[Pr Abs - Aventura T3] 750k Razones Para Morir
#1
Dia 30 de Invierno, Año 15.
Reino de Ilisia, Base del G-19.
0900 horas
 


 
Los días gélidos del invierno avanzaban al igual que la ventisca que cargaba con ellos susurrando entre los adoquines del patio de la Base del G-19, llevando consigo el aroma salado del mar distante y una promesa de lluvia que podría incluso ser de nevada dada la temperatura. Las nubes grises se acumulan sobre el Reino de Ilisia como presagios silenciosos, mientras el eco de las botas militares resuena en la formación que había sido convocada por órdenes del Capitán de la Marina al mando de la Base del G-19.
 
"¡Atención!"
 
La voz del Sargento asignado, y mano derecha del Capitán, corta el aire como un sable, y treinta y un pares de botas se sincronizan en un chasquido que reverbera contra las murallas de piedra caliza formando filas seis filas de 5 soldados cada una separados entres si por el largo de un brazo a lo largo y a lo ancho. Caelum siente el peso familiar de su máscara contra el rostro, la bufanda amarilla ondeando suavemente a su lado como un susurro de rebeldía en medio de la rigidez militar.
 
A su derecha, uno de los soldados más jóvenes y novatos aprieta las correas de su escudo con dedos temblorosos. Sus ojos verdes buscan desesperadamente alguna señal de confianza en las filas veteranas, pero solo encuentra rostros endurecidos por la rutina y la disciplina u otros menos interesados en mantener aquel orden militar y más por romper rápido filas pues la cocina estaba a punto de cerrar por el resto de la mañana.
 
"Soldados," continúa el Sargento, abriendo una carpeta de cuero que cruje como huesos viejos, "tenemos una situación.", prosigue mientras empieza a hojear el informe que se encontraba dentro de aquella carpeta mas vieja que la invención de las sandalias, “nos han robado, 750,000 berries para ser exacto.”
 
Las palabras caen como piedras en agua quieta. 750,000 berries. Desaparecidos. Para aquellos rápidos con los números, y buenos para el cotilleo, era evidente que se trataba del sueldo de toda la base pues representaba específicamente el sueldo de los 31 soldados, el sargento y el capitán que se encontraban enlistados en la base del G-19 actualmente.
 
Un murmullo se extiende entre las filas como una enfermedad silenciosa. Algunos soldados intercambian miradas cargadas de sospecha, otros aprietan los puños hasta que los nudillos se vuelven blancos. En la primera fila, al frente, el más veterano de aquellos solados, Dino Cavallone, mantiene su postura aristocrática impecable, pero algo en sus ojos azules parece agitarse como el mar antes de la tormenta.
 
"Soldado Drift, Soldado Iwatani y Soldado Cavallone.", exclama el Sargento a continuación. Los tres nombres flotan en el aire matutino como una sentencia compartida. Los tres soldados sienten el peso de múltiples miradas posándose sobre ellos: curiosas, desconfiantes, expectantes. La bufanda amarilla de Caelum ondea con más fuerza, como si el viento mismo quisiera llevárselo lejos de este momento.
 
El chico nervioso, novato y joven, portador de aquel escudo, el soldado Iwatani se gira hacia él con la desesperación de un náufrago buscando un salvavidas. Sus labios tiemblan ligeramente, y el escudo en su brazo parece más pesado de lo usual. Desde la primera fila, Dino gira elegantemente la cabeza, sus ojos azules encontrando los de ambos con una sonrisa tranquilizadora que parece decir "no se preocupen, yo los guiaré".
 
“Ustedes tres formarán el equipo principal de investigación. Cavallone, tu experiencia con interrogatorios será valiosa. Drift, tu perspectiva fresca puede notar detalles que otros pasarían por alto. Iwatani, tu meticulosidad será necesaria para documentar evidencias.”, sentencia el Sargento, mandado a los demás a romper las filas, quedándose unos momentos mas con los tres soldados seleccionados para recuperar el sueldo de toda la base.
 
La investigación. Las primeras gotas de llovizna comienzan a salpicar los adoquines, creando pequeños círculos oscuros que se extienden como secretos revelados. El edificio principal de la base de la marina se alza ante ellos como una fortaleza de murallas blancas y verdades ocultas, sus ventanas observándolos como ojos entornados.
 
"Repórtense en la oficina del Capitán inmediatamente para recibir instrucciones detalladas.", les ordena el Sargento y les permite romper filas igualmente.
 
Quince minutos fue el tiempo que les llevo a los tres soldados, un grupo por demás variopinto, en llegar a la oficina del Capitán. El tiempo gotea como la lluvia que amenaza con intensificarse. A su alrededor, el resto de los soldados comienza a recibir sus asignaciones, los que tienen suerte aun alcanzaran las cocinas abiertas, sus voces se mezclan con el viento y el crujir de las banderas de la Marina en sus mástiles. Cualquiera que se asome a observar el patio, que todos los presentes conocen como la palma de su mano, observaría los 120 metros de largo pavimentados con adoquines de granito, los postes de entrenamiento en la esquina sureste como centinelas silenciosos, las dianas de tiro que parecen mirar hacia atrás como ojos ciegos. La base del G-19 se extiende en todo su esplendor en sus 200 por 150 metros de secretos contenidos tras murallas de piedra. Treinta y una personas viven y respiran dentro de estos muros, y ahora una de ellas ha traicionado la confianza de todas las demás.
 
Antes de entrar en el despacho del Capitán, el soldado Iwatani, aquel chico del escudo, da un paso vacilante hacia Caelum, sus botas chapoteando ligeramente en los charcos que comienzan a formarse.
 
"Caelum … Drift, ¿verdad?" susurra, su voz apenas audible por encima del viento, con un tono de voz espantado y sin animarse a mirar directamente a la persona a quien acaba de dirigirse. "¿Qué... qué hacemos ahora?"
 
El momento se suspende como una gota de lluvia a punto de caer. La oficina del Capitán los espera con su mesa hexagonal de roble y sus mapas colgados en las paredes. Contaban con escasos minutos para decidir cómo abordar una investigación que podría cambiar todo lo que creían saber sobre sus compañeros. Dino da un paso adelante desde la primera fila, su porte aristocrático contrastando con la nerviosidad de Naofumi (el nombre de pila del soldado Iwatani). Ajusta el látigo en su cinturón con un movimiento elegante y se acerca a sus dos nuevos compañeros de equipo.
 
"Parece que trabajaremos juntos," dice con una sonrisa confiada, extendiendo su mano derecha hacia Iwatani pero ignorando claramente a Caelum. "He estado esperando una oportunidad para una investigación real. Esto será interesante."
 
La lluvia comienza a caer con más intensidad, y el patio de entrenamiento se transforma lentamente en un espejo fragmentado que refleja las nubes grises del cielo. En las manos de aquellos tres soldados quedaba encontrar el dinero de toda la base (y al responsable de aquel atraco), a consecuencia no solo de fracasar en su misión perdiendo el dinero de todos, si no, seguramente, ganándose el odio de toda la base al mismo tiempo.
 

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Datos de la Aventura

Naofumi Iwatani

Dino Cavallone
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#2
Formarse, no como geometría, sino como norma. Esa idea de pulcritud, de rectitud. De militarizarlo todo. El estar, el habitar cada espacio de nuestra malcriada Marina. Yo, aquí en el patio de la base, recogía el invierno sobre mis hombros. Tomaba con brutal inocencia la furia del frío, como si lo que me había traído hasta aquí fuera más importante que morir congelado.

Susurré, tiritando, a la bufanda que llevaba con dos vueltas exactas en el cuello. Esta vez no como pasado, sino como refugio.

-No conozco a nadie aquí.

No quería que esas palabras circularan. Fueron íntimas. Apenas surcaron el interior de la máscara hasta hundirse en la tela amarilla. No es que me importara conocer o no, es que se me había hecho costumbre caminar al lado de los rotos, de los desviados. Y hoy, hoy todo estaba lleno de rostros nuevos. Seres con historias por contar, con oídos aún sin cicatrices. Yo estaba cargado de ira, de tristeza. Lo de Ryu aún estaba fresco. No quería conocer a nadie más. Solo iba a estar por la orden, por la misión, por la formalidad.

La palabra que bramo el sargento recorrió las instalaciones. Se coló por mis oídos y, por pura memoria muscular, hice de mi cuerpo una estatua con la percha justa de quien pretende respetar la autoridad. Todo esto era un circo. Así lo veía yo. Esa estúpida manía de poner un gesto a una palabra que pretende ser orden. "¡Atención!"

La inexperiencia abundaba entre nosotros. No quería excluirme del grupo de cachorros, pero me sentía con una confianza extra. Había vivido cosas. Historias que me forjaron. Historias que me hacían querer doblar el mundo. A mi lado, un joven hecho a las apuradas ajustaba su arma, o su protección. Quién sabe. Y sin poder ojear más a mis pares, las palabras del sargento parecieron salidas de una ficción total.

Le han robado a la Marina.

Al órgano regulador del crimen. O nos desbordamos de corruptos, o la ineptitud se adueñó del procedimiento. No era experto en seguridad interna, ni en delitos, y mucho menos tenía compromiso con los asuntos internos. Pero no había muchas opciones. El robo había sido nuestro.
Por omisión o por práctica. Por llevarnos, estúpidamente, algo que debía reportarse al instante. Parecía obra del misterioso destino enredado al que la Marina nos tiene acostumbrados.

De ahí se desprendía nuestro salario. Escaso, para ser sinceros. Y de poco peso frente a la incalculable peligrosidad que representaba cada misión. Pero suficiente para alguien con las influencias justas quisiera trepar unos cuantos escalones de golpe, cobrar como tal.

Un mar de palabras dichas por debajo de la mesa se entonó como himno. Aparentemente, no estaba solo en pensamiento. Miradas, murmullos, todo el mundo se inquietó de golpe. Había gente allí que vivía de eso. Que se alistó en la Marina como escape rápido a la vida laboral, no por heroísmo ni por justicia. Por dinero. Era el camino más directo para pertenecer al Gobierno, aunque fuera en esta minúscula miga que representábamos. Pero al fin y al cabo, parte del sistema. Además, nos daban un fusil y un uniforme. ¿Qué mayor privilegio que ese? A mí, ciertamente, el dinero me importaba poco.

Mis pensamientos se plagaban de ideas contra quien jerarquiza en la Marina. Quería un responsable, no por honor, sino por lealtad. No era posible que valgamos lo mismo que la escoria de los Piratas, ladrones y asesinos. Y como si el destino tuviera la cortesía de entregarme mis caprichos, mi nombre salió de la boca del sargento. Mi nombre, y el de dos soldados más. Nombres a secas, sin adornos, suficientes para que las miradas de los compañeros se nos clavaran. Hacía tiempo que nadie me miraba. Nadie, aunque fuera con acusación, hablaba de mí. No lo hacían por miedo ni por desinterés. Sino por lo horrendo de mi aspecto.

Mi bufanda parecía tratar de arrancarme de ese lugar. Se aferraba a las palabras del viento que eran puñaladas, nos jugaban.  ¿Porque el hombre puede desnudar sus infiernos con tan solo un puñado de intención? ¿Con una información a medias, sin cestera mas que su propio interés?

Pese a todo, no me moví. Me mantuve sereno, distante, a la deriva. Si era una acusación, imagino que al menos me mostrarían el informe administrativo. Y en un mismo movimiento de labios, pasamos de villanos a héroes. Los Elegidos. El trío que se encargaría de "la investigación".
Algunos elogios nos pintaron como los indicados. Una nueva misión, la acepté simplemente por ser parte, por esas ganas locas de desenmascarar al infiltrado. No quería flores. Solo poder habitar un espacio limpio y sano.

No dije nada. Nunca lo digo. Pareció que el cielo habló por nosotros al arrojar sus primeras gotas.
No sé si fue melancolía o la urgencia de movernos. El suelo comenzó a empaparse, junto con nuestros uniformes. Y el frío se hizo más intenso. Recordé una frase que resonaba en mi mente,
A veces llueve de frío. Varias veces lloví de frío.

Asentí con la cabeza cuando dijeron mi nombre y no dije nada más. Un gesto eficaz, lo suficientemente duro para mantener la distancia con los otros dos. No había necesidad de hablar.
Uno de nosotros había sido el responsable. Y yo no había sido. Todos estábamos bajo la lupa. Nada estaba librado al azar. Este grupo no fue formado al azar, fue medido. No había necesidad de hablar de más.

Se acercó nuestro otro compañero, más osado en actitud, aunque me ignoró. No podía culparlo.
Yo también me ignoraría, si pudiera. El elegante chico del látigo dialogó únicamente con Iwatani.
Casi celebraba el hecho de poder hacer una “investigación real”. Así lo describió, con soltura.
En algún rincón de mi alma, la actitud de mi compañero acarició mi ego. Y sin dejarme intimidar, ni molestándome, tomé las alas de Grau y las dejé reposar en mi espalda. Mostrando, sin palabras, que yo no estaba solo.

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#3
El torrente de lluvia invernal golpea las ventanas del edificio principal como dedos impacientes, creando un ritmo irregular que se mezcla con el eco de las botas sobre el suelo de madera pulida. Las 9:15 AM marcan el reloj de pared del pasillo, mientras los tres soldados se encuentran frente a la puerta de roble macizo del despacho del Capitán.
 
Dino se adelanta con esa confianza natural que parece emanar de sus poros aristocráticos, ajustándose el cuello de la camisa con un gesto elegante antes de llamar a la puerta con tres golpes precisos, espaciados exactamente por dos segundos cada uno. Con su mano derecha, llama a la puerta del Capitán mientras que Iwatani espera un metro por detrás de Dinoi, a su derecha, y Caelum a un metro por detrás, pero a su izquierda.
 
"Adelante," resuena la voz grave del Capitán desde el interior.
 
El despacho se abre ante ellos como una biblioteca de secretos militares. La habitación rectangular de 6x5 metros está dominada por el escritorio de caoba en forma de "L" ubicado contra la pared este, donde el Capitán permanece de pie revisando unos documentos. La estantería con 47 volúmenes de manuales militares se alza imponente contra la pared norte, mientras que la ventana del muro oeste permite que la luz gris del día nublado se filtre entre las cortinas de lino beige.
 
"Señor," se adelanta Dino a hablar con una reverencia militar perfecta, "venimos a investigar el robo, tal como ordenó el Sargento."
 
El Capitán alza la vista de sus informes por primera vez desde que entraron los tres soldados, sus ojos castaños recorriendo a los tres soldados con la precisión de alguien acostumbrado a evaluar hombres en segundos. Su mirada se detiene un momento más en la máscara de gas de Caelum y su bufanda amarilla, así como en el escudo que lleva Iwatani a lo cual el chico da un ligero respingo, antes de asentir brevemente.
 
"El cofre estaba aquí," dice, señalando una esquina vacía junto al escritorio donde se pueden ver las marcas rectangulares en el polvo del suelo. "Contenía exactamente 847,000 berries en billetes de diferentes denominaciones. Fue la última vez que lo vi ayer a las 18:30, cuando terminé mis labores administrativas."
Naofumi da un paso tímido hacia adelante, su escudo rozando ligeramente contra el marco de la puerta con un susurro metálico. "¿Señor, quién más tiene acceso a este despacho?"
 
"Yo, por supuesto. El Sargento tiene una copia de la llave para emergencias. Y..." El Capitán hace una pausa, frunciendo el ceño, "el soldado de turno nocturno hace rondas que incluyen una inspección visual de esta oficina cada dos horas."
 
Dino se acerca al escritorio con pasos medidos, sus ojos azules escaneando cada detalle con la meticulosidad de su entrenamiento como Explorador. "¿Podría decirnos quién estuvo de guardia anoche, señor?"
 
"El soldado Sultanito, desde las 20:00 hasta las 06:00." El Capitán señala hacia la ventana, donde la lluvia ha intensificado creando un velo gris que dificulta la visión del patio. "Pero él ya fue interrogado por el Sargento esta mañana. Luego de un muy convincente interrogatorio, afirma no haber visto nada inusual. El soldado se encuentra, digamos, indispuesto hasta nuevo aviso." señala esto último con una mirada criptica, como si no quisiera recordar lo ocurrido durante el interrogatorio.
 
Caelum permanece en silencio junto al marco de la puerta, observando. Su máscara negra refleja la luz mortecina que entra por la ventana, mientras su bufanda amarilla cuelga inmóvil en el aire cargado de tensión. Puede notar cómo Dino y Naofumi intercambian miradas, pero ninguno de los dos le dirige la palabra directamente, como si su presencia fuera más sombra que sustancia.
 
"Señor," continúa Dino, sus aires de grandeza se habían ido y se empleaba a la tarea de investigación como todo un profesional de su oficio, "¿había algo particular en la forma en que estaba guardado el cofre? ¿Algún sistema de seguridad adicional?"
 
El Capitán sacude la cabeza. "Era un cofre estándar de hierro, con cerradura simple. No esperábamos problemas de seguridad dentro de la propia base." Su voz lleva un matiz de amargura. "Claramente, subestimamos la situación."
 
Naofumi se acerca nerviosamente a la esquina donde estaba el cofre, agachándose para examinar las marcas en el suelo. Sus dedos pálidos rozan la superficie con cuidado, como si temiera contaminar alguna evidencia invisible.
 
"Las marcas son rectangulares, de aproximadamente 40 por 25 centímetros," murmura, más para sí mismo que para los demás. "Y... hay algunas gotas de algo aquí." Se incorpora, mirando hacia Dino con expresión confundida. "Parecen gotas de cera."
 
Dino se acerca inmediatamente, sus movimientos fluidos como siempre. Examina la zona que Naofumi señala, frunciendo el ceño con expresión pensativa.
 
"Interesante," dice, alzándose con una sonrisa que no llega completamente a sus ojos. "Cera. Eso podría significar que alguien estuvo aquí con una vela o una linterna después del horario normal." Se gira hacia el Capitán. "¿Señor, hay algún protocolo para el uso de iluminación nocturna en el edificio?"
 
"No," responde el Capitán categóricamente. "Tenemos lámparas de aceite fijas para las rondas nocturnas. Nadie debería usar velas en el edificio."
 
Dino asiente con expresión grave, pero los presentes puede percibir algo en su postura, un sutil cambio en la forma en que sostiene los hombros, como si estuviera representando un papel muy bien ensayado.
 
"Esto nos da una pista clara," declara Dino, dirigiéndose principalmente a Naofumi. "Alguien vino aquí con una fuente de luz no autorizada. Probablemente alguien que conocía la rutina de las rondas y sabía cuándo actuar."
 
Naofumi asiente fervientemente, claramente impresionado por el razonamiento de su compañero más experimentado. "¿Crees que deberíamos interrogar a todos sobre dónde obtuvieron velas recientemente?"
 
"Exactamente," confirma Dino con una sonrisa aprobatoria que hace que Naofumi se enderece un poco con orgullo. "También deberíamos revisar los dormitorios en busca de evidencia de cera o velas. ¿Verdad, Drift?"
 
La pregunta cae sobre Caelum como una gota de lluvia fría. Es la primera vez que se dirigen directamente a él durante toda la conversación, y puede sentir las miradas de todos esperando su respuesta.
 
El viento golpea la ventana con más fuerza, haciendo crujir el vidrio, mientras las sombras de la habitación parecen alargarse con la intensificación de la tormenta exterior.
 
"Muy bien," dice el Capitán, dirigiéndose hacia la puerta. "Tienen mi autorización para revisar los dormitorios e interrogar al personal. Manténganme informado de cualquier hallazgo. Esta situación debe resolverse antes del anochecer."
 
Cuando el Capitán sale del despacho, los tres soldados quedan solos en la habitación cargada de secretos. Dino se gira hacia sus compañeros con expresión decidida.
 
"Bien, compañeros, tenemos nuestro primer hilo que seguir. Iwatani, tu meticulosidad será perfecta para documentar todo lo que encontremos. Drift..." hace una pausa, como si recordara repentinamente su presencia, "tu perspectiva fresca podría notar cosas que nosotros pasemos por alto, si llegas a notar algo inusual háznoslo saber, ¿vale?"
 
La lluvia continúa golpeando la ventana, y en la penumbra gris del despacho, las pistas parecen tan escurridizas como las gotas que resbalan por el vidrio.
 

 
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Datos de la Aventura

Naofumi Iwatani

Dino Cavallone
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#4
Ellos hablaban, y hablaban bien. Eran disciplinados, hábiles, rectos en precisión y experiencia. Yo no podía aportar mucho, solo era un joven que doblaba papel. Dino era exacto; sus palabras, barnizadas de certeza, resonaban en toda la oficina, en la inmensidad de los escombros de papel por resolver. Naofumi, el chico tímido, temblaba entre los dedos con una honestidad brutal, como una hoja en blanco que todavía no había sido doblada. Yo, atrás, siempre me mantengo al margen, observando. No por indiferencia, sino porque entre las palabras se filtran los más perversos deseos. Hay tonalidades melancólicas en las omisiones, la pausa es el compás en los silencios. En la oficina, el olor no era solo a humedad. Mis narinas, apresuradas, percibían la estela de algo que no se estaba diciendo. Y la lluvia, que no cesaba, parecía limpiar las huellas de algo a lo que aún no sabíamos ponerle nombre.

El cofre ya no está. Lo habían arrancado de raíz. Mis compañeros comprenden la ausencia, el hueco chillón que destrona al orden. Yo lo veo como un mensaje, como un código que deberíamos descifrar lo antes posible. Todo hecho puede medirse con geometría, la falta de algo también tiene forma. La silueta del cofre aún sigue allí, no solo por el polvo que forma sus huellas, sino por lo denso que dejó tras su ausencia. El peso de su estructura, el peso de lo que valía para cada joven allí, había sido arrancado de golpe, con un único movimiento. Sus huellas estáticas así lo delataban.

Me agacho también, buscando ese secreto que busca mi compañero, como si, calcando sus movimientos, pudiera tener su precisión. Hay algo en el suelo. Cera. Tres gotas, espaciadas con una cirugía ritual. No parecía un accidente. No había goteo desordenado ni derrames de gente actuando a toda prisa. Parecía tener la intención de alguien que deja migajas en el camino para volver a su destino y luego se arrepiente.

No hablé aún. Dejé que mis compañeros siguieran juzgando, siguieran leyendo ese brillo sobre el suelo. Dino se sigue moviendo con esos aires como si caminara sobre piso de apoderados, piso de mármol. Dicen lo obvio, dicen lo que había que decir, dicen lo que la cera grita, alguien había usado una vela. Pero la fragancia en el ambiente no es a sebo ni a aceite rancio. No es la clásica vela que puede encontrarse por el mundo. Es un olor más dulce, una cera suave, con esas notas vegetales que no se logran percibir si uno no está acostumbrado. Yo la reconozco. No como militar ni noctámbulo, sino como artista. Es una cera que no estropea tanto el papel. Pero no solo los artistas la utilizamos, también los ritos, el paganismo, las fiestas sin nombre. Son velas de memoria, de honor. Más que para iluminar, son para marcar.

Observo la lámpara de aceite intacta. No fue utilizada. Si alguien quería ver y mover la estructura de hierro, la hubiera usado. Pero no. Eligió algo portátil que emitía una luz igual de detectable por la ventana. Una vela. Y no para leer papeles sobre el escritorio, sino para habitar la oficina. No había lógica de alguien que está apurado y perdería una de sus manos en una vela. No había lógica clara. Conociendo las guardias que realizó el compañero, que ahora lamía sus heridas, el crimen fue rápido e igual de cuidado. Prisa y detalle. Una combinación extraña, como dedos ligeros haciendo origami perfecto. Me viene esa imagen a la cabeza, alguien doblando en la oscuridad, con manos precisas y rápidas, algunos.

Ellos continúan hablando, como si yo no existiera. Sugieren interrogatorios, requisas, inventarios de velas, permisos y omisiones. Pero mi idea era otra. Pienso en otra frecuencia. No fue solo un robo por dinero. Fue una intervención violenta que desestabiliza y hiere. Como un paso más en un baile que rompe la armonía clásica de la coreografía. Pero, pese a eso, quien lo hizo no quiso dejar nombre. Quiso desaparecer, pero no del todo. Tal vez esas gotas fueron su firma, o una inusual manera de advertencia. Como si dijera: “me escondo, pero no del todo”.

Mientras el Capitán sale, dejándonos con más preguntas que respuestas, dejo que mi bufanda amarilla repose sobre mi pecho. Y trato de desdoblar el misterio que dejó el robo, la figura maravillosa de alguien que hizo imponentemente tangible el vacío.

Y, en un giro inesperado de la trama, me preguntan. Me dan la palabra. Me reconocen como frescura. Entonces hablo. No mucho. No levanto la voz, que ya se hace difusa al atravesar la máscara.

-Esta cera no es común. No viene de almacenes. No se busca en cajones ni en roperos. Se busca en lugares bajo llave, en mochilas que son extensiones del cuerpo. Es cera de ritual. De mundo antiguo. Es cera de artistas. Es cera vegetal. Cera fácil de conservar en invierno, pero de difícil elaboración por la escasez de plantas. No es cera improvisada. Además, el hierro fue arrancado de raíz, de un solo movimiento. Dudo de uno, desconfío de treinta.

Lo digo sereno, sin apuro. No tengo la intención de tapar el plan de mis compañeros. Mi intención es dar algo más, algo que mi condición de artista me regaló hace años. No me importa si me escuchan o no, si logran entender mis palabras y su propósito. No vine aquí a liderar. Solo a seguir, a acompañar, por esta estúpida fidelidad que tengo con la bandera albiceleste.

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#5
Las palabras de Caelum flotan en el aire del despacho como humo de incienso, cargadas de una sabiduría que corta más profundo que cualquier sable. La lluvia invernal continúa golpeando la ventana, pero por un momento, el silencio se vuelve más intenso que la tormenta. Dino se queda inmóvil por un instante, sus ojos azules fijos en la máscara negra de Caelum. Luego, lentamente, una sonrisa genuina se extiende por su rostro aristocrático, la primera expresión completamente auténtica que ha mostrado desde que comenzó la investigación.
 
"Extraordinario," murmura, acercándose a donde Caelum permanece junto al marco de la puerta. "Absolutamente extraordinario. Cera vegetal, de ritual, de artistas..." Repite las palabras como si fueran una revelación divina. "Por supuesto. No estamos buscando a un simple ladrón común, ¿verdad?"
 
Naofumi observa el intercambio con expresión confundida, ajustando nerviosamente las correas de su escudo. "¿Cera de artistas? ¿Eso significa algo específico?"
 
Dino se gira hacia él con una mirada que pareciera indicar que se cree un genio que entiende todo lo habido y por haber, pero sin apartar completamente su atención de Caelum. "Significa, mi querido Iwatani, que nuestro ladrón no es un soldado desesperado buscando dinero rápido. Es alguien con conocimientos especializados, alguien que entiende materiales raros y refinados." Se acerca a la ventana, colocando su mano izquierda sobre el frio vidrio, observando la lluvia que golpea el cristal con dedos grises. "La cera vegetal es cara, difícil de conseguir, especialmente en invierno. Y como bien dice Drift," se detiene por un instante, haciendo una pausa dramática, "no se encuentra en almacenes militares."
 
"Pero entonces," interviene Naofumi, con voz vacilante, "¿dónde podríamos encontrar a alguien que tenga acceso a ese tipo de materiales?"
 
Dino permanece en silencio por un momento, como si estuviera procesando una revelación importante. Luego se gira bruscamente hacia sus compañeros, con expresión de comprensión súbita. "Tengo una idea," dice, dirigiéndose a ambos, pero con su mirada fija principalmente a Caelum. "Hay un lugar en la base donde alguien podría guardar materiales especializados sin levantar sospechas. Un lugar que la mayoría de los soldados evita porque...", para, haciendo una segunda pausa dramática sin importarle lo ridículo que pueda parecer, "está asociado con castigos."
Naofumi fruce el ceño. "¿Te refieres a...?", pregunta en claro tono de duda, sin entender a que sitio se pudiera estar refiriendo Dino en la base de la marina del G-19.
 
"El cuarto de confinamiento solitario," completa Dino. "Está en el sótano del edificio principal, al final del pasillo este. Es el lugar perfecto para esconder algo, porque nadie va ahí voluntariamente, y quien esté castigado... bueno, no puede hablar de lo que ve." Se acerca al escritorio del Capitán y toma una lámpara de aceite de la estantería, encendiéndola con además exagerados, casi teatrales. "Si alguien quisiera usar cera especial para un trabajo nocturno, y luego esconder tanto la evidencia como el botín, ese sería el lugar ideal." prosigue con su discurso, cambiando su voz para que tome un tono más urgente. "Además, el acceso está controlado, pero cualquier soldado con las llaves adecuadas podría entrar sin que nadie lo notara durante las rondas nocturnas."
 
La luz de la lámpara baila sobre las paredes del despacho, creando sombras que parecen moverse con vida propia. Caelum e Iwatani pueden observar cómo Dino maneja la situación con la maestría de alguien acostumbrado a convencer, cada palabra calculada para sonar lógica y urgente.
 
"Deberíamos ir a investigar ahora," continúa Dino, dirigiéndose hacia la puerta. "Si estoy en lo correcto, podríamos encontrar tanto la evidencia de la cera como posiblemente el dinero mismo."
 
Naofumi asiente con entusiasmo nervioso. "Eso tiene sentido. Si alguien quería esconder algo temporalmente ese sería el lugar adecuado." concluye, confirmando estar de acuerdo con el razonamiento de Dino. "Pero hay un problema.” repara Iwatani deteniéndose a pensar en el sitio donde se encontraba, “El cuarto de confinamiento tiene una entrada estrecha y está en condiciones precarias. Alguien debería entrar primero para verificar que es seguro y que no nos espera el culpable para tendernos una emboscada antes de que entremos todos."
 
"Tienes razón,” responde Dino, quien se gira hacia sus compañeros, la lámpara proyectando su sombra alargada sobre la pared del pasillo. “Yo puedo coordinar desde afuera, asegurarme de que nadie nos interrumpa y alertar si alguien viene. Pero necesito que uno de ustedes dos entre primero a verificar la situación. Aunque claro, si alguno de ustedes se siente mejor preparado para cubrirnos las espaldas con gusto iré por delante." Sus ojos se mueven entre Caelum y Naofumi, esperando una respuesta. "Drift," dice finalmente, "tus observaciones sobre la cera han sido brillantes. Podrías reconocer inmediatamente si hay evidencia de ese tipo de material ahí dentro. Tus ojos de artista verían cosas que nosotros podríamos pasar por alto." Luego se gira hacia Naofumi. "Por otro lado, Iwatani, tu experiencia médica te permitiría evaluar la seguridad del espacio. Podrías determinar si hay riesgos estructurales o ambientales antes de que entremos."
 
“Con un demonio, decidan lo que quieran, pero háganlo de una buena vez y fuera de mi despacho que tengo mucho que hacer, gracias y buena suerte.” detiene la conversación el Capitán con cara de enfado mientras empuja a los tres soldados hacia la salida de su despacho para luego cerrarles la puerta.
 
La lluvia intensifica su golpeteo contra las ventanas del pasillo, y el eco de sus pasos resuena mientras caminan hacia las escaleras que llevan al sótano. La lámpara de Dino ilumina débilmente el camino, creando un círculo de luz dorada que parece insuficiente contra la oscuridad que los espera.
 
"En cualquier caso," añade Dino con tono casual mientras descienden, "quien entre primero debería ser cuidadoso. Los cuartos de confinamiento no se mantienen en las mejores condiciones, y después de la tormenta de anoche, podría haber... complicaciones, ¡hay que estar atentos compañeros!" termina su discurso con una sonrisa y levantando el brazo izquierdo que traía libre mientras el derecho aun alumbraba el camino gracias a la lampara de aceite que había tomado del despacho del Capitán.
 
Al llegar a la zona donde se encuentra el sótano, el aire se vuelve más frío y húmedo. El pasillo, angosto, de 2 metros de ancho y 3 metros de alto, este se extiende ante ellos como una garganta de piedra de poco más de 10 metros de longitud, con una puerta de madera pesada, de 2 metros de altura y anchura, marcando la entrada al pasillo que dirige hacia el sótano. Al final del pasillo, apenas visible bajo la luz de la lámpara, se encuentra una puerta más pequeña, de 2 metros de altura y 1.5 metros de ancho, reforzada con bandas de hierro, la cual sirve de seguridad en caso de tener a alguien en confinamiento. Formando una fila, entran dentro del pasillo, en este orden, Iwatani, Caelum, y Dino quien, con aire de caballerosidad, sostiene la puerta para que ambos soldados pasen, entrando este el último, y dejando que la puerta se cierre tras este mismo.
 
Contenido Oculto

"Ahí está," susurra Dino, señalando hacia el final del pasillo. "El cuarto de confinamiento solitario. Si nuestra teoría es correcta, ahí dentro podríamos encontrar las respuestas que buscamos. Por suerte no hay nadie en confinamiento así que si encontramos a alguien dentro sabremos casi seguro que se tratara del culpable." Se detiene a dos metros de la puerta (estando Iwatani justo enfrente de la misma y Caelum en medio, a un metro de la puerta) girándose hacia sus compañeros con expresión expectante. "Entonces, compañeros, ¿quién se ofrece como voluntario para verificar el interior primero?" Dino hace una pausa, dirigiendo su mirada directamente hacia Caelum. "Caelum, tú decides."
 
La lámpara de aceite proyecta sombras danzantes sobre sus rostros, y el silencio del sótano se vuelve tan denso como la oscuridad que los rodea. La decisión cuelga en el aire como una espada sobre sus cabezas. Al otro lado de la puerta el silencio es perpetuo.
 

 
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Datos de la Aventura

Naofumi Iwatani

Dino Cavallone
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#6
Extraordinario, repito en mi mente. Dejo que las palabras de Dino me devoren, no por ego, sino porque al fin me estaban reconociendo. Aunque uno esté a la deriva, no hay mayor alivio que ser parte, aunque sea por un instante, aunque sea la migaja del logro ajeno. No me fue arrebatada la idea de la misión, pero en el fondo comenzaba a sentirme cómodo en este grupo, y en la guerra eso es algo que puede pagarse caro.

Una tras otra, las intervenciones de mis compañeros eran maravillosas, deducciones de expertos. El más hábil era Dino. No hablaba, danzaba con las palabras. Medía los silencios como si fueran piedras preciosas, ponía pausa donde había lugar para dudar, dejaba huecos para que el misterio fuese una pincelada en nuestra hoja. Y ahí, justo ahí, comenzó la duda. Porque a veces el genio es un antisistema, el que todo lo sabe tiene en sus manos la certeza, y eso, en la ignorancia, es poder. Su perfección me incomodaba. No Naofumi, que parecía solo querer entender. Sino Dino, que tejía la escena como un actor, como quien estudió el guion y conoce el final de la historia. La vida de mariposa nocturna me duró la confianza.

Empecé a preguntarme si estábamos persiguiendo al culpable o caminando junto a él. El tiempo se apoderaba de nuestra labor, no tenía más que pensar. Ya era tarde. Algo en mí se había encendido, una llama tímida que no traía miedo ni furia. Una de esas sospechas que se sienten más en los huesos que en la razón. Alguna vez tuve que mirar una ventana por instinto para entenderlo todo. Los seguí. Me mantuve detrás, como suelo hacer. Al margen, pero viendo todo. Silencioso, austero de palabras y sobrado de dudas, no era el momento de hablar ni opinar, solo de seguir.

Al llegar al escondite del sótano, de inmediato sentimos cómo el aire mudó de piel, se hizo denso, difícil de ignorar, palpable hasta en las papilas gustativas. Una humedad de siglos, respirando polvo y secretos, se mantenía viva, llena de vida. El pasillo es estrecho, un hilo de roca que resguarda la entrada real, un gigante titán de madera que Dino deja cerrar tras nosotros. Nos escolta como el perfecto traidor. Bajo los gestos de cortesía se esconden los puñales. Trato de mantenerme imparcial, pero me es imposible. Tomo las alas de Grau más por instinto que por movimientos apresurados. Y al final, la decisión de entrar al lugar donde los nombres y los relojes se desvanecen, la sala de confinamiento, dicha más como poesía que como castigo.

La cuestión de Dino se deslizó por el pasillo. No cayeron por peso, sino por sus insinuaciones. No fue una orden, mucho menos un ruego, parecía ser un empuje al abismo.

No hablé de golpe, permanecí sin moverme a algunos centímetros del umbral, podía ver mi sombra reflejada por la lámpara, una silueta alargada sobre la húmeda pared. Un olor a madera mojada, encierro y metal oxidado me rozó el rostro como una advertencia. Mantuve el silencio, no por miedo ni decisión. Es una calma tras el lenguaje, fue como una rendición sin la existencia de derrota.

Bajé la vista y surqué con mis ojos las líneas del suelo pulidas por las botas, los castigos y los pasos. No era el único mudo, había algo allí que nunca salió, que también permanecía mudo, en secreto. Y recuperando la postura habitual, rompí el silencio.

-La decisión.

Utilicé un típico recurso, una pausa, un instante de tiempo para tomar un impulso mayor.

-Y si me preguntás, Dino, no creo que el peligro esté allí dentro.

La bufanda me movió como dándome impulso, inspiré profundamente, no para ganar coraje, sino para lidiar con la fragancia que nos inundaba.

-Entro yo porque cargo los ojos de alguien que dejó de confiar.

Y entonces avancé, aferrado al metal de mis alas, Grau. No fui con la firmeza de un militar adiestrado, que se cree indispensable. Más bien, cada paso fue un pliegue, y la lámpara hacía lo épico de aquella situación habitual, retumbando mi sombra por el lugar.

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#7
El pie izquierdo de Caelum apenas toca el umbral del cuarto de confinamiento cuando el infierno se desata.
 
¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!
 
Cuatro explosiones ensordecedoras se suceden en una fracción de segundo, como si el mismo suelo hubiera despertado furioso. Las minas que Dino había colocado estratégicamente alrededor de la entrada explotan simultáneamente, creando un estruendo que hace temblar las paredes de piedra del sótano. Una nube de humo, polvo y esquirlas de roca envuelve a Caelum en una tormenta de escombros que le corta la visibilidad y llena sus pulmones de tierra.
 
El eco de las explosiones rebota contra las paredes como truenos atrapados, y luego... silencio. Un silencio que no será interrumpido por ayuda externa, porque Dino - quien llevaba la única llave de acceso al pasillo del sótano - cerró cuidadosamente la puerta detrás de él cuando fue el último en descender por las escaleras.
 
Silencio, perturbado por la risa.
 
 
Una risa que comienza baja, casi inaudible, pero que crece hasta convertirse en una carcajada cruel y melodiosa que rebota contra las paredes de piedra. Dino Cavallone está doblado hacia adelante, sosteniendo la lámpara de aceite con una mano mientras se sujeta el estómago con la otra, riéndose como si hubiera presenciado la comedia más hilarante de su vida.
 
"¡Oh, por todos los cielos!" grita entre carcajadas, secándose lágrimas de los ojos. "¡Deberías verte! ¡El gran poeta misterioso atrapado como una rata en mi pequeña obra maestra!"

Naofumi retrocede instintivamente, su escudo alzándose defensivamente mientras sus ojos verdes se llenan de horror y confusión. "¿Dino? ¿Qué... qué está pasando?"
 
Dino se endereza lentamente, su sonrisa aristocrática transformándose en algo frío y venenoso. La luz de la lámpara proyecta sombras demoníacas sobre su rostro, revelando una expresión que nunca había mostrado antes.
 
"¿Qué está pasando, Iwatani?" Su voz gotea desprecio. "Lo que está pasando es que estoy cansado de fingir que ustedes dos son algo más que basura patética." Su látigo rápido y certero impacta en la espalda del descuidado Iwatani para luego propinarle un empujón con su pierna derecha haciéndole caer a lado de Caelum.
 
Dino entra de un salto al cuarto cayendo a 3 metros de la puerta sorteando así a Caelum quien se tambalea entre el humo y los escombros de las explosiones, y también a Naofumi que había quedado más cerca de la entrada del cuarto, a dos metros de la misma, y que ahora tose violentamente por el polvo. El pasillo estrecho de 10 metros de largo, apenas 2 de ancho y 3 de altura que habían recorrido en fila india - Naofumi al frente, Caelum en el medio, y Dino cerrando la marcha - ahora se convierte en una trampa perfecta.
 
"Mira nada más al gran artista," se burla, señalando con el látigo hacia Caelum. "Con su máscara ridícula y su bufanda amarilla como si fuera algún tipo de personaje romántico de novela barata. '¿Cargo los ojos de alguien que dejó de confiar?'" Imita la voz de Caelum con tono exageradamente dramático. "¡Qué manera tan pretenciosa de decir que eres un paranoico antisocial!"
 
Camina por el centro del cuarto, de espaldas, observando a ambos soldados como un predador acechando a su presa, recorriendo 7 metros y dejando así 8 metros de distancia entre él y Caelum, estando Iwatani un metro por detrás del enmascarado, a nueve metros de Dino.
 
"Y tú, Iwatani," se gira hacia el soldado más joven, que tiembla visiblemente. "¡Mira cómo temblequeas con tu escudito! '¿Sí señor, no señor, lo que usted diga señor?' ¡Eres patético! Un perrito faldero que se orina de miedo ante la primera señal de conflicto."
 
Naofumi retrocede otro paso, su voz apenas un susurro. "Dino... no entiendo..."
 
"¡Por supuesto que no entiendes!" explota Dino, su fachada aristocrática desmoronándose completamente. "¡Eres demasiado estúpido para entender! ¿Crees que no sabía que estabas anotando cada palabra que decía como si fueras mi secretario personal? '¡Oh, qué brillante es Dino! ¡Qué observaciones tan inteligentes!' ¡Eres un lamebotas sin columna vertebral!"
 
Estirando su brazo izquierdo y manteniendo el dedo índice levantado señalando hacia una esquina del sótano, sin quitarle los ojos de encima a ambos, los otros dos soldados presentes pueden ver algo pesado desde las sombras: el cofre de hierro con los 750,000 berries.
 
El cuarto de confinamiento se revela ahora en toda su extensión bajo la luz danzante de la lámpara. Es una cámara rectangular masiva de 20 metros de largo por 30 de ancho, con techos abovedados que se alzan 4 metros sobre sus cabezas. Las paredes de piedra gris están manchadas por la humedad y el tiempo, con argollas de hierro oxidado empotradas a intervalos regulares - vestigios de su uso como prisión. El suelo es de losas de piedra irregulares, algunas sueltas y otras hundidas por el peso de los años. Al fondo de la habitación, una mesa de madera carcomida sirve como soporte improvisado para herramientas dispersas: cuerdas adicionales, clavos oxidados, y los mecanismos de activación de las trampas que Dino había preparado meticulosamente. Contra la pared oeste, una pila de mantas viejas y paja húmeda indica donde los prisioneros solían dormir.
 
"¿Quieren saber qué pasó realmente?" Su sonrisa se vuelve cruel mientras señala hacia la esquina más lejana de la habitación, donde el cofre de hierro con los 750,000 berries descansa contra la pared, claramente visible bajo la luz parpadeante de la lámpara. "Yo robé el dinero. Cada maldito berry. ¿Y saben por qué? Porque me lo merezco más que cualquier otro idiota en esta base."
 
Su cara se empieza a contorsionar, rabiosa, símbolo del odio que tenía acumulado por el paso de los años.
 
"Un hombre con mis talentos, mi linaje, mi educación, ¿atascado en esta base miserable con soldados rasos como ustedes? ¡Es un insulto!" Su rostro vuelve a contorsionarse con una mezcla de rabia y dolor, su voz alcanza un tono tan grave que hacía entender a los presentes que en realidad creía que estaba en su derecho. "Yo era noble, ¿entienden? Noble de nacimiento. Hasta que mis estúpidos padres perdieron todo por sus deudas de juego y sus inversiones patéticas." Sus ojos azules brillan con una locura fría mientras continúa. "A los quince años perdí mi título, mi fortuna, mi estatus... todo por culpa de esos inútiles. Así que tomé lo que me correspondía por derecho." Su sonrisa se vuelve cruel y nostálgica. "Los maté. A los dos. Con estas mismas manos. Y luego me uní a la Marina para evitar sospechas, fingiendo ser el hijo obediente que buscaba servir a la justicia." El látigo, el cual toma con su mano derecha, se desenrolla con un siseo amenazante liberando así todos los 8 metros de longitud del mismo de punta a punta, mientras mantiene su posición estratégica al centro de la sala. "Pero estoy cansado de fingir. Cansado de pretender que soy igual que ustedes, ratas plebeyas. Este dinero es solo el comienzo. Con él, voy a recuperar mi lugar en la sociedad, voy a comprar mi camino de vuelta a la nobleza donde pertenezco."
 
Su látigo empieza a moverse cual serpiente sobre el suelo, amenazante.
 
"El plan era simple: robar el dinero, esperar a que asignaran una investigación, y luego 'descubrir' la evidencia en la habitación del sospechoso más obvio." Señala directamente a Caelum. "Un tipo raro, antisocial, con una máscara que esconde quién sabe qué deformidades, y que claramente no encaja con el resto de nosotros."
 
Sin previo aviso, el látigo chasquea como un rayo, buscando golpear pantorrilla derecha de Caelum.
 
Atrás de él, el joven Iwatani grita de impresión y sale a la carrera con su escudo para plantarse frente a Caelum, a un metro del mismo, quien por fin se había recuperado de las explosiones. Ambos quedan ahora cerca de la entrada (a dos metros Caelum y tres Iwatani), mientras Dino se posiciona estratégicamente en el centro de la vasta habitación, a medio camino entre ellos y el cofre que custodia al fondo, manteniendo la distancia perfecta para proteger el cofre mientras acecha a sus víctimas.
 
"Tu papel, Iwatani, era ser el testigo perfecto. El soldado honesto y confiable que 'vio' cómo encontrábamos la evidencia en las pertenencias de Drift. Pero ahora..." hace una pausa dramática, "ahora que ambos han visto demasiado, van a tener que morir."
 
"La historia será hermosa," continúa Dino, deleitándose con el terror en los ojos de sus víctimas. "Caelum Drift, el extraño soldado enmascarado, robó el dinero y cuando ustedes lo confrontaron, los atacó desesperadamente. En la lucha, ustedes murieron, pero no sin antes herirlo mortalmente. Un final trágico pero heroico para dos soldados leales."
 
"¿Sabes qué es lo más gracioso, poeta?" Su voz gotea veneno mientras permanece en su posición dominante en el centro de la habitación. "Tus estúpidas observaciones sobre la cera casi arruinan todo. Casi eres demasiado inteligente para tu propio bien. Pero al final, tu arrogancia artística te llevó directo a mi trampa."
 
Alza el látigo sobre su cabeza, preparándose para el siguiente golpe. La lámpara de aceite proyecta sombras danzantes sobre la escena, transformando el sótano en un teatro de pesadilla donde la máscara de la civilidad finalmente ha caído, revelando la bestia que se escondía debajo.
 

 
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Datos de la Aventura

Belico

Naofumi Iwatani

Dino Cavallone
[Imagen: Firma-Fuguwu.png]
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#8
La hecatombe primero. Los pies trayendo la verdad que mi corazón buscó ignorar. Las palabras poéticas solo fueron eso, palabras. El infierno se silenció de golpe en mis oídos; un pitido denso y ensordecedor me recordó que seguía vivo. Las explosiones me arrancaron el aire, la firmeza de los pies, la noción del tiempo. El instante del presente se dibujó en pasado. Solo importaba sobrevivir como gesto adrenalínico. La calada de humo y polvo me hacía toser, vomitar ese estado de invalidez que me poseyó. Mi estúpida anatomía comenzó a temblar, a tiritar, y no de frío ni de miedo. El cuerpo ya no era mío, aunque se movía. No era el mismo, no después del estruendo. Los segundos fueron momentos completos.

Dibujada en el humo, una risa perversa. La voz de quien ensaya en el espejo esta situación una y otra vez. No la voz de un compañero. No la del estratega. Era la voz abierta de una grieta. Era un espectro. Dino, el traidor. Se ríe como si la vida se hiciera a latigazos, gritos y papel robado. Lo que no sabe es que yo vengo de más abajo que este sótano.

Apenas respiro. El oxígeno hace de mi cuerpo un ser más torpe, más lento, más frágil. El equilibrio me es arrebatado cada vez que el pitido invade intenso mis tímpanos, música fúnebre. Sin embargo, aún respiro, aún escucho, aún me puedo mover. Aún estoy vivo. No sano, sino roto. Roto de nuevo. El esqueleto arde, igual que las vísceras, los músculos, las cavidades, los tendones, la esperma. Bajo la máscara, mis ojos, escondidos, tímidos, lograron verlo todo. Reaccionaron antes que la grotesca movilidad que me habitaba. Y lo ven a él, el traidor. Radiante. Glorioso. El que piensa que la gloria se logra con unos pocos billetes. Con un poco de papel donde depositamos nuestra voluntad.

Aunque nunca nos entendiera, y se sintiera gigantescamente superior, jamás dejó que lo ganara la confianza. No nos subestimó, aunque sí nos disminuyó. Dedicó su energía a malgastar el tiempo a su favor. A despreciarnos. A arruinarnos emocionalmente. A narrar con más detalles de los necesarios, como un estúpido poeta, que tuvo que sentir el fuego de sus palabras en la piel, ahora era un idiota antisistema.

Instintivamente me muevo, torpe, senil, buscando erróneamente salir por el lugar por donde entré. Me deslizo como puedo, cuerpo entorpecido. Vi radiante la puerta, el umbral que me sacaría de aquel escenario mortal. Camino entre retazos de piedra y loza, con la toz apoderándose del oxígeno y escapando de la máscara como un lamento. “La puerta, la puerta por la que entramos”. La salvación, esa idea se clavo en mis reflejos.

Mi mano toca el pestillo. Me sostengo en él para levantarme, mi bastón. Pero por más que intentaba moverla, la puerta no cedía. Estaba cerrada. Brutalmente sellada. Otro cálculo del traidor.

-No, no puede ser.

le susurro a mi bufanda, en un acto de compañía frente a la desesperación que parecía apoderarse de mí. Golpeo firme con mis puños. Luego, con ambos brazos intento empujarla. El hierro no responde. Solo el eco de mi inutilidad.

-¡AUXILIO!

Grito sin poesía, seco, buscando una respuesta que sabía inútil. Palabras que solo hacían sordas la violencia que ejercía sobre el pestillo, sin soltarlo. Ya no era un baston, ya no era salvacion, era solo una puerta cerrada.

-¡NECESITAMOS REFUERZOS!


No había pasos. Ni palabras. Solo la risa detrás. La risa fea y burlona. La risa de un dios de la traición. Nuestro Loki. El prodigio vuelto villano. El silencio detrás de la madera me recuerda que estábamos solos. El plan había salido a la perfección. Nadie vendría. No queda otra opción. Debíamos luchar. Movernos. Acabar con el ladrón.

Mi pierna derecha buscaba apoyo entre las lozas. Respuestas. Cargado de la ira que se apoderó de mí tras los gritos de auxilio, lo observo a Dino. Con el brazo en alto, como buscando dar escarmiento a los hombres a los que le quito la libertad. Buscando dañar mi cuerpo como capricho. Salto un metro al lateral, buscando acercarme a mi tímido compañero, que parecía no estar seguro si esto era un sueño o la realidad. Me quedé callado. No le dije nada. No sabía qué decir. No soy quien da las órdenes. Soy quien las cumple.

Tomo a Grau con mi diestra, y con un gesto señalo a mi compañero con los setenta y seis centímetros de alas rotas que me mantienen etéreo en este, el prólogo de mi muerte. Con un leve movimiento de mi cuerpo coloco un pie como pivote y fijo mis ojos en mi rival. ¿Quién atacará primero entonces? Mejor dicho, ¿quién atacará ahora? Él ya dio su primer golpe.
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 880 - 200 = 680
Energia: 891 + 0 = 891
Espiritu: 144 + 0 = 144
#9
Los ataques, tanto físicos como psicológicos, habían tenido en Caelum el efecto esperado por Dino. El aire viciado del sótano parecía espesarse con cada respiración entrecortada del joven marine, mientras el olor acre del humo de las explosiones se mezclaba con el aroma húmedo y mohoso de siglos de confinamiento. El joven soldado empezaba a darse por muerto, sus movimientos desesperados haciendo crujir las losas de piedra bajo sus pies.
 
Era tal su desesperación que, al moverse hacia la puerta de entrada al sótano, sus manos temblorosas no pudieron abrirla a pesar de no tener cerrojo. La confusión le nublaba el juicio, pues había sido la puerta del final del pasillo la que Dino había trincado con la llave que aún guardaba junto a sí, no esta que permanecía abierta. El marco de madera carcomida parecía burlarse de él mientras sus dedos resbalaban por la superficie húmeda, ofreciéndole solo acceso a un pasillo estrecho que se extendía como una garganta de piedra, dejando a Iwatani por detrás como cebo.
 
Los gritos de auxilio fueron tragados por la distancia entre el sótano y el patio de entrenamiento, sus ecos rebotando contra las paredes de piedra con la misma futilidad que las gotas de lluvia golpeando cristal. El espesor milenario de los muros devolvía el sonido una y otra vez, los gritos desesperados de Caelum y la risa excéntrica de Dino cual espejos acústicos que multiplicaban la desesperación hasta el infinito, creando una sinfonía macabra que solo ellos tres podían escuchar.
 
Por suerte para los jóvenes soldados, el polvo que se había levantado tras la activación de las trampas comenzaba a desperdigarse como fantasmas de arena, filtrándose por los poros microscópicos de las paredes y el techo abovedado del sótano. Pequeñas partículas doradas danzaban en los rayos de luz de la lámpara de aceite, que proyectaba sombras alargadas y danzantes sobre las losas irregulares del suelo. La visibilidad mejoraba gradualmente en la habitación donde se encontraban "encerrados" con el culpable y ladrón de los 750,000 berries, revelando cada grieta en las paredes, cada mancha de humedad, cada argolla de hierro oxidado que había sido testigo silencioso de incontables sufrimientos.
 
Fue entonces, para sorpresa de todos, que el soldado Iwatani se convirtió en el único que mantuvo la compostura ante aquella situación. El eco de sus movimientos resonó contra las bóvedas de piedra mientras se ajustaba el escudo a su brazo izquierdo, el metal raspando contra las correas de cuero con un susurro metálico que cortó el aire cargado. Se levantó con una firmeza que hizo crujir sus rodillas, posicionándose entre Caelum y Dino como una torre humana. Su sombra, proyectada por la luz parpadeante de la lámpara, se alargó dramáticamente sobre el suelo de losas, mientras alzaba la voz para que el primero pudiera escuchar las palabras que nadie de los presentes esperaba que salieran de su boca.
 
"¡Descuida, Caelum, yo seré tu escudo!" Su voz reverberó contra las paredes de piedra, adquiriendo una resonancia casi heroica en la acústica del sótano. Miraba fieramente al responsable de aquel latigazo que aún sentía arder como hierro candente en su pantorrilla, el dolor pulsando al ritmo de su corazón acelerado. "¡Entre los dos detendremos a este traidor!"
 
La atmósfera del sótano pareció cambiar con esas palabras. El aire, antes cargado solo de desesperación, ahora vibraba con una corriente eléctrica de determinación. Sin embargo, y no a pesar de aquella muestra de valor que irradiaba Iwatani como calor de una forja, aquel soldado estaba especializado en dar soporte táctico y primeros auxilios, su escudo brillaba con el desgaste del entrenamiento defensivo, no ofensivo. El destino pesaba sobre los hombros de Caelum: utilizarlo como escudo, por no decir carnada, para encontrar las aperturas necesarias entre los ataques de Dino, como un cazador esperando el momento perfecto entre las sombras.
 
¡Inazuma sunappu! (CRACK)
 
Un sonoro latigazo cortó el aire como un trueno encerrado, rompiendo aquel instante de valentía con la violencia de una tormenta súbita. El sonido rebotó contra las paredes con ecos múltiples, creando la ilusión de que múltiples látigos atacaban desde todas las direcciones.
 
Dino había redoblado sus esfuerzos, sus ojos azules brillando con una locura fría bajo la luz dorada de la lámpara. La sombra de su figura aristocrática se proyectaba gigantesca contra la pared posterior, como un demonio surgido de las profundidades de la tierra. El latigazo cortaba el aire con la precisión de una serpiente entrenada, dirigido hacia Caelum, a quien podía ver casi en línea recta al estar cerca del costado izquierdo de Iwatani, dos metros por detrás en diagonal, luego de alejarse de un salto de aquella puerta que no había logrado abrir. Las partículas de polvo aún suspendidas en el aire fueron barridas por el movimiento del látigo, creando una estela visible de su trayectoria mortal.

Sin embargo, el ataque no llegó a su objetivo. El escudo de Iwatani se interpuso en el último momento, el metal resonando con un ¡CLANG! que hizo vibrar las argollas de hierro en las paredes. Había extendido su brazo izquierdo contra el látigo con la misma velocidad que este se acercaba peligrosamente al joven de la bufanda amarilla, las chispas del impacto iluminando brevemente sus rostros determinados.
 
¡Inazuma sunappu II! (CRACK)
 
Al instante, un segundo chasquido desgarró el aire como seda siendo rasgada, acompañado del silbido cruel del cuero cortando el espacio húmedo del sótano.
 
Este segundo latigazo llegó con una violencia redoblada, cortando el aire con la ferocidad de una bestia enfurecida. Iwatani había intentado moverse nuevamente un metro a su izquierda, sus botas resbalando sobre las losas húmedas, para seguir protegiendo a Caelum. Pero el cuero trenzado del látigo encontró su objetivo: se estrelló contra el costado derecho de Iwatani con un impacto que resonó como un martillo golpeando carne. El soldado gritó de dolor mientras el golpe lo hizo tambalearse, una línea roja apareciendo inmediatamente a través de su uniforme desgarrado, desde el hombro hasta las costillas.
 
"Basura asquerosa," escupió Dino, su voz goteando veneno mientras apretaba su agarre. El látigo se tensó aún más, creando surcos profundos en el cuero de las protecciones del brazo de Iwatani. "¿Te atreves a detener uno de mis ataques?"
 
La lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes que hacían parecer que las paredes mismas se movían, mientras Dino preparaba su siguiente ataque. El aire del sótano se espesaba con la tensión, cargado del olor metálico del miedo, el aroma acre del humo residual, y algo más primitivo, el olor de la violencia a punto de desatarse en toda su furia.
 

 
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Datos de la Aventura

Belico

Naofumi Iwatani

Dino Cavallone
[Imagen: Firma-Fuguwu.png]
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