Viktor
Fuerza
Resistencia
Destreza
Precisión
Agilidad
Reflejos
Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
250
235
390
104
127
355
140
345
400
280
57 de otoño, año 14, 06:45 a.m.
Camarote del Panzer Kaiser, Manglar 0, Sabaody
“Aprendí que la rutina para mí no es monotonía”. Supongo.
Bostezaba tirado en la cama, a medio vestir y con los brazos entre cruzados tras la nuca, recién despierto. Supuse que ya no sería capaz de dormir nada más, pues, mis ojos abiertos de par en par, no paraban de moverse de punto a punto de la habitación sin ser capaces de cerrarse de nuevo. Me estiré en la cama, tocando con las manos el cabecero de esta y, con un gesto lento, me incorporé para sentarme en el borde. Enfundé mis botas y las até suavemente para ponerme de pie y caminar hacia la puerta, de cuyo pomo se sostenía mi camisa, un poco descosida ya por el tiempo, y me la puse para salir. El barco estaba tranquilo y, a estas horas, la mar permitía que se meciera lo menos posible, haciendo de este un terreno tranquilo y apacible para dormir. Sin embargo, había sido expulsado del mundo onírico, por lo que mi rutina diaria debería comenzar. Caminé por el pasillo del barco cazador hasta llegar a la cocina donde, tras cerrar la puerta, busqué mi primer objetivo: — Caféééé... — murmuré con la voz baja y con más sueño que vergüenza.
Me acerqué a la cocina y encendí la estufa para preparar un café. Shoto debía haber dejado molido café ayer, pues, el bote, que usualmente está vacío, aún tenía suficiente para una carga. Agarré la cafetera y la desmonté, llenando la base con agua ya caliente y puse el filtro, lleno hasta arriba con café molido y la enrosqué. La puse sobre el fuego y esperé pacientemente con la tapa abierta hasta que el líquido marrón y dorado comenzó a emanar de la chimenea central de la cafetera. Cuando esto ocurrió, apagué el fuego y dejé que el calor residual hiciera su trabajo. Cuando toda el agua de la base pasó al recipiente principal y el café fue extraído con éxito, vertí la mitad del contenido sobre una taza con algo de leche caliente y salí a cubierta con ella, dejando el resto del café en la cocina para cuando el inventor despertara. Él tuvo a bien molerlo por mí, yo lo preparaba para él.
— Cada vez hace más frío... — dije justo antes de dar el primer sorbo del café, ya en cubierta.
Viktor
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El tiempo, en parte por la estación otoñal que nos acompañaba ya casi metiéndose en el frío invierno, en parte por la hora del alba, presagiaba que sería tranquilo y frío. Era consciente de que los inviernos en esta parte del Grand Line eran especialmente gélidos y, aunque eso no me molestaba en absoluto, sí que tenía la sensación de que por alguna razón este invierno sería especial. Llamémoslo intuición. Había algo en el aire, en la manera en que la brisa salada se deslizaba por la piel, que me hablaba de un cambio inminente. Suspiré tras el sorbo de café y oteé el horizonte. Tranquilo y en paz. El sol comenzaba a asomar tímidamente por el horizonte mientras, de manera armoniosa, los pájaros comenzaban a entonar sus cánticos matinales moviéndose a lo largo y ancho de la costa del manglar. Poco a poco los astilleros se activaban y sus gentes iniciaban sus vidas y cotidianidades, dando paso así a los primeros sonidos de civilización del día. Martillazos, risas apagadas, crujir de madera… una sinfonía rústica pero familiar.
Me acerqué a la mesa de cubierta y me senté en la silla que orientaba hacia estribor, dejando la mesa a la izquierda donde dejé mi café. Desde ese privilegiado punto del barco podía observar los astilleros y a los trabajadores comenzando a sus trabajos. Detuve mi mente unos instantes, respirando lenta y apaciblemente mientras entrelazaba mis dedos y reposaba mis manos en mi tripa, dejando mi peso sobre el respaldo de la silla de manera cómoda. Casi echaba de menos los taburetes y el barril del Parabellum pero, el “lujo” –si es que esto se podía considerar lujo– tampoco estaba nada mal. Una silla sin astillas, una barandilla estable, silencio... A veces el lujo estaba en lo sencillo.
— Quizá debería organizarme. — pensé, dando un ligero respingo y llevando mi mano hacia el bolsillo interior del abrigo, de donde saqué mi libro y lo abrí por el final, donde las páginas en blanco se usaban para anotar cualquier cosa que mi mente trajera desde los confines de la imaginación. — Bien, lista de tareas para esta semana: — espeté mientras sacaba el lápiz, preparándome para dar forma al caos mental.
Viktor
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Las páginas en blanco del libro comenzaban a escasear pero aún así trataba de utilizarlo para los días que necesitaba organizar mi cabeza y solo pensar no era suficiente. Las ideas, cuando se amontonan, acaban resbalando entre los dedos si no se les da forma. El café humeaba en la mesa y yo coloqué el libro justo a su lado para, con el lápiz, comenzar a enlistar todo lo que había pendiente. El olor a grano tostado me reconfortaba, como si fuera un pequeño ancla a la realidad entre tanta planificación.
— Lo primero sería conseguir materiales. Estamos empezando a sufrir la escasez de cara a fabricar y si la cosa se va a poner seria, necesitamos ir holgados con esto. Es posible que en el mercado pueda conseguir cuero, ya he visto tenderos que lo tienen. El acero es posible que reciclemos de otras herramientas que tengan buen precio y, para la madera, los propios astilleros son la mejor fuente de recolección. — relataba mientras apuntaba en la hoja “Materiales” y con flechas enlistaba las más importantes como la madera, el acero y el cuero. Añadí un par de marcas más al margen, recordatorios visuales que me ayudaban a priorizar en función de urgencia y dificultad.
— Por otra parte, necesitamos fortalecer a Shoto. Lleva tiempo que no entrena seriamente y ahora con la fruta, tenemos que ver qué es capaz de hacer. Ya no por aplacar la ira del jefe, sino por él mismo. Deduzco que no tendrá el carácter bélico de la Zoan mitológica que me comí o de la Netsu de Sohem, pero… algo se podrá hacer. — apuntaba “Shoto” justo debajo de lo anterior. A su lado dibujé un símbolo improvisado, como una especie de fuego contenido dentro de un círculo, para recordarme que debía encender esa chispa antes de que se apagara por completo.
— Y hablando de fortalecerse, yo mismo debería entrenar. Debería plantearme volver con el viejo maestro de artes marciales e intentar convencerlo de que me enseñe el Busoshoku si lo conoce, sería lo último que me separa del Nuevo Mundo para no quedarme atrás. — finalizaba la lista apuntando Haki. Solo esa palabra, sola y directa, encerraba una meta mucho más compleja de lo que parecía en tinta.
Las tareas estaban claras. Pero la duda era… — Y… ¿ahora qué? —
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