora, veía como su amigo de cabello rapado a lados hablaba exactamente justo después de la mujer -¡OH!- mostrándose como un simio que estaba descubriendo como se utilizaba una herramienta, el pelirrojo observaba sus labios que parecían estar traduciendo, una a una, aquellas palabras que parecían total y completamente incomprensibles para él -¿Es la lengua de alguna chica con la que estuviste?- sus palabras sonaban algo atrofiadas producto de la inflamación en su cara, al igual que se mantenía tuerto producto de su párpado tan hinchado como morado. Cuando quiso percatarse, ciertamente, pudo ver cierta burla en su expresión, ¿Le resultaba gracioso lo que la mujer estaba diciendo? -¿La vieja está diciendo que se está cagando y necesita papel mientras recita una oración de su pueblo? ¿Qué es, un llamado de emergencia, béibe?- porque claro, ¿Qué mayor emergencia que querer realizar un acto tan noble como poner las nalgas sobre un inodoro y liberar todo aquello tan pútrido que el cuerpo posee.
Si antes la balsa se mecía por las olas, ahora, directamente, subía y bajaba de manera tan errática que hasta empezaba a ser metro arriba y metro abajo de agua, tambaleándose hacia la izquierda y hacia la derecha -Se me acabaron los planes, hermano.- comentaba mientras, atado desde las muñecas, mantenía una calma sorprendentemente simpática -¿Qué tal tu padre, Ryo?- ¿De verdad te vas a poner a hablar del pasado en tu lecho de muerte, Owen? -¿Te acuerdas cómo me ayudaste?- volteó a verle con su único ojo disponible, mostrando esa sonrisa inocentona, brillante y colmilluda que tanto le caracterizaba mientras, también, miraba al cielo -Me costaba un horror interactuar con la gente en ese entonces. Menos mal que te conocí, hermano, quién sabe qué habría sido de mi si no hubiese aprendido de la labia que tienes tú.- aquello que podía presentirse que asechaba justo por debajo de ellos, al menos bajo la cabeza del pelirrojo completamente maltrecho, había quedado en segundo plano -Tengo que contarte algo.- su rostro, ligeramente sonrojado, se tornó cabizbajo. Miraba hasta sus piernas cruzadas, sentado mientras sus muñecas, atadas a su espalda, lo mantenían en esa posición de captura y clara ofrenda hacia el dios al que parecían respetar los nativos -Resulta que en Isla del Karate, ¿Sabes cuál es? Obvio, ahí es donde todos están todo el día pegándose, es un escándalo.- Hablaba con tantísima naturalidad que parecía el pico del absurdo, más aún cuando la balsa en la que ambos yacían se columpiaba casi en noventa grados de lado a lado producto del inmenso oleaje que se acentuaba cada vez más y más.
-Bueno, conocí a una chica. Es excesivamente linda y me quiere mucho. Creo. Espero. La cosa es que dijimos de casarnos cuando termine con una locura que tengo que hacer antes. ¿Qué opinas? ¿Vendrás a mi boda?-
Hablaba con nerviosismo y algo de timidez, como si ignorase por completo su presente y corto plazo y pensara en algo tan lejano como lo sería ese casamiento que vendría, tal vez, en años. Las palabras de los nativos no le distraían y mucho menos las olas que acentuaban una figura sombría que crecía, amenazante con devorarles de una santa vez, ¿De qué boda iba a hablar si ni siquiera iba a tener un mañana? -¿Tú te casarías, hermano? ¿No es un poco delirante de mi parte?- y, como es usual, comenzaba a divagar en voz alta mientras su mirada iba hacia el cielo -Ella me hace muy feliz...aunque hay cosas de ella que, a veces, me preocupan o me acomplejan.-.
¿Más acomplejado que estar a punto de morir, Owen?
-Hablo- , Narro , -Pienso-
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