[Pasado] Responsabilidades
#1
Día 37 de Primavera, Año 15
Ciudad Akauri. Reino de Ilisia, West Blue
- Te queda bien así...

Las palabras de Mel atravesaron la habitación desde su cama. Tras la primera semana, habían realojado a los nuevos reclutas aceptados, prácticamente toda la promoción de Jean, en habitaciones dobles. Dado que se habían conocido el primer día y se habían caído bien, Mel y Jean compartían habitación. Se trataba de una estancia pequeña, con dos camas con un pequeño baúl para guardar sus pertenencias, un par de pequeñas cómodas que exigían tener un fondo de armario muy justo y un par de mesillas de noche. En el centro habían querido colocar una alfombra granate sobre el suelo de madera que, opinaron, le daban un toque más acogedor a aquel lugar que ahora era su hogar.

Jean volvió a soltarse el pelo, dejando que este cayera sobre sus hombros. Se miró en un pequeño espejo que habían colocado en la pared, giró sobre si misma, arrugó los labios y cogió de nuevo su lazo azul ante el agónico gemido de Mel, que dio un par de vueltas sobre la cama.

Al salir de la casa de su familia, algo que no había considerado la joven era que estaba huyendo de su casa, de su hogar, de aquel sitio donde había vivido desde siempre. Y los primeros días le costaba pensar que pudiera volver a sentir ese arraigo en cualquier otra parte, que no podría volver a considerar que ningún edificio era su hogar, que ninguna habitación podía volver a ser su refugio, aquel lugar seguro en el que refugiarse cuando todo fuese mal. Sin embargo, allí, con Mel dando vueltas sobre si misma aburrida encima de la cama, ella decidiendo si era mejor llevar el pelo suelto o recogido... Bueno, solía decirse que el hogar no era un lugar físico, sino que era donde te sintieras a gusto. Se sentía a gusto allí.

- Creo que lo voy a llevar como siempre. - terminó decidiendo mientras terminaba de hacer el lazo sobre su coleta.

Extendió las manos y la coleta quedó perfectamente quieta. Mel chispeó los ojos.

- ¿En que momento se me ha ocurrido preguntarte...? - dijo levantándose con un deje de extrema pereza.

- Coincido, ha sido culpa tuya. - le contestó la rubia sacando ligeramente la lengua y cogiendo en el aire la almohada que le llegó volando segundos después. - Venga, vámonos ya o se irán sin nosotras.
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#2
Los sonidos de jarras chocando contra madera y de animada música de cuerda les dieron la bienvenida a Jean y a Mel cuando estas atravesaron el umbral de la puerta de la taberna. El ambiente era denso, pero curiosamente acogedor. Olía a madera barnizada y envejecida, a cerveza, a pan recién tostado y a las piezas de marisco que las camareras del lugar, concentradas, iban distribuyendo entre las múltiples mesas del lugar en una perfecta y coordinada coreografía. El Caracol Dorado era uno de los locales más grandes de toda la isla, no solo por su variada oferta musical - donde todas las noches acudían jóvenes interpretes que pretendían hacerse un nombre, recaudar unas buenas propinas y, si la suerte caía de su lado, hacerse con un mecenas que los promocionara - o por la calidad de sus bebidas, sino porque era el sitio al que acudían la mayor parte de los marines de la base G-19. Con esa clientela la dirección de la taberna se aseguraba, por un lado, un nutrido y constante grupo de parroquianos, y por el otro, una seguridad y ausencia de problemas del que pocos lugares en toda Ilisia podían presumir.

Jean y Mel avanzaron lentamente entre sillas, mesas, grupos de gente charlando apoyadas en gruesas columnas de madera y camareras que atravesaban el lugar a toda velocidad, algunas de ellas sujetando más jarras de las que parecería humanamente prudente llevar por aquel sitio. Finalmente llegaron hasta su destino, casi en el centro del local. Una gruesa mesa redonda perimetrada por siete sillas, tres de ellas aún vacías. Las dos marines saludaron a los presentes con la mano mientras tomaban asiento.

- Bueno, ya era hora, llegáis casi la últimas. - les saludó Mina, que con su brazo apoyado en la mesa no dejaba de juguetear con uno de sus rizados mechones morenos.

- El casi es la clave. - respondió Mel acercándose a su jarra y olisqueándola. - ¿Qué te has pedido?

- Mel, no hagas eso, es antihigiénico. Y tienes el riesgo de que Mina te lo eche por encima. - le advirtió Jonas ajustándose sus gafas.

Mel se separó con los labios dibujando una linea y cara de poco convencimiento.

- Ya bueno, no se que está bebiendo pero creo que apostaré por la clásica cerveza. 

Jean miró a Mel alzando una ceja y luego a la bebida de Mina. 

- Mel rechazando probar algo nuevo... Mina, ¿Qué te has pedido? - preguntó repentinamente interesada la rubia.

La joven Marine levanto su jarra con expresión triunfante y expresión misteriosa.

- Hay quienes tenemos tanto gusto como contactos. Es un licor nuevo que el propietario me ha...

- Al entrar nos han ofrecido una nueva sidra caliente de canela, y Mina, que no se ha enterado, se lo ha pedido porque le parecía que el camarero le iba a invitar... - le cortó Nico mirándola divertido, a lo que Mina que le devolvió una mirada gélida - Lo ha probado y no le gusta. Y además es de lo más caro que tienen... - continuó intentando aguantarse la risa sin demasiado éxito.

Mina bufó, airada.

- ¿Tan caro es? - preguntó Jean mirando la bebida con curiosidad. Olí bien a canela y a especias, pero se notaba un fuerte aroma a fuerte alcohol que no parecía combinar demasiado bien.

- Si. - respondió Julian a su lado, con su jarra casi vacía ya. - No preguntes cuanto, pero hazte a la idea de que Mina el resto de la noche beberá aire... - concluyó con una media sonrisa.

- Sois imbéciles.

Sin poder evitarlo, Julian y Nico estallaron en una sonora cargada, a la que por supuesto se unió Mel. Jean y Jonas, más comedidos, solo sonreían intentando aguantar unirse al escarnio.


- Vamos, iré a la barra a pedir. ¿Me ayudas? - le dijo Jean a Mina, que asintió agradecida por salir de aquella mesa de barbaros - Mel, jarra de cerveza. Julian, ¿quieres otra?

El enorme recluta rubio alzó su jarra hasta colocarla justo delante de su cara, estudiando lo poco que quedaba en su interior. Dió un breve trago, miró a Jean y asintió.

- Por favor, si.

Jean asintió con una sonrisa. 

- Ahora volvemos.

Junto con Mina atravesaron de nuevo aquella marea de mesas, sillas y grupos de gente hasta llegar a la barra del local, donde lograron hacerse un pequeño hueco entre dos sargentos que amablemente les dejaron sitio. Sobre la barra, cada par de metros había un pequeño Den Den Mushi Dorado. Con la confianza que da la cotidianidad, le dieron un pequeño golpe en la cabeza y el caracol sacó de su boca un pequeño papelito. Jean lo cogió entre los dedos y levantó la vista hacia un pequeño cartel sobre la barra que iba moviéndose cada pocos momentos.

- 64, van por el 52. Nos tocará en nada. - dijo con una sonrisa girándose hacía Mina - Así que el camarero, ¿eh?

Mina puso los ojos en blanco, pero sonrió.

- No puedo evitarlo, tiene los dos brazos tatuados, pelazo, una sonrisa... - suspiró la joven - Ya no hacen hombres así.

- Y menos mal... Te quedarías sin blanca en un par de días.

Mina le dio un golpe en el brazo a Jean pero las dos jóvenes se rieron. 

- Cuando lo veas hablamos. Pero recuerda, es mío. Se que a las chicas como tu les van los chicos malos.

Jean la miró alzando una ceja.

- Niegalo, pero eso se sabe. ¡Ah! Es él. Disimula.

Al otro lado de la barra un chico alto, guapo, moreno y con los dos brazos descubiertos totalmente tatuados se colocó frente a ellas.

- 64, ¿verdad? - preguntó, Jean le enseñó el papelito que le había dado el Den Den Mushi y el chico asintió. - ¿Qué os pongo? - las miró a ambas alternativamente y terminó fijando la mirada en Mina. - Oye, tu eres la de antes, ¿No? ¿Que tal estaba la sidra? ¿Te ha gustado?

Mina abrió los ojos como si fuera un cervatillo asustado y respondió como impulsada por un resorte.

- ¡Me ha encantado! - gritó en un tono bastante más alto del que seguramente pretendía - Es de lo mejor que he probado nunca.

El chico asintió, conforme.

- Es una nueva variedad que ha llegado desde nada menos que el mismísimo Grand Line. De una isla con un invierno eterno, donde siempre está nevando. Allí este tipo de bebidas calientes y especiadas son muy populares. Tienen que sentarles de maravilla, con tanto frio, ¿Te lo imaginas?

- Si... - suspiró Mina perdiéndose en los ojos del camarero.

- ¿Quieres que te ponga otro?

- Por supuesto.

El camarero asintió conforme nuevamente, chasqueando los dedos hacía una inmediatamente arrepentida Mina para luego girarse hacía Jean, que luchaba con todas sus fuerzas por mantener la compostura y no echarse a reír a carcajadas allí mismo.

- Cerveza. - dijo carraspeando y mostrándole al camarero el dedo índice y corazón- Gracias.

El joven asintió de nuevo, se movió un par de metros hacia un lado y comenzó a llenar un par de jarras de un tirador cercano. Jean miró elocuentemente a Mina sin decir nada. Está puso su puño cerrado sobre su frente.

- Ni una palabra.
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#3
Las risas comenzaron mucho antes de que las dos jóvenes lograran regresar a la mesa sorteando el mar de jarras en alto, y tardó bastante más en terminar. Mina no pudo hacer más que fruncir el ceño, arrugar los labios y lanzar miradas asesinas a diestro y siniestro mientras frente a ella las dos jarras de sidra consolidaban los motivos de la chanza. 

- Sí, me he pedido otra - anunció Mina ante la marea de burlas - Tenía que aprovechar el descuento por humillación pública.

- Claro, claro... -dijo Nico, bebiendo un largo trago de su jarra - A mí también me ha pasado... Cuando quiero que alguien me preste atención, me gasto medio sueldo en bebidas que odio. Táctica de guerra.

- ¡A mi me parece brillante! —añadió Mel, sonriendo - Aunque no sé si estás intentando seducir al camarero o hacerle rico.

- A ver si lo he entendido... - comenzó a decir entonces Jonas, concentrado, mirando a Mina muy fijamente a los ojos. - Entonces te has gastado medio sueldo en esa sidra que no te gusta... y estadísticamente sigues siendo una desconocida para él, ¿no?

Jean no se molestó en contenerse. Estalló en carcajadas junto con el resto mientras dejaba su jarra sobre la mesa y Mina fulminaba con la mirada al pobre Jonas, entrecerrando los ojos. Si las miradas mataran, Jonas habría estallado en una nube de ceniza muy organizada. El joven, que pareció encogerse de miedo en su asiento, deslizó una media sonrisa traviesa en su rostro.

- Ahh.. no sabía que esta mesa incluía espectáculo... - murmuró Julian, con expresión relajada, secándose una lagrima que caía por su mejilla - Esto mejora con cada ronda.

- Tú calla, que te bebiste una vez media jarra de caldo de pescado creyendo que era cerveza negra - replicó Mina sin perder el ritmo.

- ¡Cierto! Dios, lo había olvidado... Maldita camarera... Una traición. Nadie sobrevive a eso con la dignidad intacta. - dijo él con fingido pesar - Y tenía espuma. Eso confunde.

- A ti te confunde hasta el agua si no lleva instrucciones. - remató Nico, y la mesa volvió a estallar en carcajadas. - Y a veces ni eso.

Por un instante, mientras Julian le atizaba un golpe a Nico, el bullicio de la taberna se convirtió en un rumor lejano para Jean. El aire estaba cargado del calor de los cuerpos, del aroma persistente del marisco, la madera barnizada, la cerveza. Cada vez que abrían la puerta principal, entraba un soplo de aire fresco que parecía arrastrar el rumor lejano de las olas rompiendo contra el muelle. Era fácil perder la noción del tiempo allí. El reloj de la base quedaba lejos, igual que las órdenes, las listas de tareas, los informes. El uniforme no pesaba tanto en ese rincón de madera y luz cálida. Miró con ternura a sus compañeros. Podía tener una familia allí.

- Pasando a cosas más serias… - dijo Jonas, en voz más baja, alzando un poco las cejas por encima de sus gafas - ¿Os habéis enterado de lo del capitán?

- ¿Qué capitán? - preguntó Mel, dejando su jarra a medio camino de la boca.

- Parece que alguien del Cuartel General va a pasar unos días en la base. Una inspección informal, dicen.

- ¿Informal? —repitió Julian, arqueando una ceja mientras dejaba su jarra sobre la mesa - Lo suficientemente informal como para que nadie duerma en paz las próximas tres noches. Ahora entiendo muchas cosas...

- Exacto - asintió Jonas - Ya sabéis cómo funciona esto: Viene, sonríe, anota cosas... Y luego desaparece y caen tres traslados y dos ascensos que nadie entiende muy bien.

- ¿Y a qué viene ahora? ¿Necesitan más mandos intermedios en otras bases? - preguntó Jean, intentando sonar casual. Su voz sonó algo más firme de lo que habría querido.

- Ni idea. Pero los sargentos andan tensos. Uno me dijo que limpiase mi litera por si las moscas. Y eso que soy el ordenado.

- A mí me han dicho que guarde la ropa sucia - comentó Julian.

- A mí que deje de hablar mientras como... - dijo Nico.

- Yo apoyo esa recomendación... - se burló Mina alzando su sidra.

- Pues yo... - empezó Mel, pero se interrumpió cuando una camarera pasó junto a ellos dejando una nueva bandeja - Espera, esto es mío.

Jean la observó distraídamente mientras cogía su jarra. Luego dejó que la vista se le perdiera por un segundo. Un oficial de rostro cuadrado y uniforme reluciente cruzaba entre las mesas rumbo a la barra. Otros dos sargentos lo siguieron un par de pasos más atrás. No llevaban insignias visibles, pero su porte era distinto. Su lenguaje corporal, más ensayado. Apenas levantaron la vista hacia la mesa donde estaban los reclutas, pero su mera presencia bastó para que la atmósfera se tensase ligeramente.

- Cada vez vienen más a menudo, ¿no? - musitó Mina, señalándoles alzando el mentón apenas un poco.

- Eso parece - respondió Jean sin pensar - Supongo que es normal, cada día viene más gente por aquí e interesa que la Marina de buena imagen, incluso cuando no estamos de servicio...

Su mirada volvió a la mesa. Mel se reía de algo que no había escuchado, y Nico se había inclinado hacia ella para contarle algo que gesticulaba con emoción. Julian parecía ausente, girando su jarra sobre la mesa mientras observaba el contenido. Jonas leía un cartel en la pared con la misma expresión con la que uno se enfrentaría a un informe estratégico.
Era un grupo extraño, desordenado, ruidoso. Y sin embargo... Jean encajaba. No por lo que era, ni por lo que esperaban de ella. Encajaba porque no tenía que demostrar nada. Porque allí nadie la miraba como la heredera, la prodigio, la decepción. 

Solo como Jean.

Una más.

Y eso, durante un tiempo, bastaba.
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