El viaje de la vibración [Estilo Canon]
#1
El viaje de la vibración
Isla Karate
Día 73 de Verano, Año 16


El océano es un ser que vive, y sus olas son su aliento, su respiro. Zhang Zhang Guolao, el viejo burro errante, era alguien que ya había navegado y recorrido sus corrientes. A pesar de que hacía muchos años había perdido la oportunidad de nadar, disfrutaba de observarlo desde lejos. Con sus grebas relucientes, su bastón de madera y la Cadena del Retorno Celeste envolviendo su pecho, Zhang se encontraba en la isla Karate buscando el camino correcto para su espíritu inquieto.
 
El aire en la isla Karate era denso, pesado, con un sabor distinto al de otras tierras que había visitado anteriormente. Era tan palpable que podría palparse con las manos, como si la energía del mundo se juntara en un solo lugar. Zhang caminaba lentamente junto a su compañero, Silencio, dejando las huellas de sus pezuñas sobre la arena húmeda. Hacía mucho tiempo que no sentía algo así, ¿emoción, miedo? Zhang se sentía como un pequeño que va a clases por primera vez, pues aquella propuesta que Cao le había hecho en Sorbet cambiaba por completo la vida de aquel burro.
 
Años atrás, Zhang había conocido el mar, el amor y la amistad con una tripulación pirata. Suspiró al cielo mientras su corazón se aferraba a los recuerdos de otros tiempos. Conocer a otros era necesario para crecer y avanzar, Zhang lo sabía y lo necesitaba, pero un viaje como aquel siempre tenía sus costos, y su viejo corazón temía que la historia se repitiera. Pero, como solía decir su maestro: "Si buscas la luz, a menudo podrás encontrarla, pero si buscas la oscuridad, es todo lo que verás".
 
Zhang sonrió al cielo, mientras continuaba con su andar, pues sin duda, era mejor ser luz en esas épocas sombrías. Poco a poco, y perdido en sus pensamientos, empezó a adentrarse hacia el centro de aquella isla, donde grandes bonsáis se alzaban ante sus ojos. Pensar en su destino no era algo que valiera su energía, pues ya había tomado la decisión semanas atrás.
 
La tierra en la isla Karate era dura y firme. Incluso el aire tenía un sabor a sudor y esfuerzo. El sonido era una mezcla entre el canto de las aves, el eco de los tambores y los gritos de guerra. Zhang y su fiel compañero, Silencio, observaron un dojo que se encontraba en la base de una montaña. Allí, los discípulos se movían de una forma elegante y veloz, lo que llamó la atención del viejo combatiente. Sus movimientos no eran los habituales de las batallas cuerpo a cuerpo, sino una danza extraña y silenciosa que golpeaba con una potencia inusual.
 
Zhang logró sentir un cambio a su alrededor, notó cómo el aire vibraba al son de la batalla. Sonrió por la emoción, y la intriga invadió su ser. Aquellos movimientos marciales, nunca había visto algo igual. Zhang logró observar una figura que se movía entre los estudiantes, justo en el centro del lugar. Era una mujer, tenía el cabello fucsia rojizo que se trenzaba hasta su cadera. Emanaba poder y respeto, y a pesar de tener una vestimenta sencilla, su presencia era como la de un depredador que se mueve con gracia.
 
Aquel burro curioso se encontraba inmerso en el entrenamiento cuando Silencio, impulsado por la curiosidad, dio un salto hacia los estudiantes, como queriendo participar de la diversión. Pero... terminó golpeando a uno de los alumnos que intentaba dominar aquel arte. Zhang se movió con una velocidad inusual y, como un acto protector, se lanzó a resguardar a su amigo. Silencio no era nada bueno para los combates.
 
Uno de los estudiantes, un joven de rostro serio, se acercó a aquel burro, y con algo de miedo y desconfianza, lanzó un fuerte puñetazo que resonó en el viento. El aire vibró de nuevo, pero en esta oportunidad, algo dentro del mink había... ¿dolido? Zhang no lograba entender cómo aquel puño, sin haberlo golpeado directamente, había tenido efecto alguno. Movió una de sus manos al pecho, y aún era posible sentir una leve vibración en su cuerpo. Esa era la esencia de aquel estilo.
 
"Hasshoken", gritó el alumno al terminar. Zhang no lo entendía del todo, pero sí podía sentirlo. El Hasshoken era una fuerza que no aplastaba, sino que resonaba y dolía desde dentro. Era un arte que se sentía con el alma.
 
Zhang tomó a Silencio con torpeza y levantó una de sus manos en señal de paz. .- Lo lamento, pasábamos por acá-, dijo suavemente. - Qué gran golpe, joven- , dijo con el respeto de un anciano, y tras una pequeña reverencia, dio la vuelta y se alejó del dojo, pues por ahora no era un invitado en aquel lugar.
 
Aquella noche, Zhang se acostó bajo uno de los bonsáis, para observar la majestuosidad de las estrellas. Reflexionó sobre su fuerza bruta que golpeaba, pero no como aquel arte que rompía sin contacto, que dolía desde dentro. Una fuerza del ser, un poder oculto y latente que Zhang debía comprender. De eso se trataba la vida, de vivir el día a día y aprender algo nuevo, y por segunda vez en el día, Zhang sintió una emoción en su estómago.
 
Al amanecer, Zhang intentó arreglarse lo más que pudo, y tras un breve baño y vestirse con su ropa habitual, fue directo a presentarse a la entrada de aquel dojo. Tenía la intención de poder aprender junto a ellos, pero aquella tarea no sería tan fácil como pensaba.
 
Un par de jóvenes le impidieron el acceso de inmediato. "El Hasshoken no es para un vagabundo", dijeron con la rudeza que curte el corazón. Zhang les regaló una leve sonrisa y una mirada tranquila. Su apariencia de errante no era vista con los mismos ojos en todos los lugares. Habían al menos dado un motivo. "Aquel estilo de combate era el resultado de un camino de disciplina, que aquel mink no parecía poseer", repitió las palabras en su mente.
 
Recordó las muchas veces en que su aspecto de burro, de mink, de errante o de vagabundo, había llegado a ser un problema. -Hmmm...-, no se dejó llevar por la emoción del momento, y se adentró en los arrozales.
 
Con una obstinación típica de un burro, Zhang comenzó a imitar los movimientos que había observado desde lejos. Un "no" no era realmente una opción para Zhang, quien se adentraría de nuevo a la aventura, y debía ser fuerte para proteger los jóvenes corazones.
 
No obstante, golpe tras golpe falló en replicar la potencia de aquel movimiento. Una y otra vez, su ataque no era lo esperado. Era fuerte, pero carecía de aquella resonancia y vibración que lograba percibir en el aire de aquel dojo. Su fuerza bruta no era capaz de replicar los golpes, y aquello era un poco molesto. A veces la fuerza no lo era todo, y Zhang lo entendía mejor que nadie.
 
Continuó así por un par de días, y como siempre, justo después del alba, luego de un largo día de trabajo, Zhang terminaba cerca de los arrozales, justo bajo el resguardo de la luz de uno de los bonsáis. Allí se preparaba de nuevo para una larga noche de entrenamiento, si es que así se pudiera llamar. Zhang Guolao no había logrado avanzar ni un poco en el dominio del Hasshoken, pero este no se rendiría fácilmente.
 
Fue así, como una noche, mientras aquel burro entrenaba en soledad, un monje lo observaba desde las sombras. Aquel hombre tenía un temple severo y arrugado, quien, intrigado por la terquedad del burro, se acercó a él. Zhang continuó lanzando golpes al aire, intentando adivinar el secreto de aquel arte marcial. "Tu cuerpo, anciano, es como un río que no sabe a dónde va", dijo una voz que era casi como un susurro. Zhang se puso alerta de inmediato, intentando encontrar el origen de aquellas palabras.
 
De las sombras, un hombre de avanzada edad apareció frente a Zhang, quien, algo cansado de la rutina, paró por unos segundos su entrenamiento. "Tu fuerza es grande, pero no tiene un canal. El Hasshoken es el canal", dijo el hombre.
 
- ¿Un Canal? -, preguntó Zhang confundido. Aquello era algo que le estaba haciendo volar la cabeza, no lo entendía. Fue entonces cuando aquel monje le propuso un pequeño juego al burro. "Haz que tu golpe no toque la piedra, pero que aún así la rompa". Zhang golpeó el suelo con firmeza, como si aquello no era lo que llevaba días intentando hacer. Sin embargo, las palabras de aquel anciano tendrían que guiarlo por buen camino. Por este motivo, Zhang se dejó guiar.
 
Zhang falló una y otra vez, su cuerpo viejo no lograba canalizar la energía necesaria para destruir la roca, y aquella frustración era un veneno que no estaba acostumbrado a ingerir. Zhang golpeaba el aire con torpeza y desesperación, y entonces, aquel monje señaló una de sus pezuñas. Zhang observó sus patas, que al moverse generaban unas pequeñas ondas sobre el agua de los arrozales. Aquellas ondas en el agua no eran por su fuerza bruta. Zhang se dio cuenta de que no se trataba de golpear más fuerte, sino de transmitir la energía.
 
Zhang lo había entendido, y por ello cerró su único ojo para poder concentrarse al máximo en lo que estaba a punto de hacer. Recordó el eco de su rebuzno, el crujir de la nieve bajo sus patas, la vibración de sus grebas y el chillido de Silencio. Al final, era un poco más sencillo de lo que estaba esperando. El Hasshoken no era un arte externo que se podía estudiar, era el suspiro de nuestro propio ser. -Hmmmm...-, resopló aire frío desde su trompa, aliviado por la ayuda del monje.
 
Algo en su cuerpo se movía, era casi como si su electro, su instinto animal, le estuviera hablando. Este ataque no era algo que se podía aprender, sino que era algo que debía empezar a sentir. Zhang tomó impulso y, con la palma de la mano, emitió una onda de choque que viajó por el aire hasta la roca, y sin tocarla, la hizo estallar en mil pedazos. Lo había logrado, por fin comenzaba a entender un poco del Hasshoken, su esfuerzo era por fin recompensado.
 
Zhang se inclinó en respeto al monje, y con una emoción natural, le dio un pequeño abrazo. - Gracias, gracias, buen hombre -, dijo. Zhang se encontraba muy feliz. Aquella noche el entrenamiento terminó pronto, pero Zhang había avanzado significativamente en su camino de dominar el Hasshoken. Lo más importante por supuesto, ahora tenía un nuevo amigo, y sin entenderlo del todo, Zhang Zhang Guolao había logrado aprobar la prueba del eco del dojo Hasshoken.
 
Un día, mientras Zhang deambulaba la isla en busca de algún tipo de trabajo, alguna persona enferma, o incluso alguna historia que escuchar, se logró escuchar el sonido fuerte de un grito a lo lejos. Un grupo de piratas se encontraba saqueando uno de los campos de arroz del lugar, y un pequeño niño intentaba interponerse entre su padre y uno de aquellos malhechores. Zhang, sin duda, se interpuso en su camino de inmediato.
 
Zhang interpuso su cuerpo para evitar que aquel niño fuera lastimado en ese encuentro. Los piratas no cesaron, ni siquiera ante la presencia de aquel mink que, pese a su edad, demostraba algo de fuerza en su temple. El burro recibió un par de golpes, que lo traspasaron sin siquiera afectarle en lo más mínimo. Dio un pequeño golpe en el suelo, y tras esto dio una pequeña palmada al pequeño, haciendo que este saliera corriendo en busca de algún tipo de refugio.
 
Dio entonces un fuerte golpe a uno de sus contrincantes, y este no se inmutó en lo absoluto. Durante unos movimientos veloces, ambos contrincantes intentaban acabar con su oponente, pero la fuerza bruta de Zhang no era suficiente, y los ataques del pirata no eran nada comparados con el poder de la Yuki Yuki no Mi, que lo hacía casi invencible a ese tipo de daños.
 
La frustración del mink era palpable, y fue entonces que recordó las palabras de aquel monje días atrás, "Haz que tu golpe no toque la piedra, pero que aún así la rompa". No había de otra, tenía que intentarlo. Por ello, esperó unos segundos mientras se concentraba. Apenas había dominado parte del Hasshoken, pero aun así, Zhang canalizó la energía en uno de sus golpes y lanzó un golpe potente y vibrante. Este movimiento, apenas era un susurro de lo que podía ser, pero fue suficiente para afectar la defensa de su contrincante, quien cayó de rodillas sobre el suelo, confundido por lo que acababa de suceder.
 
El resto de los piratas, sorprendidos, no se quedaron a pelear. Huyeron de inmediato, abandonando el lugar, dejando atrás el caos que habían causado. Zhang se quedó en silencio, con el cuerpo adolorido del cansancio. Había ganado, sí. Pero la batalla no había sido gloriosa. Había sido frustrante, y le había dejado la certeza de que necesitaba mejorar más. El Hasshoken no era solo una herramienta. Era un arte que tenía que dominar. Y con el cansancio en sus huesos, supo que el camino apenas había comenzado.
 
Zhang madrugó como de costumbre, y estuvo entrenando bajo el resguardo de la sombra de aquel bonsái junto a la montaña. La batalla de la noche anterior había sido diferente a las demás; las defensas de aquel pirata eran formidables, que incluso sus golpes potentes, parecían no afectarle en lo absoluto. Fue solo cuando recordó las palabras de aquel monje días atrás, que logró darle un golpe que lo confundió, pero Zhang no había ganado del todo esa batalla. Fue cuestión de suerte, pues sin aquel movimiento final, seguro que la hubiese pasado un poco peor.
 
Por ese motivo no había tiempo que perder, y desde temprano se encontraba lanzando golpes al aire, intentando destruir la mayoría de las rocas que encontrara, y esa era la idea en general, pero replicarlo, eso sí que era totalmente diferente. -Hmmm...-, Zhang comenzaba a resignarse. Fue en ese momento que un pequeño niño, se acercó con cuidado a la guardia de Zhang, donde con educación, invitó al viejo burro al dojo, donde días atrás había sido echado como un vagabundo. Zhang accedió de inmediato, necesitaba desde el fondo de su ser, lograr entender un poco mejor aquel arte llamado Hasshoken.
 
Zhang tomó sus cosas de inmediato, y a su pequeño compañero de viaje, y comenzó a seguir al pequeño. Era uno de los alumnos del dojo, su ropa era la que días atrás había presenciado. Se veía algo serio y decidido, y Zhang por unos segundos, se lamentó de que no apreciara la calidez de la vida. El burro, le dedicó una pequeña sonrisa, e intentó, de algún modo hacer sonreír al pequeño, durante el viaje al dojo del Hassoken.
 
Zhang entró por segunda vez a ese lugar, esta vez, como un invitado. El lugar era grande, y el sonido de las batallas, cautivó a Zhang de inmediato. Era, sin lugar a dudas, un sitio especial, lleno de fuerza y energía, que hacía que su pelaje se estremeciera. Zhang estaba decidido a aprender aquellas técnicas, a entender esas vibraciones, por lo que continuó su camino, detrás de aquel niño.
 
El acceso al dojo fue mucho más sencillo entonces. Esta vez, la presencia de Zhang no fue inesperada, y todos parecían conocerle. Lo saludaban desde lejos, y preguntaban si él era el burro de los arrozales. Para luego salir corriendo entre sonrisas y juegos, el ambiente del lugar era diferente, y Zhang se alegró por ello. Al entrar, logró notar una presencia imponente. Fue recibido por una mujer joven, que tenía una gran trenza que bajaba hasta su cintura, su nombre era "Sira Matcha", y era la maestra del lugar.
 
Si bien la chica se veía poderosa, Zhang no pudo evitar pensar por un instante, que su cuerpo no era el de un maestro cualquiera. Zhang se encontraba muy curioso. La mujer, al recibirlo se presentó, para luego comenzar a hacer una inspección al viejo mink, como quien nunca había visto un burro parlante. "Tienes un espíritu salvaje", dijo Sira al mink mientras continuaba dando vueltas y haciendo gestos extraños con sus brazos, y fue así, como su entrenamiento oficialmente había comenzado.
 
Aquella mañana, Sira Matcha haría una pequeña demostración para unos reclutas nuevos, incluyendo al viejo burro, quien alegre observó todo, con el detalle que su ojo tuerto le permitía. Aquella mujer se movía con una gracia única, y de inmediato, hizo entender a Zhang el porqué llevaba aquel título de maestra. Con golpes veloces y fuertes, se enfrentó a muchos de los ancianos y luchadores del lugar, y con una fuerza impresionante, acabó con ellos en un abrir y cerrar de ojos.
 
Sira se movió de una forma extraña, y en un torbellino veloz, hizo que todos salieran a volar varios metros en el aire, con suma facilidad. Fue algo veloz, pero Zhang logró observar cómo Sira, por un momento, se lanzó de cabeza contra el suelo y, gracias a la inercia del movimiento, comenzó a girar a gran velocidad. Sus brazos y piernas giraban al unísono, y desprendían una energía y una vibración que estremeció a Zhang de inmediato. "Buto kaiten" era el nombre de aquel movimiento. Al terminar, todos los presentes la aplaudieron.
 
Luego de aquella presentación, los dirigieron al lugar de entrenamiento, y aquel proceso fue algo arduo y largo. Zhang, junto a los demás discípulos, rompían rocas con las vibraciones de su cuerpo, roca tras roca, iban dominando un poco el uso de aquella energía propia del ser. Ahora, lo intentaban hacer un poco más profundo, pues aquellos golpes, intentaban hacer que la roca de desmoronara. No era sencillo, pero con esfuerzo y una sabia compañía, el proceso sin duda era mucho más llevadero.
 
En las tardes, el entrenamiento cambiaba un poco, esta vez, la idea era que el agua vibraba junto a ellos, en una danza marcial. El líquido, en sus pies, se movía generando ondas a su alrededor. Poco a poco, el líquido comenzaba a moverse bajo el control de Zhang. Repitieron ese entrenamiento casi por una semana, y tras esos días, Zhang había logrado dominar a la perfección todo lo básico del Hasshoken.
 
Silencio, aquel pequeño mono, era el que más se divertía, lo imitaba, haciendo movimientos absurdos que hacían reír a los monjes y a los niños. Una tarde, Sira se acercó al burro, y le demostró de cerca, las bases del movimiento que había hecho el día de la presentación. Sira, demostró el "Buto kaiten". De nuevo, y esta vez, más de cerca, lo observó al detalle.
 
Sira Plantó su cabeza en el suelo, juntó sus manos y piernas, y comenzó a girar. Se movió hacia un tronco como un tornado, y en un instante, lo partió por la mitad. Zhang, por dentro, sintió la intensidad y la furia de la maestra. Y fue entonces cuando comprendió que la paz de Sira era solo la calma antes de la tormenta, que su verdadera personalidad era la de una bestia del combate que solo el Hasshoken podía contener. Zhang se sintió un poco identificado con aquello.
 
Con la demostración de Sira resonando en su mente, Zhang se propuso dominar el Buto kaiten. No se trataba solo de plantar la cabeza y girar; era un acto de pura violencia controlada. Su primer intento fue un desastre. Su cuerpo pesado de burro no estaba acostumbrado a tal inercia. Cayó de cabeza, se revolcó en el polvo, y su bastón rodó lejos. La risa de los jóvenes monjes fue un sonido familiar, pero esta vez, Zhang lo tomó como la prueba de un camino nuevo. - Hmmm...-, resopló, golpeando el suelo con su pata. Se levantó y lo intentó de nuevo.
 
Día tras día, el entrenamiento se volvió una danza de fallos y aciertos. La cabeza de Zhang daba vueltas, su cuerpo se sentía como si fuera a deshacerse. Pero la terquedad de un burro es una fuerza de la naturaleza. Recordó las palabras del anciano sobre el canal de su fuerza, y el Buto kaiten se convirtió en ese canal. Comenzó a canalizar la vibración del Hasshoken a través de su espina dorsal, enviándola a sus extremidades para lograr el impulso necesario.
 
Fue en una noche de luna llena cuando lo logró. El aire estaba frío y denso. Silencio, inquieto, se aferraba a su hombro. Sira, observando desde la distancia, notó cómo el cuerpo de Zhang comenzó a desprender un vapor gélido, una manifestación de su Fruta del Diablo, la Yuki Yuki no Mi. Zhang se arrodilló, plantó su cabeza en el suelo, y un brillo azulado emanó de sus puños y pezuñas. La nieve a su alrededor se arremolinó, como si lo estuviera obedeciendo. Juntó sus manos y piernas, y con un gruñido ancestral, empezó a girar.

El Buto kaiten había sido dominado. No era solo un movimiento, era una ventisca helada con pezuñas. El tornado de su cuerpo, ahora hecho de carne, hueso y nieve, se movió hacia un gran monolito que se encontraba en el centro del dojo. El impacto fue brutal: el monolito no se rompió por la fuerza, sino por la resonancia. Las vibraciones, ahora potenciadas por su elemento, se esparcieron, rompiendo cada fibra de la roca hasta convertirla en arena y hielo.

Zhang se detuvo, el cuerpo exhausto, y el aire a su alrededor era helado. Sira, con una reverencia, se acercó a él. "Lo has logrado", dijo, su voz llena de respeto. "No has imitado la técnica. La has hecho tuya". Esa noche continuaron entrenando durante un par de horas, hasta el cansancio. Sira invito a un torneo habitual que se realizaría en la isla Karate, donde según ella, era el escenario adecuado para probar sus nuevas habilidades con el Hasshoken. Zhang no pudo evitarlo, y acepto de inmediato aquella invitación.

El torneo de la isla no era solo una competencia, sino una prueba de espíritu y habilidad. Zhang, ahora un invitado de honor, no buscaba ganar, sino probar su dominio del Hasshoken con contrincantes que estuvieran al nivel de aquel arte. Su primer oponente fue un maestro de Gyojin Karate, un hombre grande con la fuerza de un tiburón espada. Zhang no usó sus golpes habituales; en su lugar, utilizó la resonancia del Hasshoken para desestabilizar los golpes de su oponente. El gyojin, confundido por la falta de un golpe directo, perdió el equilibrio, y Zhang, con una sonrisa, lo dejó caer al suelo, declarando su victoria sin derramar sangre.
 
Su siguiente desafío fue un luchador de Okama Kenpo, cuyos movimientos eran tan rápidos y ágiles como los de una bailarina. Zhang, con su paso lento, se mantuvo a la defensiva, usando el Hasshoken para absorber las vibraciones de los golpes de su oponente. La pelea se convirtió en una danza de contrastes: la velocidad contra la calma, la agilidad contra la paciencia. La victoria fue suya, una vez más, al demostrar que la sabiduría y la serenidad son a veces más efectivas que la rapidez.
 
La batalla final fue contra un luchador que también usaba vibraciones, pero su estilo era destructivo, lleno de odio y rencor. El hombre, con un grito, se lanzó contra Zhang. El choque de sus energías fue como el encuentro de dos tormentas. El hombre, lleno de ira, intentó usar su Hasshoken para aplastar, para destruir. Pero Zhang, con la calma de un río, lo enfrentó con la sabiduría de la resonancia. En el clímax de la batalla, el hombre lanzó un golpe que hizo temblar la tierra. Zhang, con el rostro serio y sin odio, se arrodilló, plantó su cabeza en el suelo y se levantó, girando con una velocidad sobrenatural. El Buto kaiten fue un golpe de pura resonancia. La vibración, potenciada por su elemento y su voluntad, penetró la defensa del hombre, y lo empujó diez metros hacia atrás, con el cuerpo temblando por el impacto. El hombre cayó derrotado, por la sabiduría de Zhang Guolao, el ermitaño del mar. La multitud enloqueció. Levantaron la mano de Zhang, declarándolo campeón.
 
La noche cayó sobre la isla como un manto oscuro, pero en el dojo, la celebración ardía con el brillo de las linternas de papel. La victoria de Zhang había conmovido a todos. No era la victoria de la fuerza, sino la de la sabiduría. Los tambores sonaban con un ritmo alegre, los niños reían, y el aire se llenó del aroma dulce de la carne asada y el arroz recién cocido. Los monjes, que habitualmente vivían en un estado de quietud, se entregaron a la alegría. Zhang, con una taza de cerámica en la mano, se sentó en un banco de madera, observando la escena con su único ojo bueno. Silencio, el pícaro, estaba sentado en su hombro, comiendo con gusto un trozo de pastel.
 
Sira se acercó a él, con su larga trenza balanceándose con su andar. Llevaba una bandeja con dos tazas y una tetera de hierro, de esas que parecen viejas, pero que guardan el secreto de un buen té. Sira se sentó a su lado, la tranquilidad de su rostro contrastando con el bullicio de la fiesta.
 
Sira sonrió, una sonrisa tan cálida como la brisa del verano. "Sí, maestro Zhang. La vida, como una taza de té, está llena de amargura y dulzura, todo mezclado." Sira destapó la tetera, y el aroma del té de jazmín se extendió en el aire. Con sus manos expertas, vertió el líquido en las tazas. El té tenía un tono dorado, como el sol del atardecer.
 
"Este té", dijo Sira, extendiéndole una taza a Zhang, "está hecho de las hojas que se cultivan en la montaña más alta. Se dice que el agua de lluvia que las alimenta es tan pura, que el té es capaz de calmar el alma de un guerrero".
 
Zhang tomó la taza entre sus manos. La calidez del té traspasó la cerámica, llenando sus viejos huesos de una agradable sensación. Dio un pequeño sorbo, y el sabor del jazmín llenó su boca, las sensaciones recorrieron todo su cuerpo, que por un momento, vibro junto a la calidez de la mirada de Sira. Sin lugar a duda, esas semanas habían sido duras, pero el entrenamiento había logrado hacer de Zhang alguien mejor, e incluso, ahora tenia un pequeño hogar en la isla Karate, y de eso, Zhang siempre estaría agradecido.

La fiesta continuo, y ahora Zhang era un maestro del hasshoken, era extraño solo de pensarlo. Pues hasta ahora, había logrado dominar una de las técnicas, pero no era solo el poder o la fuerza, sino el conocimiento lo que había hecho crecer al Mink nevado. “La fuerza no esta en el golpe, sino en la sabiduría, en el corazón”. Zhang tomo otro sorbo de aquel té de jazmin, aquella noche Sira Matcha y Zhang Guolao conversaron como viejos amigos, los monjes y los niños cantaron y bailaron, por una noche, la vida de todos fue un poco mas sencilla.

La mañana siguiente, el aire fresco del amanecer era un recordatorio de que la vida seguía su curso. El sol comenzaba a subir, y el aroma del incienso se mezclaba con el de los campos de arroz. Los monjes del dojo, de pie en un semicírculo, esperaban a Zhang, listos para su partida. No había tristeza en el aire, solo una profunda gratitud. Habían ganado un maestro, un amigo, un abuelo. Zhang, con su bastón en mano y Silencio acurrucado en su hombro, se acercó a ellos, su rostro de burro se veía calmado.
 
-Hmmmm...-, resopló, golpeando el suelo con su pata una vez, un tic que ya era parte de él. - El camino de la vida es largo. Y no siempre sabemos a dónde nos lleva. Pero lo que importa no es la meta, sino las personas que encontramos en el camino-.
 
Los monjes, con la cabeza gacha, escuchaban con atención cada una de sus palabras. Zhang, con su voz pausada, continuó dándoles unas últimas palabras. - El Hasshoken no es un arma que se usa para el odio. Es una herramienta que se usa para el bien. Usen su poder no para dañar, sino para ayudar. Y si algún día encuentran a alguien que ha perdido su camino, muéstrenle el eco, la resonancia de las cosas. Muéstrenle que la vida es un baile de vibraciones.- Dijo con la voz de un padre a sus hijos, y luego les dio un pequeño abrazo a todos.
 
Sira se acercó a él, sus ojos oscuros ahora se encontraban llenos de lágrimas contenidas. Con un último golpe de su bastón, Zhang se inclinó en una reverencia. Los monjes se inclinaron en una profunda reverencia también, un gesto de profundo respeto. Zhang Guolao se dio la vuelta, y con su paso lento pero seguro, se dirigió hacia los arrozales. La vida continuaba, y con ella, su viaje. No había tristeza en su corazón, solo la satisfacción de un trabajo bien hecho. Había llegado a la isla como un vagabundo, y se marchaba como un maestro.
 
El sol de la mañana se reflejaba en el agua, y las aves cantaban. El viejo burro, con su bastón y su compañero fiel, continuo su camino. Miró hacia atrás, y los vio, a todos a lo lejos, la aventura apenas empezaba, y en aquella isla Karate, Zhang Guolao debía encontrarse con sus nuevos compañeros, con los que cruzaría la gran ruta. El viejo corazón del Mink latía apresurado, no quería esperar más. La historia de la banda de la mano vacía, recorrería los cielos y mares, y Zhang Guolao, estaba preparado para brindar un poco de experiencia.

Zhang se mezclo entre la muchedumbre, y pronto, se encontró en medio de la isla Karate. A su lado, Silencio, gritaba emocionado por el suspiro de su nueva aventura. Aquella historia del Hasshoken había terminado, pero era apenas el inicio de un largo camino de sabiduría y fuerza, Zhang comenzó a convertir su cuerpo en nieve, y poco a poco, comenzó a desaparecer en el horizonte de aquella isla.

 
Off
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
฿ 226,000,000
?Nv.19 — Logia Yuki Yuki
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#2
✓
Aprendizaje: Completado
RECOMPENSAS:

— Ya tienes añadida en tu ficha la técnica: "Buto Kaiten"


STAFF DE NAKAMA NO MI
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