06-09-2025, 01:50 AM
Hace 1 año, Año 15
Volví al hábitat de los lobos. El sendero entre los árboles me resultaba familiar, aunque el bosque de Dawn parecía más silencioso de lo que recordaba. La humedad impregnaba el aire, y el crujir de las hojas bajo mis pasos me acompañaba como único sonido.
Cuando llegué al claro, los vi. Los lobos, aquellos que había observado años atrás en secreto, me miraban desde la distancia con ojos penetrantes. Sus cuerpos eran fuertes, algunos marcados por cicatrices de batallas pasadas. Y entre ellos, distinguí a la joven cría que había conocido cuatro años antes.
Ya no era una cría. Había crecido, y aunque no alcanzaba el porte de los más viejos, sus patas eran firmes y su pelaje más denso. Se acercó lentamente, olfateando el aire, reconociendo mi olor. No hubo gruñidos, ni tensión. Solo un silencio expectante.
—¿Aún me recuerdas? —susurré, extendiendo una mano con cuidado.
El lobo no movió la cola, no mostró ninguna emoción desbordada. Sin embargo, se dejó acercar. Sus ojos se fijaron en mí, y entonces descubrí una herida en su pata trasera, leve pero molesta. Me arrodillé despacio y saqué de mi bolsa unas hierbas, un trozo de tela limpia.
—Tranquilo… solo será un momento. —murmuré.
Me dejó tocarlo. Eso fue todo lo que necesité. A partir de ahí, el resto de la manada comenzó a observarme de otro modo. Primero con cautela, luego con cierta confianza. Les dejaba trozos de carne que había llevado conmigo, pequeñas ofrendas que colocaba en el suelo sin acercarme demasiado. Ellos se aproximaban, tomaban la comida, y retrocedían. Cada día, la distancia entre nosotros se acortaba un poco más.
Uno de los días sin esperarlo, el alfa salió de la cueva caminando hacía mi dirección a un ritmo lento. Se detuvo delante de mi y me señalo una antigua herida que parecía dolerle. Entonces al igual que con el resto de los lobos trate su herida.
Me quedé un instante en silencio, mirando al lobo que ahora descansaba tranquilo. En sus ojos no había desprecio, ni odio, ni el veneno de la superioridad. Solo aceptación.
Al día siguiente volví, y al siguiente también. Cada vez me permitían estar más cerca. Comencé a curar pequeños cortes, a limpiar pelajes enmarañados, a llevarles agua fresca del río. No era un miembro de la manada, pero tampoco un extraño. Era alguien en quien empezaban a confiar.
Cuando llegué al claro, los vi. Los lobos, aquellos que había observado años atrás en secreto, me miraban desde la distancia con ojos penetrantes. Sus cuerpos eran fuertes, algunos marcados por cicatrices de batallas pasadas. Y entre ellos, distinguí a la joven cría que había conocido cuatro años antes.
Ya no era una cría. Había crecido, y aunque no alcanzaba el porte de los más viejos, sus patas eran firmes y su pelaje más denso. Se acercó lentamente, olfateando el aire, reconociendo mi olor. No hubo gruñidos, ni tensión. Solo un silencio expectante.
—¿Aún me recuerdas? —susurré, extendiendo una mano con cuidado.
El lobo no movió la cola, no mostró ninguna emoción desbordada. Sin embargo, se dejó acercar. Sus ojos se fijaron en mí, y entonces descubrí una herida en su pata trasera, leve pero molesta. Me arrodillé despacio y saqué de mi bolsa unas hierbas, un trozo de tela limpia.
—Tranquilo… solo será un momento. —murmuré.
Me dejó tocarlo. Eso fue todo lo que necesité. A partir de ahí, el resto de la manada comenzó a observarme de otro modo. Primero con cautela, luego con cierta confianza. Les dejaba trozos de carne que había llevado conmigo, pequeñas ofrendas que colocaba en el suelo sin acercarme demasiado. Ellos se aproximaban, tomaban la comida, y retrocedían. Cada día, la distancia entre nosotros se acortaba un poco más.
Uno de los días sin esperarlo, el alfa salió de la cueva caminando hacía mi dirección a un ritmo lento. Se detuvo delante de mi y me señalo una antigua herida que parecía dolerle. Entonces al igual que con el resto de los lobos trate su herida.
Me quedé un instante en silencio, mirando al lobo que ahora descansaba tranquilo. En sus ojos no había desprecio, ni odio, ni el veneno de la superioridad. Solo aceptación.
Al día siguiente volví, y al siguiente también. Cada vez me permitían estar más cerca. Comencé a curar pequeños cortes, a limpiar pelajes enmarañados, a llevarles agua fresca del río. No era un miembro de la manada, pero tampoco un extraño. Era alguien en quien empezaban a confiar.
