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29-09-2025, 09:36 PM
(Última modificación: 29-09-2025, 09:51 PM por Stroud Nanashi.)
La puerta de la taberna se abrió de sopetón, una súbita corriente de aire frío abriéndose camino en la estancia. Una enorme figura entró en el lugar, la madera oscura y gastada crujiendo bajo sus botas, que traían consigo un poco de nieve del exterior. El Marine que acababa de entrar parecía llegado de una playa tropical, carente de cualquier ropa de abrigo, ataviado como únicamente se podía en los días más cálidos del verano. Escasamente iluminado por las lámparas de aceite, que generaban un haz amarillento y sombras largas, Stroud Redgrave se retiró la gorra, por una cuestión de educación, y exhaló algo de vaho. El lugar no estaba mal, para ser Pushkin; era mejor que la mayoría de tugurios de aquella ciudad.
Algunas caras se giraron, examinando al joven, pero no demasiadas; no había demasiada clientela, y, para la poca que había, no era demasiado raro ver entrar a un Marine. Un par de pescadores discutían en voz alta sobre el precio del bacalao en el mercado, y el robusto tabernero limpiaba vasos con un paño. En una esquina, un músico solitario rasgaba suavemente un acordeón, llenando los silencios incómodos (o molestando, según se viese). Crunch Anchor no era ningún local de mala muerte para maleantes y criminales, o, al menos, no más que otros lugares. Más bien, era un negocio humilde, de un par de décadas de vida, que se había convertido en una pequeña institución para los trabajadores de aquella zona de la ciudad. Dada su distancia del cuartel, además, no resultaba extraño que algunos Marines parasen por allí de vez en cuando a calentarse en el frío invernal.
El humo del tabaco barato creaba una neblina tenue, iluminada por el fuego que crepitaba en la enorme chimenea central, constantemente alimentada con madera nueva; si en algo no escatimaban en Roshwan, era en mantener los lugares calientes. Stroud pidió al tabernero una jarra de hidromiel, y se sentó a la distancia justa como para que el calor del hogar no lo abrumase, en una pequeña mesa pegada a la pared. Sus agudos ojos oscuros recorrieron en lugar a un ritmo más calmado del habitual, analizando a los presentes con la tranquilidad de quien intuye que no hay nada que temer. Se detuvieron brevemente en el tablón de anuncios que descansaba tras la barra, sobre el que se agolpaban carteles, papeles y "se buscas" de todo tipo.
La camarera, de un carácter marcadamente seco y distante, no tardó en traerle una jarra escarchada de hidromiel fría que hizo retumbar la mesa. Stroud musitó un "gracias" y dio un trago, acomodándose en el taburete, por supuesto, ligeramente cojo. Reflexionó, inmerso en sus pensamientos, sobre cómo los compañeros iban y venían en aquel oficio. Por mucho que todos se conociesen en el cuartel, y más en uno tan relativamente pequeño como el de Roshwan, siempre había una porción de reclutas que iban, y otros que venían. Cada mes, una o dos habitaciones se vaciaban y volvían a llenar con reclutas frescos. Soldados que eran destinados a otras islas, o que morían, o incluso que abandonaban el cuerpo tras un período frío y exigente en Roshwan.
Kibai
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29-09-2025, 11:00 PM
(Última modificación: 29-09-2025, 11:28 PM por Kibai.)
El paisaje nevado de Pushkin siempre había intrigado a Kibai. El hecho de ver como todo se cubría de pura blancura era algo muy novedoso para él, acostumbrado al sempiterno clima suave de Zou. Aún así, a pesar del frío que le suponía andar descalzo por la nive, tenía que reconocer que, a su propio modo, le gustaba. Cubriéndose mejor la cara con la gorra de Marine, el Mink se dirigió hacia fuera de los cuarteles de Roshwan.
Mientras caminaba por las calles cercanas al cuartel, notó un leve pinchazo en la espalda. Maldición, la instrucción de aquel día había sido tan dura como la de todos los días desde que había llegado a la isla. El sargento de su división les exigía siempre que diesen el máximo de sí mismos, argumentando que era la única manera de superar sus límites.
"Y probablemente, tenga razón, pero eso no lo hace menos duro..." pensó Kibai mientras se dirigía hacia el sector del puerto, guareciéndose en los soportales de los edicificios para evitar la nieve.
Al llegar a los muelles, el familiar olor del agua salada le trajo recuerdos de tiempos más relajados: Zou siempre olía a sal, y también lo hacía el barco que lo había encontrado en el agua tiempo atrás. Pero por desgracia ahí acaban los parecidos: el puerto rezumaba una mezcla de olores a pescado, brea caliente y aceite para lámparas. No era precisamente la mejor combinación. Sim embargo, uno acababa por acostumbrarse.
Ya con ganas de sentarse un rato, buscó con la mirada algún letrero que indicase la presencia de una taberna abierta. A lo lejos, en el otro extremo del espigón, un suave murmullo continuo indicaba la presencia de gente en el Crunch Amchor. No era el mejor tugurio de la zona, pero tenía su encanto. Calándose un poco más la gorra sobre los ojos, Kibai se dirigió hacia allí.
La puerta se abrió con un crujido, producto obviamente de no tener demasiado tiempo para engrasar los goznes. Kibai entró a la estancia, ya apenas consciente de alguna mirada que los clientes más cercanos a la entrada le dirigieron. No era que suscitase malas sensaciones, pero seguía siendo una relatica novedad para muchos ver a un Mink en la isla.
Quitándose los restos de nieve de los hombros, Kibai se dirigió a la barra, donde la camarera le saludó con un leve gesto de la cabeza.
"¿Que va a ser?"
Kibai enseñó los colmillos en una media sonrisa.
"Una jarra de leche caliente estaría bien."
La mujer negó con la cabeza sonriendo levemente antes de girarse hacia la cocina.
"Debes ser el único de toda la isla que viene a desayunar a estas horas de la noche"
Kibai se rascó el lateral de la cara sin contestar, desatando a Raimei para apoyarla en el borde de la barra, acodándose en la misma mientras hacía alguna mueca cuando el "músico" por llamarle de alguna manera fallaba alguna nota en el acordeón.
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Stroud se había acomodado de más en el taburete, permitiéndose incluso apoyar la espalda de manera relajada mientras daba un trago a su jarra de forma poco apresurada, pausada. Disfrutaba la calma de un lugar como aquel, en que todo el mundo iba a lo suyo, sin hacer preguntas; todos, quien más y quien menos, estaban allí por motivos similares. Repentinamente, la puerta del local produjo un golpe seco al cerrarse, dejando entrar, como de costumbre, una corriente de aire helado que hizo temblar las llamas de las lámparas de aceite. Varias miradas se clavaron en el recién llegado, como lo habían hecho hacía unos minutos con Stroud; esta vez, sin embargo, parecieron un poco más atentas, como si lo que hubiera entrado les provocase una desconfianza mayor. Stroud miró por encima de su hombro, contemplando al recién llegado. Alzó levemente las cejas, no pudiendo contener su asombro. La camarera y el tabernero apenas parecieron inmutarse.
No era, desde luego, el primer Marine mink con el que se cruzaba a lo largo de su trayectoria, pero jamás había dejado de darle una cierta impresión. Sentía un silencioso respeto por ellos, que, según sabía, con frecuencia debían demostrar un poco más de lo normal para ser aceptados en la Marina. Resultaba hilarante, sin embargo, el contraste entre el silencio que se había generado con la llegada del mink y la estúpida melodía que el acordeonista continuaba tocando, que parecía completamente fuera de tono y lugar. A diferencia de otras ocasiones, en cambio, la atención sobre el mink se disipó rápidamente, y el resto de parroquianos no parecieron darle demasiada importancia. No se solían ver por Roshwan, pero tampoco era el primero.
Sus ojos oscuros analizaron el atuendo del extraño, que vestía casi como un Almirante, o eso podía parecer a simple vista. Sin embargo, carecía de los galones necesarios. Una interesante opción estilística para un soldado raso, sin duda. Observó, alzando una ceja, cómo el mink dejaba el sable de empuñadura negra contra la barra, apretando un poco los labios con desaprobación. "Un novato," pensó. La mayoría de Marines eran conscientes de la imprudencia que resultaba dejar el arma expuesta en un entorno civil o desconocido; no formaba parte de la instrucción, claro, sino que se lo solía enseñar la experiencia.
"Pensaba que sería el único Marine aquí esta noche," afirmó audiblemente desde su mesa, haciendo un sutil ademán con la cabeza hacia el recién llegado. Como de costumbre, de nada servía cuánto alzase o bajase la voz: su tono jamás variaba, únicamente su volumen. "Déjame adivinar, ¿recién llegado a Roshwan?," inquirió, dando un pequeño trago de su jarra, examinando al mink de arriba a abajo. A estas alturas, se conocía ya a la mayoría de Marines destinados en el cuartel de Roshwan, al menos a los soldados rasos y al resto de sargentos, por lo que pocos extraños se le escapaban. Siempre le resultaba interesante escuchar qué opinaban los novatos de su nueva isla.
Kibai
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30-09-2025, 12:49 AM
(Última modificación: 30-09-2025, 12:57 AM por Kibai.)
Kibai echó un largo trago de su jarra, dejando que el calor de la bebida quitase los últimos restos del frío de la noche de Pushkin.
Inclinándose de nuevo sobre la barra, se sacó la gorra para agitar la cabeza a ambos lados, tratándo de imaginar de cuántas maneras distintas podría hacerle tragar al músico del local su dichoso acordeón.
"Pensaba que sería el único Marine aquí esta noche,"
Alzando una ceja con curiosidad, Kibai giró la caebza hacia la dirección de dónde había venido la voz. Su intrlocutor era un joven de pelo rubio y piel clara, que estaba sentado solo en una de las mesas del local. A pesar del frío exterior, apenas portaba una versión sin mangas de la camisa oficial de la Marina.
"Otro que no tiene frío..." pensó Kibai mientras se giraba para acodarse en la barra mirando al joven. Los ojos del chico lo recorrieron de arriba a abajo desde detras de su jarra. Un breve vistazo a sus hombros le reveló que ostentaba el rango de sargento.
"Déjame adivinar, ¿recién llegado a Roshwan?
Kibai se irguió un poco, enderezando su postura.
"Culpable, señor" respondió. "Llevo aquí como una semana, aunque para ser honestos, apenas me ha dado tiempo a conocer el lugar y cerciorarme de que al menos en uno de estos garitos tengan algo decente para tomar"
Las últimas palabras las soltó en un tono un poco más alto, lo justo para que el tabernero ( que aunque extrañado en un principio, no había puesto mayores reparos a su petición de unos días atrás acerca de tener leche en el bar para cuando viniese a echar un trago) , levantase la cabeza de los vasos que estaba limpiando y lo mandase a paseo con ademán de la mano.
Riéndose entre dientes, Kibai sujetó a Raimei con la mano libre y se acercó a la mesa del joven. Para ser sincero, ni su cara ni su olor le sonaban, pero aún le costaba distinguir a cada persona del cuartel, especialmente porque al dormir en barracones era sencillo confundir un olor con otro.
Con un gesto despreocupado, señaló la silla vacía al otro lado del joven.
"¿Puedo sentarme?"
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El contraste de los uniformes blancos en un local tan lleno de ropas oscuras y desgastadas resultaba llamativo. Stroud se incorporó en su asiento, haciendo el saludo militar correspondiente y colocándose la mano extendida junto a la sien, si bien no quiso aparentar más formalidades de las estrictamente necesarias. Pese a su siempre presente respeto por las jerarquías, y más por una como la de la Marina, era consciente de que había un momento para cada cosa. Estaba allí más como civil que como Marine, si es que era posible tal cosa, si bien apreció el trato respetuoso del mink. Ante la incertidumbre, la formalidad siempre era una opción sabia. En cualquier caso, al oírlo referirse a él como señor, restó importancia al asunto con un ademán de manos.
"¡Una semana! Nada, nada, un recién llegado, te queda mucho por aprender," afirmó Stroud, tendiéndole la mano con firmeza y midiéndolo con su ojo crítico habitual, "aunque tampoco es que yo mismo lleve años aquí. No te preocupes, recibimos reclutas frescos constantemente. Sargento Stroud Redgrave, División 84, un placer," se presentó. "Aunque, para serte sincero, cosas como esa no te van a ayudar," dijo con una carcajada, haciendo un gesto hacia el vaso de leche. "¡Para esas cosas está la cantina del cuartel!"
Cuando el mink le preguntó si podía sentarse, Stroud hizo un gesto hacia la silla al otro lado de la mesa con naturalidad, haciendo un educado ademán para que tomase asiento, colocando su otra mano sobre la superficie rugosa de la mesa, repleta de marcas de cortes y manchas de bebida, probablemente testigo de años y años de conversaciones como aquella. En la barra de la taberna tintinearon un par de monedas, mientras un cliente recogía una nueva jarra de lo que fuera que estuviese bebiendo.
"Las tabernas como esta están bien, para lo que pretenden," dijo, haciendo un gesto como de beber, empinando el codo. "Lugares para que la gente común y corriente venga a relajarse. Si quieres algo un poco más elegante, me temo que vas a tener que probar por otros barrios. En Pushkin hay de todo, pero hay que saber dónde buscar," aseguró. Dio un trago pausado a su jarra de hidromiel. El aire en torno a ellos continuaba llenándose de volutas de humo procedentes de los cigarrillos y las pipas de algunos de los parroquianos, un proceso de años que había llevado a Crunch Anchor, como otros tantos locales, a adquirir un perenne barniz ahumado que, de alguna forma, combinaba a la perfección con el aroma del licor. "Dime, ¿cómo has acabado aquí?"
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Haciendo caso omiso a lo que interpetó como una chanza amistosa Kibai echo un largo trago de su jarra de leche.
"Como he acabado aquí... La versión corta, por intentar comerme un pájaro"
Sin poder evitar reírse de su propia ocurrencia se frotó los ojos con dos dedos antes de levantar la vista de nuevo hacia el Sargento Redgrave.
"Como supondrá, la mayoría de los Minks provenimos de Zou. Es habitual que los Minks jóvenes jueguen a cazar: afila los instintos y nos enseña a aprovechar nuestro potencial. Sin embargo, de vez en cuando los accidentes ocurren."
Una pequeña punzada de pena le hizo apretar un puño, aunque por suerte al estar agarrando la jarra esperó que no se notase demasiado.
"Aquella noche había luna nueva, se veía muy poco, aunque no era un problema para mí, o eso pensé. Puedo ver mejor que la mayoría en la oscuridad, pero eso no me hace omnisciente. Había un pájaro apoyado en una rama justo al borde de un acantilado. Cuando salté a por él, el terreno falló, la rama se quebró, y caí al mar. Debí de golpearme con algo, porque cuando recobré la consciencia, las corrientes me habían arrastrado mar adentro, y lo único que veía era agua por todas partes."
Dando un nuevo trago, Kibai dejó la mirada perdida en el espumoso líquido blanco.
"Es una situación que desde luego no deseo a nadie. Agarré aquel pedazo de madera hasta que las garras me sangraron, esperando en cualquier momento vislumbrar aunque fuese un atisbo de mi hogar, pero este nunca apareció. Lo que si apareció poco después del amanecer fue un buque de la Marina. El oficial al mando ordenó recogerme, y me quedé con ellos una pequeña temporada"
Kibai se echó hacia atrás en la silla, sin poder dejar escapar una sonrisa al recordar aquella época.
"Eso si fue una buena travesía. El buque portaba correos desde el Grand Line a los Marines en los cuatro Blues, así que se movían bastante. Como ese en concreto viajaba hacia el South Blue, se ofrecieron a dejarme allí y que pudiese buscar la manera de regresar a casa. Pero para cuando tocamos tierra, ya había decidido que no quería volver, aún no. Antes quería hacer algo de lo que mi gente estuviese orgullosa, y llevar este uniforme me pareció la más acertada de todas las opciones"
El Mink se acabó el resto de su jarra de un último trago antes de echarse hacia atrás en la silla, con el brazo libre pasado por detrás del respaldo.
"Así que espero que mi historia le sirva de advertencia sargento, si alguna vez ve un pájaro en el borde de un precipicio, no intente comerselo de un bocado"
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Stroud alzó una ceja cuando oyó aquello de que estaba allí "por comerse un pájaro". Se echó hacia delante en el taburete, visiblemente interesado por la historia que, percibía, estaba a punto de escuchar. No dijo nada. Sus ojos prestaron atención al mink, al tiempo que daba un trago de su jarra de hidromiel. Apreciaba cuando alguien tenía algo interesante que contar, y casi cualquiera que hubiese acabado como Marine en Roshwan tenía, al menos, una buena historia. Entrelazó los dedos sobre la mesa, afirmando en silencio con la cabeza ante las palabras de Kibai.
"Le podría haber pasado a cualquiera, no te tortures," afirmó, restándole gravedad, mientras concluía mentalmente que no debía de ser un usuario de habilidades, al menos en principio. "Un oficial te rescató, ¿eh? Parece que no somos tan malos como algunos nos imaginaban."
La advertencia de Kibai pilló desprevenido a Stroud, que dejó escapar una carcajada. "Nunca me había dado por ahí, pero tengo que admitir que he desarrollado una desconfianza natural a acercarme demasiado al agua, o a colocarme en sitios susceptibles de una caída trágica como esa. Tú te quedaste a la deriva, pero yo me hubiera tenido tanta suerte," aseguró, imitando con las manos el gesto de un ancla hundiéndose en el oleaje del mar como un plomo, hasta extender su mano sobre la mesa, como un cuerpo que llegaba al fondo y se quedaba allí, inerte. Dio otro trago moderado a su jarra.
"En cualquier caso, te honra haber elegido quedarte en la Marina," admitió, "tengo entendido que muchos minks no tienen la mejor imagen de nosotros. Jamás he estado en Zou—joder, ni siquiera en el Grand Line—, pero he oído que a la gente de allí solo le falta tirarnos tomates al pasar. Así que supongo que es bueno empezar a cambiar eso," afirmó. "De pequeño, me llevaba bien con algunos..." murmuró, entrecerrando los ojos, intentando rememorar. Ni siquiera llegaba a la veintena, pero en ocasiones actuaba como un auténtico anciano contando batallitas, en las excepcionales ocasiones en que le daba por hablar y, más raro aún, por ponerse nostálgico. "Torren, el cuervo, siempre con las plumas mojadas de grasa y carbón de la herrería, y Korga, el oso... ¡O creo que era un oso! Era un tipo enorme, en cualquier caso, siempre dispuesto a echar un cable en el muelle por algo de ron. Gente dura. Tal vez Spider Miles fuera el único lugar del North Blue donde nadie los miraba por encima del hombro," afirmó, visiblemente inmerso en sus propios pensamientos. "Pero divago, disculpa. Como decía, es bueno tenerte aquí. Ya te digo que yo mismo no llevo demasiado aquí, pero creo que empiezo a tener ojo con la gente. ¿Has pensado ya en unirte a alguna división?" inquirió repentinamente, alzando una ceja, antes de dar otro trago a su jarra.
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02-10-2025, 03:00 AM
(Última modificación: 02-10-2025, 03:00 AM por Kibai.)
Kibai hizo un gesto al tabernero, que con un asentimiento entró dentro de la cocina del establecimiento.
"Tiraros tomates? No, yo no diría tanto. Aunque si es cierto que al menos en Zou no suelen aparecer. Pero en las islas de camino hacia aquí me di cuenta que lo que rechaza la gente no es a la Marina, es el conflicto. Si solo están los piratas, es posible que lo haya, si estamos nosotros y los piratas, de seguro lo habrá. Y como de los piratas ya se quejan habitualmente, pues a nosotros nos toca ser la otra parte de la ecuación."
Alzando una ceja con curiosidad, el mink observó el gesto que hacía su compañero de mesa, sumilando hundirse en el mar.
"Vaya, ¿no sabes nadar, o no puedes? En el barco que me trajo aquí no había ninguna persona que hubiese consuido una Akuma no Mi, pero debo de admitir que me resulta sumamente curioso. No obstante, una debilidad tan grande como el agua, en un mundo practicamente cubierto por el mar... No sé, entiendo las ventajas, pero también implica un riesgo."
El tabernero regresó con una nueva jarra, a rebosar de leche espumeante. Dándole las gracias con una leve inclinación de cabeza, Kibai dio un nuevo trago, limpiándose los bigotes con el dorso de la mano mientras escuchaba a Stroud.
"El North Blue eh? Creo que tú también has tenido tu parte de recorrido... Es bueno saber que hay sitios donde mi gente puede vivir a gusto. Cuando llegué, noté alguna mirada que otra, aunque lo achaco más a la sorpresa que al rechazo..."
Mientras Stroud le hablaba acerca de los minks que había conocido, Kibai se sumio brevemente en sus propios pensamientos. Obviamente había gente que tenía miedo a lo diferente pero, ¿no le había asegurado el capitán Senjuru que no tendría problemas al respecto por su condición de mink? Su mano izquierda, que estaba cómodamente apoyada sobre la vaina de Raimei, se tensó. Quizás no fuese a tener problemas abiertamente, pero debería estar mñas atento a partir de ahora con las reacciones que suscitase su presencia.
"no llevo demasiado aquí, pero creo que empiezo a tener ojo con la gente. ¿Has pensado ya en unirte a alguna división?"
La pregunta sacó a Kibai de sus pensamientos. Stroud lo miraba por encima de su jarra, aguardando una respuesta con la ceja alzada.
El mink se rascó la cabeza.
"Pues, honestamente, no lo sé. Me han hablado bien de la División 84, incluso conocí a uno de sus integrantes, el Sargento Gaufrid, un buen tipo... Aunque llevando aquí tan poco tiempo supongo que deberé esperar a saber qué me dicen los mandos al respecto. Definitivamente aún me queda mucho por aprender."
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Stroud asintió pausadamente, alzando una ceja al darse cuenta de que su interlocutor había pasado a tutearlo. Pequeñas volutas de humo, procedentes de pipas, cigarros y la propia chimenea continuaban alimentando la densa atmósfera de Cruch Anchor, dándole al aire aquella pátina cálida, acolchada, casi sólida, tan característica. En el fondo de la sala, sonaron unos dados rodando sobre la superficie de la madera, con un par de parroquianos lamentándose por el resultado, inmersos en su partida.
"Tienes parte de razón," concedió, "pero también es, en muchos casos, algo casi cultural. Un desprecio innato por el orden, por la autoridad, por el respeto a lo que está bien sobre lo que está mal. La propia Marina también tiene algo de culpa, claro. Todo el cuerpo se resiente cuando una parte se corrompe," afirmó con gravedad. Prácticamente sin darse cuenta, había empezado a rodar una moneda entre sus dedos de forma rítmica, algo que solía hacer al darle vueltas a algún asunto. "Es un tema complicado. Pero todo el mundo necesita a la Marina mucho más de lo que se imagina."
Se acomodó un poco más en el taburete, sin por ello perder una postura recta y casi militar, como de costumbre. "Todo lo que merece la pena implica un riesgo," afirmó, haciendo un ademán con las manos, "aunque depende de lo que te toque, claro. Hay de todo. He oído hablar incluso de frutas de mocos. Supongo que a todo se le puede sacar alguna ventaja," dijo, prefiriendo no hablar muy explícitamente de su caso. "Yo fui afortunado, aunque alguno te diría que no. Pero, si te encontrases una, ¿no probarías suerte?" inquirió, alzando una ceja. Lo cierto es que él había arrebatado su fruta a unos burdos contrabandistas, y podría haberse llevado un buen disgusto, pero el destino había parecido sonreírle.
Continuó jugueteando con la moneda, que danzaba acompasadamente de nudillo a nudillo, aparentemente de forma independiente a la música que tocaba el acordeonista en la esquina del local. El trasiego habitual de la taberna continuaba, con nuevos parroquianos que llegaban y se iban de cuando en cuando. Casi ninguno se detenía demasiado en observar al mink, no más de lo que lo hacían con el propio Stroud. "Yo de ti no me preocuparía por las miradas. Habrá quien se sorprenda, por eso de que ni siquiera estamos en el Grand Line, pero poco más. Más que a la sorpresa, yo lo achacaría a la curiosidad, como mucho. No he visto a ningún mink teniendo problemas por aquí."
Cuando Kibai mencionó al Sargento Gaufrid, Stroud no pudo evitar una carcajada. "¡Ya has conocido a Bertram! Que no te engañen las apariencias, no es mal tipo," afirmó. "No creo que tenga problema en aceptarte en la División, si estás interesado. A uno de nuestros compañeros lo han trasladado recientemente, así que vamos algo cortos de personal. Eso sí, tiene pinta de que no tardaremos demasiado en zarpar hacia algún nuevo destino, que no te pille de sopetón."
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Kibai se reclinó de nuevo hacia atrás al escuchar la última frase de Redgrave, cruzando una de sus piernas por encima de la otra.
"Así que un nuevo destino, eh? Vaya, y yo que le habia pillado el gusto ya a la nieve... Supongo que ya me he acostumbrado a estar en el mar, así que si tenemos que zarpar, por mí encantado. A buen seguro si nos envían a un nuevo destino será por una razón de peso, y esa si es una razón por la que me parece coherente acudir."
Apoyando el borde de la barbilla en el pomo de Raimei, el mink se sumió en una breve reflexión, interrumpida por alguna que otra nota discordante proveniente del acordeón. Apenas hacía unos días que se había despedido del capitán Seijuru, y ya un nuevo viaje se postulaba ante él. ¿Sería demasiado pronto, o era justo lo que necesitaba?
"Supongo que si la División 84 podría aprovechar un par de manos, o de garras más, es mi deber como camarada Marine aportarlas, no?"
Sonriendo con su propio chiste, Kibai agarró su jarra y la alzó levemente en un amago de brindis.
"Sea pues entonces, mañana hablaré con Gaufrid y los mandos de la base y les solicitaré entrar en la División 84. Cuando den la orden, partiremos de este cubito de hielo de vuelta al ancho mar. Y llevaremos el orden, la autoridad y la Justicia allí donde el Sol nos brinde su calor y la Luna nos otorgue su fuerza y poder!"
Kibai acompañó su exclamación final con dos largos tragos que vaciaron su jarra, antes de dejarla caer pesadamente sobre el tablón de madera con un golpe seco que alzó un par de miradas desde la mesa de al lado. Sonriendo perversamente, el mink hizo un leve gesto de disculpa con una mano antes de levantarse hacia la barra para depositar ante la camarera unas cuantas monedas.
"Por las dos rondas que hemos tomado. Y como siempre, un producto excelente, será algo que seguramente eche de menos. Aunque la próxima vez podrías poner a un tenedor arrastrándose sobre pizarra" dijo señalando al músico del acordeón, que ahora había empezado a torturar, mutilar y arrastrar por el fango una versión claramente alterada de una saloma marinera.
La mujer le miró con un amago de exasperación a la vez que recogía las monedas y negaba con la cabeza.
"Desde luego lo tuyo es digno de estudio, Kibai..."
El mink se encogió de hombros con una amplia sonrisa.
"Ni que fuese humano.."
Al pasar de nuevo por delante de la mesa de Redgrave, le dirigió una última mirada.
"Supongo que nuestro status de Marines, como adalides del orden, la autoridad y la Justicia nos impiden coger a ese asesino musical y colocarle el acordeón de sombrero, no?
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