05-02-2025, 11:32 PM
Otoño día 75
14:00
14:00
Durante la tarde del día 75, después de la comida, Don Bambú decidió que los desperfectos del barco habían permanecido allí durante el suficiente tiempo. Las velas estaban hechas polvo y la madera del casco estaba ligeramente resquebrajada. Probablemente esto último fuera lo menos grave, ya que dicha madera era, por naturaleza, bastante robusta y resistente. Unas ligeras grietas aquí y allá no iban a hundir el barco, pero desde luego no lo iban a mantener a flote en momentos de necesidad. Lo peor era sin duda lo de las velas. Que Kisuke no pudiera maniobrar correctamente y, por lo tanto, que el navío se desplazase a una velocidad menor de lo habitual harían que cualquier misión fuera muchísimo más complicada. Por estos motivos, Don Bambú abandonó el área que usaban de comedor en el barco y salió a la cubierta con un conjunto de chaqueta de cuero, camisa azul marino, pantalones vaqueros y botas de cuero. Le recibió al salir una ligera llovizna, nada que no pudiera soportar, además de la habitual brisa otoñal que ya se iba aproximando poco a poco al frío del invierno. Abandonó el barco como habitualmente hacía: dando un monstruoso salto desde la cubierta hasta la encharcada superficie del manglar en el que habían llegado la primera vez. Allí donde se había encontrado con Kovashi con dramático desenlace. A pocos metros de la costa del manglar empezaban ya las pequeñas construcciones dedicadas a los intereses de los navegantes que allí desembarcaban. Había desde tabernas a prostíbulos. Desde pescaderos hasta vendedores de mapas y artilugios de navegación. Pero lo que más interesaba al panda eran los comerciantes de materiales de carpintería. Éstos solían estar algo más alejados de la costa, ya que tenían áreas de tratamiento para la madera que requerían de una cierta sequedad. No tardó en encontrarse uno, sin embargo, a unos cuantos kilómetros de los primeros negocios. Una figura ligeramente encorvada trabajaba sobre un tronco de madera protegido de la llovizna otoñal únicamente por un pequeño techo de madera que cubría el rellano de su establecimiento. Se trataba de un anciano con más bigote que pelo en la cabeza. Sus arrugas eran tan densas que habría que limpiarlas a fondo para evitar que la roña se fuera acumulando aún cuando se duchase todos los días. Parecía más pug que hombre, según donde se mirase. Sin embargo su apariencia no hacía justicia a su energía, ya que el carpintero se encontraba en aquel momento serrando un tronco más grande que el panda con sus manos desnudas y una sierra más grande que él mismo. El Panda se hizo notar con un carraspeo que se sobrepuso al constante sonido de la sierra atravesando la madera. La sierra se detuvo. El señor le miró a la cara, o por lo menos lo intentó, dado que Bambú no cabía realmente debajo de aquel techo y desde la perspectiva de aquel hombre sólo se le veían bien la boca y la nariz.
—Qué cojones quieres. —Le espetó el señor a la cara antes de seguir serrando.
—Oye oye, ¿así tratas a potenciales clientes? —Don Bambú estaba algo ofendido. No es que el trato cordial estuviera a la orden del día en la zona sin ley de Sabaody, pero los comerciantes solían ser algo más amables, aunque fuera por el dinero.
—Mis potenciales clientes suelen tener menos pelo. Y caben debajo del techo de mi negocio.
—No tengo la culpa de que tu techo sea tan bajito.
—Mi techo tiene tres metros de altura, "joven". —El anciano se las arregló para pronunciar la palabra joven con las comillas incluidas. Don Bambú no entendió muy bien cómo.
—Bueno, vale, soy grande. También tengo dinero. Sólo quiero telas para arreglar las velas de mi barco y algo de madera.
El anciano dejó al sierra a un lado y con una fuerza que no cabría esperar de alguien de su edad levantó el tronco a medio cortar y lo dejó en el suelo a un lado. Hubiera sido más sencillo rodearlo, pero aquel viejo tenía vibras de acercarse la cocina tirando de las paredes cuando quería una cerveza en lugar de levantarse para ir a por ella. Se asomó por debajo de su "pequeño" tejado y examinó con ojo clínico al panda. —A ver, enseña la pasta. —Al panda no le apetecía discutir demasiado con aquel vejestorio, de modo que sacó su cartera del bolsillo de su chaqueta y le enseñó al anciano unos cuantos billetes. —Bueno, mientras pagues... El último de los tuyos al que atendí quería irse sin pagar. Al final se fue en un ataúd que yo mismo le hice. —"Los tuyos" fue una expresión un tanto desafortunada. Había conocido a mucha gente que se comportaba de manera agresiva con los mink. Después de todo los hombres bestia parecían... bueno, bestias. Sin embargo el temple del panda era legendaria. Había convivido con su padre, después de todo, para quien los gyojin poco más sabían hacer a parte de burbujas bajo el agua. Para él los "pescaitos", como los llamaba a veces, eran infraseres con un cierto retraso mental. Derya le hubiera odiado nada más conocerle. El panda hizo caso omiso de las expresiones del viejo y se agachó para entrar bajo del techo mientras el anciano se iba al interior de su taller y salía con unas cuantas tablas de diferentes maderas en un brazo y un saco de telas en el otro. —Qué madera quieres. —Sin andarse con rodeos, Don Bambú le echó un ojo a las tablas que tenía el anciano y escogió la que le parecía de mejor calidad. —Manglar. Un clásico por aquí. ¿Y la tela? —Y repitió el mismo ejercicio. —Pues es la cara. Me vas a hacer de oro, panda. —Una vez más regresó al interior del taller y volvió de nuevo con el mink, esta vez cargando dos docenas de tablas de manglar listas para trabajar con ellas y un saco lleno de telas de alta calidad. —Afloja la pasta. —Dijo el anciano dejando los materiales a los pies del panda. —Por un 15% más te los llevo al barco, que te veo flojo. —Con un gruñido, Don Bambú se limitó a pagar la tarifa normal. —Puedo yo sólo con ellos. Y probablemente con todo el taller que usted tiene, caballero. —El anciano soltó una carcajada algo desagradable. —Pero no conmigo, tolai. Venga, a pastar por ahí. —El viejo se quedó contando el dinero tranquilamente mientras el panda cargaba con el peso de las maderas y las telas que acababa de comprar y se iba tan rápido como podía.
Revolucionario como era, optó por no quemar hasta los cimientos el puesto de trabajo de un proletario como aquel. Pero más le valía no tener conexiones con ninguna clase de nobleza porque se lo comía entero al desgraciado aquel. Una vez regresó a su barco, empezó a trabajar inmediatamente. Lo primero que hizo fue emplear las telas nuevas para remendar las viejas. Sin duda, con aquellas costuras el navío podría volver a surcar por el Grand Line a toda velocidad. Al menos mientras durasen, claro. Por otro lado empleó la madera del barco para reparar los desperfectos del navío a base de sierra, martillo y clavos. Poco hay que decir de estas actividades, ya que resultaron quizás algo anodinas. Cuando Don Bambú terminó con el barco, parecía como recién salido del taller. Se tomó la libertad incluso de renovar la pintura del mascarón de proa, ya que con el tiempo el toro había ido perdiendo el brillo de antaño. Guardó los materiales sobrantes en la bodega cuando terminó y se fue a dormir la siesta con la satisfacción del deber cumplido.
—Qué cojones quieres. —Le espetó el señor a la cara antes de seguir serrando.
—Oye oye, ¿así tratas a potenciales clientes? —Don Bambú estaba algo ofendido. No es que el trato cordial estuviera a la orden del día en la zona sin ley de Sabaody, pero los comerciantes solían ser algo más amables, aunque fuera por el dinero.
—Mis potenciales clientes suelen tener menos pelo. Y caben debajo del techo de mi negocio.
—No tengo la culpa de que tu techo sea tan bajito.
—Mi techo tiene tres metros de altura, "joven". —El anciano se las arregló para pronunciar la palabra joven con las comillas incluidas. Don Bambú no entendió muy bien cómo.
—Bueno, vale, soy grande. También tengo dinero. Sólo quiero telas para arreglar las velas de mi barco y algo de madera.
El anciano dejó al sierra a un lado y con una fuerza que no cabría esperar de alguien de su edad levantó el tronco a medio cortar y lo dejó en el suelo a un lado. Hubiera sido más sencillo rodearlo, pero aquel viejo tenía vibras de acercarse la cocina tirando de las paredes cuando quería una cerveza en lugar de levantarse para ir a por ella. Se asomó por debajo de su "pequeño" tejado y examinó con ojo clínico al panda. —A ver, enseña la pasta. —Al panda no le apetecía discutir demasiado con aquel vejestorio, de modo que sacó su cartera del bolsillo de su chaqueta y le enseñó al anciano unos cuantos billetes. —Bueno, mientras pagues... El último de los tuyos al que atendí quería irse sin pagar. Al final se fue en un ataúd que yo mismo le hice. —"Los tuyos" fue una expresión un tanto desafortunada. Había conocido a mucha gente que se comportaba de manera agresiva con los mink. Después de todo los hombres bestia parecían... bueno, bestias. Sin embargo el temple del panda era legendaria. Había convivido con su padre, después de todo, para quien los gyojin poco más sabían hacer a parte de burbujas bajo el agua. Para él los "pescaitos", como los llamaba a veces, eran infraseres con un cierto retraso mental. Derya le hubiera odiado nada más conocerle. El panda hizo caso omiso de las expresiones del viejo y se agachó para entrar bajo del techo mientras el anciano se iba al interior de su taller y salía con unas cuantas tablas de diferentes maderas en un brazo y un saco de telas en el otro. —Qué madera quieres. —Sin andarse con rodeos, Don Bambú le echó un ojo a las tablas que tenía el anciano y escogió la que le parecía de mejor calidad. —Manglar. Un clásico por aquí. ¿Y la tela? —Y repitió el mismo ejercicio. —Pues es la cara. Me vas a hacer de oro, panda. —Una vez más regresó al interior del taller y volvió de nuevo con el mink, esta vez cargando dos docenas de tablas de manglar listas para trabajar con ellas y un saco lleno de telas de alta calidad. —Afloja la pasta. —Dijo el anciano dejando los materiales a los pies del panda. —Por un 15% más te los llevo al barco, que te veo flojo. —Con un gruñido, Don Bambú se limitó a pagar la tarifa normal. —Puedo yo sólo con ellos. Y probablemente con todo el taller que usted tiene, caballero. —El anciano soltó una carcajada algo desagradable. —Pero no conmigo, tolai. Venga, a pastar por ahí. —El viejo se quedó contando el dinero tranquilamente mientras el panda cargaba con el peso de las maderas y las telas que acababa de comprar y se iba tan rápido como podía.
Revolucionario como era, optó por no quemar hasta los cimientos el puesto de trabajo de un proletario como aquel. Pero más le valía no tener conexiones con ninguna clase de nobleza porque se lo comía entero al desgraciado aquel. Una vez regresó a su barco, empezó a trabajar inmediatamente. Lo primero que hizo fue emplear las telas nuevas para remendar las viejas. Sin duda, con aquellas costuras el navío podría volver a surcar por el Grand Line a toda velocidad. Al menos mientras durasen, claro. Por otro lado empleó la madera del barco para reparar los desperfectos del navío a base de sierra, martillo y clavos. Poco hay que decir de estas actividades, ya que resultaron quizás algo anodinas. Cuando Don Bambú terminó con el barco, parecía como recién salido del taller. Se tomó la libertad incluso de renovar la pintura del mascarón de proa, ya que con el tiempo el toro había ido perdiendo el brillo de antaño. Guardó los materiales sobrantes en la bodega cuando terminó y se fue a dormir la siesta con la satisfacción del deber cumplido.
Datos
